Capítulo 32 #2
Wilson observaba desde un grupo de árboles mientras se frotaba las muñecas, desolladas por sus forcejeos para soltar las cuerdas que las habían mantenido atadas.
Su ansia por conseguir el tesoro se había impuesto al agotamiento y había logrado llegar a la meseta.
Tenía las piernas como gelatina después del suplicio sufrido en Arenas y de haber permanecido atado tanto tiempo.
No había contado con aquel obstáculo adicional.
Moises le había dado una puñalada por la espalda, pero se culpaba a sí mismo por haber confiado en un mestizo.
Observó con creciente emoción cómo los trabajadores retiraban tierra del centro de la plataforma.
Su mejor opción era seguir oculto y esperar a que el equipo descubriese algo antes de encañonarlos.
Aquella zorra gringa también recibiría su merecido.
No había acabado con Sam Harris, ni mucho menos. Todos pagarían por aquello.
Mientras observaba, el equipo dejó al descubierto unos escalones que descendían hasta una puerta de piedra adornada con un cifrado de serpiente grande y complejo.
La solemnidad del trabajo lo sorprendió.
Aquello parecía más una exhumación que la excavación de un tesoro.
Nadie lograba convencer a Don Moises de que hablase.
La emoción había dejado a Alfredo como drogado, y él tampoco era capaz de comunicarse.
No se parecía en nada a lo que Wilson había imaginado.
Las bromas entre los trabajadores habían cesado y despejaban los escalones con cierta reverencia, como si estuvieran limpiando una iglesia.
Trabajaban despacio, como si reservaran fuerzas para un gran esfuerzo.
La emoción de Wilson fue apagándose a medida que el ambiente también hacía mella en él.
Vio que Sam se apartaba del grupo para sentarse junto a Alfredo, comerse las últimas reservas de su preciado chocolate y sacar fotografías de la excavación.
A primera hora de la tarde, los escalones y la puerta ya estaban libres de tierra.
—Creo que deberíamos regresar a Arenas hasta mañana —dijo Don Moises—. Es demasiado tarde para continuar esta noche.
Alfredo parecía dispuesto a discrepar. Se acercó a los escalones despejados y escudriñó el agujero.
—Las nubes vuelven a acumularse —dijo Sam.
Wilson los observó marcharse. Esperó hasta que desaparecieron de su vista y dejó de oírlos.
Entonces cruzó la meseta y descendió los escalones.
Solo la puerta se interponía entre él y el tesoro.
Su emoción creció, pero también su frustración cuando comprendió que no podía abrirla.
Buscó alguna clase de pestillo o palanca, pero no encontró nada.
Presa de la rabia, propinó una patada a la puerta.
Era evidente que Alfredo tenía la clave de aquel misterio.
Wilson tendría que ceñirse al plan y esperar a que ellos abriesen la puerta en su lugar.
Preparó un pequeño claro entre los árboles, en el lado opuesto de la meseta respecto a los escalones incas, y lo cubrió de hojas.
El esfuerzo lo había dejado exhausto, y no tardó en dormirse.
***
Sam y Alfredo regresaron al poblado, donde dejaron casi todas sus pertenencias en la canoa y solo se llevaron a la casa lo imprescindible.
Nadie pareció alegrarse de verlos. Las miradas hostiles se le clavaban en la espalda mientras cruzaba el poblado.
Las mujeres prepararon la cena igual que la vez anterior, pero no hicieron ningún intento por comunicarse con ellos y se esfumaron dentro de sus casas.
—Creían que ya se habían librado de nosotros —le dijo a Alfredo.
—Creo que sí.
Después de una cena frugal, Alfredo y Sam se sentaron en los escalones, sumidos en sus pensamientos.
—¿Cómo estás ahora? —dijo Sam.
—Antes me sentía eufórico, pero ahora estoy atravesando un momento de horrible lucidez. No sé si me preocupa más encontrar el tesoro o no encontrarlo.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué ocurrirá si lo descubrimos? Es un tesoro nacional. Mike es un tipo estupendo, pero la historia no le interesa. Estoy seguro de que la mayor parte del tesoro, si no todo, acabará fuera del país.
—Supongo que tienes razón. No conozco a Edward. Pero, si se parece a Mike, se lo venderá al mejor postor —dijo Sam.
—Mi problema, como historiador y patriota, es que he accedido a saquear la historia de mi país por dinero. No soy mejor que un profanador de tumbas.
—Tal vez acabe en el Museo Nacional de Sierramar.
—Es poco probable. Están arruinados y no pueden pagar ninguna pieza. Después de tantos años de búsqueda, estoy desesperado por ver el tesoro, pero ¿y si eso lleva a que Edward lo saquee y se lo lleve de Sierramar?
Sam no tenía respuesta. Alfredo se levantó y se internó en la noche.
—¿Adónde vas? —dijo ella.
—Tengo que hablar con Don Moises —dijo Alfredo por encima del hombro.
—¿Puedo ir contigo?
—No. Lo siento, pero esto es algo que tengo que hacer solo.
Se adentró en la oscuridad.
Moises estaba sentado en el porche, dando buena cuenta de una botella de chicha sin adulterar. No pareció sorprendido de ver a Alfredo.
—Tengo que hablar contigo. ¿Te parece bien? —dijo Alfredo.
Moises asintió.
—Te estaba esperando.