Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 11
31%

Capítulo 11

A la mañana siguiente, se levantaron antes del amanecer y desayunaron en los escalones de su destartalada casa.

La mujer de Don Moises les llevó tazas de café hirviendo, cargado de azúcar, y unas galletas de barquillo rosas y revenidas.

Demasiado cansada para explicar que no le gustaba el café dulce, Sam lo bebió a sorbos sin decir nada y lamentó haberse dejado las bolsitas de té en Calderon.

Lo añadió a la lista de cosas a las que tendría que adaptarse si quería prosperar en la selva.

Agotada tras pasar la noche en el rincón, el azúcar le dio un impulso inmediato.

Casi a oscuras, orinó detrás de la casa, rezando para que las serpientes siguieran dormidas.

Volvió a meter todas sus pertenencias en la mochila antes de seguir a Wilson hasta la orilla del río bajo la fría luz del alba.

Una hilera de canoas de madera descansaba sobre la gravilla.

Al otro lado del río, una selva impenetrable se cernía sobre ellos, oscura y húmeda.

Moises había elegido a otros tres hombres para que viajaran con ellos, a quienes presentó como Carlos, Rijer y Gustino.

Destacaba como líder pese a no ser negro y medir la mitad que los demás.

Doña Elodea, una atractiva mujer de mediana edad, también se unió a la expedición para cocinar y batear oro.

Intentó hablar con Sam, pero no tardó en desistir cuando esta fue incapaz de entenderla.

Don Moises había escogido para el viaje río arriba una canoa de bordas altas, tallada en un único tronco de árbol.

Era lo bastante grande para acomodar sin dificultad a las siete personas, con las provisiones y el equipaje estibados en la proa.

Las marcas dejadas por hachas y cinceles daban buena cuenta de las horas de trabajo necesarias para fabricarla, pero la comodidad no había sido una prioridad.

Unos tacos de madera repartidos al azar por el fondo de la canoa hacían las veces de asientos.

Sam, que aún tenía el trasero dolorido por el viaje en tren, se preguntó cómo soportaría estar sentada en uno de ellos todo el día.

La tripulación preparó la canoa para partir y Sam subió a bordo.

Se sentó con cuidado en uno de los tacos, que rodó y la dejó plantada en el agua acumulada en el fondo de la canoa.

El agua fría le provocó un escalofrío. Confiando en que nadie se hubiera dado cuenta, se agarró a los costados de la embarcación y volvió a encaramarse al inestable asiento, mientras la humedad se le extendía por los pantalones.

El frío le subió por los muslos hasta las corvas.

Se inclinó hacia delante y se abrazó las rodillas para aliviar la presión en la espalda, preparándose para una larga jornada.

Wilson se sentó delante de ella y Don Moises, en la proa.

Una bandada de loros pasó a gran altura sobre sus cabezas, parloteando entre sí como mujeres en la cola del autobús.

Carlos, de pie en la popa, apartó la canoa de la orilla con un largo remo.

Después cogió una pértiga. En la parte delantera, Rijer y Gustino, con un pie en el borde de la canoa para mantener el equilibrio y el otro en el fondo, usaban largas pértigas para impulsar la embarcación río arriba, clavándolas en el lecho y empujando la canoa hacia delante.

Carlos hacía lo mismo desde el otro extremo y utilizaba el remo para gobernarla cuando era necesario.

Era un método de desplazamiento más eficaz de lo que parecía, y avanzaron a buen ritmo contra la corriente, cortando el agua clara con movimientos fluidos.

Cuando la canoa llegaba a un rápido, la tripulación desembarcaba y la arrastraba río arriba, más allá de las rocas y el agua rugiente, hasta devolverla al cauce principal.

La canoa pesaba como un muerto y, aun con la flotabilidad que le proporcionaba el agua, el equipo tenía que realizar un esfuerzo titánico para arrastrarla por los rápidos contra la corriente y sortear las rocas.

Sam no podía ayudar mucho, pero aun así se sumaba a la tarea, empapándose cada vez por la fuerza de las aguas del río.

Wilson no ayudaba y la miraba con furia.

—Deberías quedarte en la canoa —dijo—. Pensarán que eres una trabajadora.

Ella no le hizo caso; le resultaba estimulante emplear así su fuerza física. Le recordaba a las viejas películas de Tarzán que había visto de niña. Sin embargo, en esta versión de la película no había elefantes amistosos que remolcaran la canoa río arriba.

Tardaron seis horas en llegar al límite más lejano de la concesión minera que estaban investigando.

Habían alcanzado el punto navegable más alto del río en el interior de la selva tropical que se extendía entre los Andes y la costa de Sierramar.

La ausencia de carreteras había impedido que el desarrollo humano llegara a la mayor parte de la región.

Los únicos lugares habitados se encontraban a orillas de los innumerables ríos.

La mayoría de los pueblos estaban poblados por negros.

Estos habían sustituido a la población indígena de la zona, de la que solo quedaban algunas aldeas aisladas de indios.

La vegetación que bordeaba el río formaba enormes murallas verdes que se alzaban muchos metros por encima de las riberas. Aquí y allá, entre los árboles, se veían pequeñas chozas sobre pilotes rodeadas de plataneras, pero Sam no avistó ningún animal.

—¿Por qué no hemos visto todavía ningún animal? —preguntó Sam.

Wilson se rio.

—Esta gente —dijo, señalándolos con un gesto— come cualquier cosa. Solo han sobrevivido los loros. No son tontos, ¿sabes? Vuelan demasiado alto para que puedan dispararles.

Pese al cinismo de Wilson, la selva no carecía de vida.

Abundaban las libélulas enormes y multicolores, y también había algunas mariposas vanesa que parecían fuera de lugar.

Sam fotografiaba cualquier animal al que conseguía acercarse.

Por su continuo croar, las ranas también debían de ser comunes, pero no vio ningún mamífero de la selva.

Sam se adaptó al novedoso entorno, pero no a la inactividad. Observar a otras personas trabajar todo el día perdió su encanto al cabo de unas horas, y el número de fotografías que podía hacer era limitado.

—Wilson, necesito algo que hacer. ¿Por qué no puedo ayudar a Doña Elodea?

—Aquí, en Sierramar, no está bien visto que un jefe haga trabajos manuales. No debes llevar tu propio equipaje ni servir la comida. Los trabajadores te perderán el respeto.

Pero ella culpaba de aquello a la actitud que él mostraba hacia ella.

No dejaba de quitar importancia a sus preguntas y de tratarla como si hubiera dicho alguna estupidez.

Sam se sentía frustrada por su incapacidad para entender lo que le decían.

En Calderon le había ido resultando más fácil y había progresado mucho, pero el acento local de Riccuarte le resultaba imposible de descifrar.

No quería depender de Wilson para que se lo tradujera al español de Calderon o a un inglés rudimentario, pues los resultados no le inspiraban confianza.

No sabía si lo hacía adrede. Le confería sobre ella un poder con el que no se sentía cómoda.

Wilson oscilaba entre la irritación ante sus dificultades y una extraña atención lasciva que la inquietaba.

Los trabajadores cavaban pozos en la grava y luego bateaban las muestras para comprobar si contenían oro.

Gustino y Rijer se encargaban de la mayor parte de la excavación, sudando bajo el calor húmedo de la sombra ribereña.

Sus espectaculares físicos relucían al sol mientras abrían los pozos.

Don Moises no parecía hacer nada salvo supervisar.

Una vez extendido el material en el suelo, Wilson tomaba abundantes notas sobre la grava, el tamaño de las piedras, el tipo de matriz en la que se encontraban y la naturaleza de la roca de los guijarros.

Sam había estudiado las gravas aluviales en los libros, pero la mayor parte de la geología de campo se centraba en los yacimientos de roca dura, por lo que nunca las había visto de cerca.

Prestó mucha atención a las características que medía Wilson y examinó los guijarros que componían la grava, pero, aparte de ser lisos y redondeados, no parecían interesantes.

—¿Cómo ayuda el examen de la grava a localizar los yacimientos de oro? Estos guijarros no parecen proceder de depósitos mineralizados —dijo Sam.

Wilson esbozó una sonrisa despectiva, pero, encantado de poder lucir sus conocimientos, se tomó su tiempo para explicárselo.

—El oro procede de un yacimiento situado en lo alto de las montañas y baja por el río junto con las piedras erosionadas de la roca madre.

El oro pesa mucho en comparación con la roca y desciende por el agua hasta el fondo del río.

Las terrazas fluviales de las orillas son antiguos cauces donde los ríos de antaño concentraron el material en numerosas ocasiones.

El oro se acumula en las depresiones de la roca madre a medida que las piedras menos densas son arrastradas río abajo.

—Entonces, ¿la grava que contiene piedras más redondeadas es más antigua?

—Sí, se han ido desgastando por el continuo retrabajo de las terrazas.

—¿Eso significa que las terrazas con piedras redondeadas tienen bastantes posibilidades de contener zonas con mayores concentraciones de oro?

—Sí. Piedras redondeadas y poca arena y limo, que son arrastrados durante el proceso de concentración.

—¿Quizá sería buena idea registrar las distintas capas de la grava para poder tomar muestras de cada una por separado?

—Eso es lo que estoy haciendo —dijo Wilson, aunque Sam no había visto prueba alguna.

—¿Quieres que las dibuje a escala?

—De acuerdo, pero enséñame lo que hagas para que pueda corregir tus errores.

Sam hizo caso omiso del comentario. Dibujó perfiles detallados de los pozos que excavaban en la grava, midiendo las capas de arena y cascajo y anotando los porcentajes aproximados de guijarros y grava de cada estrato.

Wilson examinó los dibujos sin hacer ningún comentario, pero indicó a los trabajadores que tomaran muestras de cada capa identificada por ella.

Sam anotó en una lista el número de cada muestra para que pudieran identificarlas más tarde.

Doña Elodea y Carlos, encargados de comprobar si había oro en la grava, eran expertos bateadores, y Sam los observó mientras llenaban de grava sus grandes bateas de madera y se doblaban por la cintura para sumergirlas en el agua.

Hacían girar las bateas en la superficie, dejando que el agua atravesara la capa superior de la grava para eliminar los materiales más ligeros y permitir que los pesados se hundieran en ellas.

Mantenían las bateas flotando en la superficie del río y apartaban con la mano la grava limpia de la parte superior, devolviéndola al agua.

La cantidad de material de la batea se reducía hasta que solo quedaba una mancha de arena negra en la concavidad del fondo.

Entonces, el bateador dejaba correr un hilo de agua sobre la arena negra, arrastrándola por la batea hasta la bolsa de muestras.

Sam vio varias motas de oro en la cola de arena negra.

Parecían partículas de purpurina, pero su brillo amarillo era inconfundible.

Se moría de ganas de probarlo ella misma, pero Wilson la fulminó con la mirada, como si le hubiera leído el pensamiento.

De vuelta en el río, los tripulantes saltaban a menudo de la canoa para refrescarse mientras esta se deslizaba por el agua, pero Sam prefería entrar desde la orilla.

El agua, fresca y de color terroso, estaba infestada de parásitos intestinales y amebas, así que mantenía la cabeza fuera.

También se aseguraba de que no hubiera ninguna vía de entrada para el candirú antes de meterse en el río.

Nadar con camisa de manga larga y pantalones limitaba sus movimientos, pero había observado que Doña Elodea no se quitaba la ropa, así que prefirió pecar de prudente.

En el agua, la camisa mojada se le ceñía al torso y al cuello, haciéndola sentir como si alguien la estuviera estrangulando.