Capítulo 24
Sam siguió enfurruñada después de que salieran del hotel.
El teléfono del vestíbulo no dejó de sonar mientras pagaban la cuenta, lo que llevó a los dos hombres a lamentarse del efecto que aquel ruido tenía sobre sus resacas.
Sam no entendía cómo podía ignorarlo el encargado del turno de noche.
No hizo caso ni del teléfono ni de las quejas y, después de que pagaran la factura, regresó a su habitación, detrás de la recepción, para dormir.
Todavía oían el teléfono mientras subían por la calle hacia la estación, en el silencio del amanecer.
Sam se preguntó quién llamaría al hotel a esas horas.
Quizá fuera alguien con quien el encargado no quería hablar.
Las fantasías acerca de quién podía estar llamando y cómo relacionarlo con el robo del cinturón de dinero ocuparon los pensamientos de Sam hasta que llegaron a la estación.
Tras el caos de costumbre, cargaron sus provisiones en el techo del tren y subieron a bordo sin incidentes. Sam se enrolló el cinturón de dinero alrededor de la mano y lo agarró con fuerza mientras ascendía por los peldaños, aunque no esperaba que un rayo cayera dos veces en el mismo sitio.
Wilson y Alfredo no eran conscientes de nada salvo de sus horribles resacas.
Se sentaron juntos, dejando a Sam encajonada contra el lateral del vagón por una corpulenta y sonriente lugareña que tenía a sus pies un surtido de aves de corral.
Llevaban las patas atadas entre sí, por lo que yacían inmóviles en el suelo, bajo el asiento de delante, y graznaban en señal de protesta si alguien acercaba demasiado los zapatos.
Sam colocó su pequeña mochila sobre el marco de la ventanilla a modo de almohada, con la correa enrollada en el brazo para impedir que se cayera fuera.
Apoyó la cabeza sobre la almohada improvisada e intentó aislarse del ruido y del humo de los cigarrillos.
El tren arrancó con una sacudida y se internó, a su habitual paso de caracol, en la bruma matinal que envolvía las plantaciones de plátanos.
Unos perros siguieron al tren, ladrando y corriendo a su lado.
Atravesaban la basura putrefacta e infestada de ratas que se acumulaba junto a las vías, esquivando a los cerdos que hozaban en busca de sobras.
Al final, hasta el lento avance del tren agotó a los perros, que se quedaron jadeando, con la cola agitándose por la emoción de la persecución.
***
De vuelta en el hotel, el encargado del turno de noche respondió al teléfono al comprender que quien llamaba no pensaba rendirse.
—Hotel California. Buenos días. ¿Quién llama, por favor?
—Ya era hora —dijo Gloria—. Necesito hablar de inmediato con Alfredo Vargas o Sam Harris.
—Se marcharon hace alrededor de una hora, señora. Ha llegado tarde.
—Es urgente. ¿Quiere ganar veinte dólares? Necesito que impida que suban al tren.
—Pero el tren sale dentro de cinco minutos.
—¿Acaso ha salido alguna vez puntual? Por favor, corra a la estación e impida que suban. Es una cuestión de vida o muerte.
—Déme su número y la llamaré cuando vuelva —masculló, y lo anotó con la premura de un cadáver. La llamada se cortó.
El encargado se calzó los zapatos, arrastró los pies hasta la puerta del hotel y salió a la calle.
Fumador empedernido y poco acostumbrado a darse prisa, recorrió a duras penas el camino hasta la estación, resoplando y jadeando.
Llegó cinco minutos después de salir del hotel, justo a tiempo para ver cómo el último vagón desaparecía en la distancia, seguido por una jauría de perros ladradores.
Cuando regresó al hotel, se comió un panecillo acompañado de una agradable taza de café dulce. El teléfono sonó cuando iba por el segundo panecillo.
—Hotel California. Buenos días —dijo.
—¿Qué ha pasado? ¿Están con usted? ¿Ha impedido que se marcharan?
—No, señora. El tren ha salido a su hora por primera vez en todo el año.
—Ya se han marchado. Oh, no. Es terrible.
—¿Y mis veinte dólares? —preguntó, pero solo obtuvo como respuesta el tono de línea.
***
Gloria colgó el teléfono y negó con la cabeza ante Mike y su padre. Una lágrima le rodó por la mejilla. Sam y Alfredo estaban a merced de Wilson.
—Papi, ¿qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a rescatarlos? —preguntó Gloria.
—No lo sé, cariño. No hay forma de ponerse en contacto con ellos. No hay teléfonos en la selva. Mike, ¿sabe adónde se dirigían?
—Creo que iban a una localidad llamada Riccuarte, pero solo un tal Don Moises conoce la ruta desde allí. Procede de una comunidad indígena aislada que vive río arriba. Jamás los encontraríamos a tiempo. Debemos confiar en que Wilson solo tenga intención de robar y no de matar.
—Puedo enviar a alguien a Riccuarte para que haga averiguaciones, pero no llegará hasta pasado mañana, cuando quizá sea demasiado tarde —sugirió Sanchez.
—Papi, Wilson podría abandonarlos o hacerles daño. En esas comunidades pequeñas siempre hay alguien que espía a todos los demás. Estoy segura de que podemos localizar en Riccuarte a una persona que nos ayude a encontrarlos. Tenemos que intentarlo —dijo Gloria.
Mike, que no podía imaginarse explicando al señor y la señora Harris cómo había conseguido que un hombre que ya había intentado violar a su hija la matara, asintió.
—De acuerdo, hoy llamaré a alguien y lo enviaré a San Martin para que coja el tren —dijo Sanchez—. Mañana estará en Riccuarte y encontrará a nuestros amigos. No te preocupes, cariño. Ese hombre es el mejor. Nunca me ha fallado.
Sanchez envolvió entre sus brazos a su hija, que ya lloraba, y la besó en la coronilla.
El tierno gesto le resultó extraño a Mike, como si Gloria fuera una niña pequeña, y supuso que, para Sanchez, nunca se haría mayor.
Siempre sería su pequeña. Se preguntó qué se sentiría al abrazar así a su propio hijo.
Mike tuvo que apartar la mirada antes de dejarse dominar por la emoción.
El giro de los acontecimientos lo había alterado, y se culpaba por haber escuchado a Sam sin oír de verdad lo que le decía.
El tesoro había perdido su atractivo, y la resaca, unida al agotamiento, hacía que se sintiera fatal.
Sanchez no parecía afectado por la noche en vela.
Estrechó la mano de Mike y se despidió de Gloria con un beso.
—Ahora tengo que organizarlo todo, hija de mi alma. Quédate con Mike y Marta, así sabré que estás a salvo. Mike, ¿le importa que Gloria se quede con usted por el momento? Me sentiría mucho mejor sabiendo dónde está y preferiría que no se implicara más en este asunto. Yo me ocuparé a mi manera.
Mike no quería saber qué implicaba eso. Honrado de poder cuidar de Gloria, por quien sentía una enorme atracción pese a que lo había cambiado por Alfredo, la protegería con su vida.
—Por supuesto, señor Sanchez. Será un placer. Aquí estaremos bien. Por favor, manténganos informados de cualquier avance que haga.
—Excelente. Hablaremos más tarde.
Sanchez se metió a duras penas en el ascensor. Gloria sorbió por la nariz y una lágrima le rodó por la mejilla. Marta, que había permanecido sentada en un rincón observando las conversaciones, le pasó un brazo por los hombros.
—¿Por qué no nos preparas algo para desayunar? —dijo Mike—. Estoy muerto de hambre y a la criada de Gloria aún le quedan horas para llegar.
Mientras las mujeres se afanaban en la cocina, Mike revisó sus archivos sobre el viaje en busca de pistas acerca de la ubicación de los peldaños. Extendió la información sobre la cama y la examinó pieza por pieza. Tomó notas en unos recortes de papel que guardó en un tarro para que no se perdieran.
Había avanzado bastante cuando las dos mujeres terminaron de preparar un desayuno de huevos, beicon y pan frito. Lo devoraron todo sin dificultad. Mike no podía evitar sentirse inútil. ¿Quizá Sanchez pudiera desenterrar más pistas sobre el paradero de Sam y Alfredo?
Después del desayuno, Marta apareció en la puerta del dormitorio. Parecía tener algo que decir, y eso distrajo a Mike de su revisión de los papeles.
—¿Sí? —dijo—. ¿Qué pasa? ¿No ves lo ocupado que estoy?
Marta pareció como si le hubiera dado una bofetada, y las lágrimas amenazaron con escapar de sus ojos sin maquillar. Mike no había pretendido ser tan brusco. Le puso una mano en el hombro.
—Vamos, Marta, esto es duro para todos. Y el día ya se está haciendo muy largo.
—Ay, señor Mike —dijo—, soy una estúpida. Usted se ha portado tan bien conmigo y yo se lo he pagado comportándome como una tonta y dejando que alguien me sedujera para sonsacarme un secreto.
—¿Pero de qué demonios estás hablando? —preguntó Mike, desconcertado por aquella confesión.
—Se lo conté —susurró—. Le dije a Wilson que el viaje era secreto y me comporté como una idiota. Ahora he puesto en peligro a los queridos Sam y Alfredo. Nunca me lo perdonaré.
Una oleada de ira recorrió a Mike, pero fue sustituida por compasión al ver la expresión de Marta. Sus propios actos ya habían puesto en peligro a Sam sin necesidad de la intervención de ella.
—No dudo de que ya lo sabía. Wilson es un hombre desesperado que hará lo que sea para pagar sus deudas.
Quizá Alfredo se fuera de la lengua cuando estaba borracho.
No quiero que te culpes ni que te pongas así.
Sam es dura e inteligente, y Alfredo sabe buscarse la vida.
Juntos saldrán de esta. No te preocupes.
—¿De verdad?
—Estoy seguro. Ahora ayuda a Gloria a recoger el desayuno.
Marta tenía menos fondo que un charco y nada la preocupaba durante mucho tiempo. Sorbió por la nariz, intentó sonreír y fue a la cocina a ayudar a Gloria a fregar. Poco después se puso la pintura de guerra: se aplicó gruesas capas de rímel sobre las pestañas desnudas y se embadurnó de laca el tupé.
Mike sabía que debía llamar a Edward y contarle lo ocurrido, pero no se sentía capaz.
Después del Lunes Negro, Edward estaría desesperado por recibir buenas noticias, y aquello no ayudaría.
Mike no se consideraba un hombre deshonesto, pero incluso en las mejores circunstancias administraba la verdad con cuentagotas.
Difundía las buenas noticias en abundancia y con rapidez, pero repartía las malas en pequeñas porciones.
Poseía la fe propia del emprendedor en que sus planes acabarían saliendo bien.
Creía que pronunciar en voz alta una mala noticia la volvía real y que, hasta entonces, solo era una posibilidad entre muchas. Edward podía esperar.
***
Sanchez había ido directamente a casa y había encontrado a Agatha, la criada, muy angustiada, pues hacía varios años que él no pasaba una noche entera fuera.
Hacía mucho que había dejado de buscar consuelo por la muerte de su esposa, fallecida de cáncer, en brazos de ciertas cortesanas de Calderon, y Agatha había temido que le hubiera ocurrido alguna desgracia horrible.
La tranquilizó y le pidió que preparase su almuerzo favorito.
Ella se marchó atareada, satisfecha por aquel regreso a la normalidad.
Después, Sanchez marcó de memoria el número de Segundo. El hombre respondió de inmediato.
—Hola, ¿quién llama? —preguntó.
—Soy yo, Hernan Sanchez. Tengo otro favor que pedirte. Te recompensaré generosamente.
—Jefe. Siempre estoy a su servicio. ¿Qué puedo hacer por usted esta vez?
—Ha habido un cambio de planes. Quiero que viajes esta noche a San Martin y que mañana por la mañana cojas el tren a San Lorenzo.
Desde allí, viaja a Riccuarte, donde intentarás localizar a nuestro señor Ortega antes de que cause más daño.
Viajará en compañía de un tal Don Moises, un indígena de río arriba.
Wilson cree que la expedición va en busca de un tesoro y está desesperado por conseguir dinero.
Necesito que lo encuentres lo antes posible.
Te proporcionaré fondos por el cauce habitual.
Pide cuanto necesites. ¿Alguna pregunta?
—¿Qué debo hacer cuando lo encuentre, señor Sanchez?
—Ya se te ocurrirá algo, Segundo. Lo dejo a tu buen juicio. En Calderon es hombre muerto. El Duro ha puesto precio a su cabeza si no paga cierta deuda. Quizá podríamos obtener alguna ventaja si le entregamos a Wilson. Aliarnos con El Duro podría beneficiar a nuestros negocios.
—Entendido, jefe. No podré enviarle noticias, pero, cuando lleguen, serán buenas.
—Gracias, Segundo. Agradezco tener a un hombre como tú de mi lado.
—Me honra mucho al confiar en mí, jefe. No le fallaré.
Sanchez colgó el teléfono y volvió a descolgarlo para llamar a su intermediario y hablarle de la entrega de dinero a Segundo.
Nunca existía contacto directo entre los hombres.
Por principio, Sanchez no se ensuciaba las manos en aquellos asuntos.
Desde la cocina le llegaba el aroma del almuerzo.
Eso lo espoleó a darse una ducha rápida y ponerse ropa limpia.
Quería echarse una larga siesta, así que le dijo a Agatha que no lo molestara después de comer.
Luego se sentó a disfrutar de su sopa de patatas.