Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 22 #2
65%

Capítulo 22 #2

Era una situación de lo más inverosímil. La policía de Sierramar no tenía fama de ser un ejemplo de honradez. Wilson negó con la cabeza, incrédulo. Tendió la mano hacia la riñonera y examinó su contenido con asombro. Le enseñó el dinero a Alfredo.

—Vale —dijo Alfredo—, eso sí que es raro.

—¿Quizá el carterista buscaba otra cosa? ¿Algún documento o tarjetas de crédito?

Wilson parecía ansioso por descartar el incidente como una extraña casualidad. Tal vez tuviera ganas de salir por ahí para ver si encontraba alguna diversión.

—Es un misterio —dijo Alfredo.

—Voy a dar una vuelta por el pueblo —dijo Wilson—. Alfredo, ¿vienes?

—Sí. Voy a por el abrigo.

No incluyó a Sam en la invitación. Ella no podía imaginar nada peor que pasar la noche con dos borrachos, pero el dolor de verse excluida la hizo enfurruñarse. Ni siquiera Alfredo le había preguntado si quería ir. Se tragó la decepción.

—Que lo paséis bien —dijo.

Pero no lo pasarían bien. Se emborracharían hasta perder el sentido, hablarían de lo mal que los había tratado la vida y luego volverían al hotel a tiempo para sufrir una espantosa resaca en el tren.

Por una vez, no sabía si la habían dejado atrás porque era mujer, extranjera o porque no les caía bien.

Quizá por las tres razones. Aquello no resultaba nada tranquilizador, ya que poco podía hacer para cambiar ninguna de ellas, y Sam ansiaba que la aceptaran más que el propio aire.

Se marchó pisando fuerte hasta su habitación y se escondió bajo la vieja manta.

Abajo, en la calle, la gente cerraba las tiendas y regresaba a casa con sus familias.

Llovía. Se incorporó en la cama, envuelta en la manta que le irritaba la piel, y contempló cómo la lluvia arrastraba la basura de las calles hasta los desagües.

El casco antiguo, con sus balcones de madera suspendidos sobre calles llenas de ropa tendida y flores, le recordaba al Lejano Oeste.

Se preguntó adónde habrían ido Wilson y Alfredo y deseó no ser tan sensible.

¿Sería Alfredo capaz de guardar un secreto estando borracho?

No quería que Wilson se enterase de lo del tesoro, aunque él ya albergaba sospechas sobre los verdaderos motivos del viaje.

Nadie que hubiera trabajado con Mike durante cierto tiempo se tragaría el cuento de que financiaba un viaje para hacer arqueología.

Había otra cosa que la inquietaba. Con toda la agitación provocada por la riñonera lo había olvidado, pero ahora recuperó su convencimiento.

Había visto a Tati en el tren. No se lo había imaginado.

¿Qué hacía Tati allí? ¿Los había seguido?

¿Podía tratarse de una coincidencia? Tendría que mantenerse alerta, porque las cosas se complicaban a cada minuto.

***

Alfredo se emborrachó como una cuba. Wilson se había encargado de que así fuera. Se inclinó hacia delante y volvió a llenarle el vaso con un aguardiente barato.

—Bebe. En la selva no hay bares.

—Ya he bebido bastante. Le prometí a Mike que intentaría mantenerme sobrio.

—Mike, Mike... ¿A quién le importa Mike?

—A mí. Él financia este viaje.

—¿Y por qué le interesa tanto la historia de repente? Siempre me ha parecido un hombre al que solo le importa el dinero.

—La historia es la clave de nuestro futuro. Puede que haya objetos de gran valor histórico.

—¿Tienen valor económico? ¿O son valiosos por su historia?

—Ambas cosas, espero.

—¿Y crees que Mike permitirá que se queden en Sierramar? ¡Ja! Tú, amigo mío, vives en el país de las maravillas. Se lo llevará todo y lo venderá en el extranjero.

—Pero me lo prometió.

—¿Y tú le creíste? Tienes que colaborar conmigo en esto. Soy un patriota. Déjame ayudarte a conservar los objetos para la nación.

—Pero se lo prometí.

—Al menos deja que os acompañe. Si encontramos algo, podremos decidir qué hacer.

—¿No interferirás en mi trabajo?

—No, claro que no.

—De acuerdo, pero no le digas a Sam que sabes lo que estamos haciendo. La búsqueda del tesoro es demasiado importante.

Un pequeño desliz, un error colosal. Alfredo no se dio cuenta de que se le había escapado la palabra «tesoro». Wilson no reaccionó; se puso en pie y tiró de Alfredo para levantarlo con él.

—Vámonos. Tienes razón. Mike nos paga para trabajar, no para beber. Volvamos al hotel. Tenemos que madrugar.

***

La voz de Edward Beckett sonaba ronca.

—Lo he perdido todo.

—¿Edward? ¿Qué ocurre, tío? Tienes una voz muy rara.

—Lo he perdido todo, Mike. Toda mi fortuna.

—¿Qué has perdido? No lo entiendo.

—¿Es que no ves las malditas noticias?

—No tenemos televisor. Además, las noticias están en español.

—El Lunes Negro. Las bolsas se desplomaron en Nueva York el viernes y ahora ha ocurrido aquí.

—No lo entiendo. ¿Cómo es que tus agentes no te avisaron entonces?

—La tormenta. La del jueves.

—¿Qué tormenta? ¿Has estado bebiendo?

—Sí. ¡Por Dios! ¿Es que no sabes nada? El jueves, una tormenta de proporciones épicas azotó Gran Bretaña.

Dicen que puede haber derribado un millón de árboles.

Uno cayó encima de mi coche y cortó la electricidad y las líneas telefónicas de mi calle.

Ophelia y yo encendimos unas velas y nos encerramos en casa.

Casi nadie consiguió llegar a trabajar a la City, porque entrar o salir se volvió imposible.

La electricidad regresó el viernes por la noche y el desplome financiero ocupaba todos los informativos. Wall Street cayó ciento nueve puntos.

—¡Dios! Es terrible. ¿Qué hiciste?

—He tenido que esperar hasta hoy para localizar a mi agente.

Solo había llegado el empleado más joven.

Estaba tan aterrorizado que apenas podía hablar.

No conseguí sacarle nada en claro. Admitió que había vendido toda mi cartera con unas pérdidas enormes.

Los mercados de Londres cerraron con una caída de trescientos puntos. Estoy arruinado.

—Entonces, ¿qué quieres que haga yo?

—Encuentra el tesoro, Mike. Es nuestra única esperanza.

—Lo siento, Edward.

—Lo sé, y eso no es lo peor.

—¿No?

—Han cancelado todas las cacerías de urogallos por culpa de la tormenta.

Edward soltó una carcajada hueca y desagradable y colgó.