Capítulo 14
Wilson partió al amanecer en el tren a San Martin, llevándose todas las muestras y el equipo de la expedición.
Sam cogió un taxi hasta la playa, donde Mike, que se había tomado un descanso del trabajo, esperaba que lo pusiera al corriente.
A medida que aumentaba la distancia entre Wilson y ella, su ansiedad se disipó y recobró su humor habitual.
Le dolía todo el cuerpo de puro agotamiento y estaba deseando volver a hablar en inglés.
Su semana en la selva había sido un suplicio, y no se parecía en nada a lo que había esperado.
Al menos no tendría que volver a trabajar con Wilson.
Se recostó en el vetusto taxi y contempló las palmeras que pasaban a toda velocidad.
Alguien había sujetado las puertas del vehículo con cuerdas, y los muelles del asiento trasero se le clavaban en las piernas.
De vez en cuando, las marchas se atascaban y el conductor tenía que hacerlas entrar a fuerza de rascar el cambio.
Quizá un embrague nuevo habría resuelto el problema, aunque, por el ruido, parecía que un coche nuevo habría sido una solución mejor.
—Necesita un coche nuevo —dijo.
—Ah, ¿habla español? —dijo el conductor. Qué alivio oír un acento que podía entender.
—Sí, pero entiendo mejor de lo que hablo. ¿Es usted de San Lorenzo?
—No, soy de San Martin. Mi coche está en las últimas. Me encantaría tener uno nuevo, pero aquí no los fabricamos. Tenemos que importarlos. El impuesto de importación es del doscientos por cien del precio del coche.
—¿El doscientos por cien? Es muchísimo —dijo Sam.
—Demasiado. Si quiero un coche nuevo, tendré que ganar la lotería.
—Entonces, ¿cómo pagó este?
—Hace veinte años, los coches no tenían impuestos de importación. Después, el Gobierno vio una forma de ganar mucho dinero.
—¿Compró este hace veinte años?
—No. Me formé como médico, pero el Estado nunca me pagaba a tiempo, así que le compré un coche de segunda mano a mi primo y me hice taxista.
—Eh... ¿funciona el taxímetro?
—No, no los usamos. Cobramos según la distancia y el cliente —dijo el conductor.
—¿A mí me cobrará un suplemento?
—A los extranjeros siempre les cobramos de más. —Se volvió y sonrió—. Pero, como habla español, le rebajaré el precio.
—¿Y mi ropa? ¿Le parezco rica? —Sam señaló con gestos sus pantalones sucios y su camisa rota.
—También podemos tenerlo en cuenta.
Tras pagar una tarifa de taxi calculada en función de su condición de gringa, con descuento por sus conocimientos del idioma y su aspecto desastrado, Sam bajó del vehículo y pisó la arena del aparcamiento.
Al igual que los demás hoteles de las dunas, Las Terrasas se había construido sobre pilotes debido al riesgo de mareas altas cuando había tormenta.
El edificio principal del hotel tenía en la planta superior un bar y un restaurante con terraza y vistas a la playa y al mar.
En la planta baja se encontraban el almacén y la vivienda del gerente.
A izquierda y derecha, entre las palmeras y a lo largo de la playa, se extendían varias cabañas de madera para los huéspedes, también sobre pilotes y con tejados de chapa.
En otro tiempo las habían pintado de colores vivos, ahora desvaídos hasta adquirir tonos pastel y desconchados en algunos sitios.
Cada cabaña tenía un pequeño porche con hamacas acogedoras, aunque ajadas y con los flecos raídos.
Antiguos veraneantes habían dejado conchas y piedras de formas extrañas en los porches tras echarse atrás ante la idea de llevarlas en el equipaje.
Una fresca brisa vespertina sopló entre los árboles y un coco cayó a los pies de Sam, sobresaltándola. Dejó la bolsa al pie de las escaleras del edificio principal y subió al restaurante. Se acercó a la barra y un hombre bajo y fibroso, de barba entrecana, apareció desde la cocina.
—Hola —dijo en inglés—. Tú debes de ser Sam. Soy Socrates. Tus amigos están en el balcón. ¿Te apetece comer algo?
Muerta de hambre, Sam hojeó el sobado menú y eligió un plato llamado pescado a la playa.
Socrates se apresuró a entrar en la cocina para animar a la cocinera.
Sam salió al balcón desierto. Los restos de una larga comida cubrían una mesa orientada hacia el mar.
Entre el caos de platos sucios y vasos con rodajas de limón reblandecidas había un cuenco de chips de plátano y palomitas.
Sam empujó los platos al otro lado de la mesa y se deslizó por el banco de bambú hasta sentarse con vistas a la playa.
El mar centelleaba bajo el sol de la tarde y las gaviotas descendían en picado y graznaban sobre un pequeño pesquero que se dirigía a la orilla.
Socrates apareció en la playa, bajo el balcón, y se encaminó al lugar donde había atracado la embarcación.
Tres pescadores arrastraron la robusta barca hasta la arena con ayuda de varias personas que habían acudido a la playa alertadas por las gaviotas.
Socrates los ayudó a sacar la embarcación y luego inició una negociación por el contenido de dos cubos naranjas situados en la proa.
Sam respiró el aire marino y se recreó en el calor del sol sobre la espalda mientras lo veía regatear por su comida. Mike Morton apareció por detrás de un biombo de bambú junto a la barra. Cruzó el suelo haciendo eses, con el paso vacilante de quien había disfrutado de una larga comida bien regada.
—Hola, chica —dijo—. ¿Quieres una cervesa?
Soltó una risita al ver su cara de cansancio. Su apacible borrachera desarmó a Sam.
—Preferiría un zumo de fruta, por favor. Uno de maracuyá sería perfecto —dijo Sam.
Mike se volvió para regresar a la barra y pedir el zumo. A medio camino, se dio la vuelta hacia Sam.
—Estoy aquí con Alfredo Vargas, un amigo de Calderon. Anda por ahí. Supongo que aparecerá en cualquier momento. Creo que ha ido a ayudar a Socrates con el pesquero. Te va a encantar.
—¿Alfredo Vargas? Creo que lo conocí en la discoteca. ¿No es un poco excéntrico?
—No más que el resto de nosotros.
Le guiñó un ojo. Malhumorada por el hambre y necesitada desesperadamente de una siesta, ella le devolvió la sonrisa e intentó ignorar el rugido de su estómago.
Al cabo de unos minutos, Alfredo Vargas apareció en el restaurante con un mono al hombro.
¿Cómo se las había arreglado para sacar un mono de la nada cuando las selvas que ella acababa de dejar atrás parecían vacías de fauna?
Lucía la sonrisa torcida de quien también se había pasado la tarde bebiendo.
—Cocos locos —dijo mientras se dejaba caer con estrépito en el duro banco, junto a Sam. El mono saltó a la mesa y se puso a rebuscar entre las sobras de la comida. Alfredo tuvo hipo y miró a Sam con sus grandes ojos castaños, desenfocados.
Le costó reconocerla y examinó su rostro desde muy cerca. Ella no podía apartarse porque ya estaba pegada a la barandilla del balcón, así que optó por sostenerle la mirada.
—¿No te conozco? Reconozco esos ojos verdes —dijo Alfredo.
—Soy Sam. Nos conocimos en la Discoteca y en la tienda de la Avenida Miranda. Me ayudaste a elegir chocolate negro.
—Ah, ahora me acuerdo.
—¿Cómo va la búsqueda del tesoro? —dijo Sam.
—Tengo nuevas pistas. Creo que estoy cerca —dijo Alfredo, arrastrando las palabras.
Mike abrió mucho los ojos.
—Dijiste que eras investigador —dijo—. ¿Por qué no mencionaste el tesoro?
—No me lo preguntaste. Investigo tesoros perdidos.
—Cuéntanoslo todo —dijo Mike.
—Entonces pídeme un whisky doble.
Mike llamó a Socrates y pidió una ronda. Socrates se la llevó con una copa para él. Ya había oído la historia, pero nunca se cansaba de ella. Alfredo enderezó la espalda, expectante, y bajó la voz, obligándolos a inclinarse hacia él para oírlo.
—Cuando era joven, trabé amistad con Jorge Vasquez, uno de los hombres más ricos de Sierramar, que había amasado una fortuna con los plátanos y el cacao.
Había encontrado unos documentos que aludían al tesoro perdido de los incas y decidí buscarlo.
Se lo conté a Jorge y le pedí dinero para financiar la búsqueda.
Jorge no tenía familia en la que gastar su fortuna, y la idea del tesoro lo fascinó.
—Invirtió una fortuna en el proyecto. Convencí a Jorge de que un tosco mapa que había encontrado durante mis investigaciones nos conduciría hasta él, así que dedicamos los veinte años siguientes de su vida a intentar localizar el tesoro que, según se rumoreaba, los incas habían escondido en las montañas de Sierramar.
—¿Veinte años? Vaya —dijo Mike—. Se parece a mi relación con Edward Beckett. ¿Estuvisteis alguna vez cerca de encontrarlo?
—Hicimos decenas de intentos por recuperarlo, y creo que estuvimos muy cerca.
Las montañas de los Llanganates son un terreno implacable y es fácil perderse.
Una vez, Jorge se rompió una pierna cuando un helicóptero se estrelló en un arroyo.
Quedó aislado durante una semana mientras yo iba en busca de ayuda.
Hizo falta una expedición militar para encontrarlo y rescatarlo.
—¿Sigues buscando? —dijo Mike.
—Cuando Jorge se hizo demasiado viejo para ir a las montañas, me encomendó que fuera solo, y yo siempre regresaba con historias de hazañas y huidas por los pelos para entretenerlo. A los dos nos gustaba beber, y muchas noches amanecía mientras contábamos y volvíamos a contar aquellas aventuras.
Alfredo hizo una pausa para respirar y dio un buen trago a su whisky. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Pero Jorge murió de un infarto el año pasado, y me dejó desolado y sin financiación.
A decir verdad, mi búsqueda lleva ya unos años suspendida.
He intentado sentar la cabeza, pero regentar un bar en Calderon probablemente no fuera la mejor manera de mantenerme sobrio.
Así están las cosas. Estoy de año sabático, pero no retirado.
Sonrió y alzó el vaso. Sam miró al otro lado de la mesa a través del laberinto de vasos vacíos, que relucían bajo el sol del atardecer. Embelesado por las historias de Alfredo, Mike murmuró:
—Ojalá tuviera dinero.