Capítulo 30 #2
Wilson estaba deseando alejarse de los demás.
Le costaba creer que Mike hubiera enviado a un borracho, una mujer y un mestizo a buscar algo tan importante y que hubiese pretendido excluirlo a él.
Después de su charla en Riccuarte, Moises había dejado claro de qué parte estaba, y ahora quería hablar sobre cómo hacer desaparecer a Sam y a Alfredo.
Wilson se felicitó por haber calado bien a aquel hombre.
El propio Moises también era prescindible, pero Wilson se ocuparía de él después de eliminar a la competencia.
El tesoro estaba tan cerca que casi podía tocarlo. Sus problemas habían terminado.
Se estrecharon la mano y caminaron hasta una casa vieja situada en las afueras del pueblo.
El tejado apenas resistía la lluvia, que caía en densas cortinas.
Gruesas gotas rebotaban contra la madera podrida del suelo y la reducían a una pasta.
Subieron a la veranda y se sentaron en unos taburetes tambaleantes hechos con gruesas rodajas de tronco.
Cuando Moises le ofreció un cuenco de chicha, Wilson lo aceptó como una muestra de confianza.
Detestaba la chicha. Como sucedía con muchas tradiciones, la verdad sobre su elaboración resultaba difícil de digerir.
Las mujeres del pueblo la preparaban masticando raíz de yuca y escupiendo en un cuenco el líquido resultante.
Dejaban fermentar aquella mezcla y después la colaban para recoger el líquido que se bebía.
La graduación alcohólica dependía del tiempo de fermentación.
A Wilson todo el proceso le parecía repugnante, pero ni siquiera él estaba dispuesto a estropear el ritual negándose a beber.
Dio un buen trago y se lo tragó antes de que le dieran arcadas.
El líquido no sabía tan mal, pero rechazó el segundo cuenco que le ofreció Moises.
Don Moises charló un rato sobre el viaje y después fue al grano.
—He estado pensando en lo que usted me contó en Riccuarte —dijo Moises en voz baja— y he decidido que debemos actuar de inmediato.
La noticia entusiasmó a Wilson más allá de toda medida.
Un escalofrío de excitación le recorrió la espalda mientras se inclinaba hacia delante en el taburete para oír mejor a Moises bajo la lluvia torrencial.
El asiento se tambaleó y Wilson separó los pies para mantener el equilibrio.
En ese momento, alguien lo agarró por detrás con una fuerza enorme.
Aunque quiso forcejear, las extremidades se le habían vuelto de goma.
Intentó protestar, pero la lengua parecía llenarle toda la boca.
Sus labios eran incapaces de formar palabras. Don Moises sonrió al verlo debatirse.
—Sí, debemos actuar de inmediato contra usted. ¿De verdad imaginaba que permitiría que un hombre como usted robara nuestro tesoro? He oído rumores sobre usted, Wilson Ortega, y ninguno es agradable.
Moises escupió a los pies de Wilson, que se agitaban como peces varados.
Wilson tenía una expresión de incredulidad mientras se desplomaba hacia atrás en brazos de Carlos, quien lo levantó y se lo echó al hombro como un espantapájaros.
Los brazos y las piernas de Wilson le colgaban inertes.
La baba le cayó sobre la vieja camiseta de Carlos.
—Llévatelo al almacén y átalo, Carlos. Asegúrate de que no pueda pedir ayuda a gritos.
—Puede contar conmigo, señor —respondió Carlos.
—Quiero que metas a Wilson en tu canoa antes de que salgamos hacia la meseta mañana por la mañana y que lo lleves a Riccuarte, con Doña Elodea. Ten cuidado. Wilson es un hombre desesperado y no se detendrá ante nada. Te agradezco que me hayas avisado. Dios te recompensará.
—¿Hay un tesoro en la meseta, Don Moises?
—No. Wilson está engañado y es codicioso, y además se encuentra confundido.
Eso lo convierte en un hombre peligroso, capaz de matar para conseguir lo que quiere.
De todos modos, no podrá moverse hasta la mañana.
La ayahuasca le provocará parálisis del sueño.
Aunque no puedo garantizarle dulces sueños.
La fama de la ayahuasca de abrir la mente a todo tipo de horrores asustaba a Carlos, que nunca la había probado.
Como cristiano practicante, evitaba la medicina indígena porque la consideraba obra del diablo.
Bajó con cuidado por los escalones empapados del porche y golpeó la cabeza de Wilson contra uno de los puntales que sostenían el tejado, lo que arrancó a su víctima un gemido apagado.
—Ten cuidado, Carlos. No queremos que nadie te vea.
—No se preocupe, señor. Con esta lluvia nadie saldrá de casa. Se internó en la oscuridad con Wilson balanceándose sobre su hombro.
***
Sam levantó la vista del libro al oír que alguien tropezaba en los escalones de la casa. Le dolía el cuello y le costó enfocar la vista en la penumbra. El hombre entró arrastrando los pies en el círculo de luz y ella lo reconoció.
—Alfredo, ¿adónde vas?
—Vuelvo de mear.
—Creía que te habías ido a la cama.
—Pues te equivocabas.
—¿Estás borracho?
—¿Y a ti qué te importa, gringa? ¿Tú no estarías borracha en mi situación?
—No lo entiendo.
Sam se apartó para sentarse en el escalón superior y palmeó el suelo a su lado. Alfredo se acercó dando tumbos y se sentó con un suspiro enorme.
—¿Cómo ibas a entenderlo? Tú eres una triunfadora. Tienes una carrera. Yo soy un fracasado, un borracho. Gloria me dejará.
Sam no pudo evitar sonreír. ¿Alfredo cree que soy una triunfadora? Es increíble cómo me ven los demás.
—No digas tonterías. No eres un fracasado. ¿Por qué iba a dejarte Gloria?
—Es la hija de Hernan Sanchez. Es inteligente, guapa y organizada.
Sam reprimió un bufido desdeñoso.
—¿Por qué iba a salir con un borracho? Y con un fracasado —dijo Alfredo.
—¿Por qué sigues llamándote fracasado?
—No creo que haya nada en la meseta. ¿Y si he cometido un error terrible? Mike me matará. Gloria pensará que soy idiota.
—¿Y si no te has equivocado? ¿Y si estás a punto de alcanzar un éxito enorme? No vendas la piel del oso antes de cazarlo, Alfredo. Vete a la cama. Mañana todo se verá mejor.
—¿Cómo lo sabes? —dijo Alfredo.
—Yo también soy una fracasada. Siempre me siento mejor cuando tengo por delante un nuevo día.
Sam le puso una mano en el hombro y se lo apretó.
***
Atado y amordazado, Wilson yacía en el suelo de la choza oscura.
Alguien le había atado las manos, hundiéndole la cara en la tierra.
La arenilla le crujía entre los dientes.
Estaba consciente, pero no podía controlar el cuerpo.
¿Cómo he podido ser tan estúpido? Aquel mestizo cabrón lo había envenenado.
Si alguna vez lograba salir de allí, lo mataría. Pero, de momento, lo tenían atrapado.
A medida que la droga hacía efecto, empezó a sufrir alucinaciones.
Unas hormigas enormes avanzaron por el suelo de la choza hacia él y cubrieron en enjambre su cuerpo tendido, mordiéndolo, pero no podía quitárselas de encima.
Intentó gritar, pero la mordaza casi lo asfixió.
El Duro lo amenazaba mientras le mostraba unas tijeras oxidadas.
Unas mujeres burlonas lo rodeaban y lo provocaban con sus pechos.
Yacía desplomado en el suelo, ahogándose en sus propias pesadillas, pero el horror no había hecho más que empezar.
Rezó para que llegara la muerte, pero no llegó.
Los horrores solo cesaron cuando amaneció; entonces se abrió la puerta.