Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Entraron en el instituto por una gran puerta que daba a un vestíbulo fresco, flanqueado por ventanillas atendidas por personal uniformado que se ocupaba de los distintos trámites necesarios para comprar un mapa.

Los mapas que necesitaba Mike correspondían a zonas próximas a la frontera con Perú, por lo que Gloria tuvo que rellenar un formulario y firmar un compromiso de no entregárselos a ningún extranjero, lo que hizo sonreír a Sam.

Los burócratas exigían un formulario nuevo para cada mapa, y Gloria y Sam tuvieron que rellenarlos por triplicado, un proceso que a Sam le pareció lento e irritante.

Utilizaban un papel carbón antiquísimo que no transfería lo escrito a la hoja siguiente, por lo que era necesario rellenar todavía más papeles.

—¿Sabías que Mike es disléxico? —preguntó Gloria.

Sam negó con la cabeza.

—A menudo me da números de referencia equivocados. Solo hay un teléfono público en todo el edificio, así que es difícil llamarlo para comprobarlos. Más de una vez he tenido que volver a la oficina y empezar de nuevo.

Una vez cumplimentados los formularios, los llevaron arriba para que los refrendara el coronel Fernandez, el oficial de mayor rango del lugar. Las hizo esperar media hora ante su despacho antes de encontrar tiempo para firmarlos. Sam se removió en el asiento y suspiró.

—Esto es ridículo —dijo—. En Inglaterra elegimos de un expositor el mapa que queremos, lo pagamos y nos vamos. ¿Por qué tenemos que pasar por toda esta burocracia?

—Así hacemos las cosas en Sierramar. Tendrás que tener paciencia.

Sam se enfurruñó. Nada podía hacerse contra aquel sistema estúpido. Gloria fingió no darse cuenta. Cuando la secretaria del coronel les indicó que entraran, lo encontraron de un humor expansivo.

—Buenos días, señoritas. ¿En qué puedo ayudarlas hoy?

—Por favor, señor, ¿podría firmarnos el formulario para que podamos conseguir unos mapas para nuestro trabajo? —preguntó Gloria, aleteando las pestañas con habilidad ensayada.

El coronel no le hizo caso y pareció mucho más interesado en Sam, que se removía en su asiento, aburrida de todo el proceso.

—¿Habla español, señorita?

—Antes lo hablaba, coronel. Aprendí un poco en el colegio, pero todavía estoy intentando recordarlo.

—No hay problema, su amiga traducirá.

Y entonces miró a Gloria, que le dedicó una seca inclinación de cabeza después de que sus intentos de flirteo hubieran sido ignorados.

—¿Sabe por qué tengo que firmarle este formulario? —le preguntó a Sam.

—No, me temo que no —contestó Sam.

¿Tal vez para fastidiarlas alargando el trámite?

—Durante el conflicto de 1941, Perú le robó a Sierramar una gran extensión de la cuenca del Amazonas.

Desde entonces, ambos países discrepan sobre la ubicación de la frontera.

El Gobierno de Sierramar se ha negado a modificarla o a publicar mapas nuevos.

Es ilegal introducir en el país un mapa que muestre la nueva frontera.

Sam recordó el mapa de la pared del apartamento de Mike. Mostraba la nueva frontera. Contrabando. Intentó no sonreír.

—Creía que la guerra había terminado hace más de cuarenta años. ¿Por qué no han fijado aún la ubicación de la frontera?

—Como parte de las negociaciones para poner fin a la guerra, los dos países acordaron designar como frontera un remoto valle fluvial situado entre dos cordilleras.

Las fotografías aéreas y por satélite modernas permitieron descubrir un segundo valle paralelo en el lado peruano.

Eso ha generado disputas sobre cuál de los dos ríos era el que el tratado pretendía establecer como frontera.

Gloria dijo:

—Sierramar se ha negado a modificar sus fronteras internacionales para excluir la parte anexionada por Perú. La hostilidad entre nuestros dos países sigue latente y de vez en cuando vuelve a estallar.

—No sabía nada de esto —dijo Sam, avergonzada.

—El resultado de toda esta controversia es que, cuanto más cerca está una zona de esa frontera en disputa, más difícil resulta comprar un mapa. Por eso tienen que venir a verme para obtener permiso si quieren copias de cualquier mapa de esa región. Para comprobar que usted no es una espía peruana.

Sam se sintió avergonzada por su actitud, que él había sabido interpretar.

—Gracias, coronel.

Él asintió y firmó el formulario.

—Que tengan un buen día, señoritas. Hasta otra.

Le guiñó un ojo a Sam. Sin saber muy bien cómo corresponder, ella se lo devolvió. Adonde fueres...

Bajaron para hacer cola en la caja. Esta vez, Sam no se quejó. Intentó imaginar cómo sería perder una parte considerable de tu país a manos de un vecino agresivo. Murmuró:

—No tenía ni idea de lo de la frontera.

Gloria no respondió.

Cuando Sam regresó al apartamento, llamó a sus padres a Inglaterra.

—Hola, papá, soy Sam. ¿Me oyes?

—Hola, cariño. Parece que estés en la habitación de al lado.

—No, sigo en Calderon —dijo Sam.

—¿Qué tal es? ¿Has ido ya al yacimiento?

—Todavía no, pero esto es estupendo. Calderon no se parece en absoluto a lo que esperaba. No es tan diferente como creía. Para empezar, no hay loros por las calles. Supongo que aún no llevo aquí el tiempo suficiente para saberlo.

—Pero ¿lo estás pasando bien? ¿Mike te trata como es debido? —preguntó Bill Harris.

—Sí, es muy generoso. Casi todos los días salimos a comer a algún sitio de la ciudad. Aunque, claro, aquí es barato.

—¿Has conocido a alguien agradable?

—Sí, están Marta, la asistente de Mike, y Gloria. Es genial. Te caería bien, papá. Conduce como Fangio.

—Hum. Espero que lleves puesto el cinturón de seguridad.

—Por supuesto. Y también obligo a Gloria a ponerse el suyo.

—Excelente. No puedo permitir que una hija mía vaya por ahí en coche sin cinturón.

—Lo sé, papá. ¿Cómo está mamá?

—Está aquí, pendiente de cada palabra.

—¿Y Hannah?

—Ah, ya la conoces, otra vez con problemas de novios.

—Qué sorpresa. Dale recuerdos de mi parte. No hablaré mucho. Es caro y no quiero abusar de la hospitalidad de Mike.

—No te preocupes, cielo. Nos alegra saber que estás a salvo y que te lo estás pasando bien. Vuelve a llamar pronto y cuéntanos novedades.

—Lo haré. Adiós.

—Adiós, Sam.

—¿Deberíamos haberle dicho que Simon la está buscando? —preguntó Matilda después de que él colgara el auricular.

—No —respondió su marido—. Mejor no. Agua pasada y todo eso.