Capítulo 26
Sam despertó en una casa sumida en la más absoluta oscuridad.
La tenue luz que proyectaba la única vela de su habitación apenas lograba penetrar las tinieblas, y le costó encontrar sus cosas en la penumbra.
Tanteó en busca de la navaja, que se le había caído de la cama durante la noche.
Lo hizo con los pies y las botas puestas, por si había algún milpiés o escorpión al acecho, dispuesto a propinarle un desagradable picotazo.
Encontró un paquetito de cacahuetes en la mochila y se los comió para evitar que volvieran a extraviársele.
El sabor salado le dio aún más hambre y sed que antes.
Intentó racionalizar su entusiasmo, pero no encontró ninguna razón para reprimirlo.
¿Cuántos de sus colegas estaban a punto de embarcarse en una búsqueda del tesoro de verdad?
Moises ya se había escabullido hasta la orilla del río para supervisar la carga de la canoa, pero Sam oyó a Wilson y Alfredo trajinando en su habitación, entregados a exploraciones «en braille» parecidas. Alfredo asomó la cabeza por la puerta.
—¿Estás lista, Sam? —preguntó.
—Más que lista.
Le guiñó un ojo. La sonrisa con que Alfredo respondió le reveló todo cuanto necesitaba saber sobre su estado de ánimo. Llenó la habitación e iluminó los rincones oscuros donde se habían escondido los escorpiones. Él le entregó dos plátanos del tamaño de un dedo.
—El desayuno —dijo, y volvió a desaparecer.
Sam se sentó en el borde de la dura cama y peló uno de los plátanos.
Le dio un mordisco y disfrutó de la pulpa más firme y dulce de la variedad lady finger.
En Sierramar había veinticuatro variedades de plátano, y le encantaban todas.
Incluso molían los insípidos plátanos de cocinar hasta convertirlos en harina, con la que preparaban unas exquisitas tortitas fritas, ligeras y esponjosas, rellenas de queso fundido.
Seguía allí sentada, meditando sobre las maravillas del plátano, cuando Wilson la llamó a gritos desde la puerta principal.
—¿Vienes o no, gringa?
Sam no se dignó responder. Se echó la mochila al hombro y salió con toda calma, a su propio ritmo. Sonrió a Alfredo, que puso los ojos en blanco. Aquello iba a ser divertido.
***
Segundo desafió el aire gélido de la estación de tren de San Martin.
Había comprado el billete sin dificultad: la multitud se apartaba ante su intimidante presencia.
Era bajo debido a su sangre mestiza, pero poseía una constitución poderosa, con músculos tensos que temblaban de impaciencia.
Las cicatrices de antiguas batallas le adornaban la cara, entre ellas una que le tiraba hacia abajo de la comisura izquierda y le confería un aspecto siniestro.
Algunas mujeres se santiguaban al verlo pasar.
Los lugareños eran supersticiosos y Segundo irradiaba maldad, plenamente consciente del efecto que causaba en aquella gente crédula.
Lo aprovechaba cuando quería sacarle información a alguien.
Rara vez tenía que recurrir a la tortura, como había hecho con José Falconi.
A Segundo le inquietaba la idea de encontrarse con el hombre que había aterrorizado a Falconi hasta hacerlo callar.
Había oído muchos chismes sobre Wilson en los burdeles.
Wilson evitaba enfrentarse a los hombres, pero le gustaba pegar a las mujeres, señal inequívoca de cobardía.
Aun así, Segundo optó por actuar con cautela para evitar sorpresas desagradables.
El tren entró en la estación; Segundo subió y ocupó el asiento junto a la ventanilla de su fila. Un niño pequeño trepó al asiento de al lado. Era demasiado joven para conocer el miedo, así que alargó la mano y tocó la cara desfigurada de Segundo.
—¿Te caíste? —preguntó el niño.
Segundo bajó la mirada hacia aquel pequeño guerrero y sus ojos centellearon.
—Sí —dijo—. Me caí de un caballo.
La madre del niño, que forcejeaba con otros dos pequeños, agarró a su hijo.
—¿Cómo puedes ser tan maleducado? —dijo—. Pídele disculpas al señor.
Segundo, poco acostumbrado a que lo llamaran señor, frunció el ceño, desconcertado. Los ojos del niño se llenaron de lágrimas y le tembló el labio inferior. La expresión de Segundo volvió a suavizarse.
—No me ha ofendido, señora. No debería castigarlo por sentir curiosidad.
Buscó un caramelo en el bolsillo y encontró varios receptores dispuestos a aceptar unos cuantos, pese a estar cubiertos de pelusa. El niño se sentó en su regazo y miró por la ventanilla mientras atravesaban los árboles y se dirigían hacia la costa.
***
Sam se internó en la selva en busca de un rincón apartado donde pudiera aliviarse sin público.
Mientras recitaba un conjuro contra las serpientes, se acuclilló entre la maleza y confió en que nadie más eligiera aquel preciso instante para hacer lo mismo.
La intimidad no era algo que nadie respetara en Sierramar.
Una brizna de hierba le hizo cosquillas en el trasero y la sobresaltó, provocando que unas gotas de orina le salpicaran la bota.
No era un buen comienzo de mañana, pero nadie repararía en una bota mojada en medio del bullicio que rodeaba la botadura de la canoa.
Al salir de entre el follaje, entrecerró los ojos ante el sol bajo.
Una multitud, incluido un grupo de lo que parecían ser adolescentes, se había congregado en la orilla del río junto a una gran canoa.
Sam intentó localizar a Carlos, Rijer o Doña Elodea, pero no logró reconocerlos.
Tenía ganas de volver a trabajar con ellos y pensaba compensarles lo que habían dejado de cobrar en el último viaje.
Cuando se acercó al grupo, las siluetas que desde lejos había tomado por adolescentes se materializaron en indígenas bajos y fornidos, ataviados con taparrabos mínimos y expresiones impasibles.
Se encontraban junto a la canoa, de longitud similar a la utilizada en el último viaje, aunque de mayor calado, y provista de asientos bajos de madera con pequeños respaldos en lugar de simples bloques: una mejora.
Habían colocado las provisiones en la parte delantera de la canoa, bajo la proa, envueltas en plástico.
Wilson mantenía una acalorada discusión con un hombre negro, alto y delgado, de bigote fino como trazado a lápiz, que temblaba de indignación.
—¿Qué pasa? —preguntó Sam a Alfredo.
—El alcalde de Riccuarte está molesto porque utilizamos mano de obra foránea.
—¿Mano de obra foránea? ¿De dónde son los trabajadores?
—De Arenas.
—¿Arenas? Pero si es el pueblo de al lado. Difícilmente se los puede considerar forasteros.
El alcalde de Riccuarte no estaba de acuerdo. Se plantó entre Wilson y la canoa, con los brazos extendidos como si pretendiera bloquearles el paso.
—El trabajo es prácticamente inexistente en esta región, y repartirlo entre los pueblos es una buena estrategia política. Esta vez no le toca a Riccuarte, así que el alcalde no recibirá su parte. Déjamelo a mí. Yo lo solucionaré.
Alfredo se acercó al alcalde y lo llevó aparte. Mantuvieron una conversación muy animada. Sam vio que le daba algo de dinero, y el problema desapareció con la misma rapidez con que había surgido.
—¿Cuál es el plan para hoy, entonces? —preguntó Sam.
—Haremos una primera visita al yacimiento para despejar y fotografiar los escalones y comprobar si conducen a alguna parte. Necesito documentar el lugar por rigor histórico y para que el registro esté completo —dijo Alfredo.
—¿Y dónde nos alojaremos esta noche?
—En Arenas. Wilson me ha dicho que es más fácil para los trabajadores dormir en sus propias casas y más barato para nosotros. Creo que os alojasteis allí la última vez.
—Sí, así fue.
Sam no quería recordar su última estancia en Arenas.
No le había contado a Alfredo que Wilson había intentado agredirla, y se preguntó si Gloria lo habría hecho.
Sin embargo, Alfredo se llevaba bien con Wilson, lo cual significaba que no sabía nada del ataque o que no le importaba.
Sam no quería estropear la aventura sacando a relucir el incidente sin motivo y molestando o angustiando a Alfredo cuando tenía otros asuntos más importantes en la cabeza. Ya se ocuparía de Wilson a su manera.
Después de apaciguar al alcalde, subieron a la canoa y zarparon hacia el lugar donde se encontraban los escalones incas.
El sol aún no estaba muy alto cuando partieron, de modo que el aire se mantenía fresco bajo la sombra de los árboles que bordeaban el río.
El nivel del agua era elevado debido a la lluvia de la noche anterior, y la canoa se deslizó sobre los rápidos menores sin que los pasajeros tuvieran que apearse.
Nubes de mosquitas diminutas flotaban sobre el agua como viejas cortinas de encaje agitadas por la brisa.
Alfredo dio un golpecito a Sam en el hombro y le ofreció las piernas a modo de respaldo.
Ella apoyó la espalda contra sus delgadas espinillas y contempló el cielo azul celeste.
Su mente se llenó de fantasías sobre Indiana Jones, que se parecía bastante a Simon.
La expectación fue creciendo a medida que se acercaban al lugar.
Un pez saltó y volvió a caer en el agua con un chapoteo, sacándola de su ensueño.
Alzó la vista desde el fondo de la embarcación hacia la selva y, para su asombro, vio un gran felino bebiendo en la orilla del río.
El animal levantó la cabeza cuando la canoa pasó deslizándose y dio un coletazo irritado antes de desaparecer de nuevo en la espesura.
Sam se abalanzó sobre la cámara, pero, para su eterno pesar, seguía guardada dentro de dos bolsas de plástico herméticamente cerradas en la parte delantera de la canoa.