Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 21
61%

Capítulo 21

Hernan Sanchez colgó el teléfono sin decir una palabra más, con la sangre hirviendo. Llamó a la criada, que había vuelto a meter su almuerzo en el horno y aguardaba en la cocina, esperando para sacarlo de nuevo.

—Agatha, tráigame mi lista de contactos.

La diminuta criada entró a toda prisa en el despacho y regresó con una antiquísima agenda de direcciones, dejando caer por el camino varias páginas sueltas y agachándose para recogerlas.

Como no sabía leer, era incapaz de volver a colocarlas en el lugar correcto.

Miró a su jefe en actitud suplicante. Él restó importancia al problema con un gesto y le indicó que se acercara.

No tardó en ordenar las páginas y buscar el número correcto. Hernan Sanchez conservaba contactos de los viejos tiempos que estaban al tanto de los tejemanejes turbios de Calderon. Necesitaba pedir un favor. Gruñó satisfecho al encontrar el número.

Tras varios tonos, alguien que hablaba con la boca llena contestó al teléfono; también a él lo habían interrumpido mientras comía.

—Hola. ¿Quién me llama a estas horas?

—Segundo, soy yo. Hernan Sanchez. Siento molestarte durante la comida, pero necesito tu ayuda y no puede esperar.

El tono de voz al otro extremo de la línea se volvió contrito y servil.

—Señor Sanchez, me hace usted un gran honor. ¿Cómo puedo ayudarlo?

—Segundo, anoche mi hija sufrió un accidente con su vehículo. De algún modo, sobrevivió.

—Gracias a Dios. Qué accidente tan terrible.

—Ojalá hubiera sido un accidente. Los mecánicos me han llamado para informarme de que habían manipulado los conductos de los frenos.

—¿Qué perro se atrevería a hacerle esto a su hija?

—No tengo ni idea, pero sufrirá por ello. ¿Puedes hacer algunas averiguaciones? Sé discreto. Alguien se lo habrá contado a alguien, que a su vez se lo habrá contado a otro, si entiendes lo que quiero decir.

—Por supuesto, jefe. Me pondré con ello de inmediato. La escoria que hizo esto pagará.

—No hagas ninguna tontería. Tenemos que averiguar quién le pagó para hacer el trabajo y por qué, antes de que pague por su salvajada.

—Sí, señor. Lo entiendo. Puede contar conmigo. Gracias por recurrir a mí. No le fallaré.

—Gracias, Segundo. Rápido y sin hacer ruido, por favor.

El señor Sanchez colgó. Para entonces, había perdido por completo el apetito y jugueteó con el almuerzo antes de dejarlo.

La preocupación por su querida hija le revolvía el estómago.

¿En qué clase de problema podía haberse metido para que alguien hubiera recurrido a medidas tan extremas contra ella?

Y, peor aún, ¿estaría alguien intentando vengarse por alguno de sus negocios?

Decidió no contarle nada a Gloria. La pobre chica ya tenía bastantes problemas en su vida.

Se llevó el café al despacho y no tardó en quedarse dormido en su mullido sillón de cuero.

***

Para sorpresa de Sam, Alfredo parecía menos entusiasmado de lo que ella esperaba ante el viaje para encontrar el tesoro.

Se volvió distante y distraído, reacio o incapaz de aceptar que su búsqueda había terminado; comprobaba una y otra vez sus documentos y se quedaba mirando la fotografía que Sam había hecho del código de la serpiente.

Ella se preguntó si la conmoción de descubrir que llevaba años buscando en el lugar equivocado había sido demasiado para su amigo alcohólico.

La búsqueda del tesoro constituía toda la existencia de Alfredo.

Incluso en sus mejores momentos, su contacto con la realidad era frágil.

Prefería hablar de literatura antes que de actualidad y era más feliz con una copa de vino en una mano y un libro en la otra.

Cuando llegó el momento de partir de Calderon, pareció dudar de sus propios razonamientos.

—Pero ¿y si no está allí? No puedo estar seguro. Si al menos tuviera más tiempo... —dijo Alfredo, agitando las manos.

—Alfredo, puedes encontrar el tesoro. Después de tantos años de búsqueda, puede que encuentres lo que estás buscando.

—Ten cuidado con lo que deseas, porque podría hacerse realidad —respondió él.

Los días siguientes fueron frenéticos. Para empeorar las cosas, Tati anunció que tenía que marcharse para atender un asunto familiar.

—Pero, Tati, te necesitamos aquí. ¿No puedes ir en otro momento? —preguntó Mike por mediación de Marta.

—Tengo que irme ahora. Mi tía se está muriendo —dijo Tati.

Marta le hizo algunas preguntas y negó con la cabeza en dirección a Mike.

Como Tati no se había tomado ningún día libre hasta entonces y parecía desesperada por marcharse, Mike decidió que se las arreglarían sin ella.

Gloria hizo que su propia criada acudiera a Avenida Miranda para cocinar un suministro constante de comida para las «tropas» de la oficina durante el fin de semana.

Mike había planeado llevar al equipo a San Martin la tarde de una fiesta nacional para tomar a la mañana siguiente el tren que conducía a la selva.

Compraron las habituales cajas de agua embotellada, atún, arroz, chocolate para cocinar, galletas Ritz, pasas y cacahuetes para picar durante el viaje.

Sam metió bolsitas de té y leche en polvo para no tener que beber el jarabe caliente que en Riccuarte pasaba por café.

Envolvió toda su ropa en dos capas de bolsas de plástico para evitar que se mojara en la canoa.

En su bolsa también llevaba una docena de carretes para la cámara, un frasco de repelente de insectos y unos caramelos de menta para el trayecto en tren.

Por último, añadió un gorro de lana para ponérselo por la noche y evitar la caída del cabello.

No podía contener la creciente emoción que le provocaba el viaje.

¿Y si encontramos el tesoro? ¿Me haré famosa?

¿Puede que incluso rica? Se había dado cuenta de que aquella no era una búsqueda cualquiera y de que quizá resolvieran uno de los mayores misterios de la historia de Sudamérica.

No era de extrañar que a Mike le fastidiara quedarse atrás.

Soñaba con un desenlace positivo, aunque la cínica que llevaba dentro creía que alguien ya había encontrado el tesoro y lo había repartido años antes.

Pero ¿y si no lo habían encontrado? Si lo encontrábamos nosotros, ¿a quién pertenecería?

Mike se llevaría la parte del león para Edward Beckett, que había financiado los viajes.

Sin duda, también se quedaría con una buena parte para él.

¿Se beneficiaría asimismo el equipo que encontrara el tesoro?

Alfredo esperaría recibir algo por su descubrimiento.

¿Me pagarán un sueldo de verdad? ¿Y qué pasa con el Estado?

Tiene que haber leyes sobre los tesoros históricos, ¿no?

Y si ella le estaba dando vueltas, los demás también.

Tal vez por la emoción, aún no había llamado a sus padres, salvo para decirles que había llegado sana y salva. No quería agotar la buena voluntad de Mike, pero necesitaba hablar con su familia antes de partir. Le preguntó si podía llamar a casa.

—Con una condición —dijo él.

Ella ya se esperaba lo que diría a continuación.

—No menciones el tesoro, ¿de acuerdo? Si puedes hacer eso, te concedo diez minutos.

—Puedo hacerlo. Gracias —dijo Sam.

Cogió el teléfono del escritorio de Marta y estiró el cable al máximo para poder encerrarse en el dormitorio de Mike.

Tardó diez minutos en contactar con una operadora internacional y solicitar una llamada a Inglaterra; dio el número y colgó.

El teléfono sonó unos minutos después y ella agarró el auricular.

—Tengo su llamada internacional —dijo la operadora—. Puede hablar.

—Gracias. ¿Hola?

—¿Sam? ¿Dónde estás? —Era la voz de Hannah.

—Estoy en Calderon.

—¿Qué tal es? ¿Te lo estás pasando bien? ¿Has conocido ya a algún hombre agradable?

—Eh... no. Pero me lo estoy pasando genial. He estado en la selva y volveré dentro de unos días.

—¿Tuviste que comer cosas raras allí? —preguntó Hannah.

—Sobre todo arroz y atún, y unos plátanos recién cogidos de los árboles. ¿Qué tal va todo por casa? —dijo Sam.

—Como siempre. Mamá y papá están los dos estupendamente, pero no están aquí porque han ido a tomar el té con unos amigos. No me apetecía y me he quedado en casa. Por cierto... —Titubeó.

—¿Qué?

—Simon me llamó —dijo Hannah.

—¿Te llamó? ¿Por qué?

—Te ha estado buscando. Quiere disculparse, intentarlo de nuevo... —La voz de Hannah se apagó.

—¿Intentarlo de nuevo? ¿Se droga?

—Mira, parecía arrepentido. Intenté enfadarme con él, pero no cedió. Dice que lo ha intentado una y otra vez, pero que no puede afrontar la vida sin ti.

—Qué raro. —Y qué irritante. ¡Vaya oportunidad para aparecer! Como si ahora necesitara distracciones.

—Me dejó atónita cuando llamó —dijo Hannah.

—Ahora no puedo ni plantearme volver con él. Me marcho a explorar la selva —dijo Sam.

—Lo siento. No quería alterarte en plena aventura.

—Ahora mismo no sé qué pensar, pero tengo tiempo de sobra para darle vueltas. Aquí no hay tele.

—¿No hay tele? Pues yo no voy.

—Pero es increíble. Es lo mejor que he hecho en mi vida. He sacado montones de fotos.

—Me alegro muchísimo de que sea todo lo que esperabas. Me muero de ganas de ver las fotos. Les diré a mamá y papá que estás bien. Les dará mucha pena haberse perdido tu llamada —dijo Hannah.

—Intentaré volver a llamar pronto. Ah, ¿puedes pedirle a papá que ingrese cien libras en mi cuenta, por favor? Ya te lo explicaré —dijo Sam.

—¿Para qué necesitas dinero? Creía que Mike Morton te pagaba.

—Díselo, por favor.

—Ese hombre es un cabrón. Hazte valer.

—¿Y perder mi trabajo? No te preocupes. Con esto en mi currículum, no tendré que volver a aceptar un acuerdo semejante.

—Se lo diré. Adiós, hermanita. Por favor, cuídate en la selva.

—Lo haré. Adiós.

Sam permaneció sentada en la cama varios minutos, asimilando las noticias sobre Simon.

¿Qué siento? ¿Que se me ha dado la razón?

Tal vez. Pero había dado por muerto aquel capítulo de su vida y ahora el cadáver estaba volviendo a la vida.

¿Sería diferente esta vez? ¿Puede un leopardo cambiar sus manchas?

Recordó las noches de pasión y dejó escapar un gemido involuntario justo cuando Mike abría la puerta. Él pareció sobresaltarse. —¿Estás bien?

—Eh... sí, perdona. Ahora mismo salgo.

¡Qué vergüenza!