Capítulo 34
Sam y Alfredo llegaron temprano al yacimiento.
La lluvia nocturna había dejado limpia la entrada, y los escalones que descendían hasta ella parecían nuevos.
Una enorme puerta de piedra la sellaba. ¿Cómo demonios iban a atravesar aquella roca maciza?
Sam sacó la cámara, pero Don Moises le pidió que volviera a guardarla.
—No puedes hacer ninguna fotografía —dijo.
—Pero tengo que hacerlas —replicó Sam, volviéndose hacia Alfredo en busca de apoyo. Él negó con la cabeza.
—Lo entenderás dentro de poco —dijo.
Debía de tener algo que ver con la conversación que había mantenido con Moises la noche anterior, pero se negaba a contárselo. —Ya lo verás —era lo único que decía. Su ánimo había mejorado y parecía un hombre distinto.
Alfredo y Sam bajaron los escalones hasta la puerta de piedra. Alfredo caminaba como en trance; apenas rozaba el suelo con los pies. Sam nunca había visto a nadie flotar de felicidad. Al llegar a la puerta, la examinaron de una esquina a otra.
—No encuentro ningún pestillo ni bisagra —dijo Sam—. ¿Cómo vamos a abrir esto? Debe de pesar más de una tonelada.
Alfredo murmuró para sí y sacó el cuaderno de la mochila. Tras hojearlo durante unos minutos, encontró la página que buscaba.
—Puedo hacerlo —anunció, aturdido.
—No podemos abrirla sin pedir antes permiso a los dioses —dijo Don Moises, cuya figura parecía haber adquirido mayor presencia—. Primero debemos celebrar la ceremonia de bendición.
Alfredo le susurró a Sam:
—Ahora tendrá lugar un breve ritual. Es importante para ellos. Tienes que participar o no te dejarán entrar en la cámara.
Sam asintió, aunque aquello la desconcertaba.
¿Cómo sabía Alfredo todo aquello? No podía creer que fueran a abrir la puerta y contemplar el tesoro.
¿De verdad seguía allí? Era incapaz de asimilarlo.
Estaba completamente segura de hallarse despierta, pues se había dado tantos pellizcos que tenía el cuerpo lleno de moratones, y no recordaba haberse hecho nunca uno en sueños.
—Sabías que esto iba a suceder, ¿verdad? ¿Qué tenemos que hacer? —le preguntó a Alfredo.
—Lo sabía. Moises me lo contó anoche. Ahora, silencio. Haz lo mismo que yo.
Don Moises indicó a uno de los trabajadores que se acercara.
El hombre llevaba un gran saco de arpillera, que entregó a Moises con gestos reverenciales.
Moises sacó una túnica bordada con la figura cifrada de una serpiente en la parte delantera y trasera.
Metió la cabeza por una abertura en el centro.
Muda de asombro, Sam sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
Alfredo no mostró sorpresa alguna ante aquel giro de los acontecimientos. Ya se lo esperaba.
Moises sacó del saco una copa de oro y la alzó hacia el cielo.
Otro trabajador le ofreció dos botellas de líquido opaco, que entregó a Don Moises, cuyo aspecto era ahora el de un sacerdote.
Moises abrió una de las botellas y vertió su contenido en la copa.
Bebió de ella y la hizo circular entre los trabajadores.
Alfredo intentó cogerla, pero ellos se la devolvieron a Moises.
Este derramó el líquido sobre los escalones mientras murmuraba un conjuro en una lengua extraña.
Moises abrió la otra botella y ofreció el líquido en una copa a Sam y Alfredo.
Tenía un sabor amargo y una textura granulosa, pero Sam no se quejó.
Era como si hubiese retrocedido quinientos años, hasta la época de Atahualpa.
No entendía cómo podían estar todos tan tranquilos, como si hubieran sabido que aquello iba a suceder.
Alfredo alzó la copa y bebió con algo muy próximo al éxtasis.
—Ya podéis abrir la puerta —dijo Don Moises.
Dos de los trabajadores más fuertes bajaron los escalones con Alfredo, quien, siguiendo las instrucciones de su libro, les mostró dónde debían apoyar las manos en la puerta.
Empujaron con fuerza el lado izquierdo. Para asombro de Sam, tras un par de buenos empellones, la puerta giró sobre sí misma y dejó abierta una entrada estrecha.
Dentro reinaba una oscuridad absoluta. Alfredo metió la mano en la mochila y sacó una linterna. Hizo un gesto a Sam para que bajara.
—¿Estás preparada para quedarte atónita? —preguntó.
Ella asintió y se adentró con cautela en la cámara, guiándose por las paredes.
Alfredo encendió la linterna y apuntó hacia el interior.
Los reflejos de un millar de objetos preciosos centellearon ante ellos.
Había figuras humanas de tamaño natural hechas de oro y plata batidos, aves y animales, y flores de oro y plata.
Había copas, aguamaniles, bandejas y vasijas llenas de las joyas más increíbles, además de jarrones de oro repletos de piedras verdes que parecían esmeraldas. Era exquisito.
Sam abrió la boca de asombro y dejó escapar una exclamación ahogada.
Aquel tenía que ser el hallazgo del siglo.
Ahora sé cómo se sintió Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamón.
Se adentraron en la cámara, seguidos por Don Moises, quien entregó otra linterna a Sam.
Con el corazón en la garganta, avanzó con cuidado de no pisar ninguno de los objetos.
Se acuclilló para examinar uno que había en el suelo: una planta de maíz con una mazorca de oro y hojas y penachos de plata.
La delicadeza de la factura y el ingenio de los diseños daban fe del extraordinario talento de los artesanos.
Era una maravillosa cueva de Aladino. Buscó palabras con las que describir su júbilo.
—Joder —fue todo lo que consiguió decir.
A su alrededor, amontonadas sin orden alguno, se encontraban las maravillas de la época inca.
Alfredo iba de una pieza a otra, ronroneando como un gato.
Se puso un impresionante collar ceremonial que tenía como pieza central un rostro feroz.
Acarició las túnicas bordadas, dejando que la tela se deslizara entre las yemas de sus dedos y maravillándose ante los diseños de soles con rostro que se arremolinaban junto a extrañas criaturas.
Como un niño pequeño en la gruta de Papá Noel, no se cansaba de mirar y se abalanzaba sobre un objeto nuevo tras otro.
El tiempo transcurrió sin que pudieran albergar la menor esperanza de contemplar todo cuanto contenía la cripta. El tesoro parecía infinito.
—Sudor del sol, lágrimas de la luna. El oro y la plata carecían de valor monetario para los incas. Los apreciaban por las propiedades que les permitían crear cosas tan hermosas —dijo Alfredo.
Había tantísimo que ver. Alfredo agarraba los objetos con fervor religioso.
Sam se mareó mientras lo observaba. ¿Estoy conmocionada?
Me siento borracha. Al cabo de una hora, entraron en una segunda cámara situada al fondo de la primera.
Una hilera de momias se erguía sobre una losa de piedra junto a la pared posterior, cubiertas con telas finas y provistas de máscaras funerarias.
Alfredo se precipitó hacia ellas para examinarlas. Se volvió con expresión interrogante.
—¿Los guardianes del tesoro? —preguntó a Don Moises, que permanecía en la entrada de la segunda cámara.
Moises asintió, y Sam se preguntó cómo lo sabía.
—Sí, están todos aquí. Yo seré el próximo.
Ni Alfredo ni Don Moises se habían sorprendido al encontrar el tesoro o las momias. Sam abrió la boca para preguntar por qué, pero una fuerte detonación reverberó en el interior de la cámara.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
—Ha sonado como un disparo —dijo Alfredo.
Don Moises palideció y se dirigió hacia la entrada. Comenzó a subir los escalones, pero no tardó en regresar retrocediendo ante Wilson, que lo apuntaba con una pistola. El resto de los miembros del equipo también descendieron a la cripta.
—¿Así que creíais que ibais a libraros de mí tan fácilmente? Debéis de pensar que soy idiota.
Wilson esbozó una sonrisa burlona.
—Pero ¿cómo...? —empezó Alfredo.
—Estúpido borracho. ¿Quién crees que me lo contó?
Alfredo palideció.
—Muy bien, todos a la otra sala. Tú no —dijo, apuntando a Sam con la pistola—. Aún no he terminado contigo.
La agarró del brazo y tiró de ella hacia sí mientras le ponía un saco de arpillera en las manos.
—Llénalo —siseó—. Escoge las piezas más valiosas.
Sam no sabía cuáles eran las más valiosas, pero una sola mirada de Wilson bastó para impedir que dijera nada.
Recogió el cáliz de oro y varias piezas de vajilla que había en el suelo frente a ella.
Wilson mantenía la pistola apuntada hacia los demás, que permanecían en el umbral de la cámara de las momias.
Se oyó el ruido de unos pasos procedentes de las escaleras.
Uno de los trabajadores había regresado tras ir a buscar un paquete de cigarrillos a la canoa y, al no ver a nadie fuera, había bajado los escalones.
Wilson se volvió bruscamente al oírlo. Aprovechando la oportunidad, Sam agarró un bastón dorado rematado por una gavilla de trigo y le asestó un fuerte golpe en la cabeza.
Él se tambaleó, propinando patadas a los objetos y agitando la pistola.
Pisó un segundo bastón, que rodó por el suelo y lo hizo caer de espaldas sobre el tesoro, todavía con el arma en la mano.
La pistola se disparó; la bala impactó contra el techo y rebotó hacia el suelo.
—Pagarás por esto, zorra —dijo mientras dejaba caer el arma e intentaba ponerse en pie—. Desearás no haber nacido nunca.
Sam cogió lo primero que encontró a su alcance, una daga incrustada de piedras preciosas que descansaba sobre el trono de oro, y la mantuvo extendida entre ambos.
—No te acerques —dijo.
Wilson, todavía aturdido por el golpe en la cabeza, se abalanzó sobre ella y fue a caer directamente sobre la hoja.
Se quedó inmóvil, clavado en ella, mientras la sangre le resbalaba por la boca y una expresión de desconcierto se dibujaba en su rostro.
Después se desplomó en el suelo, esparciendo los objetos, y no volvió a moverse.
La daga inca sobresalía de su pecho. Sam le tocó el hombro con el pie, pero él no reaccionó.
—Joder —dijo Alfredo, apartándola de él—. Está muerto.
—Lo he matado —dijo Sam, conmocionada, mientras contemplaba su propia mano.
—No querías hacerlo —dijo Moises—. Él se abalanzó sobre tu cuchillo. Lo ha matado el karma.
A Sam le dio un vuelco el estómago y la invadieron las náuseas.
Se sentó en un trono de oro situado en un rincón de la cámara, y la estancia comenzó a dar vueltas ante sus ojos.
No podía controlar las extremidades. ¿Qué demonios le estaba pasando?
¿No sería todo una simple pesadilla? Entonces lo recordó.
—La bebida —dijo mientras caía al suelo.
—Todavía no —oyó decir a Alfredo—. Por favor, todavía no.
Sam se desplomó en el suelo, donde Alfredo no tardó en reunirse con ella, todavía suplicando que le concedieran más tiempo. Su mundo se sumió en la oscuridad.
***
Sacaron a Sam y Alfredo de la cripta y los subieron hasta la superficie. Su sueño era tan profundo que parecían muertos.
—Llevad a los extranjeros de vuelta a la aldea —dijo Don Moises—. Mi nieta cuidará de ellos cuando despierten. Aquí tenemos mucho trabajo que hacer.
Los hombres llevaron a Sam y Alfredo hasta la orilla del río y los subieron a unas canoas para el corto trayecto hasta Arenas.
Por el camino se cruzaron con otros habitantes de la aldea, que llegaron a la meseta mientras ellos se marchaban.
Los aldeanos entraron en fila en la cámara y la vaciaron de sus riquezas, pieza por pieza, envolviéndolas en tela de arpillera.
Cubrieron las momias con numerosas capas de plástico y después las sujetaron a unas camillas.
Algunos abrieron una estrecha senda hacia el norte, a través de la selva, una de esas que la vegetación vuelve a engullir en cuestión de semanas.
Siguieron antiguas señales talladas en árboles y rocas que solo ellos sabían distinguir.
Moises dirigía el trabajo con serena solemnidad.
El día dio paso a la noche y el trabajo prosiguió hasta que la cámara comenzó a devolver el eco de su propio vacío.
Volvieron a sellar la cripta cerrando la entrada y cubriéndola de nuevo con tierra.
Las lianas que se extendían por la superficie de la plataforma no tardarían en ocultarla de la mirada humana hasta que volviera a ser necesaria.
Introdujeron un pedazo afilado de bambú en el agujero abierto por la daga y cargaron el cadáver de Wilson en una canoa pequeña, que empujaron corriente abajo.
—La policía local pensará que ha sido un accidente. No se adentrarán en la selva para investigarlo —dijo Don Moises.
Cargaron el oro en mulas, trineos y a sus propias espaldas, y los aldeanos se internaron en la selva, que se cerró tras ellos.
—¿Adónde vamos, señor? —preguntó un niño.
—Muy lejos —respondió Don Moises—. A toda una vida de distancia.