Capítulo 16
Después del café, Sam y Gloria consiguieron por fin sacar las fotografías del viaje a Esmeraldas de la tienda de revelado en una hora.
Al salir, Sam dedicó a los empleados su sonrisa más radiante, pues había aprendido de Gloria algunas cosas sobre cómo hacer amigos e influir en la gente de Calderon.
Ya en el coche, rasgó el sobre de las fotografías y devoró su contenido, soltando chillidos de alegría ante las mejores y plantándoselas delante a Gloria, que conducía de forma aún más errática que de costumbre.
Quedaron con Alfredo y Mike para comer en el Banana Verde.
Los dos hombres habían estrechado aún más sus lazos desde el viaje a la playa.
Estaban obsesionados con el tesoro y no hablaban de otra cosa.
Mike pasaba la mayor parte del tiempo en casa de Alfredo, rebuscando pistas entre montones de papeles, y Sam se encontró al frente de los proyectos geológicos que le ofrecían a Mike.
A medida que mejoraba su español, Sam se encargaba de las reuniones con sus propietarios, ayudada por Marta, que también fue adquiriendo algunos conocimientos técnicos.
Convencida de que Mike acabaría aburriéndose de Alfredo y de su búsqueda del escurridizo tesoro, Sam estaba decidida a tener preparadas perspectivas interesantes.
Ahora no quería regresar a Inglaterra. No tenía ninguna aspiración de trabajar como secretaria y el mercado laboral para los geólogos no había mejorado.
Además, revisar proyectos le resultaba instructivo y ampliaba sus conocimientos sobre lo que había ahí fuera.
Una temporada en Sierramar quedaría bien en su currículum, hiciera allí lo que hiciese, y hablar español con fluidez sería aún mejor.
Sam no había vuelto a hablar a solas con Alfredo desde lo de la playa, pero llegó a conocerlo un poco mejor gracias a su presencia constante en la oficina.
Arquetipo del héroe byroniano, se rebelaba contra las convenciones y era autodestructivo, apasionado, arrogante y carismático.
Aunque afirmaba aborrecer a los ingleses, le gustaba exagerar y, en realidad, mantenía con ellos una relación más bien de amor y odio.
Pese a ser de Sierramar, recitaba a Shakespeare y vestía su cuerpo compacto con la ropa propia de un granjero de la campiña de Devon.
Era un hombre encantador, con un largo historial de desgracias provocadas por él mismo, al que le encantaba contar historias inverosímiles.
Una tarde, se abrió la camisa de un tirón en la oficina, haciendo saltar los botones en todas direcciones, para mostrarles a todos una cicatriz grande y amoratada en el hombro izquierdo.
La carne se había encogido, violácea y tirante alrededor de un agujero central, como un enorme par de labios fruncidos o, según observó Mike, como un ojo del culo.
—¿Veis esta cicatriz? —dijo—. ¿Queréis saber cómo me la hice?
—¡Hala! Menuda cicatriz —dijo Sam, que también tenía unas cuantas de jugar al hockey—. ¿Cómo te la hiciste? ¿Alguien te clavó un atizador?
Alfredo se echó a reír.
—En las Galápagos, caí dormido después de emborracharme bajo un árbol venenoso.
La savia del árbol me goteó sobre el hombro y me corroyó la carne.
Mis amigos me encontraron con un agujero enorme, todavía profundamente dormido bajo aquel árbol mortal.
Me llevaron corriendo al hospital y una operación de urgencia me salvó el brazo; tuvieron que extirparme la carne envenenada.
—¿La moraleja de la historia es que nunca hay que dormir bajo un árbol venenoso? —dijo Sam.
—¿O que no hay que emborracharse tanto como para no despertarse cuando se te está derritiendo la carne? —dijo Mike.
Por si a Sam le quedaba alguna duda sobre la veracidad de la historia, Alfredo la obligó a tocar la cicatriz. Ella se estremeció horrorizada cuando el dedo se le hundió en el agujero fruncido.
Cuando estuvieron todos sentados a la mesa del restaurante, Mike y Alfredo retomaron el tema del tesoro.
Sam ya lo había oído todo y abrió el sobre de las fotografías, que examinó detenidamente.
Varias de ellas eran memorables. Se las enseñó a Gloria, quien, después de haberlas ignorado en el coche, las contempló con entusiasmo fingido.
Mostró más interés en coquetear con Alfredo por debajo de sus tupidas pestañas.
Sam examinó la fotografía de la serpiente con la rana en la boca. No era gran cosa, pero cualquiera podía distinguir lo que era si se fijaba bien.
—Mike —dijo—, tienes que ver esta fotografía. ¿Distingues lo que es?
La inoportuna interrupción hizo que Mike pusiera los ojos en blanco. Agarró la fotografía, le echó un vistazo superficial y se la pasó a Alfredo. Este la miró por encima y extendió la mano para devolvérsela a Sam, pero de pronto palideció. Se la acercó a la cara y entornó los ojos.
—Mike —dijo—. Déjame tus gafas.
Mike le dio sus gafas de leer y Alfredo se las puso. Escudriñó la fotografía mientras murmuraba:
—Dios mío.
Mike observó con atención a su amigo.
—¿Te encuentras bien, Alfredo? Se te ha puesto una cara muy rara.
Alfredo contempló la fotografía, conmocionado.
—Dios mío —murmuró—. Me cago en todo y en todos los santos.
Se puso en pie, dejó caer la fotografía al suelo y corrió hacia la puerta del restaurante, abriéndose paso entre los camareros hasta salir a la calle. Se metió directamente en un taxi, que arrancó a toda velocidad.
Durante unos instantes, el silencio reinó en la mesa.
—¿Qué acaba de pasar? —dijo Mike.
—Ni idea —dijo Sam—. Quizá se haya olvidado de algo.
—A lo mejor no se encontraba bien —dijo Gloria—. Puede que le den miedo las serpientes.
Sam recogió la fotografía del suelo. Sopló para quitarle la suciedad y volvió a mirar la serpiente.
¡Una foto estupenda! ¿Qué demonios había provocado aquella extraña reacción de Alfredo?
No podía ser por la serpiente, ¿verdad? Quizá hubiese bebido antes de venir a comer.
No habría sido nada raro. Debería ampliar el centro de la fotografía para que podamos ver bien la serpiente.
—¿Pedimos? —dijo—. Ya volverá.
—Sí, estoy muerto de hambre —dijo Mike.
Llamó al camarero y pidieron la comida. Cuando llegó, comieron con ganas y se olvidaron del extraño incidente con Alfredo.
Sam y Gloria compartieron un flan de postre y pidieron una cafetera de café de filtro para las dos.
Contemplaban sus tazas, sumidas en el placentero sopor de la sobremesa, cuando Alfredo apareció en la puerta del restaurante tan de repente como se había marchado.
Llevaba consigo un enorme fajo de papeles y documentos en diversos estados de conservación, y del brazo le colgaba una bolsa de plástico llena de materiales similares y libros.
La bolsa, vieja y grisácea, parecía a punto de romperse en cualquier momento.
Una gota de sudor resbaló por el rostro de Alfredo y un extraño fulgor fanático le nublaba la mirada.
Su extravagante aspecto provocó comentarios entre los demás comensales.
Llegó tambaleándose hasta la mesa y un camarero que había estado observando su avance se apresuró a retirar los platos, vasos y tazas vacíos.
Alfredo dejó caer los documentos sobre el mantel sucio, demostrando así cómo habían acabado tan manchados y rotos.
—Alfredo, ¿estás bien? —preguntó Mike—. ¿Qué es todo esto?
—El tesoro —masculló Alfredo—. Es el tesoro, Mike.
—¿Qué quieres decir con «el tesoro»? No lo entiendo. Dijiste que los incas lo habían escondido en las montañas.
—Es la fotografía. La de la serpiente.
—¿Qué tiene que ver una fotografía de una serpiente con el tesoro?
—La clave. La clave —dijo Alfredo, dirigiéndose a Sam—. Has encontrado la clave.
Tenía los ojos encendidos por la emoción. Gloria llamó al camarero.
—¿Puede traernos un cuenco de sopa de manitas de cerdo, por favor? Y una cafetera grande de café fuerte.
El camarero, que merodeaba alrededor de la mesa, se dirigió a la cocina y regresó con la sopa. Gloria amontonó los documentos e hizo sitio para que dejara el cuenco. Alfredo se sentó, enmudecido por la conmoción.
—Alfredo, toma un poco de sopa. Te sentará bien —dijo Gloria.
—No tengo hambre. ¿Qué es?
—Sopa Levantamuertos.
—Ah, es mi favorita. Puede que pruebe un poco.
Devoró la sopa como si llevase días sin ver comida, chasqueando los labios con deleite. Después, Gloria le sirvió una taza grande de café.
—¿Azúcar?
—Sí, mucho.
Sam y Mike padecieron una tortura silenciosa mientras esperaban a que Alfredo se tomara la sopa y el café.
Después de una eternidad, suspiró, se palmeó el estómago y se recostó en la silla.
Miró alrededor del restaurante. La mayoría de la gente se había marchado para volver al trabajo y las pocas mesas aún ocupadas quedaban fuera del alcance de sus voces.
Se inclinó hacia delante y le pidió a Sam que volviera a darle la fotografía.
Ella se la entregó, no sin antes echarle otro vistazo, aunque seguía sin comprender qué había causado tanto revuelo. Alfredo habló en un susurro conspirador. Los demás se inclinaron para oírlo.
—Los escalones... Son la clave —dijo—, la clave del tesoro perdido de los incas.
—¿Tienes más fotografías de los escalones? —dijo Mike.
Sam le entregó a Alfredo las fotografías que había tomado. Él las aferró y ronroneó de placer.
—¿Dónde hiciste estas fotos? —dijo.
—No tengo ni idea. Río arriba desde Riccuarte. Wilson lo sabrá, o Don Moises —dijo Sam—. Estoy segura de que podríamos volver a encontrarlos.
—¿Qué tienen de especial los escalones? —dijo Mike.
—Aquí no podemos hablar —susurró Alfredo—. Volvamos al piso de Avenida Miranda. Podemos extender todo el material por el suelo y os contaré la historia paso a paso.
A Sam se le erizó el vello de los brazos por la emoción. Dio un codazo a Gloria, que arqueó las cejas, perpleja.
—Vale —dijo Mike—. Pagaré la cuenta y nos vamos.