Capítulo 9
Una semana después de su primer encuentro, Mike llevó en coche a Sam y Wilson hasta San Martin, una localidad situada dos horas al norte de Calderon, desde donde se adentrarían en la selva.
El árido paisaje que atravesaron apenas sustentaba unos cuantos matorrales raquíticos y algunos pueblecitos polvorientos desperdigados a lo largo de sinuosas carreteras que cortaban varias formaciones rocosas estratificadas, cuyo relieve resaltaba a la luz de la luna.
Un gran pliegue de múltiples capas atravesaba una de las paredes de roca, y Sam quiso pedirle a Mike que parara el coche para poder fotografiarlo.
Pero él conducía con una determinación sombría, y a ella no le apetecía averiguar cómo reaccionaría.
Al llegar a San Martin, se registraron en el Hotel California. Mike echó un vistazo al destartalado hotel y prefirió regresar en coche a Calderon antes que pasar allí la noche. Movido por un desacertado afán de ahorro, había insistido en que Sam y Wilson compartieran habitación.
—No tiene sentido malgastar el dinero —dijo—. De todos modos, compartiréis alojamiento durante el trabajo de campo.
A Sam no le sentó nada bien su actitud cicatera.
—Supongo que sí —dijo.
—Bueno, pues nos vemos en la playa. Que tengáis un buen viaje.
—Lo tendremos. Conduce con cuidado.
Después de que Mike se marchara, fueron directamente al comedor, donde un póster del puente Golden Gate cubría una pared entera.
Sam se sentía abandonada y nerviosa. Wilson se comportaba como si fuera el dueño del lugar: chasqueaba los dedos y pedía comida para ambos sin preguntarle a Sam qué quería.
Se sentaron a una mesa cuya superficie oscura tenía zonas pegajosas.
Las sillas de plástico eran demasiado bajas para la mesa, así que Sam apiló otra encima de la suya para estar más cómoda.
Del techo colgaban cables sin revestir, y las cortinas, endebles y llenas de manchas, no ocultaban los mugrientos cristales.
Varios jóvenes estaban sentados a una mesa en un rincón, bebiendo cerveza y fumando cigarrillos sin filtro.
Coqueteaban con Sam desde el otro lado del comedor y conseguían que se riera y se ruborizara.
Aquella desinhibición latina le levantó el ánimo.
Les dedicó una sonrisa radiante a modo de agradecimiento.
—Críos —bufó Wilson, y se volvió para fulminarlos con la mirada.
Después de cenar pollo con arroz, regado con 7-Up, subieron a la habitación.
Resultó tener forma de L, con una cama en cada extremo.
Alguien había amontonado sus provisiones en el centro, formando una barrera física que separaba las dos zonas destinadas a dormir.
Eso les proporcionaba cierta intimidad pese a la proximidad física impuesta.
Wilson salió del hotel a buscar algo que Sam no alcanzó a entender, y ella aprovechó su ausencia para acostarse temprano, con la esperanza de no tener que volver a hablar con él aquella noche.
Permaneció tumbada en la cama, tiritando bajo la fina manta mientras las sábanas de nailon soltaban chispas debajo de ella.
Estremecida por la expectación que le producía el viaje, no conseguía conciliar el sueño.
Tras pasar más de una hora dando vueltas entre aquellas sábanas electrizadas, oyó cantar en la calle.
Se quedó tumbada, resistiendo la tentación de asomarse a la ventana.
Las voces se elevaron, insistentes, y la curiosidad acabó venciendo.
Se arrodilló sobre la cama y apartó las sucias cortinas.
Una tenue farola iluminaba la acera de enfrente de su habitación, y bajo ella estaban los chicos del restaurante.
Uno tocaba la guitarra y los demás daban una serenata frente a su ventana.
Sam no sabía muy bien qué hacer, pero le gustaba cómo sonaba, así que abrió la ventana y se asomó.
El canto se volvió más apasionado y, para su sorpresa, entonaron Angie, una canción de los Rolling Stones.
Sonrió al oír las palabras trastocadas que debían de haber aprendido fonéticamente de la radio, pero la intensidad con que cantaban era inconfundible.
Wilson irrumpió dando tumbos en la habitación. Al verla asomada a la ventana, tiró de ella hacia dentro. Llevaba adherido un olor a alcohol y sexo que le revolvió el estómago. Maldijo a los muchachos, que huyeron entre risas. Decepcionada y furiosa, Sam se zafó de él.
—¿Cómo te atreves? No vuelvas a tocarme. ¡Vete!
—No deberías exhibirte delante de esos chicos.
Sam se puso de pie sobre la cama, temblando de rabia, con las piernas tambaleándose sobre el colchón de espuma.
—He dicho que te vayas.
Wilson retrocedió y, tras negar con la cabeza, dio media vuelta y desapareció detrás de la esquina, hacia su parte del dormitorio.
Sam volvió a meterse bajo las mantas, estremecida de indignación por la forma en que Wilson la había zarandeado.
Trabajar con él de igual a igual en la selva sería una lucha cuesta arriba mientras la considerase inferior.
Pero él tenía todas las cartas. Ella todavía no hablaba español con fluidez, lo que limitaba su capacidad para comunicarse y la hacía depender de él.
Todo lo que sabía sobre minería aluvial procedía de los libros, mientras que Wilson contaba con años de experiencia.
En aquellas circunstancias sería difícil ganarse su respeto, pero tendría que hacer de tripas corazón.
Nadie había dicho que abrirse paso en aquel mundo de hombres fuera a resultar fácil.
Al menos tenía trabajo. Se volvió de cara a la pared.
Al amanecer del día siguiente, pagaron el hotel.
—¿Por qué me cantaban anoche esos hombres? —le preguntó Sam al gerente, que hablaba inglés porque había trabajado una temporada en «gringolandia».
—La serenata es una forma de conquistar el corazón de una muchacha en Sierramar. Al aparecer usted en la ventana, dio a entender que le interesaba la petición.
—Wilson les dijo que se fueran.
—Los decepcionó. Tenían buen gusto —dijo él, guiñándole un ojo.
El gerente del hotel era rechoncho y sudoroso, pero sabía cómo soltar una frase seductora. Sam se ruborizó y jugueteó con su mochila.
Recorrieron las calles vacías de San Martin hasta la destartalada estación, donde comprarían los billetes para ir a la costa.
El aire de primera hora de la mañana estaba impregnado de frío.
Sam tiritaba dentro de su fina camisa y sus pantalones de algodón.
Las nuevas botas de agua le golpeaban las piernas heladas a cada paso.
El contacto húmedo contra las pantorrillas hizo que deseara poder permitirse unas buenas botas de montaña de cuero.
Las añadió a la lista de cosas que compraría cuando Mike le pagara.
La lista no dejaba de crecer, y se preguntó si no sería pura fantasía.
Si Mike necesitaba ahorrar dinero obligándola a compartir habitación con Wilson, parecía bastante improbable que fuera a cobrar pronto, ya fuese en acciones o de cualquier otro modo.
No eran los únicos que pensaban coger el tren.
Una multitud de personas cargadas con equipajes de todas las formas y clases imaginables invadió la diminuta estación y envolvió a Sam y Wilson en el torbellino.
Sam nunca había sufrido empujones tan feroces.
Le costaba mantenerse en pie. No se formó ninguna cola para comprar los billetes.
Una diáspora humana se abalanzaba hacia la ventanilla donde los vendían.
Wilson la empujó fuera de la estación y se abrió paso, desapareciendo entre una multitud de cuerpos envueltos en chales de lana para protegerse del frío.
Sam distinguía su sombrero de fieltro avanzando hacia la pequeña ventanilla donde despachaban los billetes.
Se frotó los ojos y se dejó caer sobre un barril situado fuera de la estación.
Había dormido poco sobre el fino colchón de espuma que cubría los listones de madera de la cama.
Tener a Wilson en la misma habitación tampoco ayudaba.
Roncaba como un camión con porquería en el combustible.
—¿A qué hora sale el tren? —le preguntó cuando regresó con los billetes.
—Depende.
—¿De qué?
—En teoría sale a las siete, pero no suele hacerlo puntual.
—¿Cómo sabremos cuándo va a salir?
—Cuando el maquinista suba a la cabina.
—Entonces, ¿no podemos desayunar?
—No. Se marcharán sin nosotros.
—¿Podemos coger el siguiente?
Wilson miró a Sam para comprobar si estaba bromeando.
—Hay un tren al día, así que, si no quieres esperar hasta mañana...
Mientras aguardaban el tren, el andén en el que estaban se transformó en un mercado.
Los vendedores locales llegaron desde todas las direcciones cargando sus puestos enteros a la espalda y comenzaron a instalarlos.
Varios cerdos negros, peludos y mugrientos husmeaban entre las vías.
Dos mujeres corpulentas cocinaban a fuego lento a uno de sus congéneres menos afortunados.
El olor a pelo quemado y corteza asada se coló por la nariz de Sam, repugnándola y atrayéndola al mismo tiempo.
Se le hizo la boca agua al imaginar el sabor de la grasa de cerdo caliente.
Las personas que esperaban el tren eran una mezcla de población negra e indígena.
Los lugareños negros descendían de los esclavos africanos que los españoles habían llevado a Sierramar durante la conquista de los incas.
A Sam le resultaba extraño oírlos hablar español.
Acortaban las palabras y se comían fragmentos enteros de las frases, igual que Tati.
Nunca se le había ocurrido que en español habría acentos distintos, igual que en inglés.
¿De qué servía aprender español con un acento si todas las personas que conocía hablaban con otro?
El acento español de Esmeraldas equivalía al de Glasgow en inglés: incomprensible para Sam.
Le gustara o no, durante el viaje dependería de las traducciones de Wilson más de lo que había imaginado.
Cuando el tren entró marcha atrás en el andén procedente de una vía muerta, le asombró reconocer en él un autobús local de madera adaptado para circular sobre raíles.
Se produjo una estampida demencial cuando toda la multitud intentó subir al tren al mismo tiempo, pese a que las plazas estaban reservadas de antemano.
Wilson le dijo que ocupara sus asientos mientras él comprobaba que hubieran cargado las provisiones en el techo.
Sam contempló durante un instante aquel mar de personas histéricas que se empujaban unas a otras antes de respirar hondo y lanzarse al tumulto.
Sus cuerpos sin lavar, marinados en humo de leña, desprendían un olor intenso y, en ocasiones, nauseabundo.
Se abrió paso a empujones hasta el extremo del tren.
De algún modo consiguió apoyar un pie en el peldaño metálico que conducía a la única puerta.
Se izó agarrándose a las barras situadas a ambos lados.
Estaban cubiertas de la grasa dejada por manos mugrientas, pero, pese a la repugnancia que le causaban, tuvo que aferrarse con fuerza para evitar que la arrastraran de nuevo hacia abajo.
Sam se soltó en cuanto pudo y entró a trompicones, procurando no aplastar a las gallinas que yacían por todas partes, atadas con hojas y fibras de palma.
Se limpió las manos con una hoja suelta que había en el sucio suelo del vagón.
Comprobó sus billetes y recorrió el pasillo con la mirada en busca de sus asientos.
Dos hombres fornidos los ocupaban. La incómoda perspectiva de pedirles que se levantaran no le hacía ninguna gracia, así que permaneció de pie hasta que llegó Wilson, dejando que el caos reinara a su alrededor.
Esto es normal aquí. Tengo que adaptarme y disfrutarlo.
Cuando Wilson llegó y señaló los asientos, los intrusos se los cedieron sin una sola protesta, dando la impresión de que solo se los habían estado calentando.
Los asientos eran diminutos, diseñados para la población indígena.
Como entre los pasajeros había hombres y mujeres enormes, tan anchos como altos, aquello acentuaba la claustrofóbica aglomeración.
Wilson tuvo que sentarse de lado, con sus huesudas rodillas clavándose en el muslo de una corpulenta mujer negra encaramada sobre un barril de manteca en el pasillo.
—¿A qué distancia está San Lorenzo? —preguntó Sam, que ya temía el viaje.
—A doscientos kilómetros.
—Entonces, ¿cuánto tardaremos en llegar? —preguntó, animada por la escasa distancia.
—La duración prevista del trayecto es de ocho horas, pero puede llevar mucho más tiempo si el tren descarrila.
—¿Ocho horas? ¿No hay ninguna forma más rápida de ir? —dijo Sam, horrorizada.
—Se puede volar hasta la costa y llegar a Riccuarte en coche desde la otra dirección, pero el tren es mucho más barato y Mike no quería pagar los vuelos.
Eso no la sorprendió. Un hombre bajito y regordete, con bigote a lo Hitler y una gorra antiquísima, apareció detrás de la taquilla y caminó hacia el tren, provocando una oleada de expectación.
Entonces dio media vuelta y regresó a la estación, acompañado por los gemidos de los pasajeros.
Cinco minutos después reapareció con lo que parecía una fiambrera y una bolsa de plástico llena de botellas que tintineaban.
Abrió la puerta del conductor y se izó hasta la cabina.
Poco después, el tren se puso en marcha con una prolongada sucesión de temblores y sacudidas, atravesando las plantaciones de plátanos que había detrás de la estación y dirigiéndose hacia las montañas cercanas.