Capítulo 5
El español de Sam pronto mejoró lo suficiente para comunicarse con Tati y Marta, coger un taxi y pedir comida en un restaurante.
El acento local resultó fácil de entender y ella incorporó expresiones de la zona a su forma de hablar.
Gracias a su amistad con Gloria, siempre la invitaban a actos sociales, pero a menudo se sentía excluida por no ser capaz de hablar español tan bien como lo entendía.
Fascinada por la enorme brecha entre ricos y pobres de la sociedad de Calderon, quería conocer mejor el país, y hablar español le abriría casi todas las puertas.
Para su sorpresa, Gloria la tomó bajo su protección y le corrigió los errores más graves, animándola mientras se esforzaba por hilvanar frases coherentes. Cuando Sam se frustraba y se negaba a seguir intentándolo, Gloria hacía que volviera a subirse al caballo.
—Chica, hay gringos que llevan aquí diez años y no saben hacer más que pedir una cerveza en español. Merecerá la pena. Ya lo verás cuando te metas en la selva y necesites un taxi.
Sam se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo y sonrió.
Le gustaban Gloria y su manera franca de ser.
La gente de Sierramar tenía su propia forma de hacer las cosas, pero Gloria había resultado ser amable y divertida, pese a su dura coraza.
Sam necesitaba una amiga. Lejos de casa, no había previsto lo aislada que se sentiría en el apartamento vacío de Mike.
No había nada que hacer aparte de trabajar y no tenían televisión.
—¿Para qué? Todos los programas están en español —dijo Mike cuando Sam se lo preguntó.
—Sería una forma fácil de mejorar mi español y mantenerme al día de las noticias. Podría contarte lo que ocurre en otros países —dijo Sam.
—Tal como están las cosas, prefiero vivir feliz en la ignorancia —dijo Mike.
—La mayoría de los canales están en inglés con subtítulos en español —dijo Gloria, pero Mike no cedió.
—Esperemos hasta que tengamos un sofá.
Pero el sofá nunca apareció. Mike salía con Gloria casi todas las noches, regresaba de madrugada y daba un portazo cada vez.
Sam, que no participaba en aquellas veladas de desenfreno, se sentaba en el suelo de su dormitorio, con la espalda apoyada contra los pies de la cama, escuchaba su Walkman Sony e intentaba leer el periódico local para ampliar su vocabulario.
¿He tomado la decisión correcta al venir a Sierramar?
Hasta entonces, ningún proyecto había resultado adecuado para invertir, así que los días se prolongaban en una confusión interminable de esperanzas y resacas.
Con ayuda de un diccionario y gracias a la similitud entre la terminología geológica inglesa y española, Sam hizo todo lo posible por tomar la iniciativa y se abrió paso a trompicones por un informe que enumeraba los recursos minerales potenciales de Sierramar.
Varios parecían prometedores como proyectos de exploración.
—¿No podríamos buscar nosotros mismos algunas zonas prometedoras? —le preguntó a Mike—. En Sierramar hay mucha geología interesante. Creo que he localizado varios candidatos probables. Tal vez podría examinarlos a fondo.
—Como inversor en un mercado bajista, no tengo que salir a buscar proyectos —dijo Mike—. Me siento a esperar a que vengan ellos a mí. De todos modos, no tenemos fondos para ir tras pistas falsas. Ten paciencia y alguno entrará aquí por su propio pie.
Mientras Sam esperaba a que algún proyecto decente entrara paseando en la oficina, puso en orden todos los expedientes que Mike ya había recibido.
Revisó su contenido para asegurarse de que Mike no hubiera pasado nada por alto, pero fue inútil.
Marta recibió varios expedientes nuevos que despertaron ciertas esperanzas, pero, cuando se los entregó a Sam para que los revisara, tampoco dieron la talla.
Sus propietarios eran especuladores que habían solicitado al ministerio una concesión de exploración y después la habían conservado pagando el canon del terreno sin realizar trabajos de exploración.
Aquella gente se había enterado de que un gringo con mucho dinero quería invertir en minería y el rumor hizo que salieran de debajo de las piedras.
Afirmaban que sus concesiones contenían ricos yacimientos de metales, pero, una vez revisadas, resultaban ser terrenos baldíos sin una sola muestra analizada.
Uno de los propietarios juraba que su yacimiento contenía al menos un millón de onzas de oro, afirmación basada en el análisis de tres muestras de roca encontradas en la superficie.
Era como asegurar que un pastel contenía seis onzas de azúcar porque habían espolvoreado unos cuantos granos por encima.
Sam lo descartó. Utilizó los mapas que habían comprado en el instituto para señalar la ubicación de las concesiones que les ofrecían y las coloreó todas de verde, como pastizales.
—¿Estás segura de que no hay nada que merezca la pena examinar? —dijo Mike, contemplándolas consternado.
—Al cien por cien —dijo Sam—. Si no llega nada mejor, podríamos hacer nuestra propia exploración, pero empezar desde cero un proyecto de minería de roca dura saldría caro.
—¿Qué estamos buscando?
—Recomiendo esperar a que aparezca alguna propiedad con depósitos aluviales en la superficie y fáciles de explotar. Con nuestro presupuesto no podemos permitirnos la roca dura.
—Perdí dinero en un proyecto aluvial. Ahora Edward odia los aluviales.
—Eso fue antes de que tuvieras una geóloga. Confía en mí, elegiré uno mejor para nosotros.
Sam no mencionó que solo uno de cada mil proyectos de exploración acababa convirtiéndose en una mina. ¿Para qué desanimar a Mike si quería conservar su empleo?
—¿Has oído hablar alguna vez del Tesoro Perdido de los Incas? —dijo.
—Claro, ¿quién no? Leí sobre él cuando investigaba Sierramar.
—¿Crees que sigue ahí fuera?
Mike se volvió para mirarla con desdén.
—Creía que eras científica. Es un mito. Y, si no lo es, desapareció hace mucho. Procuremos no perder de vista el objetivo. Edward me arrancará la piel a tiras si no encontramos algo que merezca la pena.
—Por supuesto. Confía en mí. Te encontraré algo bueno.
Fuera de la oficina, el único entretenimiento de Sam consistía en recorrer la ciudad con Gloria, que hacía de chófer y confidente de media población de Calderon. Su manera de conducir aterrorizaba a Sam. Un día se saltó un semáforo en rojo sin más. Sam agarró a Gloria del brazo.
—¿Has visto el coche de policía en el cruce? —dijo.
—Uy, eso no es bueno.
—Tienes suerte de que no nos hayan seguido.
—Sí nos han seguido. Los veo por el retrovisor —dijo Gloria—. Agárrate.
Gloria pisó a fondo y salió disparada. Sam soltó un grito ahogado. Gloria pretendía dejar atrás al coche de policía. Aquello solo podía acabar mal.
—¿No deberíamos parar? —dijo.
—No, ya lo he hecho antes. Mira y aprende, gringa.
Tomaron una calle lateral a toda velocidad y el jeep pareció tambalearse sobre dos ruedas. Sam buscó el asidero situado encima de la puerta y se aferró a él. Gloria se rio como una loca.
—¡Vamos! —gritó mientras avanzaban por la carretera a toda pastilla—. Agárrate fuerte, Sam.
Redujo la velocidad y ejecutó un giro perfecto con el freno de mano para meterse en una entrada vacía.
—Agacha la cabeza —le dijo a Sam, que se había quedado blanca de la impresión—. ¿Quieres que te vean?
Las dos se inclinaron sobre las rodillas y escucharon.
La sirena se acercaba cada vez más. Sam se imaginó llamando a sus padres y explicándoles por qué iba a quedarse en Calderon más tiempo de lo previsto.
Unos cinco años. Cerró los ojos y arrugó la cara, preparándose para lo peor, pero el coche de policía pasó a toda velocidad y siguió adelante.
—¡Vaya! No nos han visto —dijo Sam.
—¡Ja! Los chapas no son unos lumbreras, ¿sabes? —dijo Gloria—. Nunca me han pillado.
Tenía el rostro radiante de emoción y orgullo. Sam se rio pese a su asombro.
—Evel Knievel no te llega ni a la suela de los zapatos. Estás como una cabra.
—¿Qué significa eso de «como una cabra»? ¿Es algo bueno?
—Ah, sí, es fantástico.
Cuando regresaron a la oficina, Sam todavía estaba eufórica. No le atraía la idea de pasar otra noche solitaria en su dormitorio. Por una vez, Mike captó sus evidentes indirectas y se apiadó de ella.
—Ponte tus mejores galas. Vamos a sacarte para que descubras lo que aquí consideran pasarlo bien —dijo.
—¿Adónde vamos? —dijo Sam.
—A la Discoteca. Te encantará. La decoración es setentera a más no poder y tiene una pista de baile con cuadrados luminosos, como sacada de Fiebre del sábado noche.
No tuvieron que repetírselo. Sam se puso la camisa de seda y una minifalda negra que había comprado por impulso en King’s Road. La prenda acabó en su maleta cuando Hannah se enteró de adónde iba.
—¡Latinoamérica! La necesitarás. Piensa en todos esos bailes y piñas coladas.
Sam se puso delineador de ojos y pintalabios y dio una vuelta frente al espejo del baño. La transformación la asombró incluso a ella y la hizo sonreír a su reflejo. Cuando apareció en la oficina lista para ir a la discoteca, Mike abrió tanto la boca que casi se le cayó la mandíbula al suelo.
—¡Vaya! De un guisante ha salido una princesa —dijo Gloria.
—Vuestro carruaje espera, señoritas —dijo Mike, que no podía dejar de mirar a Sam.
Los amigos de Gloria abarrotaban la Discoteca y todo el mundo conocía a todo el mundo.
Cuando descubrieron la nacionalidad de Sam, se vio rodeada de personas que la acribillaban a preguntas con entusiasmo, muchas de las cuales hablaban inglés con acento estadounidense.
Los juerguistas se acercaban demasiado al hablar con ella, lo que la incomodaba.
Sucedía sobre todo con las mujeres, que alargaban las manos para tocarle la ropa y el pelo.
Se estremeció cuando un hombre al que no conocía le rodeó la cintura con un brazo.
—¿Ha sido porque te he tocado? He oído que los ingleses sois gente distante.
—¿Ah, sí? Yo no diría eso. «Reservados» sería una palabra más acertada —dijo Sam mientras se apartaba.