Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 13 #2
37%

Capítulo 13 #2

El baile se celebraba en un edificio largo y bajo, parecido a un granero, con tres o cuatro pizarras en las paredes.

Una iluminación tenue alumbraba los pupitres de madera arrimados a las paredes, que hacían las veces de mesas para las bebidas.

La mayoría estaban ocupados, pero encontraron uno en un rincón donde pudieron sentarse.

La lluvia caía con fuerza en oleadas y se filtraba por el tejado en algunos puntos.

Los bailarines relucían bajo las luces, empapados de una mezcla de agua y sudor.

La mayoría llevaba un pañuelo grande o una toalla y se secaba de vez en cuando.

Don Moises compró unas cervezas y una botella de un potente brebaje local que Sam se negó a probar.

Carlos se acercó a ella contoneándose. ¿Querría bailar con él si ponían un disco de go-go?

Sí, aunque no entendía qué era el go-go.

Resultó ser la versión local de la música pop.

Todos los discos que habían sonado hasta entonces eran melodías africanas rítmicas.

Bailaban con rigidez y complicados juegos de pies.

La mayoría miraba sus propios pies para comprobar los pasos.

Sam intentó bailar un par de canciones, pero le costaba moderar sus movimientos.

Wilson bailaba bien y se lo estaba pasando en grande, lo que hizo sonreír a Sam a pesar de sí misma.

Carlos regresó contoneándose para pedirle otro baile.

En ese mismo momento, el enorme hijo de Doña Elodea hizo lo mismo.

Los dos se miraron fijamente. Sam pasó la vista de uno a otro, previendo una pelea.

Wilson estaba en la pista pavoneándose, así que no cabía la posibilidad de que mediara.

Agarró a Carlos y se lo llevó a bailar bajo la mirada fulminante del muchacho rechazado.

A pesar de sus problemas, Sam no tardó en relajarse y divertirse.

Se olvidó de bailar a la manera local y provocó gran hilaridad entre quienes la observaban.

Una chica regordeta, con un vestido amarillo canario, acorraló a Wilson y se puso a bailar pegada a él, sacudiendo su enorme cuerpo.

Todas las demás mujeres estaban encaramadas a los pupitres, deseando bailar.

Nunca bailaban sin pareja masculina y esperaban una invitación que solo podían ofrecer los hombres.

Cada invitación servía para un único baile, tras el cual la mujer volvía a posarse en el pupitre.

Era un sistema igualitario y casi todos tenían su turno en la pista.

Una madre amamantaba a su bebé mientras esperaba a su siguiente pretendiente.

Cada vez que Sam se sentaba, alguien le pedía el siguiente baile, pese a su manera extranjera de moverse.

Al final de la velada, el baile la había dejado exhausta y regresó a la cabaña.

Don Moises se quedó allí con Doña Elodea porque, según Wilson, al ser una mujer casada no podía permanecer sola en el baile.

Sam ya se tomaba sus traducciones con cautela.

Wilson no dio señales de querer volver y se quedó fuera, para gran alivio de Sam.

Durmió como un tronco sobre el incómodo suelo mientras la fiesta continuaba hasta el amanecer.

Sam despertó con una calva. ¡Maldita rata!

Al regresar de asearse en el río, se encontró con Don Moises y Carlos, que aún seguían bebiendo.

Pese a su estado de embriaguez, estaban deseando ponerse a trabajar.

Wilson se encogió de hombros al verlos. Él también apestaba a alcohol y Sam se resignó a que aquel día fuera menos productivo.

Partieron río abajo para batear las terrazas del curso inferior de la concesión, donde el cauce se ensanchaba y las terrazas contenían abundantes sedimentos. Los resultados no fueron interesantes.

—Ya no queda oro en estas terrazas —dijo Wilson—. Porque están cerca de la carretera. Los hombres con excavadoras pueden venir y sacar el oro. Creo que ya no queda nada.

—¿Puedo probar a batear? —preguntó Sam, sabiendo perfectamente que Wilson le permitiría hacer cualquier cosa con tal de congraciarse con ella.

—De acuerdo. Carlos, enséñale a la ingeniera a usar la batea.

Sam advirtió que Wilson la había llamado ingeniera, un reconocimiento tácito de su titulación.

Debía de haberle dolido. Bien empleado. Empleó todas sus fuerzas para controlar la batea y hacerla girar en el río tal como había visto hacer a los demás.

Los músculos le dolían por el peso, pero la satisfacción de ver un par de diminutas escamas de oro en el fondo de la batea compensó el esfuerzo.

Tomó infinidad de notas e hizo numerosos dibujos, más para molestar a Wilson que por razones técnicas.

Tal como él había predicho, el rendimiento fue escaso, y en el fondo de una calicata encontraron el mango de una pala, prueba de que aquellas terrazas ya habían sido explotadas.

Esa parte del río no figuraría en ningún plan minero.

Después del trabajo, nadaron en el río. Carlos y Don Moises no daban muestras de flaquear, pese a no haber dormido.

Regresaron al pueblo después del anochecer.

Mientras Sam y Wilson estaban sentados en los escalones del exterior de la choza, esperando la cena, un grupo de niños se congregó en la casa de enfrente.

Jugaban a dar conciertos. Uno tras otro, subían arrastrando los pies por los escalones de la entrada y hacían una actuación para el crítico público, que reía y se revolvía sentado en el muro frente a la casa.

Recibían cada número con estruendosos aplausos y a menudo los niños acompañaban a los intérpretes con sus voces agudas y angelicales.