Capítulo 10
La primera parte del viaje los llevó a través de un paisaje impresionante, formado por verdes colinas de crestas afiladas por cuyas laderas el tren avanzaba tambaleándose.
Atravesaron varios túneles largos y oscuros.
Cada vez que entraban en uno, alguien lanzaba un silbido de admiración en la oscuridad, una costumbre que se volvía más irritante a medida que transcurría el viaje.
El tren hizo muchas paradas por el camino, pero ninguna duró más de uno o dos minutos.
En cada una se producía la inevitable avalancha enloquecida: la gente trepaba por encima del equipaje para bajar del tren y se abría paso entre quienes intentaban subir.
El tren arrancaba cuando los últimos pasajeros aún estaban montando.
Era pura suerte que nadie resbalara y cayera bajo las ruedas.
Cuando salieron de las colinas, se internaron en la vegetación que anunciaba los confines de la selva costera.
Las diminutas aldeas en las que paraba el tren apenas conseguían mantener a raya la jungla.
En algunos lugares, la vegetación había reconquistado las chozas más antiguas, que iban quedando envueltas de forma siniestra por las ramas de los árboles.
—¿Estas aldeas tienen electricidad? —le preguntó a Wilson.
—No, por la noche se alumbran con velas.
—¿Y agua?
—Sacan agua del río para cocinar. También se lavan en él.
Unas cuatro horas después de iniciar el viaje, se le ocurrió que, si las aldeas no tenían agua corriente, tampoco tendrían retretes.
Podía aguantar un poco más, pero no resistiría hasta San Lorenzo.
Wilson no le había mencionado aquel problema antes de partir.
Como era hombre, ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
De vez en cuando, cuando el tren se detenía, saltaba al exterior y orinaba contra un árbol, ajeno al creciente malestar de Sam.
El paisaje siguió cambiando. El terreno se volvió llano.
Aquí y allá, la vegetación parecía rala y devastada.
Los bananeros y los papayos sustituyeron a la maraña compacta de lianas y otras plantas tropicales.
En las aldeas solo vivían negros y mestizos.
La población era joven y estaba bien alimentada.
En cada parada, enjambres de niños rodeaban el tren, y Sam se convertía en el centro de atención por ser la única persona blanca a bordo.
Se apiñaban a su alrededor para mirarla, le dedicaban amplias sonrisas llenas de dientes y luego se mostraban azorados si ella les devolvía la sonrisa.
En todas las paradas merodeaban mujeres y niños que vendían comida local para llevar, como empanadas y plátanos fritos con queso.
—Me encantaría comerme una de esas empanadas —dijo Sam.
—Están llenas de gérmenes y te pondrán enferma —dijo Wilson—. Te compraré algo que puedas comer sin peligro.
Por una vez, le había dicho la verdad, pero eso no impidió que Sam se enfurruñara.
Al final, Wilson compró arroz blanco hervido y una carne carbonizada imposible de identificar.
A ella nunca le había gustado demasiado el arroz y prefería comer la carne cuando aún parecía debatirse en sus últimos estertores, por lo que aquella exquisitez culinaria no la impresionó.
—¿Qué carne es esta? —preguntó, sosteniendo un trozo entre los dedos y arrugando la nariz.
—No lo sé. ¿Pecarí? ¿Mono? Ni idea.
—¿Mono? ¿Se comen los monos?
—Puede que no. Podría ser cerdo.
—Es horrible.
—Ya no estás en Inglaterra. Creía que eras dura. Cómete la comida. No encontrarás nada mejor hasta que vuelvas a Calderon.
Escarmentada, masticó con esfuerzo casi toda la carne y se comió el arroz salado, que le dio sed.
No se atrevió a beber agua. La falta de instalaciones sanitarias se había convertido en un problema grave.
Confiaba en que llegaran a una localidad más grande con un retrete público, pero los pueblos eran cada vez más pequeños y primitivos, y nunca se detenían el tiempo suficiente para hacer una pausa y orinar.
Justo cuando pensaba que tendría que disculparse con Wilson por inundar el asiento, el tren se desvió hacia una vía muerta y se detuvo. Sam se volvió hacia él expectante.
—¿Hemos llegado? —preguntó.
—No, todavía no. Aún nos quedan dos horas. Solo hay una vía por la que puedan circular los trenes. El nuestro tiene que dejar paso a otro que viene en sentido contrario. Puede que estemos aquí un rato, dependiendo de si salieron puntuales de San Lorenzo.
Sam aprovechó la oportunidad. En una carrera frenética, trepó por encima de los demás ocupantes del tren y saltó al embarrado terraplén.
Corrió entre las chozas construidas sobre pilotes hasta llegar a una pequeña charca.
La gente se lavaba y lavaba la ropa allí al mismo tiempo.
Intentó encontrar algún sitio discreto donde orinar, pero el efecto combinado de la carrera y el sonido del agua pudo con su maltratada vejiga.
Se puso en cuclillas detrás de un árbol enclenque e intentó pasar inadvertida mientras, única persona blanca de una aldea negra, soltaba a plena vista un chorro volcánico.
Evitando cruzar la mirada con la multitud de niños que la observaban desde muy cerca, regresó andando al tren.
El alivio de vaciar la vejiga la relajó.
Sacó algunas fotografías de los niños y del tren en la vía muerta y aceptó un plátano de un aldeano.
Sonó un fuerte silbato. El otro tren pasó resoplando y el guardagujas accionó la palanca para cambiar de nuevo la vía y permitir que el tren saliera del apartadero.
Sam había supuesto que el ritmo glacial del viaje sería constante, pero el tren volvió a ponerse en marcha sin previo aviso.
Echó a correr tras él, subió a trompicones por el terraplén y se aferró a los pasamanos, que casi la levantaron del suelo de un tirón.
De algún modo, consiguió apoyar un pie en el estribo mientras el tren se alejaba.
Trepó por encima de cuerpos, gallinas y plátanos con una expresión de alivio que hizo reír a Wilson.
La culpa era de él por haberle permitido beber dos botellas de limonada en la estación antes de partir.
¿Lo habría hecho adrede? Decidió no beber nada durante el viaje de regreso.
Por fin, cuando el dolor de su trasero había alcanzado niveles insoportables, el tren llegó a San Lorenzo, una bulliciosa localidad de cabañas de madera y calles de barro con una estación parecida a la de San Martin.
Un grupo de jóvenes del lugar se ofreció a transportar el equipaje y se peleó por cada bulto que bajaban del techo.
Wilson tuvo que emplearse a fondo para impedir que alguno desapareciera en medio del caos.
Cuando hubieron recuperado todas sus pertenencias, Wilson alquiló una camioneta para la última etapa del viaje.
Sam se armó de valor para afrontar otro suplicio interminable.
Se sentó encajada entre Wilson y el apestoso conductor, que la miraba con lascivia bajo sus cejas pobladas.
Lo que quiera que tuviese en mente el conductor siguió siendo un misterio, pues la carretera de tierra estaba surcada por enormes roderas y canales de barro que exigían toda su pericia y ambas manos al volante.
Los amortiguadores eran inexistentes y lanzaban a Sam y a Wilson de un lado a otro de la cabina.
Sam se golpeó la cabeza contra el techo al pasar por un brusco bache.
Cuando llegaron a Riccuarte, un pequeño poblado de chabolas en plena selva tropical, Sam tenía la sensación de estar sentada sobre un filete apaleado.
Se deslizó del asiento de la camioneta y saltó al suelo, pero los pantalones se le engancharon en el extremo de un muelle que sobresalía de la tapicería.
Soltando una maldición, se retorció para comprobar que el desgarro no dejaba demasiada carne al descubierto.
El conductor soltó una risita, pero una mirada glacial de Sam lo cortó en seco.
Un hombre salió de las sombras desde las que los había estado observando y se acercó.
—Bienvenidos a Riccuarte. Me llamo Don Moises. Soy miembro del consejo de la aldea. Aquí no hay hotel, pero utilizamos las casas vacías como alojamiento para quienes están de paso.
Wilson gruñó mientras examinaba a Moises de arriba abajo con evidente desdén. Sam sonrió.
—Yo soy Sam y este es Wilson —dijo, tendiéndole la mano mientras estudiaba a su anfitrión.
—Ingeniero —dijo Wilson.
—Por supuesto, ingeniero —dijo Moises.
Moises pertenecía a la etnia mestiza, el grupo dominante en Sierramar, compuesto por personas de ascendencia europea y amerindia, y parecía fuera de lugar en aquella aldea de habitantes negros.
Tenía el pelo liso y negro, veteado de canas, que le caía alrededor del rostro arrugado en un corte a tazón.
Su cuerpo fibroso parecía flotar sobre el suelo; tal era la calma casi zen que lo envolvía.
Con su aire solemne y un porte patriarcal que contrastaba con su entorno, a Sam le pareció un hombre al que convenía tomar en serio.
El «Don» que precedía a su nombre mostraba la reverencia que sentían por él los lugareños.
Sin hacer caso de la grosería de Wilson, Moises les indicó que lo siguieran por la calle principal hasta una casa destartalada que se alzaba sobre pilotes.
—Esta es la casa de huéspedes. Lamento que no se encuentre en mejores condiciones, pero no recibimos muchas visitas por aquí.
—Servirá para una noche —dijo Wilson—. ¿Puede conseguirnos una canoa y algunos hombres? Queremos remontar el río.
—¿Cuánto tiempo los necesitará?
—Cuatro o cinco días.
—Lo organizaré ahora mismo. Mi mujer les traerá arroz para cenar, y café y galletas al amanecer. Me reuniré con ustedes en la orilla del río con un equipo de hombres.
—Escoja buenos trabajadores. Estos negros nacen vagos. Mire en qué estado está esta casa.
Sam hizo una mueca. Don Moises no respondió y se internó en la oscuridad.
Ellos se quedaron en la calle, contemplando entre las sombras la choza en la que pasarían la noche.
No había puerta de entrada. Solo quedaba un marco torcido, adornado con curiosos hongos que brotaban de los agujeros de la madera.
La casa tenía una única habitación habitable, pues el suelo de la otra se había hundido.
Dos taburetes hechos con troncos componían el suntuoso mobiliario de aquel palacio.
No habría forma de librarse de convivir con Wilson en estrecha proximidad. Sam se preguntó si aquel era el mejor alojamiento disponible en la aldea. Wilson no había tratado a Don Moises con demasiado respeto, y sospechaba que ambas cosas podían estar relacionadas. Peor aún, faltaba algo.
—¿Dónde está el retrete?
Wilson la miró con desprecio.
—¿Qué clase de geóloga eres? En la selva no hay retretes. Ve al bosque o al río. Puedes lavarte en el río que discurre paralelo a la calle principal, por allí.
—Pero ¿no me verán los aldeanos? —dijo Sam, recordando el público de su última actuación.
—El mejor momento es a primera hora de la mañana, antes de que se levanten. Puedes darte un baño rápido en el río al salir el sol, antes del desayuno, o por la tarde, cuando empiece a oscurecer.
—Vale.
—Ten cuidado cuando te laves en el río.
—¿Por qué? ¿Hay cocodrilos?
—No, esto no es África. En el río hay un pececillo. Es peligroso.
—¿Como una piraña?
—No, se llama candirú. Le gusta la orina. Sigue el chorro y se te mete por la uretra. Tienen que extirpártelo en el hospital.
—Eso suena espantoso —dijo Sam—. ¿Cómo evitamos que entren?
—Lleva siempre ropa interior ajustada cuando te metas en el río.
—Vale, gracias.
Sam no lograba imaginar para qué servían aquellos peces. Al fin y al cabo, ¿qué hacían nadando uretra arriba?
Aquella tarde tuvo un cuidado exagerado con sus abluciones.
Eso exigió unas contorsiones que acabaron con ella cayendo de cabeza al río.
Pese a la hora, tenía público, que la vitoreó de forma espontánea.
No se marcharon por mucho que intentó ahuyentarlos, así que tuvo que lavarse de espaldas al pueblo y con la ropa que había llevado durante el viaje.
Hizo salir a Wilson mientras se ponía ropa seca y colgó las prendas mojadas de unos clavos que sobresalían de las paredes de la casa.
Después de cenar arroz y una lata de atún, que le supo a néctar de los dioses, se tumbaron en sus sacos de dormir sobre el suelo de la choza, bajo unas mosquiteras suspendidas de las vigas del techo.
Sam hizo cuanto pudo por improvisar un colchón con algo de ropa, pero el suelo, duro y desigual, se le clavaba en las extremidades.
En circunstancias normales, se enorgullecía de ser capaz de dormir en cualquier parte, pero aquella era una experiencia desconocida.
Se tumbó y cerró los ojos, intentando respirar hondo y calmar el corazón, que le latía desbocado por el estrés.
Para su enorme irritación, las cigarras competían con las ranas arborícolas por el título de animales más ruidosos del planeta.
Al menos reconocía los chillidos y gorjeos.
Pero del interior y del exterior de la choza llegaban sonidos nuevos.
La presencia de Wilson la incomodaba. Estaba tumbado tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo.
Todas sus ideas románticas sobre la vida en la selva se evaporaron.
Pasada la medianoche, se despertó al notar que algo le tiraba del pelo.
Abrió los ojos con cierto temor y encendió la linterna.
Se encontró cara a cara con una rata enorme que se había estado entreteniendo en roerle mechones de pelo para construir su nido.
Sobresaltada al verse descubierta, y antes de que Sam tuviera tiempo de reaccionar, la rata desapareció a toda velocidad por un agujero del suelo.
Sam se palpó la cabeza y encontró una pequeña zona de pelo corto que sobresalía del cuero cabelludo.
Por mucho que se repitiera cosas sobre la naturaleza y todas sus maravillosas criaturas, después de aquello le resultó imposible dormir.
Se encajó en un rincón y apuntó con la linterna hacia cada crujido y gemido que emitía la choza.
Pasó una larga noche preguntándose por qué no se habría puesto a trabajar en un banco en lugar de ser tan obstinada.
Wilson dormía como un tronco, soltando ronquidos de felicidad y garantizando así que por la mañana ella lo odiara todavía más.