Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

Una larga cola serpenteaba por la tienda de revelado en una hora a la que Gloria llevó a Sam para dejar sus carretes.

La lentitud glacial del servicio irritaba a Sam, que se moría de ganas de ver sus fotografías.

Se había levantado con el pie izquierdo y aquella demora le parecía una conspiración para sacarla de quicio.

—No entiendo por qué tardan tanto —dijo, poniéndose de puntillas y estirando el cuello para ver qué ocurría en el mostrador.

—¿Qué te pasa, gringa? —dijo Gloria—. Se llama «revelado en una hora» porque tienes que hacer una hora de cola para entregar el carrete.

Sam se rio a pesar de sí misma. Las diferencias entre sus culturas no afectaban a la incipiente amistad que las unía.

Compartían el sentido de lo absurdo y se estaban volviendo inseparables.

Mike se había dado cuenta y se había quejado a Marta de que juntas eran un peligro, a lo que ella había respondido con un suspiro, pero ambas lo ignoraban.

Después visitaron el Instituto Geográfico para comprar más mapas de la zona de Esmeraldas.

Esta vez no había soldados adolescentes y amistosos custodiando la entrada.

Los hombres de aspecto cetrino apostados en la puerta fueron inmunes a los encantos de Gloria y las obligaron a aparcar en la calle y subir a pie la empinada cuesta hasta la entrada.

La compra de los mapas se eternizó, y el coronel las hizo esperar por su firma aún más de lo habitual.

Aquello no mejoró el humor de Sam, e incluso Gloria parecía molesta porque él no hubiera respondido a su mejor sonrisa.

Regresaron a la tienda de revelado en una hora para recoger las fotografías y se la encontraron cerrada por la pausa del almuerzo.

Para colmo, cuando volvieron al piso descubrieron que Mike les había dado los números de mapa equivocados y que habían perdido el tiempo en el Instituto Geográfico.

Un último viaje para recoger las fotografías confirmó los temores de Sam: aquel no iba a ser su día.

—Las fotografías todavía no están listas, señora —dijo la dependienta.

—¿Cuándo puedo venir a recogerlas? —preguntó Gloria.

—Podría probar mañana después de las once.

—Gracias, eso haremos.

El rostro de Sam se ensombreció y fulminó con la mirada a la chica del mostrador, que echó la cabeza hacia atrás con desdén y se metió en la trastienda para ponerse a cotillear.

—Sam, tienes que mantener la calma. Si notan que estás impaciente, se pondrán nerviosos porque eres gringa. Creerán que vas a gritarles cosas que no entienden —dijo Gloria.

—Pero es que van despacio a propósito —dijo Sam.

—No, es solo que no están acostumbrados a tratar con alguien que tiene prisa.

El ritmo de vida en Calderon se arrastraba en comparación con el de Londres.

Aquella ineficacia sacaba de quicio a Sam, pero Gloria se lo tomaba con resignación y aceptaba la cultura del «mañana» con buen humor y un cigarrillo.

No haberle contado a Mike lo sucedido en la selva empeoraba el humor de Sam.

No encontraba el momento adecuado para sacar el tema y, cuanto más tardaba, más difícil le resultaba.

Wilson se presentó en la oficina para ayudarla a redactar el informe, pero Sam le había cogido tal aversión que no soportaba estar en la misma habitación que él.

Wilson también mantenía las distancias, tanto que incluso Mike percibió la frialdad entre ambos.

—¿Qué pasa entre Wilson y tú? —preguntó.

Sam le contestó con brusquedad, incapaz de controlar las emociones que había reprimido.

—No pasa nada, Mike. A menos que cuentes el hecho de que intentó agredirme durante el viaje.

—¿Qué? ¿Cuándo ocurrió eso? —preguntó él, desconcertado por su tono.

—Eh... en la selva, de noche, dentro de una casa —dijo Sam, mirando sus pies.

—¿Crees que soy adivino? ¿Por qué no me lo habías contado antes? —dijo Mike.

—Lo siento. No encontré el momento adecuado en la playa, pero ya te lo he contado.

—No puede haber sido tan grave si has tardado tanto en decírmelo. No te hizo daño, ¿verdad? ¿Solo lo intentó?

—No, no me hizo daño, pero solo porque le di un puñetazo en el plexo solar —dijo ella—. Pero me atacó de noche sin ningún motivo. No confío en él. No quiero seguir trabajando con él. ¿No podemos recurrir a otra persona?

Mike suspiró.

—¿Otra persona? Esto es Sierramar, por si no lo recuerdas. Es el mejor geólogo que tenemos. No puedo sacar a otro de la chistera. ¿Te das cuenta de que las diferencias entre nuestras culturas pueden dar lugar a interpretaciones extrañas? Quizá malinterpretó algo que hiciste.

—Pero yo no hice nada. Trabajé y me ocupé de mis asuntos. ¿No puedes al menos hablar con él?

—No, no puedo. Algo debiste de hacer. Averigua qué fue y ten más cuidado la próxima vez.

¿La próxima vez? ¿Cómo había acabado convirtiéndose aquello en un problema suyo?

De algún modo, la culpa había pasado a ser de ella en lugar de Wilson.

¿Por qué no se lo había contado a Mike en la playa?

Quizá se avergonzaba. En cualquier caso, le había dicho a Mike que sabía cuidar de sí misma y tendría que superarlo o él pensaría que no era capaz.

Tenía trabajo, mucho más de lo que podían decir la mayoría de los geólogos.

Y, lo que era más importante, él le pagaba el préstamo bancario; apenas una cantidad minúscula, pero iría reduciendo poco a poco sus deudas universitarias.

Sam renunció a la idea de que Mike la ayudara con Wilson, pero quería averiguar si por error le había enviado señales equivocadas.

Cuando Gloria apareció por la oficina, Sam le preguntó si podían ir juntas a tomar un café antes de recoger las fotografías y reunirse con Mike y Alfredo para almorzar.

No tuvo que pedírselo dos veces y pronto estuvieron sentadas en una cafetería cerca de la oficina.

Gloria se bebió el expreso de un trago y con evidente placer, pero Sam se demoró con el suyo mientras intentaba encontrar la forma de abordar el tema.

—Me alegra ver que mi amiga gringa se está adaptando mejor a los horarios de Calderon —dijo Gloria mientras encendía un cigarrillo.

—En realidad, quería hablarte de una cosa —dijo Sam, vacilante.

—Pues venga, chica, desembucha. ¿Qué pasa?

Sam quería saber la verdad. ¿Había provocado a Wilson o no?

—Es Wilson —dijo—. Intentó violarme.

La expresión horrorizada de Gloria la alarmó, así que añadió:

—Bueno, no violarme, sino agredirme, creo. No lo sé...

Su voz se apagó, confusa, y clavó la mirada en el salero con forma de cocinero y un enorme gorro blanco. Le ardía la cara de vergüenza.

La conmoción dejó muda a Gloria, aunque solo por un instante. Asintió.

—¿Cuándo ocurrió?

—En la selva. Se me echó encima sin previo aviso durante la noche.

—No me lo puedo creer. ¿Cómo lo detuviste?

—Le di un puñetazo en el plexo solar.

—Bien hecho. Ese hijo de puta cree que las mujeres son débiles.

—Pero, Gloria, somos iguales. Los dos somos geólogos.

—Sam, ¿de verdad eres tan ingenua? ¿Crees que Wilson te considera su igual?

A Sam nunca se le había ocurrido que, para algunos hombres, ella fuera menos que una persona por no ser también hombre. Negó con la cabeza.

—¿Te ha dejado en paz desde entonces?

—Me envió un horrible peluche rosa y una tarjeta con corazones y flores, suplicándome que lo perdonara. Odio los peluches.

—Seguramente cree que les gustan a todas las mujeres.

—No es estúpido. Lo odio a él y odio sus peluches. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Desconozco tanto la cultura de aquí... Me preocupa haberlo provocado de algún modo —dijo Sam, ahora entre lágrimas—. Por favor, dime la verdad.

Angustiada, a Gloria también se le llenaron los ojos de lágrimas. Se levantó, se sentó junto a Sam en el banco corrido y la abrazó con ternura.

—Pobre chica. Wilson es un monstruo.

—Entonces, ¿por qué me manda cosas rosas?

—Seguramente teme que Mike se entere y lo despida. ¡Oye! ¿Se lo has contado ya a Mike?

—Sí, pero cree que animé a Wilson y se niega a involucrarse. No conseguí convencerlo de que hiciera algo.

—El típico Mike. No conoce al verdadero Wilson. He oído cosas sobre él que no te creerías. Tú no lo provocaste, al menos no a propósito. Ese hombre se abalanzaría hasta sobre una jirafa.

Sam no pudo evitar sonreír ante aquella posibilidad.

—Entonces, ¿no fue culpa mía? —preguntó Sam.

—¿Qué? —dijo Gloria—. ¿Vestida así? No hay un solo hombre en Sierramar que pensara que intentabas atraerlo.

Sam encajó con entereza aquel veredicto sobre su forma de vestir. Llevaba una vieja camisa azul con las mangas remangadas y unos vaqueros antiquísimos. No se había maquillado y tampoco llevaba las uñas pintadas. El glamour no era su fuerte, pero Gloria podía hacerla reír con cualquier cosa.

—Y eso no es todo —dijo Gloria—. Wilson tiene fama de borracho violento. He oído que frecuenta burdeles y pega a las chicas. También corren rumores de que debe mucho dinero por toda la ciudad a El Duro, un delincuente peligroso.

—¿Lo sabe Mike? —preguntó Sam.

—No lo creo —dijo Gloria—, pero hasta ahora no había atado cabos.

Supuse que había dos personas con el mismo nombre.

Te prometo que se lo contaré a Mike en cuanto tenga ocasión.

Creo que Wilson también tiene intenciones con Marta, y la pobre chica no tiene nada que hacer frente a su insistencia y esa forma tan arrolladora de desplegar sus encantos.

La reacción de Gloria había dado la razón a Sam, que reconsideró su situación.

Wilson no podría ocultarle su verdadera naturaleza a Mike durante mucho tiempo.

Hasta Mike reaccionaría cuando descubriera a quién había contratado en realidad.

Mientras tanto, ella se aseguraría también de no volver a dormir jamás cerca de Wilson.