Capítulo 22
Partieron hacia San Martin en dos coches.
La pobre Gloria atropelló a un viejo perro callejero que se cruzó a ciegas en su camino.
Los coches que venían de frente y los peatones que transitaban por su lado de la carretera no le dieron ninguna oportunidad de esquivarlo.
Un grito ahogado resonó en el coche cuando este rebotó sobre el cuerpo del animal muerto, apagando de golpe el entusiasmo de Sam.
—Mala suerte para el pobre animal —dijo Alfredo—. Espero que no sea un mal presagio.
—No digas tonterías —dijo Gloria, que siguió conduciendo como si no hubiera ocurrido nada.
Aquella exhibición de entereza no convenció a Sam, pues Gloria encendió un cigarrillo con manos temblorosas.
Llegaron al pueblo a última hora de la tarde y aparcaron frente al Hotel California, donde descargaron las provisiones y las dejaron en la habitación de Sam, reservando apenas un estrecho pasillo para que pudiera llegar hasta la cama.
No tendría que volver a aguantar a Wilson, ya que este compartía habitación con Alfredo.
—Bueno, buena suerte. Llamadnos desde San Lorenzo cuando salgáis de la selva e iremos a recogeros —dijo Mike antes de estrechar primero la mano de Alfredo y después la de Wilson.
No mencionó el tesoro por la presencia de Wilson, pero sus ojos brillaban como diamantes negros en la noche oscura.
Se plantó delante de Sam, sin saber muy bien qué protocolo seguir.
Gloria se acercó y le dio un fuerte abrazo.
—Ten cuidado —le susurró—. Deja una piedra junto a la cama para atizarle con ella.
—Lo haré.
Mike y Gloria volvieron a sus respectivos coches y regresaron a Calderon en caravana.
Sam se quedó ante el hotel, contemplando cómo desaparecían las luces.
Quería hablar del tesoro con Alfredo, pero antes tendrían que librarse de Wilson en Riccuarte.
Cruzó la mirada con Alfredo y supo que este le había leído el pensamiento.
—Vamos a comer algo —dijo Wilson.
Se sentaron en el mismo comedor que la vez anterior y comieron lo mismo. Después se fueron directamente a la cama. Sam esperaba que los trovadores enamorados repitieran su actuación, pero no aparecieron.
***
Entretanto, en Calderon, Segundo, el hombre para todo del señor Sanchez, había pasado el día recorriendo las calles del casco antiguo tras una pista que lo condujo hasta la casa de un tal José Falconi, conocido ladrón y maleante violento.
Llamó a la puerta y esperó. Abrió una joven de aspecto maltrecho.
Delgada y llena de moratones, con un ojo recién amoratado, se ciñó más el chal cuando el aire frío del atardecer azotó su frágil cuerpo.
—¿Sí? —dijo—. ¿Qué desea?
—Busco a José Falconi. Soy un viejo amigo. He venido a saldar una deuda.
—Ahora mismo no está. Debería volver pronto. ¿Quiere esperar?
—No, gracias. Esperaré en la cantina de la esquina. ¿Sería tan amable de decirle que vaya allí cuando llegue a casa?
—Sí, señor. Se lo diré en cuanto llegue.
Segundo le metió en la mano dos billetes de considerable valor. El señor Sanchez lo aprobaría. Ante las protestas de la joven, le aseguró que le había caído algún dinero y que Dios le había ordenado ser generoso con él.
—No le cuente lo del dinero —dijo Segundo.
—Que Dios lo bendiga y lo proteja, señor —dijo ella mientras se guardaba los billetes en el sujetador.
Segundo se alejó de la casa de Falconi y entró en una pequeña cantina que olía a tripas fritas y aceite rancio. Pidió una sopa de manitas de cerdo y se dispuso a esperar.
***
Al amanecer del día siguiente, Wilson contrató a un muchacho con una carretilla para que llevara sus provisiones hasta la estación.
No tardaron en encontrarse en el andén, tiritando bajo la tenue luz mientras esperaban la llegada del tren.
Alfredo demostró una eficacia inesperada al organizar a varios mozos para que apilaran las provisiones junto a las vías, listas para subirlas al techo.
Wilson se había abierto paso a empujones entre el habitual tumulto de la taquilla y regresó aferrando los billetes.
Se los entregó a Sam y le dijo que subiera al tren en cuanto llegase.
Sam aguardaba en el andén entre una multitud.
Había todavía más gente que la última vez.
La situación empeoró cuando el tren apareció renqueando.
Se mantuvo firme y se preparó para subir los peldaños.
Los empujones y codazos a su alrededor le provocaron una claustrofobia que estuvo a punto de superarla.
Por suerte, el tren se detuvo con los peldaños justo delante de ella.
Se agarró a los pasamanos con alivio y se izó por encima de la multitud.
Varias personas tiraron de su ropa. De pronto, la riñonera portadocumentos se deslizó de su cintura y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Sam ahogó un grito y miró alrededor. Solo vio un mar de rostros impacientes y cuerpos que se empujaban.
Jamás encontraría al culpable. Bajó de nuevo los peldaños con dificultad y se abrió paso entre la muchedumbre hasta donde Wilson ayudaba a Alfredo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él—. ¿No te he dicho que subieras al tren?
—Alguien me ha robado la riñonera.
Él no la había entendido. Se encogió de hombros e intentó darse la vuelta.
—Mi dinero. Mi pasaporte. Me los han robado.
Su expresión cambió cuando comprendió lo que ella trataba de explicarle.
—¿Robados? ¡Mierda! Espera aquí.
Se volvió hacia Alfredo, que daba instrucciones a los mozos para que subieran las cajas al techo, y le gritó algo. Sam vio a Alfredo gesticular hacia los hombres, que volvieron a bajar las cajas al suelo. Alfredo miró a Sam y se encogió de hombros.
—No podemos marcharnos sin tu pasaporte —dijo—. En Sierramar no puedes viajar a ninguna parte sin identificación. Hoy no iremos a Riccuarte.
La invadió una terrible sensación de desencanto.
Contempló el tren, ya lleno y a punto de partir.
Los pasajeros iban aún más apretujados de lo habitual, y algunos se asomaban por las ventanas sin cristales en busca de aire.
Entonces vio una cara conocida. ¡Tati! Tati estaba en el tren. Pero ¿por qué?
—¡Tati! —gritó, pero el tren se puso en marcha y el rostro de la ventana no reaccionó. Sam intentó abrirse paso entre la multitud, pero ya era demasiado tarde. El tren había abandonado el andén. Sam seguía allí plantada, con expresión atónita, cuando Wilson se acercó con Alfredo.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Tati... Ha subido al tren. Estoy segura —titubeó ella, menos convencida bajo el escrutinio de Wilson y Alfredo.
—¿Por qué iba a estar Tati en el tren? No digas tonterías, Sam. Todos los negros te parecen iguales —dijo Wilson—. Estás confusa porque te han robado. Tati está en Calderon haciendo la colada.
Sam enrojeció de rabia y los nudillos se le pusieron blancos mientras se esforzaba por contener sus emociones.
—Pero está de vacaciones. Era ella. Sé perfectamente qué aspecto tiene Tati.
Bueno, casi segura... —Sam dejó la frase en el aire, avergonzada, pues Wilson había vuelto a hacerla parecer estúpida.
Wilson se apartó y llamó la atención de un policía local que holgazaneaba junto al puesto de café.
Se acercó a él mientras sacaba unos billetes del bolsillo.
Alfredo puso los ojos en blanco al mirarla.
—No te preocupes, Sam —dijo—. La policía local conoce a los carteristas que trabajan en la estación. Recuperarán tu pasaporte antes de esta noche.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Soy de aquí.
El malhumorado trío regresó al hotel para reservar habitaciones otra noche. Alfredo no contribuyó a mejorarles el humor cantando desafinada la exitosa canción de los Eagles, Hotel California.
—Cállate, Alfredo —dijo Wilson.
Volvieron a la cama durante unas horas y reaparecieron para almorzar sopa de pollo y arroz con tripas.
Los dos hombres dieron buena cuenta de aquel festín culinario, pero cuando Sam empezó a comer y las patas de pollo subieron flotando a la superficie del cuenco, se le quitó el apetito.
Cuando Alfredo le explicó que el segundo plato eran tripas, sintió que las náuseas le subían por la garganta.
En su lugar, comió arroz con un huevo frito; ya había tenido bastante cultura por un día.
Después de comer, Sam llamó a Mike para contarle lo del robo.
—Joder. Deberías tener más cuidado. ¿Habéis cambiado los billetes para mañana?
—Sí.
—Supongo que no pasa nada. Lo escondieron hace cientos de años. Imagino que un día más no cambiará nada.
Sam reparó en su absoluta falta de preocupación por su bienestar. A Mike solo le interesaba una cosa: el dinero. Se proponía encontrar el tesoro y conseguir así que le prestara atención por una vez. Anhelaba formar parte del equipo, ser uno más de los chicos.
A última hora de la tarde, estaban los tres sentados en el vestíbulo del hotel cuando alguien introdujo la riñonera de Sam por el hueco bajo la puerta de entrada.
Ella la vio deslizarse por el suelo del vestíbulo y corrió a abrir la puerta.
No había nadie fuera. Miró hacia la calle, atestada de vecinos que iban de un lado para otro atendiendo sus asuntos y autobuses que avanzaban trabajosamente entre el gentío, vomitando nubes de humo. Nadie parecía sospechoso.
Recogió la riñonera y pasó la correa entre los dedos.
Alguien la había cortado con precisión quirúrgica.
Se estremeció al imaginar lo afilado que debía de estar el cuchillo y lo cerca que había pasado de su piel.
Abrió la cremallera del compartimento y ahogó una exclamación de asombro.
Dentro no solo estaba su pasaporte, sino también su dinero.
—Ya te lo dije, Sam. Es lo habitual. Si pagas a los policías, siempre te lo recuperan —dijo Alfredo, que no se había movido de la silla.
—Pero el dinero sigue dentro —protestó Sam—. ¿Qué clase de carterista deja el dinero?
—Olvídate de los carteristas —dijo Alfredo—. ¿Qué clase de policía devolvería una riñonera con el dinero dentro?