Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Antes de partir hacia la selva, Sam y Gloria hicieron otra visita para comprar mapas a gran escala del río y algunas fotografías aéreas de la zona donde Sam se había detenido para fotografiar la serpiente.

Sin Wilson, a Sam le resultaba difícil precisar en qué recodo exacto del río se habían detenido y habían visto los escalones.

Sam estudió las fotografías aéreas con una lupa, pero la escala no le permitía distinguir nada de interés entre los árboles.

—No encuentro el lugar exacto donde vimos los escalones, pero Don Moises recordará dónde están —dijo Sam.

—Llévate los mapas. Aquí no nos sirven de nada. Siempre podemos comprar más —dijo Mike.

—¿Quieres repasar conmigo la lista de provisiones?

—La hiciste con Alfredo, ¿no? Dudo que yo pueda aportar gran cosa. Cómpralas con Gloria.

—¿Me das algo de dinero?

—Ah, tendrás que pasar por el banco. Ha llegado la transferencia de Edward. Te daré un cheque.

—Esto..., hablando de dinero, ¿te has acordado de ingresar el efectivo en mi cuenta?

—Por supuesto.

Pero su expresión le contó a Sam una historia muy distinta. Se encontraba ante un dilema. Ahora que formaba parte de la pandilla, no quería montar un escándalo. Lo que más deseaba en el mundo era sentirse incluida. Tendría que conseguir el dinero de otro sitio.

Aparte del trabajo, salir de fiesta a lo grande seguía siendo lo único que podía hacerse en Calderon, y para la gente del círculo adecuado había algún tipo de celebración casi todas las noches.

Como la invitaban a todas, Gloria eligió una fiesta en una hacienda a las afueras de Calderon por considerarla apropiada para que Sam conociera a personas que probablemente hablaran inglés.

A Mike le fastidiaba mucho perdérsela. Tenía un compromiso previo, una cena con el cónsul británico, y se despidió de ellas de malos modos.

Entusiasmadas ante la perspectiva de salir de la ciudad aquella noche, fueron cantando al compás de la música mientras recorrían las oscuras carreteras rurales.

Cuando llegaron a la fiesta, unas guirnaldas de luces centelleaban por todo el amplio jardín y había una maravillosa selección de bebidas repartida por la casa.

Acudió todo aquel que era alguien, y Sam encontró a mucha gente con la que podía charlar en inglés, lo que hacía que todo resultara mucho más divertido y requiriera menos esfuerzo.

Pasaron una velada estupenda bailando, bebiendo y disfrutando del jardín.

La fiesta empezó a apagarse mucho después de medianoche.

Hasta los veteranos más curtidos de la noche de Calderon habían sucumbido a los excesos combinados del alcohol y la coca, pilares de cualquier fiesta decente en la capital.

Algunas personas se habían marchado. Otras dormían desplomadas donde se habían sentado, con el cuello torcido en ángulos grotescos sobre los sofás de respaldo bajo.

De los ceniceros atestados se desbordaban colillas manchadas de carmín sobre las mesas y el suelo.

Bajo las plantas de la veranda relucían vasos de whisky de cristal tallado.

Fuera, los grillos ensordecían a quienes se habían aventurado a salir bajo el cielo estrellado de la madrugada.

Sam estaba sentada en los escalones de piedra, en medio de la cacofonía de insectos y ranas que competían entre sí.

Llevaba más de dos horas queriendo volver a casa, pero no lograba convencer a nadie para que la llevara.

Gloria no tenía el menor interés en marcharse.

Le encantaba ir de fiesta, pero convencerla de que se fuera era harina de otro costal, pese a que había pasado vomitando en el baño la mayor parte de la velada.

No paraba de salir para volver a llenarse de los mismos líquidos que acababa de expulsar.

Sam se puso de pie en el jardín, bajo la luz de la luna, y calibró su capacidad para mantener el equilibrio sobre los inestables escalones.

Regresó tambaleándose a la casa en busca de Gloria.

La encontró en el baño esnifando coca con Alfredo, que había salido de su exilio voluntario en su casa de Avenida Miranda.

Él manoseaba la ropa de Gloria de un modo que daba a entender que nunca antes había desvestido a una mujer sin ayuda.

Miró con repugnancia los botones de su camisa y pareció plantearse arrancarle la blusa.

Ajena a aquella lucha, Gloria sorbía un White Russian.

Alrededor de sus ojos se habían formado grandes círculos húmedos de rímel, y estos parecían hundidos en su rostro abotargado.

Le brillaba vómito en una manga y tenía una gran mancha de vino tinto en la entrepierna de los vaqueros.

—Hola, Gloria —dijo Sam—. ¿Estás ya lista para volver a casa?

Gloria se apoyó contra la pared y perdió el control de la cabeza, que le quedó colgando del cuello como la de un pollo estrangulado. Consiguió girarla lo suficiente para ver quién hablaba y sonrió con malicia.

—Todavía no, Sam. Media hora más.

Llevaba dos horas diciendo lo mismo cada media hora, y Sam ya la conocía lo bastante bien para estar convencida de que Gloria se quedaba solo por fastidiarla. Cuando bebía, le salía una vena maliciosa. Cuantas más ganas tuviera Sam de volver a casa, menos le apetecería a Gloria marcharse.

Sam había vuelto a deambular por el jardín cuando Gloria apareció en el umbral y dijo:

—Bueno, pues vámonos.

Dio media vuelta y se estrelló contra el sofá antes de encaminarse tambaleándose hacia la puerta principal. El estado de embriaguez de Gloria alarmaba a Sam, pero esta ya no soportaba quedarse allí ni un minuto más. Me aseguraré de que Gloria conduzca con cuidado.

Al salir a hurtadillas de la fiesta y adentrarse en el oscuro patio, se dio cuenta de que el coche de Gloria ya estaba saliendo marcha atrás del aparcamiento.

Alfredo se había adueñado del asiento delantero, así que Sam se acomodó en el trasero, donde la envolvió una nube de vapores de whisky y humo de tabaco.

Gloria bebió un trago de una botella de whisky medio vacía que sostenía por encima del hombro para ofrecérsela a Sam.

Esta se negó con una sonrisa. Gloria le pasó la botella a Alfredo, que iba en el asiento delantero.

Con la botella en la mano, él reclinó el asiento hasta quedar tumbado para poder mirar a Sam con lascivia.

Le guiñó un ojo y le dedicó una encantadora sonrisa que le arrugó el rostro.

Era de cuidado. Sam no pudo evitar devolverle una sonrisa radiante.

—Me llamo Alfredo —dijo él, sin darse cuenta de que ya conocía bien a Sam.

—Y yo, Sam —respondió ella, y añadió, como si acabara de acordarse—: Cinturones.

Gloria obedeció sin protestar, pues ya había renunciado a cuestionar la extraña obsesión de Sam con ponerse el cinturón de seguridad.

Alfredo tanteó el suyo, confuso. Que accediera la dejó asombrada, ya que la mayoría de los hombres de Calderon consideraban que ponerse el cinturón suponía un desafío a su masculinidad.

Gloria puso rumbo a Calderon, gritando insultos de borracha sin que pudiera discernirse a quién iban dirigidos.

El coche serpenteaba para esquivar los baches de la carretera rural.

Ascendió por las curvas cerradas que conducían a las cumbres de las montañas que rodeaban la ciudad.

Cerca de la cima de la colina había varios tramos en obras.

La pronunciada pendiente del terreno, la devastación de los bosques y las lluvias torrenciales contribuían a provocar constantes corrimientos de tierra, capaces de arrastrar carreteras y casas como un niño que derriba un castillo de arena en la playa.

Las obras actuales se debían a que la antigua carretera de acceso se había despeñado por el valle unos meses antes, llevándose consigo un par de autobuses llenos de gente en hora punta.

Al enfrentarse al complejo sistema de sentido único, Gloria empezó a conducir con un poco más de mesura.

No había farolas. Un apagón había sumido el valle en la penumbra, agravada por una niebla de madrugada que reposaba sobre la carretera como merengue translúcido bajo los faros.

Alfredo dormía como un bebé, mecido en su asiento por el constante vaivén de las curvas.

La carretera se ensanchó y Sam se relajó.

No había ningún otro coche a la vista. Estaban bastante seguras en aquella ancha carretera secundaria que conducía a la ciudad.

Alzó la mirada hacia las paredes verticales de roca que flanqueaban la calzada e intentó localizar orquídeas, un truco que utilizaba a menudo cuando viajaba en el coche de Gloria a velocidades absurdas.

Gloria frenó al llegar a la siguiente curva, pero el coche no redujo la velocidad.

—¡Dios, nos hemos quedado sin frenos! —gritó mientras daba un volantazo a la izquierda y metía una marcha más corta.

Luchó por hacer girar el coche, pero este derrapó. Sam se aferró al asiento que tenía delante. Intentó no dejarse llevar por el pánico y se preparó para el impacto.

El accidente sucedió a cámara lenta. El coche salió volando por los aires, aterrizó sobre el techo, que se hundió por un lado, y estuvo a punto de dejar inconsciente a Sam.

Dio varias vueltas por la carretera y se detuvo boca abajo en la oscuridad.

Durante un instante, solo el equipo de música del coche rompió el silencio mientras sonaba «You’re So Vain», de Carly Simon.

Sam abrió los ojos y descubrió que seguía viva. Llegó a esa conclusión porque le dolía el brazo y porque, a continuación, oyó a Gloria cantar al compás de la radio como si no hubiera ocurrido nada. Sobre el techo del coche había un charco de líquido. Gloria soltó una risita.

—¿Estamos muertas? —preguntó.

Sam sopesó con cuidado su respuesta antes de decidirse por:

—Será mejor que salgamos.

La ventanilla de Gloria seguía abierta y el impacto no había aplastado su lado del coche tanto como el del acompañante.

Se quitaron los cinturones de seguridad y se dejaron caer sobre el techo del coche sin incidentes; después, Gloria salió a gatas por la ventanilla.

Sam tuvo que abatir el asiento delantero y deslizarse por encima de él para salir a la carretera.

Se sentaron en un tronco al borde de la carretera, aturdidas por el accidente y enmudecidas por la conmoción. De repente, Sam se dio cuenta de que faltaba alguien.

—¿Dónde está Alfredo? —preguntó.

Gloria volvió la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos.

—Dios, me había olvidado. ¿Puedes mirar dentro del coche? Estoy demasiado borracha.

Sam se tumbó boca abajo y volvió a deslizarse al interior del vehículo.

Un charco de líquido tibio que se había acumulado en el techo del coche le empapó la ropa.

El miedo le arrancó un jadeo. El líquido que tenía debajo podía ser gasolina y el coche podría explotar como en las películas.

Lo olfateó y se dio cuenta de que el contenido de la botella de whisky se había derramado y había formado un charco.

Alargó el brazo y apagó la radio, lo que provocó un grito de protesta de Gloria.

Después encendió la luz interior situada sobre el parabrisas.

En el reducido espacio entre lo que antes había sido el techo del coche y el asiento del acompañante, distinguió la chaqueta de cuero de Alfredo.

Parecía seguir en su asiento, colgado boca abajo.

Lo agarró por el cuello y tiró con fuerza, pero no logró moverlo porque seguía sujeto por el cinturón, tal como ella había exigido.

Se esforzó por abrir el cierre y, cuando por fin cedió, Alfredo cayó de cabeza sobre el techo. Debo de estar bastante borracha para haberme olvidado de la gravedad. La caída despertó a Alfredo, que había estado dormido.

—Mierda —dijo—. ¿Dónde estamos?

Forcejeó para incorporarse lo suficiente para ver a Sam, tendida sobre el techo invertido.

Ella le ofreció la mano y, mientras tiraba de él con una, utilizó la otra para impulsarse hacia atrás, salir del coche arrastrándose por el whisky y llegar a la carretera.

Alfredo era de constitución fibrosa y se deslizó por el techo con sorprendente facilidad.

Gloria estaba sentada en el tronco al borde de la carretera, fumando un cigarrillo y manipulando su camisa mientras intentaba averiguar qué botón correspondía a cada ojal, una tarea que, en su estado, parecía un rompecabezas irresoluble.

No daba muestras de preocupación por la situación ni parecía sorprenderle encontrarse a las cuatro de la madrugada sentada en medio de la carretera, junto a un coche volcado.

Frunció el rostro con gesto concentrado mientras intentaba quitar el polvo que se había adherido a la sangre de la tela.

Gloria estaba más que acostumbrada a meterse en líos, pero, por ser la única hija del primogénito de una de las familias más poderosas de Calderon, se valía de su posición para salir de ellos.

Aquel colchón de riqueza ilimitada la había protegido de las realidades de la vida en Sierramar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Sam.

—Han fallado los frenos —dijo Gloria.

—¿Qué vamos a hacer? Deberíamos avisar a la policía.

—No. Tienes que irte ahora. Yo me ocuparé de esto. No puedes estar aquí.

—Pero no puedo dejaros aquí a los dos. Habrá unos procedimientos que seguir.

—Sí, los hay, pero tú no puedes estar aquí porque, al ser extranjera, te echarán la culpa e intentarán hacerte pagar un dineral porque has estado bebiendo. La experta aquí soy yo, Sam. Confía en mí. Tienes que irte antes de que sea demasiado tarde. Te prometo que todo saldrá bien.

Alfredo asintió con gesto solemne, o quizá de borracho. Sam seguía sin estar convencida.

—Pero es plena noche. ¿Estaréis a salvo?

Gloria, que parecía haberse despejado en un instante, se mostró tajante. Hizo señas a un taxi que pasaba.

—Sam, mi padre es un hombre poderoso en Calderon. Yo estaré bien. Tú eres extranjera y un blanco fácil para las multas y la corrupción. Tienes que marcharte ya.

El taxista bajó la ventanilla.

—¿Puede llevar a esta mujer al número 2256 de Avenida Miranda, por favor? —preguntó Gloria.

—Pero ha sufrido un accidente. No puedo llevarla. ¿Qué dirá la policía?

—La policía no se enterará. Soy la hija de Hernan Sanchez. Debería hacer lo que le digo.

—¡Señora Sanchez! No la había reconocido. Por supuesto que sí.

—Buen hombre. Tome esto por las molestias.

Gloria le dio un billete de veinte dólares, una fortuna, y Sam subió al taxi.

El conductor arrancó. La conmoción se apoderó de Sam.

¿Cómo ha conseguido Gloria que me marche?

Había sido persuasiva, pero Sam no entendía por qué el taxista había aceptado llevársela.

Gloria se preocupaba por ella, sin importar cómo se comportara.

Se volvió en el asiento y miró por la luneta trasera. Gloria fumaba un cigarrillo junto a Alfredo, al lado del coche volcado. Parecía serena y se inclinó hacia él para besarlo.