Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

A la mañana siguiente, Sam se duchó en el flamante e inmaculado cuarto de baño, inclinándose bajo el agua caliente y dejando que le corriera por la espalda, todavía entumecida tras el vuelo de doce horas.

Se puso una camiseta y unos vaqueros, se recogió el pelo en un moño y se aventuró a salir de su habitación.

Se topó con una joven negra que no pareció sorprendida de verla y se dirigió a ella en español.

—Buenos días. Yo me llamo Tati —dijo—. Yo soy la empleada.

La joven hablaba con un acento muy marcado, casi impenetrable, pero dijo llamarse Tati y le explicó a Sam que era la criada.

—Buenos días. Yo me llamo Sam —dijo.

Reinó un silencio incómodo mientras Sam rebuscaba en su memoria otra frase adecuada para la ocasión, pero el desfase horario pudo con ella y se encogió de hombros.

Acostumbrada a los extranjeros que apenas hablaban español, Tati no se dejó desanimar por el mutismo de su invitada.

Le hizo señas para que se acercara a la mesa y le preparó un desayuno de huevos, tostadas y té.

A las nueve y media, Marta Perez, la asistente personal de Mike, entró en el apartamento con su propia llave y se sentó ante un escritorio.

Las piernas le colgaban por el borde de la silla y, pese a sus vertiginosos tacones, no llegaban del todo al suelo.

Llevaba una gruesa capa de base de maquillaje, grumos de rímel en las pestañas curvadas y un enorme tupé en su larga y ondulada melena teñida de rubio.

Se había embutido en una falda y una chaqueta ceñidísimas, de las que rebosaba una blusa de volantes que cubría un generoso escote.

Los anillos le acorazaban los dedos y, al moverse, tintineaba por la cantidad de pulseras que llevaba.

Contempló a la intrusa con franco interés antes de hablar, y Sam se sintió poco arreglada en comparación con alguien que parecía recién salida de un videoclip de los Nuevos Románticos.

—Buenos días. Tú debes de ser Sam, ¿no?

—Eh, sí, buenos días. Lo siento, pero no sé quién eres.

—Marta, Marta Perez. Trabajo para el señor Mike como asistente.

—Ah, ya veo. Encantada de conocerte.

—¿Tuviste un vuelo agradable?

—Sí, gracias. Tengo un poco de desfase horario. No hay cortinas en el dormitorio, así que no pude dormir bien cuando amaneció.

—Ya te acostumbrarás. He intentado convencer a Mike de que compre cortinas, pero no le parecen imprescindibles.

Sam captó el sarcasmo. Marta y Mike no habían estado de acuerdo en aquel asunto. Cambió de tema.

—Hoy hace un día estupendo y soleado. ¿Siempre es así?

—Casi todos los días. Estamos en el ecuador, así que hay luz desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde todos los días del año, salvo durante la estación lluviosa. ¿Hablas español?

—Un poco. No muy bien, me temo. Tú hablas un inglés perfecto. ¿Dónde lo aprendiste?

—Pasé varios años en Miami. Puedo ayudarte con el español, si quieres.

—Sería estupendo. Tengo oxidado el español hablado, pero entiendo casi todo. ¿Trabaja alguien más para Mike?

—Gloria, la hija de Hernan Sanchez.

—¿Qué hace aquí?

—Chica, Gloria es la hija de Hernan Sanchez; hace lo que le da la gana.

—¿Es un hombre importante en Calderon?

—Sí, es el pez gordo.

—El pez gordo, de acuerdo —dijo Sam, sintiéndose fuera de su elemento—. ¿A qué hora llega?

Aunque ya conocía la respuesta.

—Cuando le apetece. Dudo que venga hoy. Anoche dio una fiesta.

Un despectivo revuelo de pelo indicó que había terminado el turno de preguntas.

Tal como habían predicho, Gloria no fue a trabajar, pero eso no alteró a Mike.

Llevó a Sam a comer a un restaurante de la zona para que pudieran reunirse allí con ella.

Gloria los hizo esperar media hora antes de aparecer, con un cigarrillo en una mano y un bolso caro en la otra.

Examinó largamente a Sam antes de ofrecerle el rostro para que la besara en ambas mejillas.

Sam, que no quería parecer intimidada, le sostuvo la mirada.

Gloria era menuda, de pecho abundante y piernas delgadas.

Llevaba una blusa de seda amarilla con grandes rosas rojas y unos vaqueros de marca ceñidísimos.

Tenía el pelo de varios colores: había empezado siendo de un tono castaño rojizo, pero había sucumbido a diversos experimentos en la peluquería.

Sus rizos naturales daban envidia a Sam, que tenía el pelo liso como una tabla.

Al igual que la mayoría de las chicas de Calderon, Gloria llevaba mucho maquillaje.

Al principio habría debido de darle un aire sensual, pero el rímel se le había descascarillado alrededor de los ojos y le confería el aspecto de un panda indignado.

Sam se preguntó si lo llevaría puesto desde la noche anterior.

Sin sentirse lo más mínimo incómoda por el escrutinio de Sam, Gloria hizo un mohín con el cigarrillo en alto.

Después, sacudiendo la cabeza como un poni impaciente, los condujo al interior del restaurante.

El local parecía abarrotado, pero, en cuanto entraron con Gloria, quedó libre una mesa como por arte de magia.

Había en ella algo que hipnotizaba a los simples mortales.

Podía mostrarse educada, pero bajo aquella apariencia había una dureza más amenazadora.

El maître estuvo a punto de mearse encima cuando ella devolvió la sopa para que se la recalentaran.

La sopa había llegado caliente, pero el incesante fumar de Gloria le impedía avanzar mucho con la comida. Encadenó un cigarrillo tras otro durante todo el almuerzo, ajena a que Sam y Mike estaban comiendo, y de pronto se dirigió a Sam con voz ronca y confidencial.

—Ay, chica. Diego no me trata bien.

—¿Ah, no? —dijo Sam, sin saber cuál era la respuesta adecuada a aquella revelación, expresada con auténtica emoción.

Así que había un corazón vulnerable bajo todas las capas de aquella cebolla llamada Gloria.

—Quiero decir que no me toma en serio. Está encantado de emborracharse y hacer chaca-chaca conmigo, pero anoche me dejó sola y alguien lo vio con otra mujer.

—Qué horror —dijo Sam.

Diego, el novio de Gloria, parecía un completo imbécil, pero aquello era demasiada información para un primer encuentro.

—Sí, le gusta emborracharse conmigo, pero yo quiero que siente la cabeza.

—Qué fastidio. Debes de ser una santa para aguantar ese comportamiento.

Aplacada, Gloria se bebió el café y dio una calada a otro cigarrillo. Sam tuvo la sensación de haber superado una prueba.

—¿Qué historia hay detrás de Gloria? —le preguntó a Mike de camino a casa desde el restaurante.

—Es hija de uno de los hombres más ricos y poderosos de Sierramar. Lo conocí en un cóctel organizado por la cámara de comercio. Me pidió que le diera trabajo para mantenerla alejada de los líos. Y eso hice.

—¿Trabaja a jornada completa?

—Más o menos. Gloria no es la trabajadora más diligente, pero resulta eficaz. Si salimos con ella, siempre conseguimos mesa, por muy lleno que esté el sitio. Me ayuda cuando surge la necesidad —dijo Mike.

Por la forma en que Gloria y Mike hablaban entre sí, Sam sospechó que de vez en cuando podría haber surgido alguna otra clase de necesidad, pero no hizo ningún comentario.

—Parece que se mueve mucho. Ese Diego parece un cabrón —dijo Sam.

—Sí, creo que solo la utiliza para hacer contactos. Es más vulnerable de lo que parece.

—¿Tiene hijos?

—No, no está casada y, de todos modos, me dijo que no puede tenerlos. No sé muy bien cómo lo sabe. No quise entrometerme.

Gloria se presentó en la oficina a la mañana siguiente y llevó a Sam a comprar mapas para Mike al Instituto Geográfico, encaramado en una colina que marcaba el límite entre la parte antigua y la nueva de Calderon.

La mayoría de los habitantes de Sierramar compraban el permiso de conducir en el mercado negro en vez de presentarse al examen, lo que se traducía en un comportamiento errático e imprevisible en las carreteras.

Por la velocidad de Gloria, cualquiera habría dicho que las perseguían los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Agravaba el peligro pintándose los labios y encendiendo cigarrillos mientras, con una sola mano, hacía tomar las curvas al jeep sobre dos ruedas.

Sam se aferró al asiento con los nudillos blancos y se estremeció cuando esquivaron un bolardo de hormigón.

—¿Tenemos prisa? —preguntó, con la esperanza de que Gloria advirtiera su angustia.

—Ah, no, chica. Mike me dijo que condujera más despacio porque no te encontrabas bien y podías vomitar. Normalmente conduzco más rápido.

Cuando llegaron a las verjas del instituto, unos guardias armados detuvieron el jeep y les pidieron que aparcaran en la calle y subieran a pie por la empinada entrada, en lugar de estacionar en el aparcamiento del instituto.

—Me duele una pierna, agente —dijo Gloria, aleteando sus largas pestañas—. No puedo subir toda esa cuesta con estos tacones.

—En el instituto no puede aparcar nadie salvo la dirección.

—Ay, pero solo aparcaré un momento. Tengo que recoger una cosa. Por favor, déjeme subir en coche. Si no, tendrá que llevarme en brazos.

Los soldados adolescentes soltaron unas risitas ante la idea, pero permitieron que el descarado coqueteo de Gloria los convenciera.

Retuvieron los documentos de identidad de las mujeres como garantía, aunque Sam no lograba imaginar de qué.

Gloria subió la colina en el coche y aparcó en una plaza reservada, detalle que decidió ignorar.