Capítulo 14 #3
También quería pedir yogur, pero no recordaba la palabra en español.
Cuando llegó el desayuno, incluía yogur de todas formas, con una buena cucharada de granola.
Perfecto. Sam se lo comió todo menos los platos.
Los huevos estaban deliciosos. No tenían aquel sabor a harina de pescado de supermercado que tenían los de Londres.
Desesperada por comer algo sabroso después de todas aquellas aburridas comidas de atún enlatado y arroz en la selva, el desayuno de Las Terrasas dio justo en el clavo.
Hizo bajar por la garganta cualquier pensamiento sobre Wilson con un océano de comida. Bebió dos tazas de té y un vaso de zumo de maracuyá y luego, hinchada, regresó tambaleándose a su cabaña y se quedó dormida en la hamaca. El sonido del mar la sumió en un sueño profundo.
Aún dormía cuando Mike le dio unos golpecitos en el hombro.
—Sam, despierta. Nos vamos ahora al aeropuerto.
No recordaba que Mike le hubiera dicho que partirían hacia Calderon tan pronto.
Sorprendida y entristecida por la noticia, y todavía aturdida por el sueño, se puso en pie y entró para hacer la maleta.
Aún no le había hablado a Mike de Wilson, pero no se había presentado la oportunidad con tanta conversación sobre el tesoro.
Tendría que esperar hasta que pudiera hablar con Mike a solas.
No tardó mucho en hacer el equipaje, pero, para cuando llegó al restaurante, Mike y Alfredo ya estaban sentados en un taxi con el motor en marcha.
—Date prisa, el vuelo sale dentro de una hora —dijo Mike, asomándose por la ventanilla.
—Perdona, pero no me dijiste que tuviéramos prisa. He hecho la maleta todo lo rápido que he podido —dijo Sam.
Mike la miró de arriba abajo.
—Bueno, desde luego no estabas decidiendo qué ponerte.
Vaya, qué desagradable. ¿A qué ha venido eso? No es que me contratara por mi físico. Pese al impulso de responder con algo ingenioso o gracioso, Sam no se defendió y se tragó el insulto para evitar un conflicto, como hacía siempre.
—A mí la gringa me parece mona —dijo Alfredo, que había advertido cuánto había herido a Sam aquella pulla.
Sam sonrió y su opinión de él mejoró un poco.
Mike no se dio cuenta del efecto que su comentario había tenido en ella y tarareó sin entonación mientras tamborileaba con los dedos sobre el marco de la ventanilla.
Sam se sentó en el asiento delantero del taxi y fingió quedarse dormida.
¿Qué espera que me ponga en la selva? ¿Chanel?
El vetusto taxi no parecía capaz de llegar al aeropuerto a tiempo, pero lo consiguieron con media hora de margen.
No fueron los últimos pasajeros en subir al avión.
Un hombre enorme y gordo, vestido con uniforme de gala, subió las escaleras a pisotones y expulsó a alguien de la primera fila unos cinco minutos después de la hora prevista de despegue.
La víctima del desalojo se encaramó a uno de los asientos abatibles que utilizaba la tripulación, con expresión de muy pocos amigos.
Mike y Alfredo se sentaron juntos durante el vuelo y hablaron del tesoro en voz baja.
A Sam le tocó al lado una mujer que pasó todo el trayecto poniéndose y retocándose el maquillaje en un silencioso estado de pánico.
Nunca somos lo bastante guapas ni lo bastante delgadas.
Siempre hay algún motivo para criticarnos.
Gloria fue a recogerlos al aeropuerto y los esperaba en la zona de estacionamiento prohibido, frente a la puerta de llegadas. Se había arreglado mucho porque había ido a comer con sus amigas del colegio.
—Gloria, este es Alfredo —dijo Mike—. Es buscador de tesoros.
—Un placer —dijo Alfredo mientras le besaba la mano con sus modales más galantes.
Gloria se ruborizó y, en medio de su confusión, arrancó sin Sam, que estaba intentando meter la bolsa en el maletero.
Cuando vio en el espejo a Sam haciéndole aspavientos, Gloria frenó en seco y se asomó por la ventanilla encogiéndose de hombros en señal de disculpa.
Sam puso los ojos en blanco e hizo gestos sobre su pecho para indicar que el corazón se le había desbocado, pero Gloria no le hizo caso.
Después de dejar a Mike y a Sam en el piso de la Avenida Miranda, Gloria se marchó charlando con Alfredo, que lucía una sonrisa radiante. Sam cruzó los dedos. Quizá una búsqueda con éxito del caso perdido de Alfredo consiga distraer a Gloria de su búsqueda sin esperanza del exitoso Diego.
—Hogar, dulce hogar —le comentó a Mike, que soltó un gruñido—. Me pregunto qué habrá en la nevera.
Arrastró la bolsa hasta el lavadero situado al fondo de la cocina. Tati ya se había marchado por aquel día, así que dejó la ropa sucia en un montón junto al gran fregadero.
—¿Por qué no tenemos lavadora? ¿Son caras? —dijo Sam.
—Gloria me dijo que dejan sin trabajo a las criadas. Las criadas consideran que las lavadoras son unas usurpadoras y tienden a sabotearlas —dijo Mike.
—¿Le importaría a Tati que compraras una?
—No es asunto suyo. Tati apenas tiene que limpiar y lleva lavando ropa a mano desde que era pequeña.
El tono no invitaba a discutir. Sam entró en su habitación y cerró la puerta. Poco después, disfrutaba de una ducha caliente y soñaba con una taza de té.