Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

El tren avanzaba lentamente y con rumbo sinuoso por el campo, sumiendo a Sam en un sopor.

Miró a Wilson y a Alfredo y descubrió que ambos se habían quedado dormidos y que la cabeza de Alfredo había caído sobre el hombro de Wilson.

Sacó la cámara de la mochila y fotografió a las bellas durmientes.

Aquello la animó, y volvió a disfrutar del viaje.

Grandes hojas de palmera rozaban con un siseo el techo del tren y depositaban insectos extraños e interesantes en el regazo de Sam.

Científica hasta la médula, los fotografiaba antes de devolverlos al exterior de un golpe de lápiz por la ventanilla.

En una de las paradas compró una bolsa grande de chips de plátano, que compartió con su alegre compañera de asiento.

Cuando el tren se metió en una vía muerta para dejar pasar al que venía en sentido contrario, las dos mujeres corrieron hasta el arbusto más cercano, donde se turnaron para ahuyentar a los aldeanos entrometidos.

Su compañera se apeó dos paradas después, y Sam compró plátano dulce frito con trozos de cerdo demasiado hecho, que comió con deleite.

Siempre se sentía mejor después de llevarse algo al estómago.

Para cuando llegaron a San Lorenzo, estaba de muy buen humor, al contrario que sus compañeros de viaje, que se encontraban deshidratados y malhumorados.

Sam se quedó con las provisiones mientras Alfredo y Wilson iban a comprar refrescos y a agenciarse una camioneta.

Cuando regresaron con el vehículo, un nutrido grupo de niños rodeó a Sam, chupando caramelos y soltando risitas.

Wilson los espantó y se aseguró de viajar delante subiéndose a la cabina y sin moverse de allí, mientras Sam y Alfredo cargaban las provisiones en la parte trasera.

Alfredo había conseguido un viejo colchón de espuma, que dobló contra la cabina y el suelo de la camioneta.

—Señora, vuestro trono os aguarda —dijo mientras subía de un salto a la parte trasera y le ofrecía la mano a Sam.

—Gracias, gentil caballero —dijo Sam, trepando por encima de las cajas amontonadas y dejándose caer en el sofá improvisado. Alfredo se sentó a su lado y le dedicó una de sus amplias sonrisas. Nunca lo había visto tan satisfecho y tan en su elemento.

—Lo conseguiremos, Sam. Encontraremos el tesoro perdido de los incas —dijo.

En ese momento, la camioneta emprendió el camino hacia Riccuarte, lanzándolos a ambos por los aires y haciéndolos reír como niños pequeños.

El buen humor de Alfredo y las dos raciones de plátano habían hecho que Sam se sintiera como nueva.

Descartó el desaire de la noche anterior como cosa de dos hombres que buscaban una excusa para emborracharse juntos y estrechar lazos.

La alegre presencia de Alfredo la protegía de las insinuaciones de Wilson.

Estaban viviendo una aventura de verdad, y la diversión no había hecho más que empezar.

Llegaron a Riccuarte a última hora de la tarde.

Don Moises, que los vio llegar, les dio la bienvenida y los condujo a una casa más habitable que aquella en la que se habían alojado durante su primera visita.

Sam tenía una habitación para ella sola en un extremo de la casa, con una cama rudimentaria colocada bajo una tabla del techo para evitar las goteras del destartalado tejado de hojas de palma.

Wilson y Alfredo compartían el dormitorio del otro extremo, y guardaron las provisiones en la habitación central.

Doña Elodea acudió a la casa con una olla de arroz y pescado recién frito para la cena.

Nadie habló mientras se saciaban con el delicioso pescado crujiente y tenedores colmados de arroz esponjoso.

Después, Wilson se marchó calle abajo murmurando algo sobre organizarlo todo para la mañana siguiente, y dejó que Sam y Alfredo recogieran.

—Parece creer que viene con nosotros —dijo Sam después de que Wilson se marchara.

—Ah, sí, ¿no te lo había dicho? —preguntó Alfredo—. Decidí que quizá lo necesitáramos, así que vendrá con nosotros a Arenas.

—Pero ¿no dijo Mike que Wilson solo debía acompañarnos hasta Riccuarte? —preguntó Sam.

—Sí, ese era el plan original, pero lo he cambiado. No le he hablado del tesoro. Cree que es un viaje de carácter histórico. De todos modos, Mike me puso al mando —dijo Alfredo en un tono que desafiaba a Sam a llevarle la contraria.

Sam respiró hondo y decidió dejarse llevar. Wilson nunca la atacaría delante de Alfredo. Sospechaba que Don Moises también tendría algo que decir al respecto. Iba a disfrutar de la mayor aventura de su vida y no permitiría que Wilson se la estropeara.

—Vale —dijo—. Tú mandas. Yo me voy a la cama. Nos vemos al amanecer.

***

Wilson aún no se sentía preparado para acostarse.

Quería beber y, como ya había empezado su botella de emergencia, necesitaba guardar el resto para el viaje.

Caminó por el pueblo en busca de la inevitable cantina.

Unos pasos removieron la grava a su espalda, y se volvió para descubrir a Don Moises, que llevaba una botella de ron barato y dos vasos.

La repentina aparición del alcohol no desconcertó a Wilson, cuya desesperación le impidió pararse a pensar en la coincidencia.

Tan supersticioso como la mayoría de sus compatriotas, Wilson creía en el destino.

—Buenas noches, Wilson —dijo Moises—. ¿Puedo invitarle a una copa?

—Me parece una idea excelente —dijo Wilson—. ¿Dónde podemos sentarnos?

—Conozco el sitio perfecto. Sígame.

Moises condujo a Wilson hasta una casa abandonada con un porche elevado que daba al río.

En el porche había dos sillas de madera y una mesa hecha con un tronco.

Los dos hombres subieron por las desvencijadas escaleras y se sentaron.

La silla de Wilson crujió y amenazó con venirse abajo, pero aguantó.

Moises les sirvió a ambos una generosa cantidad de ron.

—A su excelente salud —dijo, entregándole el vaso a Wilson.

Wilson lo cogió y bebió como un hombre al que acabaran de rescatar del desierto.

Moises volvió a llenárselo sin hacer comentarios.

Se acomodó en su silla y esperó a que el alcohol surtiera efecto mientras observaba el resplandor del río bajo la luz de la luna.

La oscuridad del porche y el camuflaje que le proporcionaba su ropa negra hacían desaparecer a Wilson.

Hasta tal punto que, cuando hablaba, sus dientes surgían de las tinieblas como una dentadura postiza sin cuerpo.

—Usted es un hombre de mundo —dijo Wilson—. ¿Ha oído hablar alguna vez del tesoro perdido de los incas?

—Por supuesto. ¿Por qué lo pregunta?

—¿No le sorprende que hayamos vuelto tan pronto después de nuestro último viaje?

Moises gruñó.

—¿Le ha contado Alfredo por qué estamos aquí?

—Dijo algo sobre unas ruinas incas que Sam encontró la última vez que estuvo aquí.

—¡Ja! Esa chica no encontraría ni su propio culo.

No sé por qué tenemos que soportar que unas mujeres inútiles anden por aquí cuando esto es trabajo de hombres.

Son unas fulanas. ¿No vio cómo me provocó la última vez que estuvo aquí?

No es más que una calientapollas. Seguro que se acostó con sus profesores de la universidad para conseguir el título.

—Ah, sí, sé a qué se refiere. Yo también la vi. Son todas iguales —dijo Moises.

Se oyó un fuerte crujido cuando Wilson se echó hacia atrás en la silla y apuró el vaso. Se inclinó hacia delante y lo tendió para que se lo llenaran de nuevo. Moises lo hizo y esperó. Wilson engulló casi todo el ron. Suspiró y resopló mientras se planteaba si confiar en Moises.

Wilson se encontraba ante un dilema. Necesitaba un aliado para llevar a cabo su plan, pero no podía estar seguro de que Moises lo apoyara.

Quizá fuera demasiado pronto para averiguarlo.

Se consideraba superior al hombre que tenía enfrente.

Como la mayoría de la gente humilde, Moises aceptaría sin rechistar las órdenes de un hombre instruido y con estudios universitarios.

Había soltado el comentario sobre Sam para tantear su apoyo.

El hecho de que Moises no la hubiera defendido, sino que hubiera reconocido lo que era en realidad, lo animó a pensar que estaba preparado para convertirse a la filosofía vital de Wilson Ortega.

—Y no es solo ella —dijo—. Ese Alfredo es el típico niño rico mimado que pertenece a una de esas pocas familias que violan nuestro país y se quedan con todo. ¿No está de acuerdo?

—Ah, sí —dijo Moises—. Me da asco. Esos niñatos ricos son todos iguales. Tienen demasiados privilegios y muy poca educación. Es repugnante.

Wilson se fue entusiasmando con el tema.

—Son los ricos quienes siguen enriqueciéndose mientras nosotros trabajamos para ellos. Ha llegado el momento de que defendamos lo nuestro.

—Ah, pero ¿cómo lo hacemos? —preguntó Moises—. Ellos tienen el poder.

El silencio reinó mientras el pequeño mestizo volvía a llenar los vasos. Ambos hombres permanecieron sentados contemplando el río. Wilson vació de nuevo su vaso, se inclinó hacia delante y acercó la silla hasta que sus rodillas rozaron las de Moises. Lo miró directamente a los ojos.

—Esta expedición tiene mucho más que ver con otras cosas que con la historia —dijo.

***

La lluvia torrencial repiqueteaba con estruendo contra el tejado de chapa de la casa, y Sam contemplaba por la ventana cómo los relámpagos atravesaban las copas de los árboles e iluminaban el oscuro follaje.

Podría haberlo tomado por un presagio de haber sido supersticiosa, pero conservaba recuerdos fantásticos de cierta tormenta que había pasado con un estudiante francés de intercambio en la universidad.

Aún podía sentir el cosquilleo de su lengua merodeadora.

Sonriendo para sus adentros mientras se quedaba dormida, gimió cuando el trueno estalló fuera y la lluvia se derramó por los tejados.

Moises, que había estado vigilándola por si a Wilson se le ocurría alguna idea nueva en su estado de embriaguez, se apoyó contra el marco de la puerta y se preguntó con quién demonios soñaba para sonreír y suspirar de aquella manera.

Era una joven atractiva. Podía imaginar por qué Wilson la deseaba.

La observó sumirse en un sueño profundo, con una respiración tan tenue que parecía un cadáver. Se aseguró de que todos los demás también estuvieran dormidos antes de acurrucarse como un perro sobre una manta ante la puerta de Sam y quedarse dormido.