Capítulo 29
Segundo durmió poco en su improvisada prisión de Riccuarte.
El repiqueteo de la lluvia contra el tejado de chapa y los truenos que estallaban sobre su cabeza lo mantuvieron despierto durante casi toda la noche.
El tejado estaba perforado por agujeros oxidados por los que la lluvia se filtraba y goteaba sobre el colchón donde dormía, dejándolo húmedo y entumecido. El estómago vacío le rugía.
Intentó forzar la puerta, pero la cabaña se estremeció y amenazó con venírsele encima.
Volvió a dejarse caer sobre la cama y se tumbó con un brazo bajo la cabeza.
Hernan Sanchez había confiado en él, y ahora una mujer lo había engañado.
Menuda caída. Wilson podía hacerle daño a alguien mientras él, Segundo, seguía encerrado en aquella cabaña.
Reflexionó sobre las circunstancias de su captura.
Elodea le interesaba a pesar del trato que había recibido.
Desde luego, era la clase de mujer que convenía tener de tu parte.
Y además era atractiva. Pasó una agradable hora fantaseando con los encantos de su captora, hasta que ella llamó a la puerta y lo arrancó de su ensimismamiento.
—Buenos días, señor Duarte —dijo Doña Elodea—. Confío en que haya dormido bien.
—He dormido mejor otras veces —respondió él con una sonrisa en la voz—. Esa lluvia que tiene usted arma un escándalo tremendo.
—Ya se acostumbrará.
—Espero que no. Usted no confía en mí. Lo entiendo.
Mi cara de malvado no inspira confianza, pero no es más que una cicatriz, algo superficial.
Déme la oportunidad de explicarle qué hago aquí —dijo, tratando de apelar al corazón sensible que, según imaginaba, habitaba en aquel cuerpo de curvas generosas.
La desconfianza hacia los forasteros era endémica en las zonas rurales de Sierramar. La gente lo juzgaba por su aspecto deforme. Encerrar a un hombre porque parecía malvado podía considerarse una reacción exagerada, pero ella quería proteger a su pueblo.
La oyó caminar de un lado a otro al otro lado de la puerta. Finalmente, ella suspiró.
—¿Tiene hambre? —preguntó—. Le prepararé el desayuno. Puede comer en mi casa si promete no intentar nada. Tengo dos vecinos jóvenes y fuertes que pueden ayudarme si trata de escapar.
La idea de desayunar le sonó bien a Segundo. No llegaría muy lejos si se ganaba enemigos en Riccuarte, y Elodea sabía dónde encontrar a Wilson.
—Trato hecho —dijo—. Anoche no tuve ocasión de terminar la cena y me comería un caballo. Se lo explicaré todo durante el desayuno. Le doy mi palabra de que no intentaré escapar.
Siguió un breve silencio y después se oyeron resoplidos y jadeos fuera mientras Doña Elodea apartaba los grandes trozos de madera que bloqueaban la puerta.
Esta se abrió de golpe sobre sus goznes, y Segundo entrecerró los ojos ante la claridad de la mañana.
Doña Elodea estaba plantada con las manos en las caderas, preparada para cualquier problema.
Segundo sonrió. Una mujer formidable, de las que le hacían perder toda capacidad de concentración.
Se sacudió aquellos pensamientos de la cabeza.
—Usted primero, señora —dijo.
Después del desayuno, Segundo se recostó contra la pared y se palmeó el estómago lleno.
—¡Vaya! Estaba delicioso, Doña Elodea. Se lo agradezco yo y se lo agradece mi estómago.
—Me gusta ver a un hombre disfrutar de la comida —dijo ella, radiante, mientras se inclinaba sobre la mesa para retirar su plato—. ¿Quiere una taza de café? Puede tomársela mientras me explica por qué busca al señor Ortega.
—Sí, por favor. Póngale bastante azúcar para endulzarme el día.
Doña Elodea sirvió a ambos una taza de café caliente de la cafetera que había sobre el hornillo de gas. Bebieron unos sorbos. El café hirviendo le abrasó la garganta al bajar, y Segundo decidió ir directamente al grano.
—Wilson Ortega es un hombre peligroso —dijo—. Intentó matar a la hija de mi jefe ordenando a alguien que saboteara los conductos de freno de su coche. Tuvo suerte de sobrevivir.
Doña Elodea soltó una exclamación ahogada y se tapó la boca para contener una palabrota. Se santiguó, con los ojos muy abiertos a la espera de la siguiente revelación.
—El jefe de Wilson no conocía su pasado cuando lo envió a este viaje con Sam y Alfredo —continuó Segundo—. Wilson cree que buscan un tesoro y lo quiere para él. Tiene deudas enormes y varias de las principales familias criminales de Sierramar lo buscan. Puede que mate para librarse de ellas.
—¿Y hay algún tesoro? —preguntó Doña Elodea, sin aliento por la expectación.
—Claro que no —respondió Segundo con más brusquedad de la que pretendía—. Es un mito. Allí solo hay piedras antiguas que el doctor Vargas quiere documentar.
—Ese hombre, Wilson, parece peligroso. Quiero creerlo, pero es toda una historia.
—Debemos detenerlo antes de que mate a alguien. Por favor, déjeme encontrarlo.
Doña Elodea se ajustó el vestido alrededor de su enorme pecho y volvió a remover el café, con el ceño fruncido por la concentración. Lo miró a los ojos.
—Puedo ayudarlo con la búsqueda, pero debe quedarse en Riccuarte. Si remonta el río para buscar a Wilson, solo empeorará las cosas.
Segundo protestó, pero ella levantó una mano para hacerlo callar.
—Enviaré un mensajero a Don Moises. Es el jefe de la tribu india de Arenas, donde se aloja el grupo.
Sabrá cómo tratar con Wilson sin causar problemas, porque es un hombre brillante.
Los indios pueden ser vengativos si hieren a uno de los suyos.
Podrían matarlos a todos. Déjeselo a Moises.
Le entregará al señor Ortega, vivo o muerto.
Segundo sopesó la propuesta. No recibía órdenes de nadie salvo del señor Sanchez, y jamás de una mujer. Sin embargo, no era estúpido y se sentía fuera de su elemento en aquellas remotas comunidades costeras, donde carecía de aliados y experiencia.
—¿Cuándo enviará al mensajero? —preguntó.
—Carlos partirá ahora mismo si se lo digo. Puede informar a Don Moises de que busca a Wilson Ortega y de que debe enviarlo de vuelta a Riccuarte. No se preocupe; Wilson vendrá, ya sea por voluntad propia o atado como un cochinillo.
Sonrió. A su espalda, Rijer había aparecido en el umbral. Llevaba al cinto una pistola antiquísima.
—Hasta entonces, me gustaría que permaneciera en el calabozo. ¿Le parece justo?
—Sí, me parece justo —respondió Segundo mientras se desvanecía la idea de dirigirse a Arenas por su cuenta—. Me quedaré allí hasta que usted me deje salir. Por favor, manténgame informado.
Siguió a Rijer fuera de la casa y calle abajo.
Doña Elodea los vio marcharse. Confiaba en él, pero no lo suficiente para permitirle moverse libremente por el pueblo.
Don Moises confiaba en ella porque tenía buen instinto.
Cerró la puerta de su casa y partió en busca de Carlos.
Después pensaba ir al mercado y preparar una sabrosa sopa de pescado para que su huésped sobrellevara mejor el cautiverio.
Cinco minutos más tarde, Doña Elodea se acercó a toda prisa a Carlos, que estaba de pie sobre el barro gris de la ribera, junto a una pequeña canoa con capacidad para dos pasajeros o una cantidad reducida de carga.
Se apoyaba en la pértiga con una mano y fumaba con la otra.
Alzó la vista al verla acercarse y levantó las cejas a modo de saludo.
Doña Elodea le hizo señas para que la acompañara a una parte más seca de la orilla y se inclinó hacia él para hablarle sin que nadie más pudiera oírlos.
—Carlitos, hay una emergencia. El hombre al que encerramos anoche dice que Wilson Ortega es peligroso y que pretende hacer daño a cualquiera que se interponga en su camino.
Debes ir directamente a Arenas y encontrar a Don Moises.
Háblale de Wilson y pídele que envíe a Ortega aquí, por la fuerza si es necesario.
Dile que el mensaje viene directamente de mí.
—¿Quieres que vaya ahora? —preguntó Carlos.
—Sí, por favor. Le diré a tu mujer que volverás dentro de un par de días. ¿Has desayunado?
—Unos huevos fritos y tortitas de maíz.
—Será mejor que te lleves estos plátanos. Seguro que te darán de comer cuando llegues a Arenas.
—Gracias.
—No lo olvides: esto es alto secreto. Nadie debe saber por qué vas allí.
—Tienes mi palabra.
Dicho esto, Carlos saltó sobre el barro, agarró la pértiga y aterrizó en la estrecha embarcación con un único movimiento experto.
No tuvo dificultad para mantener el equilibrio de la canoa en la fuerte corriente y se alejó de la orilla sin el menor bamboleo.
Doña Elodea lo observó hasta que dobló el primer recodo.
Él se volvió, le sonrió y se despidió con un alegre gesto de la mano mientras se perdía de vista.
Ella contempló cómo desaparecía, retorciéndose las manos.
***
Sam y el resto del equipo regresaron para despejar la plataforma.
En la superficie crecían algunos árboles jóvenes y arbustos, pero el resto de la vegetación estaba compuesto por lianas y enredaderas que pendían de los árboles circundantes y se extendían por el suelo.
Al cabo de unas horas, se detuvieron para almorzar.
Alfredo y Don Moises encendieron una hoguera, pero Sam no vio nada que pudieran cocinar.
Los trabajadores se dirigieron a la canoa e hicieron señas a Sam para que los acompañara.
Ella miró a Don Moises en busca de una explicación, pero él le indicó con un gesto que fuera.
Alfredo se echó a reír. Sam no entendía nada.
La sentaron en el centro de la embarcación y le dieron un remo, aunque le dijeron que todavía no lo utilizara.
Los hombres remaron río abajo unos cientos de metros hasta una poza profunda situada en un recodo y detuvieron la canoa en el centro.
Uno de ellos mantuvo estable la embarcación con la pértiga.
Otro rebuscó en una bolsa y, para horror de Sam, sacó un cartucho de dinamita.
Cortó un trocito de un extremo y volvió a guardar el resto en la bolsa, bajo la proa.
Otro hombre cortó de un rollo lo que solo podía ser un pedazo de mecha y lo introdujo en la dinamita.
Sam comprendió lo que se proponían hacer, pero, paralizada de miedo, fue incapaz de encontrar en español ninguna palabra útil con la que protestar.
Clavada en su asiento, observó cómo el trabajador encendía la mecha con una caja de cerillas que había sacado de la bota.
Sostuvo la dinamita en alto, cerca de la cabeza de Sam.
Horrorizada, ella reparó en que solo tenía dos dedos en la mano derecha.
Los hombres contaron hasta tres con entusiasmo y él arrojó el pedazo de dinamita al agua.
Explotó con un fuerte estampido al alcanzar la superficie.
Sam se tapó los oídos demasiado tarde, y un pitido resonó en oleadas dentro de su cabeza.
Los peces aturdidos flotaron hasta la superficie de la poza y, entre gritos de emoción, los hombres saltaron de la canoa, dejándola allí sentada con la boca abierta.
El último en salir imitó el gesto de remar para indicarle que usara el remo y mantuviera la embarcación en el centro de la poza.
Sam lo agarró, con un zumbido en los oídos, lo hundió en el agua y empleó todas sus fuerzas para estabilizar la canoa.
Los trabajadores nadaron de un lado a otro, recogiendo los peces aturdidos y echándolos en la embarcación.
Por sus vivos colores y sus hileras de dientes afilados, Sam pudo ver que eran pirañas.
Recordó todas las veces que había nadado en el río sin imaginar que aquellas criaturas acechaban bajo la superficie.
¿Y yo preocupándome por los peces candirú?
En menos de tres minutos, todos los hombres habían regresado a la canoa y le pidieron a Sam que dejara de remar, aunque a ella le apetecía seguir.
El hombre de la mano mutilada se sentó a su lado y se la tendió.
Sam la tomó y examinó los muñones de sus dedos.
Sus miradas se encontraron y ella preguntó:
—¿Bum?
—¡Sí! ¡Bum! —gritó el hombre, y se arrojó de espaldas al agua.
Los demás soltaron una carcajada y, al comprender su broma habitual, ella se rio con ellos.
Lo ayudó a subir de nuevo a la embarcación, sonriendo por el éxito de la ocurrencia.
¿Cuántas veces lo habría hecho? Nadie parecía preocupado porque hubiera perdido los dedos a causa de la dinamita.
La canoa se deslizó río arriba hasta el lugar donde Don Moises había encendido una buena hoguera y preparado una parrilla improvisada con alambre retorcido.
Los hombres saltaron de la embarcación con su botín y Sam los siguió.
Debía de estar lívida por la impresión, porque los tres que se habían quedado en tierra se rieron por lo bajo al verla.
—¿Por qué no me avisaste? —le espetó Sam a Alfredo, que estaba doblado de risa.
—No tiene precio —respondió él—. Deberías verte la cara.
Destriparon los peces y los arrojaron enteros sobre la parrilla.
Los cocinaron, les dieron la vuelta y los tuvieron listos en menos de diez minutos.
El olor de la piel crujiente hizo salivar a Sam.
Le ofrecieron el primero envuelto en una hoja de palma, y ella mordisqueó la parte carnosa junto a la aleta, que sabía a gloria.
Tenía que separar con la lengua una infinidad de espinas y escupirlas, pero el sabor compensaba con creces el esfuerzo.
Reinó el silencio hasta que terminaron el pescado y se chuparon los dedos por última vez.
Después se pusieron cómodos y durmieron una siesta de media hora en la orilla del río.
Sam había soñado con experiencias como aquella cuando estudiaba en la universidad, pero nunca había esperado que llegaran a hacerse realidad.
Se tumbó en la arena y suspiró satisfecha. La selva ya le parecía su hogar.