Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

De vuelta en Calderon, Mike reunió el valor necesario para llamar a Edward.

—Hola, amigo, ¿cómo estás?

—¡Ya era hora de que me llamaras! ¿Dónde te habías metido? ¿Qué está pasando? ¿Has encontrado ya mi tesoro?

—No quería molestarte después del Lunes Negro y sus consecuencias. Pensé que quizá necesitarías algo de tiempo para evaluar la situación.

—Ya lo he solucionado.

—¿Solucionado? ¿Cómo?

—Uno de los agentes veteranos volvió a comprar mis acciones a precios de saldo antes de que cerrara el mercado el lunes.

Las vendió hoy durante la recuperación y volvió a comprarlas cuando cayeron de nuevo antes del cierre.

No he perdido más de una cuarta parte del valor de mi cartera, y confío en que ahora el mercado se recupere.

—Enhorabuena. ¡Es una noticia fantástica!

—Sí, bueno, dejemos eso. Agua pasada. Seré más rico cuando encontremos el tesoro. ¿Cómo va la búsqueda?

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Mike respiró hondo.

—Ha surgido un pequeño contratiempo. No creo que afecte al resultado, pero puede que lo retrase.

—Suéltalo, amigo. Necesito saberlo.

—Puede que uno de los miembros del equipo esté planeando quedarse con el tesoro, y los demás no saben que tienen a un traidor entre ellos. Ya había intentado eliminar a Gloria y a Sam saboteando su coche.

—¿Por qué no impedisteis que fuera?

—No nos dimos cuenta de que el accidente había sido provocado hasta que el equipo que iba en busca del tesoro ya se había marchado. Es una larga historia.

—¡Jesús, menuda cagada! ¿No podéis llamarlos?

—Ahora están en la selva.

—En ese caso, ¿qué coño haces tú en Calderon?

—Hemos enviado a alguien para que lo solucione.

—¿Y si también se queda con mi tesoro? No me puedo creer que estés ahí sentado, tocándote las narices en la oficina. ¿Por qué no vas tú también de camino?

Mike vaciló. Nunca le había hablado a Edward de su problema de corazón, porque Edward prescindiría de él. Implacable cuando se trataba de dinero, Edward consideraba a Mike un juguete, pero los juguetes rotos no le interesaban.

—Bueno, amigo, nos hemos enterado hoy y el vuelo a la costa no sale hasta mañana, así que te llamaba para ponerte al corriente.

—Más te vale, joder. No me falles, Mike; mi mujer me va a cortar los huevos por esto.

—No te preocupes, está bajo control. Solo quería mantenerte informado.

—De acuerdo. Avísame en cuanto estés cerca de un teléfono.

—Hasta luego, entonces.

—No la cagues, Mike. No quisiera que este fuera el final de una hermosa amistad.

Colgó.

Mike se encontraba ante un dilema. Edward podía ordenarle que fuera a la selva si quería, pero el hombre del señor Sanchez debería ser capaz de ocuparse de Wilson sin ayuda.

Seguro que Wilson no llegaría al extremo de matar para conseguir el tesoro.

De todos modos, ¿qué pasa con mi corazón?

¿Puedo arriesgarme a alejarme tanto de un hospital?

Más tarde, Mike tomó café con Gloria en la oficina. Lo bebieron solo, porque nadie se había acordado de comprar leche mientras Tati estaba de vacaciones. Marta no había ido a trabajar, pues se había quedado en casa cuidando de su hijo, que había cogido un resfriado en el colegio.

Mike jugueteó con un bolígrafo, apretando una y otra vez el pulsador.

Finalmente, el bolígrafo se rompió y todas las piezas salieron disparadas sobre la mesa.

El muelle aterrizó en el café de Gloria.

Ella le lanzó una mirada capaz de derretir el plástico.

Él se encogió de hombros. Gloria encendió un cigarrillo y expulsó el humo mientras contemplaba el exterior por la ventana.

—No puedo evitar sentirme responsable —dijo sin mirarlo.

—¿Responsable? ¿Tú? ¿Cómo y de qué? —preguntó Mike, irritado porque le recordara que él sentía lo mismo.

—Había oído ciertas cosas sobre Wilson, pero no te las conté porque pensé que su vida privada era asunto suyo —respondió Gloria—. No sabía que tuviera deudas con gente tan peligrosa. Podríamos haber impedido que fuera a este viaje.

Mike suspiró.

—Gloria —dijo—, Sam me contó que Wilson había intentado agredirla y yo la mandé de vuelta a la selva con él. Lo que hice fue mucho peor.

Los dos permanecieron sentados en silencio.

—No tendremos noticias durante días —dijo Gloria por fin—. No sé si soportaré quedarme aquí de brazos cruzados. Puede que nunca lleguemos a saber la verdad.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Mike necesitaba que Edward financiara sus proyectos y seguir contando con su favor. Tenía que detener a Wilson.

—¿Quieres ir a Riccuarte? No sé si podremos hacer algo, pero al menos quizá tengamos alguna posibilidad de recibir noticias.

—¿Y tu corazón? —preguntó Gloria.

—Al diablo con mi corazón. No está tan mal —dijo Mike—.

Necesito una aventura. Podemos coger el primer vuelo de la mañana a la costa y alquilar un coche hasta San Lorenzo.

Será menos fatigoso que pasar horas en el tren.

Luego podemos alquilar un todoterreno o un coche hasta Riccuarte y llegar allí por la tarde. ¿Qué me dices?

—¡Vamos! —dijo Gloria con los ojos relucientes—. Salvemos a Sam y a Alfredo.

Mike se echó a reír.

—Ellos saben cuidarse solos. Tenemos que salvar el tesoro de las manos de Wilson o Edward me hará picadillo. Quedarnos aquí ya no es una opción.

—Llamaré a Papi y le pediré que nos consiga asientos en el avión. Tiene amigos que pueden organizarnos un coche desde el aeropuerto hasta San Lorenzo —dijo Gloria.

Mike preparó una bolsa. El corazón le latía con fuerza en el pecho a causa de la emoción.

No sabía si aquello era bueno o malo, mientras rompía a sudar ante la perspectiva de sumarse a la aventura.

El peligro no le preocupaba. El estrés de esperar noticias lo pondría más enfermo que una rápida escapada a Riccuarte.

Fallarle a Edward podía tener peores consecuencias y, al menos, en la selva no tendría que atender sus llamadas.