Capítulo 18 #2
—Ojalá pudiera ir —continuó Mike, ajeno a todo—, pero no puedo arriesgarme. Órdenes del médico. De no ser por eso, nada me mantendría alejado. De hecho, sería la aventura de mi vida. Estoy deseando que me lo contéis todo.
¿Órdenes del médico? Mike es demasiado vago para venir de viaje con nosotros. Solo quiere el botín.
—No te preocupes. Volveremos antes de que tengas tiempo de echarnos de menos —dijo Sam.
Aunque todos sus instintos le decían que evitara a Wilson, Sam no quería que Mike cambiara de opinión y la dejase en casa. Necesitaba el trabajo y anhelaba participar en la búsqueda del tesoro, fueran cuales fuesen los riesgos.
***
La reticencia de Sam a viajar con Wilson despertó dudas en Mike.
No se comportaba como la mayoría de las mujeres que había conocido.
Se había quedado atónito cuando ella le reveló lo del ataque.
Hasta entonces, aquel aspecto del carácter de Wilson no le había preocupado.
Se habían conocido en un burdel de mala muerte, pero eso significaba poco, puesto que Mike también estaba allí.
Se lo había justificado a sí mismo porque necesitaba a ambos en el viaje y seguía pensando que había tomado la decisión correcta.
Sam se había defendido de Wilson la última vez, ¿no?
¿Quién sabía qué clase de provocaciones habían precedido al incidente?
Nadie se abalanzaba sobre una mujer sin que esta lo provocara; él no lo hacía.
El tesoro era lo primero. Sam tendría que espabilar.
Aprovechó que estaba solo en la oficina para llamar a Edward.
—¿Diga?
—Ah, hola, Ophelia. Soy Mike Morton. ¿Podría hablar con Edward, por favor?
—Creo que está ocupado, Mike.
—No estará demasiado ocupado para oír esto.
—Está ocupado.
—Me da igual lo ocupado que esté. Dígale que necesito hablar con él ahora mismo. Es importante.
—No hace falta que sea grosero. Veré si puede quedar libre.
Se produjo una pausa. De fondo se oían unas voces amortiguadas que parecían discutir. El sonido de unos pasos se aproximó al teléfono. No eran zapatos de tacón. Mike respiró aliviado.
—¿Mike? ¿Qué es tan urgente? —preguntó Edward.
—Lo hemos conseguido, amigo. ¡Nos ha tocado el gordo! —exclamó Mike, incapaz de contenerse.
—¿Qué gordo? ¿Cómo puedes estar seguro? ¿No tenemos que hacer un montón de muestreos y mediciones? Creía que habías contratado a Sam para eso. Sale bastante cara para ser una novata. Espero que valga la pena.
Esto desconcertó a Mike por un instante, pero entonces lo recordó.
Había incluido en el presupuesto un sueldo decente para Sam, que al principio Edward se había negado a pagar.
No le había contado a Sam que Edward había cambiado de opinión y había accedido a pagarle.
Sam quería el trabajo y él necesitaba el dinero más que ella.
Ambos conocían las reglas del juego. ¿Para qué agitar las aguas?
—Resulta que es un genio. Ha descubierto una escalinata que conduce al tesoro perdido de los incas.
—¿Qué coño es el tesoro perdido de los incas? ¿No se supone que íbamos a abrir una mina de oro? —masculló Edward, incapaz de seguir el ritmo de los cambiantes planes de Mike.
—Coge una silla, amigo, y sírvete una copa bien cargada mientras te cuento una historia de incas, asesinatos, suicidios y oro.
***
La revelación sobre el cifrado de la serpiente de los peldaños incas había sido demasiado para Alfredo.
Desapareció en su estudio durante varios días y salió con aspecto demacrado por la falta de sueño.
Gloria se encargó de que no le faltara comida, pero sus platos se quedaban fríos o acababa comiéndoselos el perro de Alfredo.
Él había perdido por completo la noción del tiempo y a menudo llamaba a Mike de madrugada para hablarle de un nuevo descubrimiento.
—Mike, ¿estás despierto?
—Jesús, Alfredo, ¿sabes qué hora es?
—El último inca utilizó el cifrado de la serpiente en uno de sus sellos. Un cifrado real tiene que significar algo importante.
—Qué bien. Eso ya nos lo contaste. ¿Puedo volver a dormir ahora?
—¡Pero es un sello real!
—Sí, y por la mañana seguirá siéndolo. Buenas noches, Alfredo.
***
Desesperada por mejorar su relación con Wilson antes de que volvieran a la selva, Sam se enfrentó a él, algo que le resultaba insoportable y contrario a su forma de ser. Armándose de valor, se acercó a él en la cocina mientras echaba azúcar en el café.
—Wilson, tengo que hablar contigo.
Él la miró con desdén y suspiró.
—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy ocupado?
Sam abrió la boca de par en par. No esperaba aquella actitud hosca, pero le dio valor para replicar. —No deberías haberte abalanzado sobre mí en la selva —dijo.
—¿Abalanzarme sobre ti? No te despegabas de mí, y luego te echaste atrás. Típica zorra gringa.
—Eso es mentira —dijo—. Como si tú pudieras gustarme. De todos modos, Gloria lo sabe todo sobre ti. ¿Qué pensaría Mike si ella le contara tu pasado?
Wilson la miró directamente a los ojos.
—No se atrevería. No si sabe lo que le conviene. En cualquier caso, ¿qué hay de su pasado? ¿Qué diría Mike si se enterara de todo lo que ha hecho ella?
Aquello no estaba saliendo en absoluto como Sam había planeado.
—Gloria me ha dicho que no paran de despedirte por malversar fondos. Le contará a Mike el motivo si no tienes cuidado.
—Si sabe lo mío, también conoce a mis amigos. Por variar, no les importaría probar un pedazo de zorra rica.
Se dio la vuelta y la dejó plantada en medio de la habitación, con el rostro blanco por la impresión.
***
La fiebre del oro había contagiado a Edward. Fuera de sí por la emoción, llamaba a Mike todos los días para pedirle novedades.
—¿Cuánto vale ese tesoro, Mike? ¿Millones? ¿Miles de millones? —preguntó Edward.
—Todavía no lo sé. Espero que lo suficiente para jubilarnos —respondió Mike.
—¿Tenemos que compartirlo con el Gobierno? ¿Qué impuestos hay que pagar? ¿Podemos sacarlo de contrabando?
—Creo que ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.
—De acuerdo, pero tienes que decírmelo en cuanto tengas una idea de su valor.
—Serás el primero en saberlo, amigo. Por cierto, necesito otra transferencia. Los sueldos vencen la semana que viene y también tengo que pagar el alquiler trimestral.
—No hay problema, amigo. ¿Te bastan diez mil?
—Diez mil sería perfecto. Hablamos pronto, entonces, ¿vale, amigo?
—Por supuesto.
***
A pesar de su aparente indiferencia ante la amenaza de Sam de que Gloria lo desenmascarara, Wilson entró en pánico.
El trabajo con Mike era el paraíso para él: un sueldo abundante y muchas presas fáciles.
A Mike no le molestaría que fuera un mujeriego, pues era un hombre de mundo como Wilson, pero dudaba que le sentara bien que robara a su patrón.
Tenía que deshacerse de Gloria antes de que se fuera de la lengua, y tenía una idea bastante clara de cómo hacerlo sin levantar sospechas. Hizo la llamada.
—Señor Falconi, soy Wilson Ortega. Cuánto tiempo sin saber de usted.
—¿Wilson? Sí que ha pasado tiempo. ¿Es una llamada de cortesía?
—Sí y no. Esperaba que me ayudara con un problema.
—¿Le gustaría que ese problema desapareciera?
—Sí, pero debe parecer un accidente.
—¿Un accidente? Creo que puedo arreglarlo. ¿Tiene nombre el problema?