Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

El hombre que impulsaba la embarcación por el agua dejó de manejar la pértiga, se echó un rifle imaginario al hombro y disparó contra el felino que se alejaba.

No era de extrañar que los animales se escondieran de los lugareños.

Sam miró alrededor para comprobar si Alfredo también lo había visto.

Él articuló la palabra «puma» sin emitir sonido. Ella asintió y sonrió de oreja a oreja.

Un par de horas después, llegaron al punto del río donde habían estado trabajando cuando Sam se internó en la selva con los trabajadores para fotografiar la serpiente.

Se había quedado dormida y despertó sobresaltada cuando la canoa rozó la orilla.

Desembarcaron sobre la grava, algo entumecidos tras permanecer tanto tiempo sentados en un espacio reducido.

Los indígenas que habían tripulado la canoa se zambulleron en el río, riendo y bromeando en el agua.

A Sam le habría gustado acompañarlos, pero no quería mojarse la ropa antes de que subiera la temperatura.

Tampoco quería quitársela, porque no soportaba la idea de que Wilson la mirase con lascivia mientras estaba en sujetador y bragas.

Él permanecía apoyado contra un árbol, fumando, con el sombrero calado sobre los ojos.

Había guardado silencio durante todo el viaje y había dejado que Alfredo impartiera las órdenes.

Parecía estar ocurriendo algo extraño, pero Sam no lograba determinar qué.

Sacó su bolsa de la envoltura de plástico y revisó el contenido.

En el interior se amontonaban el cuaderno, una navaja, varios bolígrafos, una brújula, una cámara y un poco de chocolate para cocinar.

No volvería a cometer el error de guardar allí la cámara.

Cuando los trabajadores terminaron de secarse y estirarse, se internaron en la selva con Don Moises a la cabeza.

Sam recordó que él ya conocía la existencia de los escalones incas la última vez que estuvieron allí, pero no había mostrado interés alguno en verlos.

Seguía pareciéndole extraño. Wilson caminaba justo detrás de él, fumando sin parar sus cigarrillos Full Speed y obligando a los demás a mantenerse varios pasos por detrás de ambos para esquivar el humo y las cenizas que salían volando.

—Un vicio asqueroso —le dijo Alfredo a Sam. Era una de las pocas personas que conocía en Sierramar que no fumaban.

—A toda velocidad hacia la tumba.

No tardaron mucho en llegar a los escalones, que a aquellas horas permanecían a la sombra.

Tenían un aspecto apagado y anodino, como una formación de rocas angulosas.

¿Estarían persiguiendo una quimera después de todo?

Entonces oyó jadear a Alfredo. Este avanzó entre el grupo arrastrando los pies y acarició un escalón con la mano derecha.

Apoyó la mejilla contra él, cerró los ojos en pleno éxtasis y empezó a murmurar conjuros para sí.

Sam aguardó con los demás hasta que Alfredo se repuso y apartó la mano de la superficie, donde había estado recorriendo el glifo de una serpiente tallado en la piedra.

El rostro de Alfredo resplandecía pálido en la penumbra y sus ojos centelleaban.

Se volvió en busca de Sam y, al cruzar la mirada con ella, asintió.

Abrumado por la emoción, cayó de rodillas.

Uno de los trabajadores corrió a llevarle un tronco para que se sentara.

Alfredo se sentó, hundió la cabeza entre las manos y habló consigo mismo.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó Sam.

—Sí, es la impresión. Es tan real... —dijo Alfredo.

—Todavía no hemos llegado.

Sam le dio un trozo de su preciado chocolate, lo que ayudó a reanimarlo.

Alfredo ordenó a los hombres que despejaran la pared rocosa con los machetes.

Se pusieron manos a la obra, cortando las lianas y las plantas trepadoras.

Tardaron alrededor de una hora en terminar.

Cuando acabaron, quedó al descubierto la parte inferior de una escalinata de piedra que atravesaba las antiguas terrazas fluviales, apiladas hacia el interior de la selva.

Había glifos de serpientes en la contrahuella de cada peldaño y hendiduras cóncavas llenas de sedimentos en la parte superior.

Alfredo ordenó a los trabajadores que recogieran esos sedimentos en bolsas de plástico.

En esa fase tomó notas copiosas y señaló los lugares clave que Sam debía fotografiar.

Registró y midió todos los detalles de la escalinata.

Cuando terminaron de documentar la parte inferior, Alfredo ordenó a los trabajadores despejar los tramos superiores.

Con gran esfuerzo y deteniéndose en cada escalón para hacer más fotografías y mediciones, fueron abriéndose paso pendiente arriba.

Los lagartos, sobresaltados, salieron disparados en todas direcciones hacia la selva, después de que la invasión de su hábitat interrumpiera su baño de sol matutino.

En cierto momento, los machetes molestaron a una víbora, que se alejó reptando, alarmada.

Los trabajadores quisieron matarla, pero Don Moises se lo impidió, lo que provocó una breve pausa en el trabajo para mantener un encendido debate.

Sam perdió la oportunidad de fotografiarla porque estaba de espaldas a los escalones.

—¿Por qué intentan matar a la serpiente? Está huyendo, ¿no? —dijo.

—¿Has visto las marcas que tenía en el lomo? —preguntó Alfredo—. Parecen una X, así que llaman a esa serpiente Ekis. Son venenosas y pueden matar a los niños pequeños. Los trabajadores querían matarla por si se dirigía a su pueblo.

—¿Qué hacen para protegerse de las serpientes que consiguen llegar hasta allí?

—Tienen un arma secreta.

—¿Y cuál es?

—¿Has visto los cerdos que los aldeanos crían debajo de sus casas? Son inmunes a las mordeduras de serpiente gracias a la gruesa capa de grasa que tienen en el cuerpo. Las matan y se las comen.

—¿Los cerdos se comen las serpientes?

—Sí, los cerdos comen cualquier cosa.

Moises aseguró a los trabajadores que la serpiente no podría llegar a su pueblo y que no estaba bien alterar el equilibrio natural de la selva matando a los depredadores. Restableció la paz en el grupo y todos volvieron a su tarea de despejar la vegetación.