Capítulo 13
A la mañana siguiente, Sam salió de la cama a rastras y enrolló el saco de dormir, cohibida.
Para su sorpresa, nadie le prestó atención ni dio muestras de haber presenciado el intento de agresión.
Trató de convencerse de que había sido una pesadilla, pero la gente de sus pesadillas no olía a cenicero.
Se armó de valor para afrontar el día. No tenía forma de volver a casa ni de ponerse en contacto con nadie para que fuera a buscarla. Tendría que aguantar.
Para gran incomodidad de Sam, Wilson se acercó y se sentó frente a ella como si no hubiera ocurrido nada, fumando su cigarrillo habitual y dando sorbos al café.
Vestía su característico atuendo enteramente negro, con los pantalones de poliéster metidos dentro de unas botas de agua negras; el ala del sombrero proyectaba una sombra sobre su rostro y acentuaba las arrugas de fumador.
Alzó la mirada hacia ella y entornó los ojos.
—¿Por qué me pegaste un puñetazo? —dijo.
Sam casi se cayó del asiento.
—Me estabas agrediendo. ¿Qué se suponía que debía hacer?
Wilson abrió mucho los ojos.
—¿Agredirte? No deberías haberme provocado si no ibas a...
Wilson vio la furia en el rostro de Sam y dejó de hablar.
—¿Provocarte? ¿Por escribir cosas en mi cuaderno? —escupió ella.
—No entiendo —dijo Wilson—. Habla despacio.
—Que. Te. Jodan. Y. Muérete. ¿Así es lo bastante despacio para ti?
Se alejó hecha una furia hacia la canoa.
—Fue culpa tuya. Soy un hombre. Tengo deseos.
Sam se volvió en redondo.
—¿Me preguntaste qué me parecían tus deseos? Te abalanzaste sobre mí en plena noche, sin avisar. ¿Cómo crees que me siento? Dudo mucho que tu comportamiento impresione a Mike.
La expresión arrogante de Wilson se transformó en una de pánico.
¿Acaso no se había imaginado que ella se quejaría a Mike?
Sam no lograba entender qué pasaba por la cabeza de Wilson.
Había intentado aprovecharse de ella cuando tenía la guardia baja y delante de todo el equipo.
Estaba sola en la selva, era incapaz de entender el acento local, dependía de su buena voluntad para salir adelante y era vulnerable a sus caprichos.
¿Qué clase de pervertido era? ¿Había provocado ella aquello?
Una mezcla de indignación y humillación bullía en su interior, como si le hubieran inyectado vergüenza.
Le hervía la sangre, pero no podía desahogarse sin trastocar el viaje.
Peor aún, él la seguía a todas partes como un perro perdido, fumando sin parar y pidiendo disculpas.
Se acabaron sus tiernas fantasías de trabajar en la selva con otros geólogos, formar un equipo y divertirse juntos.
Aquello era una pesadilla. Intentó no llorar.
Después de desayunar café dulce y plátanos, cargaron las canoas y se alejaron de la orilla.
Sam permanecía muda de desdicha. Se sentó apartada, con la mirada perdida, y eludió sus intentos de conversación.
Cuando desembarcaron en una ribera para tomar muestras, se mantuvo lo más lejos posible de Wilson y no le dirigió más palabras que sí o no.
La mañana se hizo interminable. Sam fingió no entender nada de lo que Wilson decía en ninguno de los dos idiomas; se encogía de hombros y le daba la espalda cuando él intentaba hablarle.
Decidida a seguir adelante como fuera, se concentró en tomar notas, aunque estaba desesperada por volver a la canoa y regresar a casa.
Aunque cumplió con el trabajo y dibujó secciones de las calicatas excavadas en la grava, una profunda desdicha la abrumaba y se sentía perdida.
Cuando descansaban, se sentaba apartada del grupo, escuchaba sus cintas de español y articulaba las palabras con los labios.
Jamás había imaginado que pudiera ocurrirle algo así.
El recuerdo del cuerpo de Wilson restregándose contra el suyo le provocaba náuseas.
Estaba conteniendo las lágrimas cuando oyó en la selva un extraño sonido agudo, parecido a un chillido.
Los miembros del equipo también lo oyeron y empezaron a hacerle gestos a Sam.
Su evidente aislamiento los había desconcertado.
Se habían dado cuenta del incidente de la noche anterior, pero no entendían qué había sucedido ni por qué.
Solo les preocupaba quedarse sin cobrar si se cancelaba el viaje.
Hasta ese momento del viaje, Sam había mostrado interés por fotografiar todo lo que se movía y también lo que no.
Aquel chillido denotaba angustia y ofrecía la posibilidad de conseguir una fotografía interesante.
Moises se acercó a Sam y señaló la selva.
Hizo la pantomima de sacar una foto y tiró de ella por el brazo.
Sam no quería hacer ninguna fotografía, pero necesitaba distraerse. Cogió la cámara y dijo:
—¡Vamos!
Los miembros del equipo salieron disparados hacia la selva, arrastrándola con ellos.
Aquella carrera desenfrenada hacia la oscuridad la asustó, pero había entendido la pantomima de la cámara, así que corrió junto a ellos.
Wilson y Don Moises no mostraron interés alguno en seguirlos.
Los cazadores se internaron en la vegetación en perpendicular al río, siguiendo un estrecho sendero de barro hasta detenerse ante una pared de roca mojada.
El chillido continuaba, ahora más fuerte y desesperado, mientras los hombres señalaban un arbusto.
Sam escudriñó la penumbra, pero no vio nada.
Asintió sin estar convencida, temerosa de acercarse más.
Los hombres siguieron señalando con insistencia.
Entonces, entre las sombras, vio una serpiente verde brillante que se deslizaba hacia la oscuridad con la cabeza y las patas de una rana asomando de su boca.
La rana volvió a chillar con la vana esperanza de que la rescataran, atrapada entre las mandíbulas de la serpiente.
Sam maldijo su cobardía y sacó una foto que más tarde resultó mostrar la parte trasera de una serpiente bien camuflada con lo que parecían ramitas en la boca.
Se reprendió por su pusilanimidad. Cuando alzó la vista por entre los arbustos hacia la pared de roca, el sol de primera hora de la mañana iluminó lo que parecían unos escalones desgastados tallados en la piedra.
Se acercó y pasó las manos por ellos. Cóncavos por el uso, los peldaños contenían charcos de agua con sedimentos en el fondo.
Sacó otra foto y guardó la cámara en su funda.
Rijer advirtió su interés y le dedicó una amplia sonrisa.
Sacó del bolsillo una bolsa de plástico para muestras y se comió el trozo de carne sobrante que había escondido dentro.
Después le dio la vuelta a la bolsa y la llenó con sedimentos de dos de los escalones.
Volvió a guardársela en el bolsillo y emprendieron el regreso por la selva.
Los otros hombres le dieron palmadas en el hombro, divertidos por la excursión y contentos de que Sam hubiera conseguido su fotografía.
Regresaron a la orilla, donde Rijer vació la bolsa de muestras en una batea y la sumergió en el río.
Hizo girar el contenido por la batea, eliminando el material más grueso hasta que solo quedaron arenas negras en el fondo.
Indicó a Sam que se acercara. Cuando ella se inclinó, Rijer dejó correr un hilo de agua sobre la arena para arrastrarla por la batea.
En el fondo apareció una franja de escamas doradas.
—Oro —dijo.
Wilson, que había estado observando, se acercó.
—¿De dónde? —preguntó.
—De unos escalones en la roca.
—A lo mejor los incas hicieron escalones —le dijo a Sam— para atrapar oro. ¿Quieres enseñármelos?
Sam no había leído que los incas hubieran colonizado Esmeraldas.
Creía que eran un pueblo de las montañas.
Intrigada por los escalones, le habría gustado quedarse a explorar, pero no tenía intención de ir a ninguna parte con Wilson.
Vaciló, dividida entre su curiosidad natural y la cautela, pero Moises intervino.
—Tenemos que seguir —dijo—. En esa parte del río no hay terrazas aluviales. No tenemos tiempo de explorar la selva. Podría ser peligroso. Hay animales salvajes.
Su máscara de calma se había resquebrajado y parecía inquieto. ¿Por qué no quería que Wilson viera los escalones? La excusa de los animales salvajes era bastante endeble. ¿Quizá intentaba que regresaran antes de que lloviera?
—La próxima vez —dijo Sam.
Wilson se encogió de hombros y regresaron a las canoas.
El día transcurrió según el patrón habitual. Sam estaba más animada después de su breve aventura, aunque aún seguía conmocionada. Wilson continuaba sin darse cuenta del efecto que había tenido en ella su torpe agresión e incluso parecía buscar compasión.
—No tengo suerte con las mujeres —dijo.
Sam no contestó. Por su cabeza pasaron frases como no me extraña.
—Me obligaron a casarme con mi mujer, ¿sabes?
—¿Quién te obligó?
—Sus hermanos.
—Una boda a punta de escopeta.
Bueno, eso lo explica todo. Seguramente también la violó. Yo no me casaría con él ni aunque alguien me apuntara a la cabeza con una escopeta. Cabrón.
Fingió estar dormida durante el resto del viaje de vuelta.
Cuando llegaron al pueblo de Riccuarte, las calles estaban en plena fiesta.
Todas las farolas estaban encendidas y su variedad de tamaños y colores ofrecía un gran espectáculo.
Volvieron a cenar atún con arroz, lo que agravó el estreñimiento de Sam.
Tenía el vientre hinchado y le parecía que iba a explotar.
Los miembros del equipo propusieron ir a bailar a la escuela y arrastraron a Sam con ellos.