Capítulo 18
Cuando terminó la reunión, Marta volvió a casa en autobús.
Bullía de emoción contenida, pero guardó el secreto durante toda la tarde y hasta la mañana siguiente, a pesar de que se moría por contárselo a alguien.
En casa no había nadie con edad suficiente para comprender la importancia del cifrado de la serpiente o de las pruebas de Atahualpa, y tampoco podía llamar a nadie porque le habían cortado el teléfono después de que se olvidara de pagar la factura.
Marta vivía con su hijo de tres años, un niño obstinado que había heredado el carácter de su madre y el aspecto de su padre.
Estaba obsesionado con los dibujos animados de la televisión y siempre quería ver «solo uno más, mami».
A veces Marta no soportaba mirar a su hijo porque le hacía revivir todos los sentimientos de vergüenza y humillación que asociaba con su exnovio.
La había dejado embarazada a los diecinueve años y se había fugado con otra chica que vivía una calle más allá y tenía permiso de residencia en Estados Unidos.
Marta tuvo que enfrentarse a la decepción de su familia y a la desaprobación de sus vecinos cuando descubrió que iba a tener un bebé.
Se quedó embarazada la primera vez que se acostó con él, la noche en que le pidió que se casara con él.
¡Qué cursilada! ¿Cómo pude caer en un truco tan viejo, y encima el día de San Valentín?
A pesar de todas las advertencias de su madre sobre mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, había caído en el engaño más viejo del mundo, y tenía un hijo que se lo recordaba.
El pobre chico se convirtió en el vivo retrato de su padre.
No era culpa suya que ella no soportara mirarlo.
Para empeorar aún más las cosas, Marta acabó comprendiendo que Francisco nunca había tenido intención de casarse con ella.
¿Cómo iba yo a competir con esa fulana y su derecho a vivir en Estados Unidos?
La vida no era justa. Desde aquel día, Marta había dejado de confiar en los demás, pues suponía que muchos de sus amigos y familiares sabían que su novio se veía con otra, pero no la habían avisado.
A la mañana siguiente se preparó para ir a trabajar y, como hacía a diario, se maquilló con esmero.
Se secó el pelo con el secador y se lo fijó con una cantidad tóxica de laca.
Satisfecha con su aspecto, cogió el autobús para ir al trabajo, desesperada por contarle su secreto a alguien.
Entró con su llave en el apartamento de Mike Morton y se deslizó hasta la cocina, donde se encontró con la gratificante imagen de Tati doblada sobre la tabla de lavar, castigando los vaqueros de Sam con una piedra pómez.
Tati procedía de la costa y llevaba el sol consigo. Su cuerpo ágil se movía sobre la tarea con todo el entusiasmo que produce un trabajo bien hecho. Alzó la vista al oír el taconeo de los zapatos de Marta sobre las baldosas de la cocina, que anunciaba la llegada apresurada de su dueña.
—Buenos días, señora Marta —dijo—. ¿Cómo está hoy?
—Bien, gracias, Tati —respondió—. ¿Y tú?
—Estoy bien. Un poco preocupada por lo de anoche. No entiendo por qué el señor Mike me hizo volver a casa cuando el resto del equipo se quedó. He venido temprano para lavar la ropa con todas mis fuerzas, para que vea que trabajo mucho.
—No has hecho nada malo. Mike me lo habría dicho si tuviera algún problema contigo.
—Me llevé a casa los restos de un pollo que comieron esta semana; eran casi todo huesos, pero me los llevé sin pedir permiso. Anoche no pude dormir de la preocupación. Debería habérselo preguntado a Mike, pero pensé que nadie se daría cuenta.
—No es por el pollo. No tienes por qué preocuparte. Si me preparas una taza de café, te lo contaré todo. ¿De acuerdo?
Tati escurrió los vaqueros y los colgó en un tendedero.
Se secó las manos en el delantal y entró en la cocina arrastrando sus chanclas.
Preparó para ambas sendas tazas de café fuerte con mucho azúcar.
Marta tuvo que esforzarse por mantener la compostura mientras Tati echaba el azúcar en las tazas con una cuchara y lo removía con una lentitud exasperante.
—Gracias —dijo Marta, a punto de reventar de impaciencia—. El café está excelente.
—Entonces, ¿qué pasa con el señor Mike y el señor Alfredo? —preguntó Tati.
—Esto es alto secreto. No debes contárselo a nadie.
—No lo haré. Lo prometo.
—Anoche, después de que te marcharas, Alfredo nos habló del tesoro perdido de los incas.
Pertenecía a Atahualpa y tenían intención de utilizarlo para pagar su rescate, pero los españoles lo asesinaron antes de que pudieran pagarlo y el tesoro desapareció.
Resulta que Sam tomó una fotografía de un cifrado que, según Alfredo, podría tener algo que ver con el escondite.
Esa parte no la entendí. Creo que dijo que lo encontró en la selva.
Tati se removió en la silla.
—¿De verdad?
—Sí, Alfredo es cazador de tesoros y tiene muchos libros sobre el tema, así que debe de ser inteligente. Parece convencido de que Sam ha encontrado una pista, y Mike quiere ir a buscarlo. Bueno, él en persona no, pero creo que quiere que vayan Sam y Alfredo. ¿No es increíble?
Se detuvo, sin aliento. Se recostó en la silla y esperó a que Tati le suplicara más detalles, pero aquel relato fantástico no parecía haberla impresionado.
—Ah, pero esa historia es un mito. Lo leí en el periódico. Ya no queda ningún tesoro. Los españoles, o alguien, robaron todo el oro. No recuerdo quién. De todas formas, no creo que siga existiendo. ¿Está segura de que no sabe por qué el señor Mike me hizo marcharme?
—Quizá porque hablábamos en inglés. ¿No te interesa?
—No, no es asunto mío. Me preocupa perder el trabajo. Tengo que terminar la colada.
—Pero, Tati...
Tati se levantó y se dirigió con paso firme al fregadero.
Marta no entendía por qué el tesoro no parecía interesarle y lo había descartado sin más como un mito.
A Tati le encantaba cotillear sobre supersticiones, rumores y milagros.
Aquel día no había mostrado el menor interés.
Ese aparente cambio de actitud frustró a Marta, pero nunca había comprendido a Tati y supuso que tenía problemas en casa que la ponían de mal humor.
Marta siguió frustrada, todavía cargando con un secreto que sentía que aún no había compartido debido a la resistencia de Tati a hacer conjeturas. Pasó toda la mañana enfurruñada ante su escritorio y suspiró cuando Mike y Sam se marcharon a almorzar con Gloria.
—¿Qué le pasa a Marta? —preguntó Sam.
—Seguro que tiene la regla —respondió Mike—. No le hagas caso. Ya se le pasará.
La creciente emoción de Sam por el tesoro se veía atenuada porque Mike aún no le había dicho si iría con Alfredo a buscarlo.
La respuesta parecía obvia. Al fin y al cabo, nunca habrían encontrado los peldaños sin ella, pero el recuerdo de las ocasiones en que la habían dejado de lado en el pasado no dejaba de atormentarla, hasta que reunió valor para acorralar a Mike.
—¿Tienes un minuto? —preguntó.
—¿Qué pasa? —dijo Mike.
—Nada. Es solo que estoy muy emocionada por lo del tesoro.
—¿A que es fantástico? Siempre he soñado con ser rico y tener mi propio yate.
Mi madre, que en paz descanse, aspiraba a cosas mejores y me obligó a moverme en círculos sociales en los que no podía competir por falta de dinero y educación.
La clase es algo que el dinero no puede comprar, pero, después de conocer aquel estilo de vida, quise mejorar de todos modos y empecé a leer cuantos libros encontraba.
Viajé por todas partes y adquirí experiencia en otros países y culturas.
—¿Cómo te metiste en el mundo de las inversiones?
—A los ricos les gusta invertir en negocios más arriesgados como actividad secundaria, aparte de todos esos aburridos bonos e inmuebles.
Para ellos es como un casino caro. Las ganancias pueden ser enormes —aunque improbables—, pero de vez en cuando les gusta arriesgarse.
Estoy en una posición ideal para ponerlos en contacto con mis conocidos de todo el mundo, muchos de los cuales se especializan en encontrar proyectos de inversión poco probables.
El tesoro perdido de Atahualpa es el sueño de cualquier emprendedor.
Lo tiene todo: aventura, historia, violencia y misterio.
No tendré problemas para convencer a Edward de que aporte el dinero necesario para pagar los sueldos y las facturas de la oficina de Calderon, financiar los viajes a la selva y demás.
—Eso es estupendo —dijo Sam.
Hizo una pausa, insegura.
—¿Qué ocurre?
—¿Voy a ir yo? —preguntó.
Mike abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada seca de frustración.
—Por el amor de Dios, claro que vas. Alguien tiene que ayudar a mantener a Alfredo en vereda hasta que lleguéis a Riccuarte.
Le está costando asimilar la revelación de que el escondite del tesoro inca se encuentra en Esmeraldas y no en los Llanganates.
Podría convertirse en un lastre durante el viaje si no consigue mantenerse sobrio.
Sam dejó de contener la respiración. —No puedo decir que me alegre de que venga Wilson, pero lo entiendo.
—Solo irá hasta Riccuarte. Procura no volver a provocarlo.
Sam se tragó la respuesta. No conseguiría convencerlo de que no había hecho nada para atraer la atención de Wilson.
Mike no comprendía el comportamiento de Wilson porque estaba acostumbrado a que las mujeres se arrojaran a sus brazos debido a su notoriedad pública.
Había supuesto que Sam se había quedado deslumbrada por el atractivo viril de Wilson.
—Haré todo lo posible —dijo—. Alfredo me cae muy bien, a pesar de todo lo que bebe. Es un hombre tan encantador que resulta imposible resistirse a él. Aunque Wilson tampoco es precisamente un ejemplo de sobriedad. Espero poder vigilar a los dos a la vez.