Capítulo 30
Carlos avanzó a buen ritmo en su ligera embarcación y llegó al pueblo de Arenas a mediodía.
Sacó la canoa del agua, la arrastró hasta el guijarral y la escondió bajo los árboles de la ribera.
Colocó sobre ella las ramas más bajas para que no pudiera verse desde el río. Después escondió debajo la pértiga.
Satisfecho con su trabajo, subió por los resbaladizos peldaños de arcilla hasta la extensión de terreno llano y elevado sobre la que se asentaba el pueblo.
Se dirigió directamente al edificio comunal, pero, tal como esperaba, allí no había nadie.
La mayoría de las mujeres y los niños habían ido a recoger plátanos para la cena.
Se sentó en los escalones de la casa y esperó a que regresaran.
Una mujer que se había quedado en el pueblo le dio un cuenco de arroz con pescado y enseguida se congregó a su alrededor un pequeño público infantil para verlo almorzar.
Apenas había terminado de comer cuando apareció un balón de fútbol y lo obligaron a jugar con los niños a cambio de la comida.
A Carlos no le importó. Tenía tres hijos y, cuando no había trabajo, pasaba mucho tiempo jugando al fútbol con ellos.
Puede que Doña Elodea lo hubiera elegido como mensajero, pero no estaba acostumbrado a encargos tan importantes.
Era mejor que pasarse el día entero sentado, fumando y jugando a las cartas con Rijer.
Intentó preguntar adónde habían ido los demás, pero sus peticiones de información solo obtuvieron miradas inexpresivas y nadie respondió a sus preguntas.
Carlos reconoció por experiencia lo inútil de la situación y dejó de insistir.
Tras jugar al fútbol durante las dos horas de rigor, se tumbó en una hamaca del porche del edificio comunal y se quedó dormido.
***
Cuando Mike y Gloria llegaron al aeropuerto de la costa, encontraron un destartalado todoterreno esperándolos frente a la terminal con el motor en marcha.
El conductor apenas habló. Les abrió las puertas y solo mostró interés cuando Mike insistió en ponerse el cinturón de seguridad, que estaba atado y metido debajo del asiento delantero.
Necesitaron cinco largos minutos de tirones y juramentos para desenredarlo y dejarlo listo para su uso.
Mike se lo puso pese a que estaba mugriento y aceitoso.
No tardó en lucir una mancha de grasa en la camisa.
Gloria le dijo al conductor que todos los gringos eran iguales, y él se encogió de hombros.
El estado de la carretera, que les impedía superar los treinta kilómetros por hora, reducía las probabilidades de que sufrieran un accidente durante el trayecto.
El conductor aspiraba a un ascenso y conducía con exagerada precaución, consciente de que llevaba en el vehículo a la hija del Señor Sanchez.
Gloria se sentó en el asiento trasero, fumando un cigarrillo tras otro y pasándole a Mike cintas para que las pusiera en el desvencijado reproductor del salpicadero.
El viaje por la carretera de la costa duró unas horas e incluyó una parada en un pequeño restaurante de playa, donde comieron unos deliciosos camarones en salsa de coco sobre una cama de arroz glutinoso.
Llegaron a San Lorenzo por la tarde y allí se despidieron del conductor, que no podía acompañarlos río arriba y dio media vuelta para regresar a Esmeraldas.
La lluvia caía sobre la población a cántaros y convertía las calles en lodazales.
Mike no se veía capaz de afrontar otro viaje lleno de baches aquella tarde.
No le costó convencer a Gloria de que esperaran hasta la mañana siguiente.
Se pusieron a buscar un hotel donde pasar la noche y se decidieron por el mismo establecimiento decrépito en el que Sam y Wilson se habían alojado durante su última visita.
—¿Seguro que este es el único hotel del pueblo? —preguntó Mike.
—Me temo que sí. En Riccuarte el alojamiento no será mejor —dijo Gloria.
—Lo siento, esto de las aventuras es nuevo para mí.
¿No era Mike un emprendedor? ¿No eran las aventuras su especialidad? Gloria se encogió de hombros.
***
A última hora de la tarde, los trabajadores casi habían despejado de vegetación la meseta y habían retirado parte de la capa superficial de tierra.
Alfredo había enmudecido y recorría la meseta de un lado a otro como un tigre enjaulado.
Había dejado de tomar notas para enfrascarse en un debate consigo mismo.
Mascullaba entre dientes y extendía los brazos a ambos lados en un gesto de impotencia.
Sam se acercó y le dio unos golpecitos en el hombro.
Al sentir su contacto, Alfredo se volvió sobresaltado, como si acabara de despertar de una pesadilla.
—¿Alfredo? —dijo Sam—. ¿Estás bien?
—¿Bien? Sí, eso creo. Supongo que sí. Es que... —Su voz se apagó.
—¿Ya entiendes para qué servía la meseta? —preguntó ella.
—¿La meseta? Ah, sí. No. Bueno, no lo entiendo.
No hay señales de ninguna construcción. Es una estructura aislada para rendir culto o algo así.
No es lo que esperaba. Tengo que pensar.
Necesito esperar a que terminen de retirar la tierra.
Quizá mañana encontremos alguna pista sobre su finalidad o sobre su relación con el tesoro.
Alfredo volvió a sumirse en sus cavilaciones y reanudó sus paseos por la meseta.
Sam lo dejó a solas con sus pensamientos al comprender que necesitaba espacio para aclararse.
Quizá aquello fuera una búsqueda inútil.
¿Y si no era más que un lugar para realizar ofrendas o sacrificios humanos y no tenía nada que ver con ningún tesoro?
Se sentía decepcionada por Alfredo, pero no por ella misma, porque para Sam lo más divertido había sido la aventura de explorar la selva.
Su peligroso encuentro con la pesca con dinamita la había dejado eufórica.
Cuando Don Moises anunció que se aproximaba otra tormenta, ella estaba buscando insectos poco comunes que fotografiar.
Dejaron las herramientas y bajaron por las escaleras hasta el suelo de la selva, pues era más seguro interrumpir el trabajo y regresar por la mañana.
El sendero que utilizaban se había vuelto más ancho y llano y, pese a la superficie embarrada, llegaron a las canoas en un santiamén.
La tormenta comenzó antes de que llegaran a Arenas y, para cuando la canoa varó en la ribera, estaban calados hasta los huesos.
Sam alzó la vista bajo la capucha de su chaqueta y vio a Carlos de pie bajo los árboles, junto a una pequeña canoa.
Lo saludó con la mano, pero él no pareció verla.
Decidió darle algo de dinero más tarde. Carlos hizo una seña a Don Moises, que corrió a refugiarse con él bajo las grandes hojas.
El resto del grupo subió a la casa en la que se alojaban y se cambió de ropa.
Sam guardó en la bolsa el carrete usado de la cámara y puso uno nuevo en su vieja Canon.
Le gustaba dejarlo todo preparado para la mañana siguiente mientras aún estaba bien despierta, pues al amanecer tenía la costumbre de olvidarse de cosas importantes.
Las mujeres del pueblo llegaron poco después de anochecer con la cena: sopa de pescado, patacones (rodajas de plátano cocidas y después aplastadas para freírlas) y cangrejos de río a la parrilla. También había aguacates frescos. A Sam se le hizo la boca agua.
—Yo que tú no comería los cangrejos de río —dijo Alfredo con parsimonia.
—¿Por qué no? —preguntó ella.
—Los pescan en el río.
—¿Y?
—Son fáciles de atrapar porque todos se acercan nadando para comerse la caca que dejamos en el río durante nuestras evacuaciones matutinas. ¿No es maravilloso cómo la naturaleza lo recicla todo?
—¡Puaj! ¡Qué asco! Yo esto no me lo como.
—Entonces no te importará que me coma los tuyos.
Sam negó con la cabeza, horrorizada, y pasó sus cangrejos al plato de Alfredo.
Perdió el apetito y se limitó a picotear los plátanos fritos.
Mientras Alfredo devoraba los cangrejos, empezó a resultar evidente que quizá Sam hubiera caído en una de sus patrañas, pero no conseguía quitarse de la cabeza la imagen de aquellos crustáceos acercándose a desayunar.
Comprobaré su historia en cuanto tenga ocasión.
Moises reapareció cuando estaban terminando de comer y le preguntó a Wilson si podían hablar.
La actitud servil que Moises mostraba hacia Wilson inquietó a Sam.
No encajaba con la elevada opinión que tenía de él, y tampoco le gustó la mirada engreída que Wilson les dirigió al marcharse.
Allí había algo que olía mal, pero no lograba averiguar qué era.
Si Wilson sabía lo del tesoro, ¿se lo contaría a Moises?
¿Y si conspiraban para apoderarse de él? ¿Qué nos pasará a Alfredo y a mí?
—Alfredo, me preocupa Wilson. Se comporta de un modo extraño y tiene a Moises comiendo de su mano. ¿Estás seguro de que no se ha enterado de lo del tesoro?
—No digas tonterías. Moises no es de los que permiten que Wilson les diga lo que tienen que hacer. Wilson no te gusta y lo dejas bien claro. Ya tenemos suficientes problemas sin que tú te inventes teorías de la conspiración.
El comentario mordaz de Alfredo sorprendió a Sam e hirió sus sentimientos, pero sabía que era la meseta vacía, y no sus teorías, lo que provocaba su irritación, así que no se lo tuvo en cuenta.
Sus palabras apenas contribuyeron a disipar sus dudas, pero si Alfredo no creía que el tesoro existiera, ella se inclinaba a creerlo.
Wilson no supondría ninguna amenaza si no había nada que robar.
La tentación de espiar a los dos hombres era grande, pero, como los habitantes del pueblo ya sospechaban de sus intenciones, decidió no hacerlo.
***