Capítulo 32
Mike y Gloria estaban de mal humor después de pasar la noche en el espantoso hotel de San Lorenzo.
Habían viajado sin mosquiteras, olvidando que aquellos hoteles de la zona, infestados de insectos, o bien tenían unas antiquísimas y llenas de agujeros, o bien no tenían ninguna.
Las chinches y los mosquitos habían acribillado a Gloria y le habían dejado el cuerpo cubierto de ronchas rojas.
—No he pegado ojo en toda la noche —dijo Mike—. Una pareja de gatos en pleno cortejo eligió el espacio bajo mi ventana para cantar La Traviata entera en versión felina.
—Este hotel no sirve desayunos. Tengo que comer por la mañana para mantener alto el nivel de azúcar en sangre —dijo Gloria—. Como no desayune, es muy probable que pierda pronto el sentido del humor.
Después de dar vueltas durante veinte minutos, encontraron una cantina de la zona donde les improvisaron dos tortillas con pimientos y cebolla, además de unos panecillos duros.
—Este café parece una mezcla de aceite de motor y melaza, pero cumple su cometido —dijo Mike.
—Es repugnante —dijo Gloria—. Quédate aquí. Voy a conseguir que nos lleven a Riccuarte. No te muevas.
—Sí, señora.
Mike consiguió tragarse a duras penas una segunda taza de café y pagó la cuenta.
Se imaginaba convertido en un auténtico explorador, incluso bastante macho, y estaba disfrutando muchísimo.
Cuando se lo comentó a Gloria, ella se rio y le sonrió como una madre sonríe a un niño que acaba de anunciar su intención de convertirse en astronauta.
Aquello no lo desanimó. Allí estaba él, Mike Morton, un hombre regordete de mediana edad, en plena selva y en una misión de rescate.
A Edward le encantaría aquello. Vivía una existencia de fantasía a través de los relatos que Mike le contaba sobre en qué se gastaba su dinero.
Seguro que ahora seguiría financiándolo, y la esposa de Edward se pondría furiosa, habida cuenta de que sus recursos habían menguado.
¿Podía mejorar aún más la vida? Mike dejó escapar un suspiro de satisfacción y se recostó en la silla.
***
El ambiente sombrío de Arenas reflejaba el estado de ánimo de Alfredo, cuya profunda desolación parecía rezumarle por los poros.
Bebía café en silencio y rechazaba todos los ofrecimientos de comida, con el rostro gris de cansancio.
Sam guardó a escondidas varios plátanos en su macuto por si cambiaba de opinión durante el viaje de regreso a Riccuarte.
Se prepararon para partir y comprobaron que todo el equipo estuviera embalado y envuelto en plástico.
Alfredo se palpó los bolsillos con el ceño fruncido y luego rebuscó en la mochila, chasqueando la lengua.
Suspiró y abrió varias bolsas, volcó su contenido en el suelo y volvió a meterlo todo de cualquier manera.
Se sentó en el suelo con la cabeza entre las manos.
—¡Oh, no! —dijo—. No me lo puedo creer. Me he dejado la brújula en el yacimiento.
—¿Estás seguro? ¿No podría estar en alguna de tus bolsas? —dijo Sam.
—No, no está. He revisado todas mis cosas.
—¿Cuándo la usaste por última vez? —dijo Sam.
—La última vez que recuerdo haberla visto fue cuando tomaste medidas en la plataforma. Me la devolviste, ¿verdad?
—Sí, te la devolví —dijo Sam.
—¿No puedes comprar otra? —dijo Don Moises.
—No. Esa era única.
—¿Te costó mucho? —dijo Sam.
—Dudo que costase siquiera cinco dólares, pero para mí tenía un valor sentimental incalculable. Me la regaló en su lecho de muerte mi viejo amigo y compañero cazador de tesoros, Jorge Vasquez. No puedo perderla. No puedo.
—Pasaremos por el yacimiento de camino a casa —dijo Sam—. ¿No podemos detenernos a buscarla?
—No la encontraréis jamás —dijo Moises.
—Pero tenemos que intentarlo. Nunca me perdonaré dejarla allí sin buscarla —dijo Alfredo—. Además, hay una medida que la lluvia borró de mi cuaderno. Me gustaría tomarla de nuevo. Por si acaso.
—Te ayudaré a buscar —dijo Sam.
—De acuerdo, podemos parar —dijo Moises—, pero no durante mucho tiempo. No quiero que nos sorprenda la lluvia de camino a Riccuarte.
—Excelente. Gracias —dijo Alfredo.
La noche seca había reducido la corriente del río, que, aunque todavía estaba lleno de restos, fluía ya a un ritmo normal.
Vararon la canoa junto a los cifrados de la serpiente y emprendieron el camino hacia la meseta.
Ya habían acordado que todo el equipo participaría en la búsqueda de la brújula, pero solo durante una hora.
La plataforma no era grande, pero, si la brújula había quedado sepultada bajo el barro, Sam albergaba pocas esperanzas de encontrarla.
Se adentraron en la selva a través del barro pegajoso. Al llegar a los escalones, Alfredo encabezó el ascenso a la meseta, seguido por una Sam jadeante. Ella se quedó atrás después de que se le cayera el sombrero y, cuando llegó, los encontró recorriendo la meseta con la cabeza gacha.
Buscar la brújula era una tarea ingrata. Empezaron por el exterior y fueron avanzando hacia el centro; la tierra se convertía en barro a medida que caminaban de un lado para otro.
—Esto no sirve de nada —dijo Moises—. Tenemos que irnos.
Entonces, por el rabillo del ojo, Sam vio que uno de los trabajadores se agachaba y recogía algo. No gritó ni llamó la atención. Cruzó la explanada hasta llegar junto a Moises y le susurró algo al oído. Moises extendió la mano y el hombre le entregó un objeto, que él se guardó en el bolsillo.
Sam se irguió y miró a Moises a la cara, desafiándolo a reaccionar.
Él ni siquiera parpadeó. ¿Qué estaba pasando?
Moises había dejado claro que quería que se marchasen cuanto antes.
Si habían encontrado la brújula, quizá se quedaran más tiempo.
Sam recordó su inquietud cuando Wilson quiso ver los escalones durante su primera visita a la zona.
Moises sabía más de lo que había dado a entender, pero ¿qué ocultaba?
La hora transcurrió sin resultados. Alfredo se dobló por la cintura y se pasó las manos por el pelo mientras mascullaba. Don Moises miró su reloj. Pese a su reticencia natural a crear conflictos y al respeto que sentía por Moises, Sam no podía dejar pasar el incidente sin mencionarlo.
—Esto... Moises, ¿qué te has guardado en el bolsillo?
—No entiendo —dijo Moises.
—Pero he visto que ese hombre encontraba algo y te lo entregaba —dijo ella, señalándolo.
Alfredo se había acercado y miraba al uno y a la otra con desconcierto.
—¿De qué me estás acusando? —dijo Moises.
Sam sintió que se acaloraba de vergüenza. —De nada. Yo...
—¿Qué has visto? —dijo Alfredo, alerta de repente.
—Ese hombre ha encontrado algo. Se lo ha dado a Moises —dijo Sam.
No se había aprendido su nombre. Lo señaló con aspavientos mientras se ruborizaba. Alfredo dio un paso hacia él. El hombre retrocedió. Para sorpresa de Sam, se hundió en el suelo y casi desapareció, sepultado hasta la cintura en tierra húmeda. El pánico afloró a su rostro.
Los demás hombres corrieron hacia él para sacarlo.
Alfredo ahogó un grito y se llevó las manos a la boca.
En la meseta había aparecido una depresión poco profunda pero perceptible, que no había resultado evidente la tarde anterior.
Alfredo se arrodilló junto a ella y empezó a excavar con las manos, arrojando la tierra detrás de sí como un perro en busca de un hueso.
Inspiró bruscamente cuando sus dedos encontraron bordes de piedra.
Fue despejando el contorno, y Sam se unió a él.
Cavaron unos cincuenta centímetros antes de detenerse; la tierra salía volando detrás de ellos y caía sobre los pies de Don Moises, que permanecía inmóvil como una estatua, con el rostro blanco por la conmoción.
—Lo sabía —dijo Alfredo—. Está aquí.
Ella no le recordó que media hora antes había estado dispuesto a volver a casa.
La abertura de piedra era rectangular, de unos cuatro metros de largo por uno de ancho.
Sin ayuda, dejaron al descubierto dos escalones descendentes, mientras el resto de los trabajadores se mantenía apartado y observaba sus progresos.
Don Moises seguía sin moverse. Permanecía clavado en el sitio, contemplando la depresión, como si no supiera qué hacer.
Por fin se repuso e hizo señas a los hombres para que se acercaran, ordenándoles que regresaran al poblado a buscar las palas.
Metió la mano en el bolsillo y sacó la brújula de Alfredo.
Se la devolvió y dijo: —Toma tus medidas. Esperaremos aquí hasta que regresen.
No se disculpó ni hizo ningún otro comentario.
Tampoco justificó su comportamiento. Alfredo había dejado de cavar para sufrir algo parecido a un ataque de pánico.
Sentado, hiperventilaba de emoción, con una expresión aturdida en el rostro, abrazándose las rodillas contra el pecho y meciéndose de un lado a otro como un lunático.
—¿Estás bien? —dijo Sam.
—Nunca creí que pudiera encontrar el tesoro. Estoy intentando asimilar mi asombro. Es como un sueño extraño —dijo Alfredo.
—Es un poco surrealista. He tenido que pellizcarme para comprobar si yo también estaba soñando —dijo Sam.
Había sentido el pellizco, pero se preguntó por qué demostraba aquello que estaba despierta.
Si uno se pellizcaba en sueños, ¿no sería igual?
Se sentó junto a Alfredo y acercó un micrófono imaginario a sus labios.
—Así pues, cazador de tesoros, ¿cuál es tu reacción al encontrarte al borde de un descubrimiento importante después de tantos años?
—Por ahora solo es un agujero en el suelo. No nos precipitemos —dijo Alfredo, aunque sonreía de oreja a oreja.
***
Carlos despertó al mediodía, con la cabeza dolorida bajo un sol abrasador.
Miró a su alrededor, confuso. Entonces lo recordó.
¡Wilson! Aquel cabrón le había robado la canoa y lo había dejado allí tirado y, como muchos habitantes de la zona, Carlos no sabía nadar bien.
No podía hacer otra cosa que esperar hasta que pasase algún lugareño en canoa y lo recogiera.
Se frotó la cabeza. Doña Elodea iba a matarlo.
***