Capítulo 13 #3
El recuerdo de la agresión se desvaneció y Sam se relajó, reconfortada por las armonías de la selva. Wilson no durmió en la casa con ella, lo que supuso un alivio enorme. Sam no le preguntó dónde había estado.
Al día siguiente abandonaron Riccuarte. Metieron el equipaje en la canoa, envuelto en dos capas de bolsas de basura para impedir que entrara el agua.
Los miembros del equipo habían perdido su energía habitual.
Avanzaron río abajo, hacia el mar, para realizar la última prospección.
Wilson se mostró exageradamente atento a todos los caprichos de Sam, intentando recuperar su favor antes de que ella viera a Mike.
Sam evitó hablar con él y pasó el día practicando español con los trabajadores.
Cuando llegaron al último pueblo de la concesión, Wilson pagó a los hombres lejos de Sam. Carlos se acercó a ella e intentó expresarle una queja.
—Ocho dólares. —Carlos levantó ocho dedos y señaló a Wilson—. El ingeniero nos ha dado ocho dólares. Hemos ganado diez dólares.
—No te entiendo, Carlos.
—Diez dólares. Necesitamos diez dólares. ¿Puedes ayudarnos, por favor?
Sam entendía el lenguaje de signos mejor que las palabras, pero estaba claro que Wilson les había pagado de menos. Hizo cuanto pudo.
—Wilson, ¿cuánto les estás pagando a los trabajadores?
—Eso no es asunto tuyo. Sé lo que hago.
—Han trabajado cinco días, incluido hoy. Según mis cuentas, son diez dólares cada uno. Carlos dice que solo les has pagado ocho.
—Sam, intentan engañarte. Ese comportamiento es habitual en esta región. Creen que eres estúpida porque eres mujer. Déjame estas cosas a mí.
No le creía y no podía demostrarlo, pero había sido él quien los había estafado y no al revés. Sam aún no sabía hablar español, pero sí contar. Avergonzada, no pudo hacer nada para ayudarlos. Se encogió de hombros ante Carlos y articuló en silencio:
—Lo siento.
La actitud de Wilson alejó aún más a Sam.
No podía creer que estafara a gente tan pobre por una cantidad insignificante de dólares.
Así era él en pocas palabras: un estafador mezquino, egoísta y desagradable.
Si alguna vez regresaba a Riccuarte, llevaría la diferencia y se aseguraría de que la recibieran.
Los trabajadores partieron hacia sus casas en la canoa, refunfuñando por la paga, mientras Sam y Wilson regresaban a San Lorenzo en una camioneta que había conocido tiempos mejores.
Se apretujaron en el asiento delantero y dieron tumbos debido al pésimo estado de la carretera.
Sam lamentó no haber elegido sentarse con Don Moises, que había aprovechado el viaje para ir hasta la ciudad y estaba sentado en la caja abierta de la camioneta, con expresión serena pese a que los baches lo hacían saltar por los aires.
La ceniza de los cigarrillos que fumaba Wilson le entraba en los ojos y se los irritaba.
Sus pantalones de poliéster se apretaban contra la pierna de Sam, que estaba sudorosa y húmeda.
Aquel contacto tan estrecho le repugnaba, pero no podía apartarse porque, al acercarse al conductor, estorbaba con la palanca de cambios.
Sin duda, si sus piernas seguían rozándose, el conductor también pensaría que ella estaba interesada en él.
Cuando llegaron a San Lorenzo, se alojaron en el único hotel habitable de la ciudad, un establecimiento sórdido cuyas chinches crujían entre las sábanas.
Wilson salió a comer con Moises, pero Sam dijo que no tenía hambre para evitar verlo más de lo necesario.
Quitó el colchón de la cama e instaló la mosquitera y el saco de dormir sobre la base de contrachapado, con la esperanza de evitar lo peor de la fauna.
Estaba a punto de acostarse cuando Wilson llamó a la puerta de su habitación.
Le traía unos trozos de pollo cocido y unas cuantas galletas rancias.
Aquello le recordó un documental que había visto sobre martines pescadores, en el que el macho le llevaba un bocado a la hembra y luego se abalanzaba sobre ella.
Lo echó de la habitación sin dirigirle la palabra.
Ya olía al fuerte aguardiente local y, sin duda, bebería hasta quedarse dormido.
No sabía qué hacer con Wilson. Se preguntaba qué había provocado el incidente.
¿Podría haberle dado alguna señal sin darme cuenta?
Las costumbres de Sierramar seguían siendo un misterio para ella.
Se había comportado con profesionalidad durante el viaje, tratando de aprender todo lo posible sin estorbar, y su compañero solo había visto una vagina con patas.
Quizá se lo preguntara a Gloria cuando regresara a Calderon, por si se debía a algo que había hecho.
Sierramar tenía una cultura diferente, algo cada vez más evidente a medida que entraba en contacto más estrecho con los habitantes del lugar, pero buena parte de su trabajo consistía en aprender a encajar y evitar las trampas locales.
La lección había sido dura, pero aprendería de ella.
Con la desconfianza hacia Wilson aún a flor de piel, encajó una silla bajo el picaporte.