Capítulo 31
Carlos sacó su canoa de debajo de los árboles y la llevó hasta las aguas poco profundas.
Unas frías gotas de rocío cayeron de las hojas sobre su espalda, haciéndolo tiritar a la luz gélida del amanecer.
Quería alejarse de Arenas antes de que los demás lo vieran, porque Wilson Ortega yacía en el fondo de la canoa, atado como un pavo y pálido como la nieve de Navidad.
Carlos lo había amordazado, pero ahora estaba despierto, con los ojos abiertos.
Se le desorbitaron de miedo cuando Carlos se inclinó para comprobar el estado de su cargamento.
—Buenos días, ingeniero —susurró—. Vamos a hacer un breve viaje a Riccuarte para ver a un amigo tuyo. Si prometes no gritar, te quitaré la mordaza y te daré un poco de agua. Si gritas, te ahogaré como a una rata. Tú eliges. Asiente si quieres que te la quite.
Wilson asintió aliviado, y Carlos le quitó la mordaza y, sosteniéndolo con una mano, le vertió agua del río por la garganta.
Wilson la engulló, atragantándose por la ansiedad de saciar la sed.
Carlos volvió a tumbarlo en la canoa. La noche que Wilson había pasado en la choza lo había traumatizado, y habría aceptado cualquier cosa con tal de poder quedarse tendido en paz en el fondo de la canoa.
Sin embargo, no se había dado por vencido.
Tenía que haber alguna manera de escapar.
Le hervía la sangre al recordar cómo lo había engañado Don Moises, pero ralentizó la respiración para que su captor no advirtiera el cambio en su estado de alerta. Un puñado de indios primitivos no podía ser más listo que alguien tan inteligente como él.
Entonces lo vio. Su mochila estaba en el otro extremo de la canoa, medio cubierta por un saco de arpillera.
Había dejado dentro la pistola, envuelta en un trozo de lona para protegerla de la humedad.
Tal vez Carlos no la hubiera encontrado.
Intentó dormirse, pues necesitaba recuperar fuerzas para poder escapar en cuanto se le presentara la oportunidad. Aún no había perdido la partida.
Carlos colocó un bloque de madera bajo la cabeza de Wilson para mantenerla por encima del agua sucia acumulada en el fondo de la canoa, y este gruñó a modo de agradecimiento.
Carlos empujó la canoa hacia la impetuosa corriente, atento a los restos que flotaban en el agua.
Subió de un salto y se deslizó hacia la fresca mañana.
Mantener el rumbo de la canoa en aquella fuerte corriente requería toda su destreza, pero sus años de experiencia lo habían convertido en un experto.
A pesar de ello, avanzaron despacio por las aguas turbulentas.
***
Sam y Alfredo se despertaron y descubrieron que Wilson había desaparecido.
Después de la cena, se había marchado a charlar con Don Moises, pero Sam no recordaba que hubiera regresado.
Se preguntó si se habrían emborrachado juntos y se habrían quedado dormidos en el mismo lugar donde habían estado bebiendo.
Al menos Alfredo estaba de mejor humor: bromeaba y le daba codazos en las costillas.
Después de un desayuno rápido de huevos revueltos y galletas saladas, recogieron sus mochilas y se abrieron paso a duras penas por el barro hasta la orilla del río.
Allí estaba el grupo habitual de trabajadores, entregados a unas bromas que consistían en tirarse unos a otros al barro y arrojar después a las víctimas al río para que se lavaran.
A Sam le sorprendió lo despreocupados que parecían.
Miró a su alrededor por si Wilson estaba en la orilla fumándose su habitual cigarrillo antes del viaje, pero no vio ni rastro de él.
Don Moises estaba ocupado revisando las provisiones y preparándolo todo para partir. Alzó la vista cuando se acercaron.
—¡Menuda tormenta! —dijo—. ¿Has podido dormir algo, Sam?
—¿Qué tormenta? —preguntó Sam—. ¿Ha llovido? Aunque pareces cansado. ¿Estás bien?
—Ah, sí, estoy bien, gracias. Un poco de insomnio.
—¿Dónde está Wilson hoy? —preguntó Sam—. No lo he visto desde que se fue a hablar contigo.
—¿Wilson? Creo que ha ido con Carlos a buscar provisiones a Riccuarte. Supongo que volverá mañana.
—De verdad... —chasqueó la lengua Alfredo—. Ese hombre hace siempre lo que le da la gana. Si lo hubiera sabido, podría haberle pedido que comprara unas cuantas cosas que necesito.
—No creo que a Wilson le interese demasiado lo que quieran los demás —dijo Sam.
Subieron a las canoas y se adentraron en las aguas pardas del río, crecido por la lluvia, para regresar a la meseta de piedra.
El sendero de tierra dura y marrón que conducía hasta los escalones se había convertido en un barrizal pegajoso que les llegaba hasta lo alto de las botas, los hundía y ralentizaba su avance.
En un momento dado, Sam perdió una bota en el barro y tuvo que sostenerse sobre una pierna, con el pie calzado solo con el calcetín en el aire, mientras los demás la desenterraban.
Pese a sus denodados esfuerzos por mantenerlo apartado del suelo, el calcetín no tardó en quedar también cubierto de barro.
Llegaron aliviados a los escalones y subieron hasta la meseta.
La corriente había arrastrado por ellos restos, ramitas y hojas, que ahora los cubrían como una manta.
Las hojas eran tan resbaladizas como peces y constituían un peligro mortal bajo los pies, así que las retiraron de los escalones con las palas.
Bajo los restos, la fuerza del agua que había descendido en cascada había dejado limpios los peldaños de piedra.
Todos ellos estaban decorados con glifos de serpientes.
El grupo salió de entre los árboles a la meseta.
Las aguas de la tormenta habían barrido parte de la tierra que cubría la plataforma.
Los bordes rectos y los contornos planos revelados por la lluvia hacían aún más evidente que la meseta era una estructura construida por el hombre.
Nada sobresalía de la superficie: era una extensión llana y sin rasgos distintivos, del tamaño aproximado de una cancha de baloncesto.
Sam recorrió la plataforma intentando detectar alguna anomalía, pero, si ocultaba algún secreto, este permanecía escondido. Sacó fotografías desde diversos ángulos por si había algo que se le hubiera pasado por alto. Alfredo caminaba de un lado a otro con la brújula.
—¿Me la prestas? —preguntó ella—. Quiero anotar la orientación en mi cuaderno de bocetos.
—No sé para qué te molestas —respondió él.
Sam tomó la lectura y le devolvió la brújula.
—¿Qué opinas? —preguntó, más por esperanza que porque esperase una respuesta—. ¿Hay alguna pista?
Él miró a través de ella como si no estuviera allí y siguió caminando de un lado a otro, con la cabeza gacha y los hombros hundidos por la derrota.
El resto del equipo se mantuvo apartado, reacio a interponerse en su camino.
Don Moises tenía una expresión inescrutable.
Nadie habló. Alfredo rebuscó entre sus notas, tomó medidas, masculló entre dientes y se acuclilló. Finalmente, dijo:
—Volvamos a Arenas.
Y empezó a bajar los escalones, seguido por los tripulantes de la canoa, Don Moises y una decepcionada Sam.
Remontaron el río sumidos en un silencio sepulcral, sin las bromas habituales.
Volvió a llover, y el agua los azotó mientras iban en la canoa.
Regresaron a su casa calados hasta los huesos, con la ropa goteando sobre el suelo de madera noble del balcón.
Alfredo desapareció en el interior. Sam lo siguió.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó.
—¿A qué te refieres? —dijo Alfredo.
—¿No deberíamos excavar catas o abrir una zanja que atraviese la plataforma?
—¿Para qué? Es más plana que una tabla. No se pueden excavar catas en roca maciza.
La comida llegó temprano, pero Alfredo no dio muestras de querer bajar a comer. Sam lo oía caminar de un lado a otro y mascullar entre dientes. Esperaba que no se hubiera puesto también a beber.
La lluvia cesó, y los oscuros nubarrones de tormenta que abrazaban la selva se separaron para dejar a la vista las estrellas. Alfredo apareció en las escaleras.
—Deberíamos volver a casa mañana —dijo—. Se acabó.
Don Moises, que había estado sentado con Sam a la espera de instrucciones, se encogió de hombros y emprendió el camino por el barro hacia su casa en la aldea.
No mostró emoción alguna, pero Sam percibió un suspiro de alivio contenido o reprimido.
Debía de haberlos considerado unos locos desde el principio, pero al menos él y sus hombres cobrarían.
No sabía cómo se tomaría Mike aquello. Ni Wilson.
Podían encontrar formas de hacerla cargar con la culpa del fiasco.
Al fin y al cabo, ella había encontrado los escalones.
Quizá su aventura hubiera llegado a su fin.
No quería plantearse la posibilidad de volver a casa.
El espectro de Simon se cernía sobre su regreso a Inglaterra.
¿Y si quería disculparse y volver con ella de verdad?
¿Podría resistirse? ¿Volvería a repetirse la historia?
***
El peso adicional de Wilson y su mochila alteraba el equilibrio natural de la canoa de Carlos, y la lluvia torrencial había reducido la visibilidad hasta niveles peligrosos, con todos aquellos restos girando en las aguas color chocolate del río.
Carlos solo había recorrido cerca de un kilómetro río abajo, más allá del yacimiento, cuando varó la canoa para pasar la noche.
Arrastró la canoa hasta la arena y ayudó a Wilson a salir, tumbándolo en un terraplén seco bajo la sombra de unos mangles frondosos.
Carlos se quitó las botas y hundió los pies en la arena.
Permanecieron sentados en silencio mientras la lluvia iba amainando.
Carlos fumaba, y Wilson reunía fuerzas para su intento de fuga.
Al final, ambos se durmieron. Los despertaron los mosquitos, que se estaban dando un festín con ellos.
Wilson evaluó la situación. El caudal del río había disminuido, pero aún era demasiado alto para que él pudiera navegar en la canoa.
La única forma de regresar al yacimiento era bordear el río, pero antes tenía que librarse de Carlos. Gruñó.
—¿Puedes soltarme, por favor? Necesito ir al baño y estos mosquitos me están matando.
—¿Prometes no escapar? —preguntó Carlos.
—¿Y adónde iba a ir? No puedo utilizar la canoa. No sé cómo hacerlo.
—Está bien, pero nada de trucos.
Carlos desató las lianas que sujetaban las manos y los pies de Wilson.
—Vamos, date prisa —dijo.
—¿Puedo sacar una camisa limpia de mi mochila?
Carlos suspiró.
—Claro, pero date prisa. Quiero marcharme pronto. Y tengo que volver a atarte para el viaje.
Se quedó de pie junto a Wilson con una rama gruesa, dispuesto a golpearlo mientras este sacaba la camisa de la mochila.
Entonces, un pecarí salió corriendo de los arbustos y apareció en el banco de arena junto a ellos.
Distraído, Carlos no tuvo tiempo de reaccionar cuando Wilson sacó una pistola y le apuntó.
—Ponte de rodillas —ordenó.
Su tono no admitía discusión. Carlos se dejó caer de rodillas sobre la arena. Wilson se colocó detrás de él y lo golpeó con la culata de la pistola, dejándolo inconsciente.
—Idiota.
Wilson escupió en la arena y metió los pies en las botas de agua de Carlos, haciendo una mueca al notar su interior frío y empapado de sudor.
Se metió la pistola en la cinturilla de los pantalones.
Después se echó la mochila a los hombros y cogió el machete del fondo de la canoa.
Empujó la embarcación hacia el río y la vio alejarse a la deriva corriente abajo antes de meterse en el agua poco profunda y avanzar río arriba hacia la meseta.