Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Sam y Wilson salieron de la oficina para comprar provisiones en el mercado del centro histórico. Fueron en taxi, ya que ninguno de los dos sabía conducir y Gloria aún no se había dignado aparecer por la oficina. Sam se obligó a entablar conversación.

—Ojalá supiera conducir —dijo Sam—. En Inglaterra no podía permitirme pagar clases. ¿Por qué tú no sabes conducir, Wilson?

—Los ingenieros no necesitan aprender. Cuando trabajan sobre el terreno, utilizan un coche con chófer.

—Espero aprender mientras esté en Sierramar.

—Las mujeres conducen fatal.

—No todas. De todos modos, algunos hombres tampoco lo hacen demasiado bien.

Señaló la espalda del taxista y sonrió, pero Wilson la miró sin dar muestras de haber entendido la broma. Llegar a conectar con él iba a ser una ardua tarea.

—¿Qué titulación tienes? —preguntó él.

—Una licenciatura en Ciencias Geológicas.

—¡Ja! Una simple licenciatura. ¿Cuántos años estudiaste?

—Cuatro años —dijo Sam.

—Aquí tu título no vale nada. Solo estarías cualificada para ser profesora. Yo me licencié en Ingeniería Geológica. Mi título es muy superior al tuyo. Estudié siete años en la universidad.

Aunque le molestó que intentara menospreciarla, Sam no se tomó la molestia de sacarlo de su error. En vez de eso, dijo:

—Probablemente. Aunque también tengo un máster en Geología.

Entonces fue él quien se enfadó, pues, según su propio criterio, aquello la hacía muy superior a él. Encendió otro cigarrillo y contempló la calle por la ventanilla, odiándola.

Pararon en un mercado callejero que desbordaba una nave larga y baja, construida con bloques de hormigón y cubierta por un tejado de chapa ondulada.

Hileras de puestos destartalados se alineaban junto a las paredes, con mezclas imposibles de clasificar expuestas sobre mesas tambaleantes.

Los sacos de harina se disputaban el espacio con balones de fútbol y golosinas.

Bajo una mesa en la que se vendían ropa interior y calcetines había cajas de agua embotellada.

Wilson sabía dónde encontrar cada artículo, así que Sam lo siguió y fue pagando.

No sabía si les cobraban más o menos de la cuenta, pero consiguió recibos de todo, pese a los chasquidos de desaprobación de Wilson ante semejante pérdida de tiempo mientras los tenderos, apenas alfabetizados, se esforzaban por rellenarlos.

Compraron la mayor parte de las provisiones básicas que necesitarían para el viaje y las cargaron en otro taxi decrépito para llevarlas al piso de la Avenida Miranda.

El tiempo que pasó con Wilson le resultó bastante agotador, y la perspectiva de tener que estar en su compañía las veinticuatro horas del día mientras trabajaban sobre el terreno le revolvía el estómago.

Esperaba que hubiese más gente para aliviar el ambiente.

También se llevaría muchas pilas para el Walkman.

Cuando Sam entró tambaleándose en el piso, cargada con las cajas de provisiones que Wilson había dejado tiradas en el ascensor, Marta le tendió una emboscada.

—¿Qué tal te ha ido con Wilson? Es guapísimo. ¿Crees que se ha fijado en mí?

—Claro que sí. Sería imposible no hacerlo —dijo Sam—. Wilson es un apellido en Inglaterra. ¿Por qué aquí lo usáis como nombre?

—Ah, le pusieron ese nombre por Woodrow Wilson. Aquí es habitual usar los apellidos de los presidentes estadounidenses como nombres de pila.

—En Sierramar es frecuente adoptar nombres de personajes famosos, sobre todo de dictadores como Mussolini, Stalin, Lenin y Hitler —dijo Gloria, que había llegado a la oficina mientras ellas estaban comprando provisiones.

El nombre de un dictador le habría pegado mucho más a Wilson, pero Sam no lo dijo por respeto al flechazo de Marta.

—¿Cuál es su apellido? —preguntó Gloria, arrugando la frente por el esfuerzo mientras trataba de rescatar un recuerdo borroso.

—Ortega. ¿Por qué? —dijo Sam.

—Ah, por nada.

A Sam no le pareció convincente. Gloria parecía preocupada, aunque procuraba disimularlo. Sabía algo de Wilson Ortega que no quería compartir. Sam se encogió de hombros. No tenía sentido preguntarle. Gloria solo revelaba información cuando lo consideraba necesario.

Más tarde, Sam fue a prepararse una taza de té a la cocina y Gloria aprovechó la ocasión para acorralar a Marta en la oficina.

—Te gusta Wilson, ¿verdad? —le dijo a Marta—. No es el hombre adecuado para ti.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Marta.

—Que no te conviene —respondió Gloria, esforzándose por no tener que dar explicaciones.

Marta, consciente del lugar que ocupaba en la visión que Gloria tenía de la sociedad, se ofendió de inmediato.

—¿Y quién te ha pedido que metas las narices en mis asuntos?

—Ay, Martita, lo siento. No pretendía molestarte —dijo Gloria.

—¿Es demasiado bueno para mí porque es geólogo como Sam? Que seas rica no te da derecho a controlar mi vida.

—Ese no es el problema. He oído que no es una buena persona y no soportaría verte sufrir.

—Sé cuidarme sola, gracias —dijo Marta.

—Tiene fama de violento. Solo quería advertirte.

—No puedes impedir que salga con él.

Gloria comprendió que había cometido un error y que, en vez de disuadir a Marta, la había empujado directamente hacia Wilson.

—Lo siento, Martita, no era eso lo que quería decir. Por favor, perdóname.

Marta soltó un bufido y regresó a su escritorio con expresión obstinada. Sam salió de la cocina con el té y el momento pasó.

—¿Dónde puedo comprar chocolate para el viaje? —preguntó Sam.

—Hay una tienda de alimentación al final de la Avenida Miranda, donde terminan los edificios nuevos y empiezan los antiguos. Venden toda clase de golosinas —dijo Marta—. ¿Puedes comprarme unos M&Ms cuando vayas, por favor?

Sam subió por la Avenida Miranda, dejando atrás los altos edificios nuevos, y encontró la tienda en una casita con el tejado de tejas de color rojo ladrillo.

Escogió varias tabletas grandes de chocolate Lindt y las llevó al mostrador junto con los M&Ms. Para su sorpresa, Alfredo, el autoproclamado buscador de tesoros, estaba allí, balanceándose mientras charlaba con el tendero.

Sam dejó sus compras sobre el mostrador.

—Eso es mucho chocolate, gringa.

—Me voy a la selva —dijo ella—. Necesito provisiones de emergencia. ¿No nos conocimos en la Discoteca?

—Ah, sí. La chica de los preciosos ojos verdes. Deberías comprar chocolate negro. Cuanto más cacao contenga, menos probable será que se derrita con el calor.

—Ah, no lo sabía.

Volvió a colocarlas en el estante y las cambió.

—Gracias. Alfredo, ¿verdad?

—Sí, Alfredo Vargas, a tu servicio.

—Si estás a mi servicio, tengo algunas preguntas sobre el tesoro, si dispones de tiempo para hablar.

—Sentémonos fuera, en el banco que hay a la sombra. ¿Quieres una cerveza?

—No, gracias, pero tomaré un 7-Up.

Se sentaron a la sombra, rodeados por una luz solar tan intensa que desteñía la calle.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Alfredo.

—Bueno, tengo un libro cuyo autor afirma que los incas enterraron el rescate de Atahualpa en Sierramar. Tú lo mencionaste en la Discoteca. ¿Qué sabes al respecto?

—Sé más que cualquier otra persona viva. Llevo casi toda la vida buscándolo.

—Entonces, ¿crees que aún existe?

—Sí, estoy convencido. He investigado durante años.

—¿Dónde está escondido?

—Hay un mapa dibujado a mano que indica un escondite en las montañas cercanas a Guayamba.

—¿Has buscado allí arriba?

—Muchas veces. Creo que solo es cuestión de tiempo que vuelva a descubrir el tesoro.

—¡Qué emocionante! ¿Podemos hablar de ello cuando regrese del viaje?

—¿Adónde vas? —preguntó Alfredo.

—A Esmeraldas —dijo Sam.

—Ten cuidado con los mosquitos, gringa. Cuando regreses, recuerda: mi casa es tu casa.