Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El sol se abrió paso a la fuerza a través de la sábana que Sam se había enrollado alrededor de la cabeza.

Se incorporó en la cama con un gemido y abrió los ojos, un acto del que se arrepintió al instante.

La deslumbrante luz del sol la cegó como si alguien le estuviera apuntando a los ojos con láseres y la dejó aturdida durante unos instantes.

Volvió a cerrar los ojos y entonces recordó el accidente.

Menuda pesadilla. Abrió de nuevo los ojos y se examinó, pero no encontró ningún moratón.

¿Habría sido un mal sueño? De ser así, había resultado muy vívido.

Sam se arrastró hasta la ducha y descubrió que le faltaba un trozo de piel en el codo cuando el agua corrió sobre la herida y le arrancó un chillido.

La palpó con un dedo y encontró una zona pegajosa que le revolvió el estómago.

Se vistió a paso de tortuga, reacia a salir del dormitorio y afrontar las consecuencias.

Haciendo de tripas corazón, entró en la oficina, donde encontró a Marta atusándose el tupé con un cepillo redondo.

Sam la besó a modo de saludo y le dio los buenos días.

Mike estaba sentado a la mesa del comedor, comiéndose una tostada cubierta por una gruesa capa de mantequilla.

Levantó la vista. —¿Estás bien, Sam? Tienes un aspecto horrible, chica.

Gloria acabará matándote uno de estos días.

Sam lo miró directamente a los ojos, aunque hacerlo le dolía como un demonio debido a la intensa luz de la ventana que tenía detrás, pero no vio en ellos rastro alguno de humor ni de enfado.

—Me siento fatal. ¿Has sabido algo de Gloria esta mañana? —preguntó.

—No. Supongo que seguirá acurrucada con Alfredo bajo su edredón rosa. Ya llegará cuando le apetezca. No hay prisa —dijo Mike.

Ella había sido la última en enterarse de lo de Gloria y Alfredo.

No era la primera vez que se preguntaba por qué a todo el mundo, menos a ella, le resultaba tan fácil emparejarse.

También reparó en la familiaridad de Mike con la ropa de cama de Gloria, pero no hizo ningún comentario.

Arrastrando los pies hasta la mesa, se sirvió unas tostadas.

Intentó comprender por qué nadie sabía nada del accidente ni parecía importarle, pero decidió no decir nada a menos que fuera necesario.

Unas tostadas sin nada y un té solo calmaron sus ganas de vomitar, y disimuló el temblor de sus piernas.

Tati merodeaba junto a la puerta de la cocina, mirándola como si estuviera desnuda.

¿Quizá Gloria ya le había contado a Tati lo ocurrido? ¿Por qué Mike aún no lo sabía?

Cuando nadie mencionó el accidente de coche en toda la mañana, Sam atribuyó aquel silencio a otra muestra de la extraña cultura de Calderon.

Se obligó a comportarse con normalidad y se puso a planificar el viaje a Riccuarte.

Mike administraba sus fondos de una manera tan meticulosa como cicatera y presupuestó el viaje hasta el último centavo.

Sam, que recordaba la habitación que había compartido con Wilson y no quería repetir la experiencia, se llevó algo de dinero extra para cubrir el inevitable déficit.

Consiguió la colaboración de Marta para echar mano de la caja de gastos menores.

—¿Cómo que no te paga? ¿Estás casada con él o algo así? —preguntó Marta.

—Es una larga historia y ahora no tenemos tiempo para contarla. ¿Puedes ayudarme? —preguntó Sam.

—Dame los recibos después y los añadiré a las cuentas. Mike no pondrá pegas. No es su dinero y se trata de un gasto de empresa legítimo.

Gloria entró pavoneándose a la hora del almuerzo, como hacía siempre.

Nada indicaba que el accidente la hubiera afectado.

Tampoco dio muestras de querer contarle a Mike nada sobre su percance.

Sam captó la mirada de Gloria y ambas se escabulleron hasta la cocina sin que Marta, que odiaba quedarse al margen de cualquier cotilleo, se diera cuenta.

—¿Qué pasó después de que me marchara? —preguntó Sam—. ¿Llegó la policía? ¿Estás en apuros por conducir borracha?

—No seas ridícula. La policía no se atrevería. Mi padre se ha ocupado de ellos a su manera. No causarán ningún problema —dijo Gloria.

—Vale, estupendo —dijo Sam, sin comprender cómo lo había conseguido y sin querer preguntar, pues sospechaba que ya conocía la respuesta y que no le gustaría.

—¿El coche no es de tu padre? ¿No está enfadado?

—Mi padre se alegra de que esté a salvo y el coche no le preocupa en absoluto. Tiene un montón y me ha dado otro para reemplazarlo.

—¿Vas a contarle a Mike lo del accidente? —preguntó Sam.

—No, no pienso hacerlo, y tú tampoco puedes, por si me despide por estar a punto de mataros a los dos. ¿Te imaginas cómo habría reaccionado Mike si Alfredo hubiese muerto? La búsqueda del tesoro también habría muerto.

Sam se lo imaginaba con demasiada claridad.

—No se lo contaré. ¿Vas a estar bien?

—Estaré bien. Mi padre está tan aliviado de que tenga trabajo que está dispuesto a pagar lo que sea para que lo conserve.

—Es una noticia estupenda —dijo Sam—. Tu padre es una leyenda.

—La próxima vez, impide que beba tanto. Esta mañana me encuentro fatal.

—Claro, para que me apuñales con un palillo de cóctel.

Las dos se echaron a reír. Entonces Gloria adoptó una expresión perpleja.

—Aunque es raro.

—¿El qué?

—El taller cambió los frenos de mi coche el mes pasado y también rellenó el líquido. No deberían haber fallado tan pronto. Esta mañana les he echado una buena bronca a los mecánicos. Han prometido revisar hoy los frenos y ponerse en contacto conmigo cuando encuentren el problema.

—Mmm. Por mi limitada experiencia con el servicio al cliente en Calderon, lamento decir que no me parece tan raro —dijo Sam.

La ocurrencia no provocó ni una sonrisa.

En Sierramar, el sarcasmo se perdía en la traducción.

Gloria salió de la oficina con Marta para comprar las últimas provisiones del viaje.

Alfredo llegó poco después. Olía a alcohol y no era capaz de hilvanar una frase.

Mike lo obligó a tumbarse en la habitación de invitados y cerró la puerta.

Wilson entró en la oficina más tarde aquella tarde y se encontró con todos los preparativos evidentes de un viaje. Irradiaba ansiedad, pero esta no tardó en evaporarse cuando vio a Alfredo en la cocina bebiendo café fuerte. Entonces reparó en las cajas de provisiones de la cocina trasera.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó—. ¿Os vais de viaje?

—Es emocionante... —empezó Alfredo, pero Mike lo interrumpió.

—Vamos a financiarle una excavación a Alfredo. Quiere averiguar si los incas llegaron alguna vez a la provincia de Esmeraldas.

—¿Quieres que vaya? —preguntó Wilson—. Puedo organizar a los trabajadores, las canoas y el transporte.

—¿Puedes ayudar a Alfredo a instalarse en Riccuarte? Después ya no te necesitará.

—Será un placer.

—Muy bien, entonces queda decidido.

Alfredo asintió, evitando la mirada inquisitiva de Wilson, lo que dejó a este frustrado.

Wilson y Alfredo estaban sentados juntos a la mesa de la cocina cuando Gloria y Marta volvieron de hacer las compras.

Al verlas entrar, Wilson se puso de pie, haciendo chirriar la silla contra las baldosas de la cocina, y trastabilló hacia atrás.

Se agarró a la encimera para no caerse, con el rostro pálido.

—¿Estás bien? —preguntó Alfredo.

—Sí, sí, estoy bien. Creía haber visto una aparición.

Alfredo, que lo sabía todo sobre la debilidad de Wilson por las mujeres como Marta, lo interpretó como el noble arte de exagerar para causar efecto y siguió bebiéndose el café. Wilson parecía alterado por aquel incidente y, después de dar varias vueltas por la oficina, se marchó murmurando excusas.

—¿Qué le pasa a Wilson? —preguntó Sam.

—Oh, un flechazo —dijo Alfredo—. Le gusta Marta. Bueno, creo que le gustan todas las mujeres.

—Vaya —dijo Sam, intentando no mostrar su alarma ante aquel giro de los acontecimientos.

Por un lado, se sintió aliviada. Su breve conversación parecía haberlo convencido de que no tenía ningún interés en él.

Por otro, la horrorizaba que ya hubiese centrado su atención en su siguiente víctima.

Marta soltó una risita y agitó el pelo de un lado a otro, encantada de ser el centro de atención.

***

Wilson salió de la oficina presa del pánico, hiperventilando y temblando de miedo.

Cuando llegó a la calle, tenía la camisa pegada a la fina capa de sudor frío que le cubría el pecho.

Se apoyó contra la pared del edificio, intentando recuperar la compostura.

Con manos temblorosas, sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y extrajo uno.

Logró encenderlo a la tercera cerilla y dio una profunda calada que le provocó un violento ataque de tos que estuvo a punto de arrancarle los pulmones.

Se enderezó, con la cara roja. Dio otra calada al cigarrillo y sufrió un nuevo acceso de tos. Un hombre bajo y calvo, con cara de hurón, que había estado observándolo desde las sombras, se plantó justo delante de Wilson, incómodamente cerca de él, y habló con un siseo.

—¿Wilson Ortega? —preguntó.

Wilson asintió, intentando contener la tos que pugnaba por salir de sus pulmones.

—Tengo un mensaje para ti de El Duro. Tienes una semana para pagarle su dinero o te cortará la polla y te la meterá por la garganta.

El hombrecillo sonrió con suficiencia, satisfecho con su interpretación y con el efecto que había causado en su víctima.

Wilson siguió atragantándose, aunque ahora más por el creciente pánico que por el humo del cigarrillo.

Consiguió recuperar el aliento el tiempo suficiente para hablar.

—Pronto tendré su dinero. Lo prometo. Una semana no es suficiente.

Si me da un mes, le pagaré un cincuenta por ciento más. Lo juro.

—Duplícalo y veré qué puedo hacer —dijo el hombre, mientras planeaba quedarse con una buena tajada del dinero adicional.

—Vale, vale, dame unas semanas. Estoy detrás de algo grande. Será un trato hecho si me dejas seguir adelante.

—Lo dudo. Sin embargo, El Duro siente debilidad por ti. Te concederá dos semanas más para que salves tu hombría.

Extendió una mano del tamaño de la de un niño y escupió en la palma.

—Sella el trato con un apretón —dijo.

Wilson se estremeció al notar cómo la saliva pasaba a su mano, pero se contuvo para no limpiársela antes de que el hombre diese media vuelta y se alejara calle abajo con las manos en los bolsillos.

Cuando se hubo marchado, Wilson se frotó la mano contra la pernera del pantalón para eliminar el salivazo que empezaba a secarse y dio otra calada al cigarrillo.

No podía creer la pesadilla en que se había convertido aquel día.

José Falconi, el hombre al que había pagado para que saboteara los frenos del coche de Gloria, lo había llamado a primera hora de la mañana con una noticia terrible.

—He cumplido el contrato, señor Ortega. El coche quedó completamente destrozado. Nadie podría sobrevivir a un accidente así.

—Eso espero, teniendo en cuenta lo mucho que tuve que pagar para que se hiciera. Entonces, ¿la señorita Sanchez está muerta?

—Todavía no dispongo de esa información, así que no puedo confirmar si ha habido víctimas, pero puedo averiguarlo para usted más tarde.

—¿Víctimas?

—Sí, creo que había dos personas en el coche. La señorita Sanchez y el doctor Vargas.

—¡Jesús! ¿Dos personas? ¿Está seguro?

—Eso dice mi fuente.

—De acuerdo, gracias. Lo llamaré más tarde.

Wilson no podía creer su mala suerte. Era imposible saber cómo reaccionaría Mike ante la muerte de Alfredo. Eran como hermanos. Quizá se marchara de Sierramar.

Lleno de inquietud, había ido a la oficina para averiguar qué estaba ocurriendo.

Encontrarse allí con Alfredo lo había dejado desconcertado, y este no había mencionado en absoluto el accidente de coche.

¿Tal vez el agente de policía se había confundido?

¿Quizá Gloria era la única que iba en el coche?

Wilson se quedó atónito cuando ella también entró en la oficina como si no hubiese ocurrido nada y se puso a charlar con Marta.

Aquella mujer debía de estar hecha de acero.

No tenía ni un rasguño y tampoco había mencionado siquiera el accidente.

Wilson no lo entendía. ¿Habría saboteado Jose los frenos del coche equivocado?

No sabía que hubiese gente que usara cinturón de seguridad.

La mayoría de los habitantes de Calderon los cortaban por el punto en el que estaban sujetos al bastidor del coche y los tiraban.

Por eso los accidentes de tráfico solían ser mortales: la gente conducía demasiado deprisa y, si chocaba, salía despedida del coche y se estrellaba contra la carretera o contra un árbol a ciento veinte kilómetros por hora, lo que dejaba bien poco con lo que pudieran trabajar los empleados de la funeraria.

No haber logrado silenciar a Gloria podía resultar desastroso.

Temía que le contara a Mike lo de sus deudas y otros negocios turbios, pero, si no conservaba su empleo y conseguía dinero deprisa, El Duro se lo haría pagar.

Si conseguía librarse de Sam, aún tendría la oportunidad de venderle a Mike una de las zonas de concesión minera.

Improvisaría durante unos días y solo volvería a actuar si era necesario.

Mike seguía tratándolo como a un hermano perdido hacía mucho tiempo e incluso le había adelantado parte del sueldo.

No era el comportamiento de un hombre que sospechara de él.

Ahora que se las había ingeniado para colarse en el viaje «secreto», quizá consiguiera ganar dinero de verdad, un dinero que podría salvarlo de la ira de El Duro y por el que estaría dispuesto a matar.