Capítulo 8
Después de dejar a Sam en la oficina de la avenida Miranda, el ánimo de Wilson se disparó.
Palpó la abultada cartera, repleta con el adelanto en dólares que le había dado Mike Morton.
La naturaleza confiada de Mike no dejaba de asombrarlo.
En otras circunstancias, Wilson se habría embolsado el dinero y habría desaparecido para siempre.
Sin embargo, Mike era como un premio de lotería con forma humana, con mucho más dinero disponible si Wilson tenía paciencia, y este pensaba exprimir su billete dorado hasta el último centavo.
A pesar de ser inteligente y culto, habían despedido a Wilson de todos sus trabajos anteriores cuando desaparecía dinero o él se ausentaba sin permiso.
Mujeriego empedernido y habitual de los burdeles, sus borracheras podían durar días.
Por eso estaba endeudado hasta las cejas.
Conocer a Mike en uno de los burdeles más elegantes de la ciudad había sido un golpe de suerte.
Cierta gente peligrosa, que no llevaba nada bien su incapacidad para pagar lo que debía, le pisaba los talones.
Hasta entonces había conseguido mantenerse un paso por delante de ellos, pero pronto no tendría adónde huir.
Cuando Mike había mencionado que le vendría bien algo de ayuda con sus proyectos en la selva, Wilson no se lo había pensado dos veces.
Ambos estaban satisfechos con el resultado.
Mike necesitaba los proyectos de Wilson tanto como Wilson necesitaba el dinero.
El único problema era la insistencia de Mike en que Sam inspeccionara las zonas antes de que él soltara un solo dólar.
Wilson suspiró. Sería un fastidio tener a esa mujer con él durante el viaje.
Se quejaría de todo y él no podría salir a beber y de putas como hacía habitualmente cuando trabajaba sobre el terreno.
Sin embargo, una sola visita a la selva debería bastar para quitarle las ganas de volver de por vida a aquella zorra mimada.
Aunque no todo era malo. Bajo esa ropa tan aburrida tenía una figura atlética.
Quizá lograra convencerla de que le dejara probar sus encantos. Nunca se había tirado a una gringa.
En el otro bolsillo, Wilson frotó entre los dedos un trozo de papel en el que había apuntado el número de teléfono de Marta.
Aquello sí que era un proyecto. Su actitud recatada y aniñada, combinada con sus tacones de «fóllame» y su tupé laqueado, no engañaba a Wilson.
Sería fácil acostarse con Marta. Según su experiencia, todas las mujeres eran iguales.
Las utilizaba y luego se deshacía de ellas, huyendo a la carrera ante la menor muestra de emoción o comportamiento posesivo.
Nunca había querido casarse, pero los tres hermanos de su esposa no le habían dejado elección.
Cuando descubrieron que la había dejado embarazada, lo obligaron a hacer lo correcto y amenazaron con matarlo si se negaba.
Ahora su esposa lamentaba cada minuto de su matrimonio, pero, como era católica, no podía aceptar el divorcio.
Así que seguían casados, aunque ninguno de los dos soportaba al otro.
Wilson disfrutaba de la separación. Podía seguir yéndose de putas y bebiendo, lo único que le gustaba, en vez de aguantar las regañinas de su mujer.
Encendió un cigarrillo y recorrió la calle en dirección a la parada del autobús.
El dinero le quemaba en el bolsillo y sabía dónde gastarlo.
El burdel estaba situado en la zona sur del casco antiguo de Calderon, en una callejuela de aspecto sórdido.
Desde el exterior no podía adivinarse el negocio que se desarrollaba tras su recia puerta.
Los clientes solo podían entrar después de que los examinaran a través de una gran mirilla.
Wilson no tuvo que esperar mucho después de aporrear la puerta.
Una sombra apareció en la mirilla y desapareció con un movimiento fluido.
La puerta se abrió tan deprisa que Wilson cayó dentro del lúgubre establecimiento.
El burdel hacía gala de una decoración plagada de tópicos, con sofás de terciopelo rojo —cuya tela estaba ya manchada por el uso— en reservados de caoba oscura y lámparas de araña baratas con bombillas tenues.
Varias mujeres de edad incierta, hastiadas de la vida y cubiertas por gruesas capas de maquillaje, languidecían alrededor de la barra.
En un escenario mugriento, una joven de aspecto cansado contoneaba el cuerpo sin entusiasmo al ritmo de música de cantina.
—Vaya —dijo una voz—, así que has decidido visitarnos. Qué detalle.
La voz ronca destilaba un marcado sarcasmo. Esteban Nunez salió de la penumbra y se detuvo bajo la tenue bombilla del pasillo; su grasiento rostro relucía.
—Te dije que no volvieras a aparecer por aquí hasta haberme pagado hasta el último centavo de lo que me debes. Te arriesgas mucho viniendo.
Wilson sonrió, enseñando todos los dientes.
—Hermano, ¿por qué me tratas así cuando he venido a pagarte lo que te debo y a gastar mi dinero en tu establecimiento?
—¿Pagarme? ¡Ja! —Esteban abrió la puerta y miró al cielo. Luego la cerró y fulminó a Wilson con la mirada.
—No veo ningún cerdo volando ahí fuera —dijo.
—Esteban, ¿acaso te mentiría yo? —preguntó Wilson.
—Sí, y lo haces constantemente.
—Me has herido, pero te perdono. Prepárame un reservado con Conchita y una botella de whisky, y olvidaré que esto ha ocurrido.
—¿Te has vuelto loco? ¿Dónde está mi dinero? —dijo Esteban, amoratado de furia.
Wilson metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera.
—¿Cuánto te debo? —preguntó, aunque ya lo sabía—. Eran setecientos cincuenta, ¿no? Te daré mil para que me quede algo de crédito que gastar aquí. —Le entregó los dólares con gesto teatral.
—Setecientos cincuenta y seis dólares con treinta centavos. Y eso sin contar los intereses. ¿De dónde has sacado el dinero? He oído que te han vuelto a despedir —dijo Esteban.
—No es asunto tuyo. ¿Por qué te quejas de tu mejor cliente? Siempre recomiendo tu establecimiento. Y ahora, ¿dónde está Conchita? Tengo una sed tremenda.
Aplacado, Esteban cogió el dinero y se lo metió en el bolsillo del pantalón. Hizo una seña a una mujer de la barra y le indicó que tenía un cliente con dinero. La mujer se acercó al reservado contoneándose e intentó parecer complacida cuando Wilson se reunió con ella.
—Hola, cariño —dijo él—. Cuánto tiempo sin verte.
Aprovechando que Wilson estaba distraído, Esteban se escabulló hasta su despacho y buscó en el cajón del escritorio un trozo de papel que había guardado allí. Lo desplegó y marcó el número que le había dado Pancho Rojas, conocido como El Duro.
—Señor Rojas, soy yo, Esteban Núñez. Me pidió que me pusiera en contacto con usted cuando apareciera Wilson Ortega. Está aquí y tiene los bolsillos llenos.
—¿Tiene dinero? Qué propio de ese cabrón gastarse en un burdel el dinero que me debe.
—¿He hecho mal?
—No. Me ocuparé de esto a mi manera. Gracias por llamarme.