Capítulo 5 #3
Después de encenderse y fumarse un cigarrillo, se puso en pie con esfuerzo e intentó abrir la puerta principal del edificio, pero se le caían las llaves una y otra vez.
Mike suspiró. Dejó a Sam en el coche, le quitó las llaves a Gloria y abrió la puerta.
Después desapareció con ella en el edificio con la soltura de quien ya lo había hecho otras veces, lo que daba a entender que ya la había ayudado a volver a casa con anterioridad.
Cuando Mike regresó al coche, tenía los labios y la barbilla embadurnados de pintalabios. Sam arqueó una ceja. Él se encogió de hombros.
—Gloria es una chica increíble, pero lo está pasando fatal —dijo Mike—. Ese novio suyo es un completo inútil.
—¿Por qué?
—Diego Mena pertenece a una de las familias más ricas y poderosas de Calderon, lo que lo convierte en el soltero más codiciado de la ciudad. Todas las chicas se pelean por él, pero prefiere pasar el rato con Gloria.
—¿Crees que se casarán?
—No. Creo que él la quiere, a su manera, pero su madre es una bruja de primera categoría. Nunca permitirá que se case con Gloria.
—¿Por qué no?
—El padre de Gloria no pertenece a una de las familias antiguas de Calderon. Son nuevos ricos. Apenas los toleran.
—¿Y Diego? Parece horrible.
—Al contrario. Es encantador, culto y popular, pero también informal e infiel. Dudo que tenga la menor intención real de casarse con Gloria. Solo se está divirtiendo.
—¿Ella lo sabe?
—Seguro que sí, pero no quiere reconocérselo a sí misma. Es duro ser una intrusa dentro de tu propia clase social. Pese a todas las pruebas en contra, el dinero no compra el amor.
Sam sabía demasiado bien qué se sentía al ser traicionada por alguien a quien no le importabas lo suficiente.
La asaltaron recuerdos espantosos de la humillación que siguió a las revelaciones sobre las aventuras de Simon, su exnovio, y sintió que algo la unía a Gloria. No era de extrañar que bebiera tanto.
Al día siguiente, Sam, Marta y Gloria fueron a comer al Banana Verde.
—¿Alguna de vosotras ha oído hablar de Alfredo Vargas? —dijo Sam—. Lo conocí anoche en la discoteca. Afirmó ser cazador de tesoros. Aunque, bien pensado, había bebido muchísimo.
—Es verdad —dijo Gloria—. Lleva muchos años buscando el tesoro perdido de los incas. Puede que sea un borracho, pero atraviesa periodos de sobriedad durante los que sigue investigándolo. Había oído que llevaba meses sin probar una gota de alcohol.
—No creo que siga sobrio —dijo Sam—. ¿Dónde aprendió a hablar inglés?
—Fue al colegio en Inglaterra, aunque asegura que no recuerda nada por culpa de la bebida. No pertenece a mi círculo habitual de amigos, así que no lo conozco bien, pero es guapo —dijo Gloria.
Sam no se había fijado. El talante expansivo de Gloria la animó a hacer más preguntas.
—Anoche, los camareros eran indígenas, pero ninguno de los clientes lo era. En este restaurante ocurre lo mismo. ¿Por qué?
—Es por el sistema de clases de aquí —dijo Gloria—.
Los blancos son más ricos que los mestizos, los mestizos son más ricos que los indígenas y todo el mundo es más rico que los negros.
A un blanco ni se le pasaría por la cabeza trabajar en un bar o de camarero, y tampoco se ven muchos mestizos en una discoteca, a menos que estén sirviendo las copas.
—Aunque el dinero manda —dijo Marta—. Poseer una suma considerable puede neutralizar la desventaja de pertenecer al grupo equivocado. Una amiga mía es mestiza y su madre dirige la franquicia de Toyota en Sierramar. Eso hace que la consideren blanca.
—Los hombres de la discoteca parecían dar por sentado que, si querían a una mujer, podían tenerla. ¿Aquí las mujeres no pueden elegir a su hombre? —dijo Sam.
—La verdad es que no, chica —respondió Gloria—. Somos adornos y no se espera que tengamos opinión.
—¿Cuándo llegará la liberación de la mujer a Calderon? —dijo Marta.
—Está tardando mucho —dijo Gloria—. Los hombres de aquí son lo peor.
Las dos suspiraron.
Sam no pudo contenerse.
—¿Creéis que va a llegar en avión? Liberaos vosotras mismas.
—¿Quién te ha preguntado? —replicó Marta.
—Sam no lo dice con mala intención. No tiene modales —intervino Gloria.
El comentario no le hizo ninguna gracia a Sam, que consideraba que tenía unos modales exquisitos, pero decidió no defenderse. Suspiró y puso los ojos en blanco. Aquella resultó ser la respuesta correcta, pues Marta la interpretó como una disculpa. Gloria se marchó al servicio.
—¿Por qué trabaja Gloria si su padre es un pez gordo? —dijo Sam cuando Gloria ya no podía oírla.
—Su padre es poco habitual entre los ricos de aquí.
Ellos heredaron su dinero y no han trabajado para ganarlo.
El señor Sanchez es un hombre hecho a sí mismo y no le importa mantenerla siempre que ella también trabaje.
Cree que hay que trabajar por mucho dinero que se tenga.
De todos modos, ya conoces a Gloria: no soportaría la vida de una señora que se pasa el día comiendo fuera.
—Entonces, ¿ninguna de sus amigas trabaja? —dijo Sam.
—¡Ja! Son demasiado estiradas para trabajar. Se pasan el tiempo de fiesta, emborrachándose y drogándose.
Marta parecía a punto de escupir de desprecio. Sam cambió de tema.