Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Cómo soportáis tanta niebla?

—Creo que nunca he visto niebla en Londres. Tal vez no madrugo lo suficiente.

—¿Hay hinchas violentos por las calles? ¿Es peligroso?

—Margaret Thatcher los puso bajo control. Ya no existe el vandalismo futbolístico. Bueno, no mucho, en cualquier caso.

Sam se encogió de hombros.

—Necesitamos a Margaret Thatcher aquí. Ella acabaría con la corrupción.

—Esto..., ya no es primera ministra. Ahora es John Major, así que tal vez podríais pedirle que viniera, ya que está disponible.

—Sí, pero robó las Malvinas. ¿Qué derecho tienen los ingleses sobre las Malvinas?

Sam cambió el peso de un pie al otro, incómoda ante tanta atención.

Los zapatos se le pegaban a los restos de bebidas derramadas en el suelo y el espeso humo de los cigarrillos le hacía llorar los ojos.

Miró alrededor en busca de una vía de escape y Gloria advirtió su angustia.

Intervino colocándose entre una aliviada Sam y sus interrogadores.

—¿Por qué le preguntáis por las Malvinas? Es mujer. No sabe nada —dijo Gloria, apartándolos a empujones.

Agradecida por su intervención, Sam bailó con el dueño de la discoteca, que llevaba el pelo cortado a tazón y unos pantalones ceñidísimos.

Sin aliento después de un par de bailes en aquel aire enrarecido, se retiró a una mesa vacía con un vaso de agua.

Desde allí veía a Mike sentado en un rincón del fondo, tratando de ligar con una mujer guapa de pelo largo, y a Gloria apoyada en la barra, bebiendo chupitos con sus amigos.

La gran altitud había dejado a Sam jadeando.

Apuró el agua y se recostó contra la pared, disfrutando del frescor de la superficie a través de la camisa.

Un hombre bajo y fornido, vestido con una chaqueta de tweed, se abrió paso entre la multitud y se dejó caer a su lado.

Llevaba el áspero pelo gris hasta los hombros, recogido en una coleta, y tenía unas grandes cejas negras sobre unos tristes ojos marrones, en un rostro curtido. La miró con interés etílico.

—No eres de aquí, ¿verdad? —dijo en un inglés perfecto, propio de un exclusivo internado británico—. No te preocupes. Te acostumbrarás a la altitud.

Sam se volvió hacia él.

—Ojos verdes —dijo—. Preciosos ojos verdes.

Le cogió la mano y le canturreó una canción en español titulada «Ojos verdes», que hablaba de un hombre enamorado de una mujer de ojos verdes. Sam captó el sentido general y retiró la mano de un tirón.

—Ah, la típica zorra gringa y fría —dijo él.

Desconcertada, Sam replicó con los ojos centelleantes de ira:

—¿Y quién demonios eres tú?

—La gringa tiene carácter. Permíteme que me presente —dijo mientras volvía a agarrarle la mano contra su voluntad—. Soy Alfredo Vargas, el cazador de tesoros, a tu servicio.

Sam abrió la boca, sorprendida. Parecía hablar en serio y no daba la impresión de encontrarse en condiciones de inventarse nada. Sintió un estremecimiento de emoción.

—¿Eres cazador de tesoros? ¿Cuál estás buscando?

—El tesoro perdido de los incas, linda.

Sam soltó un grito ahogado.

—Pero leí que alguien lo había encontrado y fundido.

Alfredo pareció decepcionado, como si no fuera la reacción que esperaba.

—Discúlpame, por favor —dijo—. El retrete me llama.

Y se alejó dando tumbos hacia la oscuridad.

Sam esperó a que regresara, pero, para su decepción, no volvió a aparecer.

¿Por qué no puedo mantener la boca cerrada?

Había encontrado a alguien que quizá compartiera su interés por el tesoro y su cinismo natural había cortado de raíz una conversación interesante.

Podía ser muy brusca y ahora, en cambio, se aburría.

A medida que avanzaba la noche, Gloria se emborrachó cada vez más y su risa estridente llenó el bar. Sam necesitaba volver a casa. Encontró a Mike, que también estaba listo para marcharse. Como era de esperar, Gloria no estuvo de acuerdo. Echó los brazos alrededor de Mike y le masculló a la cara:

—Vamos a otra fiesta, Mike. Quiero encontrar a Diego.

—No es la mejor idea que has tenido. ¿Por qué no te llevamos a casa? —dijo Mike.

—Vete tú a casa. Yo quiero encontrar a Diego.

—Podemos ir todos en coche y buscarlo juntos —dijo Sam, guiñándole un ojo a Mike por encima de la cabeza de Gloria.

Mike asintió.

—Vale, hagamos eso. Vamos, Gloria.

Gloria pareció recelar de aquel cambio de planes, pero en su estado no podía ir a ninguna parte sin ayuda. Se aferró al brazo de Mike y, después de mucho remolonear, Mike y Sam consiguieron meterla en el coche.

Partieron por las estrechas calles de Calderon, saltándose semáforos en rojo, y subieron la colina hacia la casa de Gloria. Ella no tardó en darse cuenta de que se dirigían a su casa en lugar de buscar a Diego.

—Eh, vamos en la dirección equivocada —dijo mientras bajaba la ventanilla y gritaba—: ¡Socorro, me han secuestrado!

Nadie le prestó atención y ella no tenía fuerzas para protestar demasiado, así que se hundió en el asiento y encendió un porro enorme, al que dio una calada con expresión beatífica.

Cuando llegaron a su edificio, Gloria abrió la puerta del coche de golpe y se deslizó desde el asiento trasero hasta la acera, donde permaneció sentada varios minutos, todavía refunfuñando.

—No entiendo por qué no podemos ir a buscar a Diego. Me echa de menos.

—Gloria, son las cuatro de la mañana y a estas alturas estará arropado en la cama. Tú también deberías estarlo. Vamos, andando.