Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Hernan Sanchez recibió la llamada mientras se preparaba para acostarse.

Llevaba esperando con creciente impaciencia y temor que le confirmasen la identidad del hombre que había intentado matar a su hija.

¿Estaría alguien vengándose de él por algún negocio turbio que hubiera hecho en el pasado, como escatimar en un contrato de construcción o no reforzar una carretera antes de asfaltarla?

Se había retirado de los negocios y planeaba disfrutar de una vejez acomodada gracias a su inmensa fortuna.

Gloria representaba su futuro. El sabotaje de su coche había supuesto para él una brutal llamada de atención.

Le había hecho daño en el pasado, y el comportamiento autodestructivo de ella había comenzado como consecuencia directa.

Tenía que compensárselo antes de que fuera demasiado tarde, protegiéndola de la única manera que conocía.

El teléfono sonaba con insistencia mientras avanzaba pesadamente hacia el vestíbulo para cogerlo.

Solo un hombre se arriesgaría a despertar su ira llamándolo a semejante hora.

—¿Segundo? —gruñó—. ¿Qué noticias tienes para mí?

—Jefe, perdóneme por molestarlo tan tarde. Pensé que no querría que esperase hasta la mañana, porque puede que su hija aún esté en peligro.

—Nada es más importante que ella. Dime qué sabes.

—Un despreciable canalla de esos que matarían a su propia madre por unos cuantos dólares manipuló los frenos del coche de Gloria. Se llama José Falconi y es famoso en los círculos criminales.

—Pero ¿averiguaste quién está detrás de esto? ¿Quién pagó a Falconi?

—Averiguarlo requirió más persuasión de la que esperaba. Espero que no le importe.

—Cualquier cosa que hayas tenido que hacer para proteger a mi hija es legítima a mis ojos, Segundo. Yo te protegeré de las consecuencias. ¿Dónde está ahora ese Falconi? —dijo Sanchez.

—Está en el fondo del lago Yanacocha, hablando con los peces.

—No ha recibido más de lo que merecía. ¿Y quién es el canalla que le ordenó asesinar a mi hija? —dijo don Sanchez.

—Un hombre llamado Wilson Ortega —dijo Segundo—. No es un delincuente, pero frecuenta burdeles y bares de mala muerte. Debe mucho dinero a gente poco recomendable, entre ellos El Duro. Todavía no entiendo por qué Ortega puso a su hija en el punto de mira.

—¿Sabes dónde está ahora? —dijo Sanchez.

—Todavía no he conseguido darle alcance porque viaja hacia la costa. ¿Quiere que lo siga o que espere a que regrese a Calderon?

—Volveré a llamarte. Espera mis instrucciones.

Hernan Sanchez colgó y marcó el número de su hija.

Sentía náuseas, y un escalofrío helado le ascendió por la nuca.

El teléfono sonó una y otra vez, pero nadie respondió.

¿Dónde estaba? Fue arrastrando los pies hasta su habitación y pulsó el timbre de servicio.

Al cabo de unos cinco minutos apareció Agatha, envuelta en su bata y con la larga trenza cayéndole por la espalda.

—Aggie, despierta al chófer y dile que tenga el coche preparado delante de la casa lo antes posible.

—¿Ocurre algo, señor?

—No, nada que deba preocuparte. Vuelve a la cama cuando se lo hayas dicho.

A Sanchez le costó quitarse el pijama y vestirse, jadeando por el esfuerzo. Pese a su cuerpo aparatoso, se sentía heroico. Rescataría a su hija y, por una vez en la vida, le demostraría que le importaba. Rogando llegar a tiempo para salvarla, bajó en ascensor y abrió la puerta principal.

El chófer esperaba fuera, sentado en el coche con el motor en marcha. Abrió la puerta y la sostuvo mientras su jefe se acomodaba en el asiento trasero.

—Buenos días, señor. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Necesito que me lleve al apartamento de la señorita Gloria.

—Por supuesto, señor.

La lujosa berlina se deslizó por las silenciosas calles de Calderon sin que nadie reparase en ella salvo los guardias de seguridad apostados frente a los edificios de gran altura.

El coche se detuvo ante el bloque de apartamentos de Gloria y el chófer llamó al portero automático.

Al no obtener respuesta, lo intentó de nuevo, pero fue en vano.

A Hernan no le sorprendió. Solo había un lugar donde Gloria podía estar a esas horas de la madrugada.

Le gustaba emborracharse con sus amigos, y él no le reprochaba que se divirtiera un poco.

En un bar estaría bastante segura. Se recostó en los asientos de cuero y respiró el olor de su coche nuevo, convencido de que sería más fácil dejar que ella acudiera a él. Se quedó dormido.

***

Ver el coche de su padre aparcado frente al edificio sobresaltó a Gloria cuando regresó a casa de madrugada.

Mike había vuelto a hacer de chófer de buen grado, pero ella no tenía intención de invitarlo a subir ahora que había encontrado a Alfredo.

Hasta Gloria tenía sus límites. Se acercó al coche de su padre y dio unos golpecitos en la ventanilla.

Mike la siguió, todavía con la esperanza de vencer su resistencia.

Su bochorno fue mayúsculo cuando la ventanilla descendió y dejó al descubierto a un Hernan Sanchez medio adormilado.

Mike se secó la mano en los pantalones, preparándose para saludarlo, pero Sanchez no se la tendió.

En vez de eso, agarró a su hija del brazo.

—Cariño, estás en peligro —dijo su padre—. Tengo que hablar contigo.

—¿Ahora mismo, papi?

—Es importante. ¿Te has cruzado con un hombre llamado Wilson Ortega?

Gloria se quedó boquiabierta. Mike apenas hablaba español, pero entendió la pregunta.

—Wilson Ortega trabaja para mí —respondió, y Gloria lo tradujo arrastrando las palabras.

—Ese hombre es un peligro. Intentó matar a Gloria —dijo Sanchez.

—¿Intentó matarla? ¿Cuándo? No lo entiendo. Es geólogo. ¿Está seguro? ¿Por qué no dijiste nada, Gloria?

—Pagó para que provocaran el accidente de coche de la semana pasada —dijo Sanchez.

—¿Qué accidente? ¿Qué demonios está pasando? —dijo Mike, mirando a Gloria, que rehuyó sus ojos.

—Pensaba contártelo, Mike. Es solo que...

—Será mejor que vayamos ahora mismo a tu oficina y te pondré al corriente. Quizá tengas información que pueda sernos útil —dijo Sanchez.

La gravedad del asunto penetró incluso en el cerebro embotado de Mike, aunque había bebido hasta hartarse, como de costumbre. Se despejó de golpe, mientras el miedo le atenazaba las entrañas.

—No puedo creer que sufrieras un accidente de coche y no me dijeras nada —le dijo a Gloria—. Ve con tu padre. Nos vemos allí.

Volvió a meterse con dificultad en su coche y partió hacia la oficina, seguido por la berlina negra en la que viajaban Sanchez y Gloria.

En cuanto su preciosa hija subió al coche con él, Sanchez se puso sentimental. Le tomó la cara entre las manos y la besó. Gloria se removió, incómoda ante aquella atención inesperada.

—Papi, ¿qué te pasa? ¿Estás enfermo?

—No, no lo estoy. Llevo horas esperándote, mi niña querida.

Reprimió un sollozo y rebuscó en los bolsillos un pañuelo inexistente.

Gloria sacó un pañuelo de papel del bolso y secó con él el querido y regordete rostro de su padre, que temblaba de emoción.

Después apoyó la cabeza en su hombro mientras él le susurraba palabras cariñosas, como cuando era pequeña.

Veinte minutos después, estaban sentados a la mesa en el apartamento de Mike, tomando café fuerte. Mike y Gloria se habían despejado un poco, y Hernan Sanchez se había calmado ahora que su hija parecía estar a salvo.

—Entonces, ¿qué es eso de un accidente de coche? —dijo Mike—. ¿Por qué está Gloria en peligro?

—Debería habértelo contado, pero pensé que te enfadarías —dijo Gloria.

—¿Enfadarme? ¿Por qué iba a enfadarme?

—Ocurrió mientras subíamos de la fiesta del valle. Alfredo vino conmigo, y Sam también. Me preocupaba que te enfadaras y me culparas por conducir después de haber bebido.

—Pero nadie resultó herido, ¿verdad? No puede haber sido tan grave.

—Bueno, el coche quedó siniestro total, pero todos llevábamos puesto el cinturón gracias a Sam. No me deja conducir sin ponérmelo —dijo Gloria.

—Esa es nuestra Sam. La señorita Cumplidora de la Ley salva el día. Pero no lo entiendo, Hernan. ¿Cómo puedes estar seguro de que alguien provocó el accidente?

—Los mecánicos me llamaron hace dos días y me informaron de que alguien había manipulado los frenos del coche —dijo Sanchez—. Habían agujereado los conductos de los frenos y el líquido se había escapado.

Gloria soltó una exclamación ahogada.

—¿Hace dos días? Papi, ¿por qué no me lo dijiste?

—Lo siento, cielo. Quería averiguar primero quién lo había hecho, por si guardaba alguna relación con mis negocios. Quizá alguien que quisiera vengarse de mí.

Mike parecía conmocionado, y Gloria había palidecido. Añadió otro terrón de azúcar al café.

—Pero ¿quién querría hacerle daño a Gloria? —dijo Mike.

—Mis fuentes me dicen que un hombre llamado Falconi manipuló los frenos. Wilson Ortega, que según dices trabaja para ti, le pagó para que provocase el accidente. ¿Qué sabes de él, Mike?

—Wilson es nuestro geólogo local. Me temo que sé poco más que eso, aunque... —Mike se interrumpió a mitad de frase—. Dios mío. Pobre Sam. Debería haberla escuchado y no haberla enviado a la selva con ese hombre.

—La culpa es mía, Mike. Debería haberte advertido de los antecedentes de Wilson. Sabía que tenía un pasado turbio, con problemas de dinero y violencia, pero nada lo bastante grave como para creer que llegaría a estar tan desesperado —dijo Gloria.

—Pero ¿por qué intentar matarte? —preguntó Mike.

—¿Tal vez pensó que te contaría la verdad sobre él y que tú lo despedirías?

Sanchez negó con la cabeza.

—Mi hombre de confianza me ha dicho que Wilson está endeudado hasta el cuello con gente peligrosa —dijo Sanchez.

—Quizá imaginó que podía ganar dinero con los objetos antiguos —dijo Gloria.

—Pero solo va hasta Riccuarte —dijo Mike.

—Tal vez oyera a alguien hablar del tesoro. ¿Se emborrachó con Alfredo?

—No importa lo que sepa. Tenemos que llamar al hotel de San Martin e impedir que Sam y Alfredo se adentren en la selva con él.

—Aún estamos a tiempo. El tren sale al amanecer, aunque suele retrasarse. Pero no tengo el número del hotel —dijo Gloria—. Solo Marta lo tiene.

Rebuscó en el bolso su agenda, donde tenía el número de Marta. Corrió hasta el escritorio de Marta y lo marcó.

—¿Estáis buscando un tesoro? Creía que estabais haciendo labores de exploración —dijo Sanchez.

—Es una larga historia, señor Sanchez. No estoy seguro de que haya nada de verdad en ella. Nos dejamos llevar por la emoción —dijo Mike—. Puede que no sea nada, pero, si Wilson cree que existe, la desesperación podría hacerle perder el juicio.

Gloria se llevó el teléfono al oído y frunció el ceño, concentrada. El teléfono sonó una y otra vez hasta que respondió una voz malhumorada y una Marta sin aliento se puso al aparato.

—Hola, ¿quién es? —preguntó.

—Soy yo, Marta —dijo Gloria—. Siento llamarte tan temprano, pero es vital que hable con Sam ahora mismo. ¿Cuál es el número de su hotel?

—No lo tengo aquí. Está en el cajón superior de mi escritorio. Apuntado en una nota adhesiva que dice Hotel California.

Gloria tiró del asa, pero el cajón no se abrió.

—El cajón está cerrado con llave. ¿Dónde está la llave?

—Me temo que está en mi bolso.

—Coge un taxi y ven directamente aquí —dijo Gloria, que miró a Mike en busca de confirmación—. Mike te devolverá el dinero.

—Voy para allá.

Marta colgó.

Gloria preparó más café para los demás y después bajó en ascensor para esperar a Marta y fumar un cigarrillo en los escalones del edificio.

Para cuando el taxi de Marta se detuvo junto a la acera, Gloria había fumado tres cigarrillos y se planteaba encender un cuarto.

El taxista quería cobrar un suplemento por la hora, pero le bastó una mirada al rostro de Gloria para cambiar de opinión.

Las dos mujeres entraron directamente en el ascensor y subieron al apartamento.

Marta fue derecha al escritorio y abrió el cajón.

Le entregó el número a Gloria sin decir nada.

Gloria llamó al hotel y esperó a que alguien respondiera.

El teléfono sonó una y otra vez y luego se cortó la llamada.

Gloria volvió a llamar, con el mismo resultado.

—¿Estás segura de que este es el número correcto? —preguntó.

—Completamente segura —dijo Marta.

—Sigue intentándolo, Gloria —dijo Mike—. Alguien responderá pronto.