Capítulo 12
Al término de un primer día largo y caluroso, llegaron a Arenas, un poblado indígena, el único que había visto en la provincia de Esmeraldas.
Cuando se aproximaron al poblado tras un recodo del río, las mujeres se congregaron en la orilla y cantaron para ellos.
El sol descendía por un cielo dorado y las hojas del dosel de la selva relucían bajo la cálida luz.
Sam se recostó en la canoa y contempló las bandadas de loros que, muy por encima de ellos, volaban de regreso a sus nidos, así como los músculos ondulantes de los barqueros mientras remontaban el río abriéndose paso por las aguas turbias.
La selva la maravillaba, y absorbió aquellos minutos para guardarlos en el archivo de su memoria.
El sonido de Wilson discutiendo la sacó de su ensimismamiento.
No se ponía de acuerdo con las mujeres sobre cuánto valía, en forma de propina, su coro de bienvenida.
Les entregó un pago de mala gana y las mujeres se lo guardaron en pliegues sudorosos.
Ayudaron a descargar las canoas en la playa de guijarros y después se echaron las bolsas y las cajas a la espalda para subirlas por los escalones de la ribera hasta la meseta donde se alzaba el poblado.
Una vez transportadas todas las mercancías al terreno llano, atravesaron el poblado, con las mujeres todavía cantando, hasta llegar a una plaza abierta con campos de juego en el centro.
El poblado había asignado al grupo, para que instalara allí su cuartel general, un sólido edificio público de madera de dos plantas situado a un lado de la plaza.
Era de construcción reciente, y los tablones aún no se habían secado ni encogido lo suficiente como para dejar el interior de la casa expuesto a las miradas indiscretas.
Al otro lado de la plaza se levantaba una iglesia que parecía haber conocido tiempos mejores.
Las mujeres del poblado prepararon para los visitantes una cena de arroz con atún, mientras los hombres iban a bañarse y lavarse al río.
Sam esperó a que los demás terminaran de asearse y regresaran a la plaza antes de quitarse la ropa.
Por si acaso, se dejó puesta la ropa interior; sabía que era poco probable que alguien la espiara, pero tenía la sensación de que la observaban.
De vuelta en la plaza, los hombres y los muchachos mayores habían empezado un partido de voleibol.
El dinero cambiaba de manos con cada punto ganado, y jugaban hasta que solo quedaba uno en pie.
Los hombres y los chicos llevaban el pelo cortado a tazón, y algunos vestían taparrabos en lugar de pantalones.
Jugaban descalzos. Ante la iglesia, un grupo de niños y niñas más pequeños disputaba un brusco partido de fútbol.
Las mujeres se sentaban en plataformas sobre pilotes, techadas pero abiertas por los lados, desde donde contemplaban los juegos mientras amamantaban a sus bebés.
Algunas de las que tenían hijos eran todavía unas niñas.
No ocultaban los pechos ante los visitantes.
Pese a su interés por las mujeres, Wilson ni siquiera dirigió una mirada a la carne desnuda que se exhibía ante él, y eso hizo que Sam sintiera aún más antipatía por él.
Se sentó muy cerca de ella en los escalones de la casa, como desafiándola a levantarse y marcharse.
—Las mujeres de este poblado se casan a los trece años —dijo Wilson—. ¿Dónde está tu marido? ¿Estás divorciada?
—No quiero casarme. No es obligatorio.
—Pero ¿tienes novio?
—No, ahora mismo no.
—Deberías salir con un hombre de Sierramar. Somos los mejores.
Wilson sacó pecho y se acercó más a ella; al ir a coger los cigarrillos, le rozó un seno con la mano.
—Puede ser —dijo Sam, incómoda y lamentando no haber mentido y dicho que tenía novio.
Se desplazó por el escalón y centró su atención en Don Moises, sentado frente a ellos.
Mientras lo observaba, las mujeres se acercaban con sus bebés para que los bendijera.
La forma en que los habitantes del poblado reaccionaban ante él la fascinaba.
Parecían tratarlo con algo cercano a la veneración.
Sam no podía preguntar a Moises por qué lo hacían sin recurrir a Wilson como intérprete, y la actitud de este se había vuelto demasiado amistosa desde que llegaron al poblado.
Como no podía comunicarse bien con él, era incapaz de comprender por qué había cambiado de opinión sobre ella.
Se propuso esforzarse todavía más por aprender a hablar español con fluidez.
Entretanto, Don Moises la sorprendió mirándolo.
Sam inclinó la cabeza respetuosamente y él respondió con una sonrisa de aprobación.
El sol se puso de un minuto para otro, cayendo del cielo como una yema de huevo que resbalara de una sartén.
Como no había electricidad, esa habría sido normalmente la señal para que los habitantes se retiraran a sus casas y se fueran a dormir, pues se levantaban al amanecer.
Sin embargo, después de cenar, alguien puso en marcha el generador con el combustible que Sam y Wilson habían traído de Riccuarte, y enseguida las bombillas desnudas que colgaban del techo emitieron una luz intensa.
En la planta baja de la casa donde se alojaban comenzó una fiesta.
Era una excusa para hacer que los visitantes pagaran unas cuantas botellas de ron barato con las que emborracharse, aunque también había música para bailar, procedente de un gran radiocasete.
Niños de todas las edades treparon hasta el porche para espiar a los adultos por las ventanas.
Hubo muchos empujones y algunas lágrimas mientras se peleaban por conseguir las mejores vistas.
Algunos de los niños mayores se unieron al baile.
Sam asistió a la fiesta por cortesía pese a estar agotada, ya que no había posibilidad alguna de dormir en el piso de arriba con el estruendo que provocaba el baile. Un hombre acorraló a Sam, agarró a Wilson del brazo y le indicó que tradujera.
—¿Estás casada?
—Esto..., no, todavía no.
—Bien. ¿Eres estéril?
Wilson pareció divertirse mientras, de algún modo, se lo transmitía a Sam.
—No lo sé.
—Eres demasiado mayor para estar soltera. ¿Eres fuerte?
—Sí, soy fuerte —respondió ella, deseando poder demostrárselo propinándole un buen puñetazo.
—Necesito una esposa.
Sam se dispuso a informarlo de las posibilidades de que nevara en el infierno, pero Wilson intervino y se llevó al hombre a buscar otra copa.
Él había pretendido que su propuesta fuese un cumplido, pero a Sam siempre la deprimía que le recordaran las escasas posibilidades que tenían las mujeres en la mayoría de las culturas.
Como invitada del poblado, tenía que ser educada, así que bailó con todos los que se lo pidieron, procurando hacerlo primero con los hombres mayores y de aspecto más importante.
Los cadáveres aplastados de las polillas de la selva, que se habían congregado en torno a las luces y morían por centenares, no tardaron en cubrir el suelo.
Los bailarines más entusiastas resbalaban sobre aquella carnicería, provocando dolorosos choques.
Don Moises mandó a dormir a los últimos bailarines, que se marcharon tambaleándose, antes de que alguien sufriera una lesión grave.
Pese a que les habían aguado la diversión, nadie protestó.
La autoridad que Moises ejercía en aquel poblado le pareció insólita a Sam, pero tendría que seguir siendo un misterio.
Los miembros de la expedición subieron las escaleras para dormir en la planta superior del edificio, donde había un dormitorio grande y dos habitaciones más pequeñas cerradas con candado.
Sam no tardó en darse cuenta de que todos dormirían en la misma estancia.
Habría preferido compartir una de las habitaciones pequeñas con Doña Elodea, pero al menos el dormitorio grande parecía limpio y libre de fauna.
Los hombres de Riccuarte durmieron todos en fila, con Doña Elodea en el extremo junto a la pared.
Sam había esperado acostarse a su lado, pero Wilson la había colocado en el extremo opuesto de la habitación, pegada a la otra pared.
Dejó sus cosas entre Sam y los trabajadores.
Ella supuso que pretendía protegerla de cualquier agresión de algún borracho.
Instaló la mosquitera, sujetándola a la pared, y se tumbó debajo, sobre la manta, exhausta tras su jornada en la selva.
Cuando empezaba a quedarse dormida, una mano levantó la mosquitera y alguien se abalanzó sobre ella desde la oscuridad.
El terror le expulsó el aire de los pulmones.
No veía quién era, pero entonces olió los cigarrillos baratos en el aliento de Wilson mientras este se encaramaba sobre ella.
Atrapada bajo su peso, con su aliento fétido en la cara, intentó apartarlo, pero fue inútil: él le manoseaba los pechos y restregaba el cuerpo contra el suyo.
Trató de meterle la lengua en la boca; tenía el bigote húmedo y su olor le provocaba náuseas.
Una furia incontenible le llenó el pecho.
Abrió la boca para pedir ayuda, pero se contuvo.
¿Responderían como debían los trabajadores dormidos?
No sabía cómo reaccionarían los hombres.
No podía explicarles en español lo que le había sucedido.
¿Y si lo ayudaban? ¿Y si se sumaban e intentaban violarla también?
La repulsión le dio fuerzas. Consiguió liberar las manos y, cuando Wilson se incorporó por un instante, lo apartó con la izquierda y, girándose para ganar espacio, le asestó con todas sus fuerzas un gancho de derecha en el plexo solar.
Sam había practicado defensa personal por diversión con un antiguo novio que había servido en la Marina y quería que supiera protegerse mientras él estaba en alta mar.
Sabía que debía dejar un nudillo sobresaliendo al golpear a Wilson.
Soltó un grito ahogado por el dolor de la mano.
Wilson rodó apartándose de ella, derribó la mosquitera y quedó tendido en el suelo de la cabaña, respirando con dificultad.
Sam se envolvió con el saco de dormir y se encogió para alejarse de él, temblando.
Cuando recuperó el aliento, Wilson salió de la habitación dando tumbos y bajó las escaleras, chocando contra las paredes.
Abandonó el edificio y no regresó en toda la noche.
Furiosa y asustada, Sam se sentó en el suelo e intentó pensar qué hacer a continuación.
Por lo que sabía, los habitantes del poblado podían considerar que Wilson tenía «derecho de pernada» sobre la gringa, y quizá ellos también.
Temblando de rabia y por los efectos del sobresalto, quería llorar, pero el miedo se lo impedía. Se sentía sucia y avergonzada.
Volvió a colocar la mosquitera, pero no pudo relajarse.
No conseguía librarse de la sensación de que no todos seguían dormidos y de que alguien la observaba.
Se tumbó bajo la mosquitera, tensa y asustada, y permaneció despierta durante horas, reviviendo el ataque una y otra vez.
¿Por qué la había atacado Wilson? ¿Estaba a salvo ahora?
Al final se durmió con la espalda apoyada contra los listones de madera del tabique y la navaja en la palma sudorosa.