Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Sam se despertó a la mañana siguiente sintiéndose como si estuviera a las puertas de la muerte.

El mal de altura, combinado con la acertadamente llamada venganza de Moctezuma, hacía que no pudiera comer ni respirar.

Tenía la nariz, los ojos y la garganta tan secos como un desierto.

Bebió agua mineral, que vomitó, y pasó una cantidad exagerada de tiempo en el baño intentando decidir si era más urgente evacuar los intestinos por arriba o por abajo.

A Mike no le hicieron ninguna gracia aquellas excursiones.

—Por el amor de Dios, Sam. Todo el mundo sabe que hay que tomárselo con calma en Calderon. Está a más de una milla sobre el nivel del mar.

—Lo habría sabido si me hubieras avisado —masculló Sam.

—Esta mañana tienes que estar en plena forma —dijo Mike—. He concertado una reunión con Wilson Ortega, un geólogo sierramarense que me ha hablado de unas posibles concesiones de exploración. Quiero saber si crees que tienen algún valor.

—No te preocupes por mí. Estaré bien —dijo Sam con una mueca.

Qué típico de él no avisarla de la reunión, pero no podía tropezar en el primer obstáculo.

Le suplicó ayuda a Marta, que le preparó una bebida para rehidratarla, una mezcla asquerosa de sal y azúcar.

Se sentó en la cama, esperando a que surtiera efecto y preguntándose de dónde había salido aquella nueva pista.

¿Dónde había encontrado Mike a Wilson? Probablemente en una discoteca.

Cuando Wilson llegó al piso, hasta Sam logró concentrarse el tiempo suficiente para examinarlo de pies a cabeza.

Era un hombre alto y atractivo, con un gran bigote negro que acariciaba y se ajustaba de manera sensual.

Su costumbre de fumar un cigarrillo sin filtro tras otro le había surcado la piel, que tenía un tono grisáceo.

Poseía unos grandes ojos castaño oscuro bajo una mata de espeso pelo negro.

Llevaba una camisa negra, pantalones negros de poliéster y botines negros, y se cubría la cabeza con un gran sombrero fedora negro.

Mike reclutó a Marta como intérprete para la reunión, pues Wilson solo hablaba un inglés rudimentario y Gloria no se había presentado.

Marta mantenía la cabeza gacha, pero de vez en cuando miraba a Wilson por debajo de sus pestañas postizas con algo muy parecido a la adoración.

Cuando él la miraba buscando confirmación sobre algún punto, ella se ruborizaba y se retorcía en la silla.

A él le gustaba ser el centro de su atención y se recostaba en la silla, con las rodillas muy separadas y una expresión de suficiencia en el rostro.

Wilson sacó varias carpetas de su maltrecho maletín.

Contenían documentos oficiales que autorizaban la realización de trabajos de exploración en varias extensiones de terreno de la provincia de Esmeraldas, al oeste de Sierramar.

Una de las zonas contenía terrazas de grava a orillas de un río que desembocaba en el Pacífico.

—Los ríos delimitados en las concesiones de exploración que os ofrezco tienen terrazas auríferas en sus márgenes. Podemos comprar las licencias por veinte mil dólares cada una y extraer todo el oro para nosotros.

—¿Cuánto oro hay en las terrazas? —preguntó Mike.

—Oh, alrededor de un millón de onzas, aunque podría haber más —dijo Wilson, acariciándose el bigote.

—¿Se ha llevado a cabo alguna exploración geológica en esas terrazas? —preguntó Sam.

Wilson la ignoró.

—Los indígenas buscan oro con bateas en los depósitos aluviales para conseguir dinero con el que comprar cerveza y cigarrillos.

La ley debe de ser alta para que logren extraer suficiente para vivir con sus métodos primitivos.

No se molestan si hay menos de un gramo por metro cúbico, o unos seis dólares.

—Entonces, ¿no existe una estimación de recursos de oro? —preguntó Sam.

—No como tal, pero su actividad demuestra que es un yacimiento rico —dijo Wilson—. Podríamos explotarlo de inmediato si tuviéramos la maquinaria.

—¿Dónde conseguiríamos la maquinaria? ¿Cuánto costaría comprarla? —preguntó Mike.

—Esa es la parte sencilla. Hay un hombre que puede alquilarnos todo el equipo que necesitamos. No tenemos que comprar nada —dijo Wilson.

—Parece un plan excelente. Podría convencer a Edward para que soltara el dinero si preparamos un presupuesto —dijo Mike, que ya iba varios pasos por delante de Sam.

Wilson abrió la boca para hablar, pero Sam lo interrumpió.

—Disculpad. Esperad un momento —dijo Sam—.

Es una idea interesante, pero debemos visitar el río y tomar algunas muestras antes de decidir si invertimos en el proyecto.

Tenemos que confirmar la presencia de oro en las terrazas y hacernos una idea de la cantidad por metro cúbico y del volumen total de grava.

—¿Por qué? —preguntó Mike.

—Puede que extraerlo cueste más de lo que obtengamos. Wilson podría tener razón sobre la riqueza de las terrazas, pero necesitamos un plan de explotación para determinar si podemos obtener beneficios antes de invertir —dijo Sam, esforzándose por parecer racional sin resultar condescendiente.

Wilson le lanzó una mirada irritada, pero su expresión cambió cuando ella le sostuvo la mirada.

—Por supuesto —dijo—. Mike puede acompañarme a la mejor zona la semana que viene y comprobarlo por sí mismo.

Mike se rio.

—Lo siento, Wilson, pero tendrás que conformarte con Sam. Tengo el corazón delicado y, si algo sale mal, la selva queda demasiado lejos de cualquier hospital para mí.

Marta lo tradujo. Wilson miró a Mike sorprendido. Sam arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario. No creía que padeciera ninguna enfermedad. Es demasiado vago para ir.

—Yo también soy geóloga. ¿No te lo ha dicho Mike? —preguntó Sam, sabiendo perfectamente que Mike la había presentado como su geóloga cuando Wilson había llegado a la reunión.

—Las mujeres no soportan las condiciones de la selva. Son demasiado débiles. No puedo responsabilizarme de la seguridad de Sam —le dijo Wilson a Mike, ignorando a Sam.

Su tono condescendiente quedó flotando en el aire mientras Marta intentaba suavizar aquella afirmación tajante al traducirla.

La arrogancia de Wilson dejó atónita a Sam.

No podía creer que todavía hubiera alguien capaz de hablar así de una mujer estando ella presente.

Se tragó la bilis que le había subido a la garganta.

—Oh, no te preocupes por mí. Soy fuerte como una mula. Ya me cuidaré sola —dijo.

—Sam estará bien, Wilson. No tendrás que hacer de niñera.

Wilson frunció el ceño, pero Mike no había percibido ni la furia de Sam ni la reticencia de Wilson, pues estaba imaginando cuánto oro podrían extraer de las terrazas.

—¿Cuándo puedes ir, Wilson?

—Puedo organizar un viaje dentro de una semana, si te viene bien.

—Sí, perfecto. Entonces, queda decidido. Sam, ¿por qué no vas a la ciudad con Wilson y compráis provisiones para el viaje? Así podréis conoceros mejor.

Era lo último que cualquiera de los dos quería hacer, pero él seguía sin darse cuenta.

—¿Puedes darme algo de dinero en efectivo, por favor? —preguntó Sam.

—¿No puedes comprarlo tú? —preguntó Mike—. Te lo reembolsaré más tarde.

—No llevo suficiente dinero encima —dijo Sam, lo cual no era cierto, pero no tenía intención de esperar a que Mike se lo devolviera.

—Marta, dale a Sam dinero de caja —dijo Mike.

Marta se contoneó hasta su escritorio y regresó con un fajo de moneda local.

—Por favor, no olvidéis los recibos —dijo, pestañeando coqueta ante Wilson.

—Gracias. Vámonos —dijo Sam.

Wilson miraba a Marta como un lobo que contemplara una oveja rolliza.

—Hasta luego —dijo.

***

Mike trataba de dominar sus emociones. La lentitud con que avanzaban las cosas en Sierramar lo frustraba y le aterraba que Edward montara en cólera y retirase su apoyo, pero admiraba a Sam por plantarles cara a ambos.

Le sorprendía haber elegido a una mujer que había parecido fácil de manipular, pero que escondía en su interior un núcleo de acero.

La había contratado con la esperanza de evitar más inversiones desafortunadas, sin tener muchos elementos de juicio aparte de su disponibilidad y lo poco que cobraba, pero ella lo había convencido de que había tomado la decisión correcta.

Wilson iba a tener las manos ocupadas con Sam.

Llamó a Edward para ponerlo al día.

—Hola, soy yo.

—Hola, ¿cómo van las cosas por allí? ¿Alguna novedad?

—Alguien me ha ofrecido una zona con gravas fluviales que contienen oro. Parece prometedora.

—También lo parecía lo anterior. ¿Cómo demostramos que merece la pena?

—Sam irá allí para realizar una evaluación exhaustiva del proyecto antes de que yo tome una decisión.

—Parece que se ha hecho cargo de la situación por allí —dijo Edward—. Me alegra saber que esta vez estamos siendo prudentes. Parece prometedor. ¿Vas a ir?

—No le veo el sentido. Sam sabe lo que hace y va con el geólogo que encontró el yacimiento.

—Si crees que es lo mejor.

—Ya he demostrado lo poco que entiendo de geología —dijo Mike.

—¡Ja! Eso es verdad.

—Te llamaré cuando vuelvan y te pondré al corriente de nuestros progresos.

—Excelente. Estoy deseando saber más. Buena suerte.

Mike colgó el teléfono con una sonrisa. Como Edward seguía a bordo, ya no le preocupaba la financiación y, esta vez, tenían entre manos un éxito seguro.