Capítulo 14 #2
Alfredo aceptó aquella adoración como algo que se le debía.
—¿Queréis que os cuente nuestro viaje a Riccuarte? —dijo Sam cuando se produjo una pausa en la conversación.
—¿Encontrasteis un yacimiento de oro enorme? —dijo Mike.
—Eh... no exactamente, pero tiene un potencial enorme.
—Hablemos de ello cuando volvamos a Calderon. Wilson también debería estar presente, ¿no crees?
Ella no estaba de acuerdo y le habría gustado hablarle del comportamiento de Wilson, pero parecía inútil intentar mantener una conversación seria con un hombre que tenía la capacidad de atención de un pez de colores que acababa de descubrir una piedra nueva en su pecera.
—Puede esperar.
Mientras los hombres hablaban del tesoro, Sam se escabulló para echarse una siesta en la hamaca situada frente a su cabaña.
Los mosquitos, que se estaban dando un festín con sus manos, la despertaron a primera hora de la noche.
Soltando maldiciones, saltó de la hamaca, entró en la cabaña y cerró la puerta.
Se duchó con agua calentada por el sol, procedente de un pequeño depósito del tejado.
Cuando se acabó el agua tibia, el suministro más frío del pozo de la playa la obligó a salir de la ducha.
Se roció de pies a cabeza con repelente y se puso una camiseta holgada y unos pantalones de lino que estaban casi limpios.
Se calzó unas chanclas y fue andando hasta el restaurante.
Mike y Alfredo habían vuelto a la mesa —si es que alguna vez la habían abandonado—, ahora despejada salvo por un par de bebidas recién servidas, y estaban inmersos en un intenso debate.
Sam se deslizó en el banco, al lado de Mike, pero los dos hombres no repararon en ella, tan enfrascados estaban en la conversación. Socrates se acercó a la mesa.
—Entonces, linda, ¿qué te pongo? —dijo.
—Querría un gin-tonic y un ceviche de gambas, por favor —dijo Sam.
—¿Doble?
—Sí, por favor. Los dos.
Se quedó contemplando los murciélagos, observando las estrellas e intentando distinguir los planetas. La conversación que mantenían los hombres no requería la aportación de su mente agotada. Llegó su bebida y ella se trasladó a una mesa tranquila, en un rincón, donde comió y bebió a sorbos en paz.
Repasó mentalmente los acontecimientos de las últimas semanas, evitando pensar en el intento de violación porque no era capaz de procesarlo sin la ayuda de Gloria.
No podía contárselo a Mike mientras estuviera en aquel estado.
Tendría que esperar. Brindó consigo misma y bebió un buen trago; el alcohol mantenía los pensamientos sobre Wilson a raya, confinados en los rincones más recónditos de su mente.
Un cálido estremecimiento la recorrió al pensar en la suerte que la había llevado hasta Sierramar.
Ahora podía ver su futuro, tangible. La vida con Mike sería poco lucrativa, pero perfeccionaría sus habilidades como geóloga de exploración y pronto sería imparable.
Ahora que tenía experiencia en geología aluvial, no necesitaba que Wilson los acompañase.
Pronto encontrarían un proyecto que dirigir y entonces ella estaría al mando.
Todo el pesimismo que había sentido respecto a su carrera se desvaneció, sustituido por una certeza que le daba fuerzas.
Le recorrió el cuerpo y le puso el vello de punta.
Estaba en marcha y nadie la detendría. Cuando se levantó para marcharse, Mike y Alfredo seguían hablando, aunque parecía que empezaban a dar la noche por terminada.
Se despidió de Socrates con la mano para darle las gracias y regresó a su cabaña.
Al día siguiente, Sam miró desde la cabaña y vio el sol brillando sobre la arena.
Estaba tan eufórica que bajó corriendo hasta el mar en camiseta y bragas y se lanzó al agua.
El frío conmocionó su cuerpo y soltó un chillido cuando le alcanzó los muslos.
Se adentró un poco más, tanteando la arena con los dedos de los pies.
La piel se le erizó por todo el cuerpo mientras este luchaba contra el frío.
La fuerte corriente que había más lejos la ponía nerviosa, así que solo hizo un par de débiles intentos de nadar en paralelo a la orilla, en aguas poco profundas.
Las olas rompieron sobre su cabeza y la hicieron toser y resoplar.
El agua salada le bajó por la garganta y se la abrasó.
Odio el mar. ¿Por qué me meto siempre? Como en mi vida.
Tras decidir que ya había hecho lo suficiente para justificar estar mojada, Sam salió del agua y subió por la playa hacia su cabaña.
Alfredo yacía en su hamaca y la observaba desde debajo del ala del sombrero, con todas sus velludas extremidades colgando por los bordes.
Parecía un animal atropellado. Ella lo saludó con la mano y él alzó una mano flácida en respuesta.
Sam se sentía de maravilla y el aire marino había hecho milagros con su apetito.
Se vistió y subió sin prisas al restaurante para ver si alguien era capaz de preparar el desayuno.
Una mujer gorda y jovial que estaba en la cocina comprendió la expresión hambrienta de Sam sin necesidad de entablar conversación.
—¿Buenos días, mi señorita, quieres desayunar? —dijo.
—¿Desayunar? Sí, por favor —respondió Sam—. Dos huevos fritos, plátanos maduros fritos, tostadas, zumo y té.