Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿Eres geóloga? ¿No llevan barba?

El murmullo y el bullicio del aeropuerto llenaron el silencio que siguió mientras Sam buscaba una réplica.

El hombre sonrió con suficiencia a sus amigos.

¿Por qué me habré puesto a hablar con este idiota?

Debería haberle dicho que soy azafata. Se me habría echado encima.

Pero no tenía sentido contraatacar. Lo había aprendido por las malas.

Cambió el peso de un pie a otro sobre el suelo de baldosas, con el rostro ardiendo de vergüenza.

—Bueno, lo he intentado, pero no hay manera.

Se frotó la barbilla como si buscara indicios de vello e intentó sonreír, desesperada por que no la tacharan de feminista sin sentido del humor.

Otra vez aquella delgada línea. El efecto combinado de fingir una sonrisa y contener una réplica dio como resultado algo más parecido a un gruñido.

La expresión de regodeo del hombre dio paso a la incertidumbre.

Retrocedió, tropezó con una maleta que tenía detrás y cayó de forma poco digna a los pies de sus compañeros.

Propinó una patada al equipaje y soltó una maldición.

Sam dejó que una sonrisa de satisfacción se extendiera por su rostro y memorizó la escena para recordarla en el futuro.

Le dio la espalda a su agresor y se sentó en un rincón tranquilo del aeropuerto a esperar su siguiente vuelo.

Aunque incómoda, la silla de plástico le pareció un refugio.

El encuentro la había alterado, pero se obligó a quitarle importancia.

Si quería una opción fácil, se había equivocado de profesión.

Sin embargo, de todos los alumnos de su promoción del máster, ella había sido la primera en conseguir trabajo.

La barba era opcional; mejor tener cerebro.

Una vez acomodada en su asiento del avión, Sam rebuscó en la mochila y sacó su nuevo libro, El tesoro perdido de los incas.

Lo había encontrado en una tienda benéfica mientras buscaba ropa de segunda mano adecuada para el trabajo de campo.

De su búsqueda había sacado dos pares de pantalones caqui con muchos bolsillos; uno de ellos no le cerraba, pero pensaba adelgazar.

Vio el libro en una estantería detrás del mostrador cuando pagaba los pantalones y no pudo resistirse a comprarlo.

Ya había leído varios capítulos antes del viaje y, aunque al estilo le faltaba emoción, la historia del tesoro perdido la fascinaba.

Los relatos sobre El Dorado y los antiguos tesoros ocultos de Latinoamérica estaban muy trillados, pero aquella historia sobre el oro inca parecía contener al menos un ápice de verdad.

Los incas habían escondido un tesoro enorme en las montañas de Sierramar y nadie lo había encontrado todavía.

Sam se preguntó cuánto podría valer. Quería creer que seguía oculto, por improbable que pareciera.

Los geólogos se pasaban meses buscando los rastros más minúsculos de oro. Imagina encontrar montañas enteras.

El aterrizaje en Calderon, la capital de Sierramar, la alarmó y la entusiasmó a partes iguales.

El avión descendió en picado sobre la ciudad y sobrevoló a poca altura un estadio circular, tan cerca que Sam pudo distinguir los asientos uno por uno.

Tomó tierra con un fuerte golpe en la remendada pista y siguió avanzando por ella durante una eternidad antes de deslizarse hasta detenerse en el aire enrarecido.

Cuando el avión llegó a la puerta de embarque, la tripulación abrió la puerta y Sam bajó los escalones tambaleándose, entumecida tras doce horas en aquel asiento tan pequeño.

Se había cambiado a la zona de no fumadores del avión, pero aun así olía como si hubiera estado en un pub.

La intensa luz del sol le hirió los ojos y rebuscó en el bolso sus gafas de sol baratas.

Unos guardias de seguridad del aeropuerto, bajos y provistos de enormes armas, la observaron mientras se incorporaba a la cola de pasajeros ante el control de inmigración.

Sellar todos los pasaportes llevó una eternidad debido a la escasez de agentes.

La desesperación en los rostros de la gente aumentaba con cada minuto que pasaba.

La madre de Sam habría recetado una buena taza de té, aunque también se la habría recetado a alguien con heridas de bala.

Más le valía a Mike Morton acordarse de aparecer.

Cuando Sam llegó al principio de la cola, el hombre estampó en su pasaporte un visado de noventa días y la dejó pasar con una amplia sonrisa antes de que ella pudiera explicarle qué hacía en Sierramar.

Encontró sus maletas, que daban vueltas sin fin en la cinta, y las echó sobre un carrito desvencijado.

Lo empujó por la aduana, desviándose cada vez más hacia la izquierda, hasta que un agente agarró la rueda delantera y la ayudó a cruzar.

No mostró el menor interés por ella, mucho más pendiente de los lugareños que regresaban de Europa con las maletas abarrotadas de contrabando y más ropa que Liberace.

Sam salió del edificio del aeropuerto protegiéndose los ojos de la luz feroz.

No tardó en distinguir a Mike Morton, que sobresalía por encima de la multitud de familiares emocionados de los demás pasajeros de su vuelo.

Tenía el aspecto de un hombre que acabara de levantarse de la cama.

Con el rostro hinchado y grandes ojeras oscuras, esbozó una sonrisa forzada.

—Hola, Sam. ¿Buen viaje?

—Sí, gracias. Como la seda.

—¿Has visto los Andes al llegar? Estamos a dos mil quinientos metros de altitud.

—Las vistas eran increíbles. Hemos sobrevolado un estadio cuando íbamos a aterrizar. ¿Sabes qué es? ¿Esa cosa redonda?

—Es la plaza de toros. Una vez al año celebran un festival con matadores de todo el mundo. Cuando las corridas son aburridas, los aficionados gritan «olé» a los aviones en vez de a los toreros. ¿Esa es tu maleta? Bien, pues vámonos.

—¿Cómo estás? —preguntó Sam. —Pareces cansado.

—No estoy mal. Tengo un chuchaqui terrible.

—¿Chuchaqui?

—Resaca. Es una palabra quechua, la más común de las lenguas indígenas de Sierramar. Aquí hablan un español bastardo. Uso mucho esa palabra.

Le sonrió y se dirigió al aparcamiento sin ofrecerse a ayudarla con las maletas.

Ella avanzó tambaleándose tras él y las cargó en la parte trasera de un destartalado todoterreno.

Mike los llevó por carreteras llenas de baches, con hileras de peligrosos badenes de hormigón en el centro y flanqueadas por edificios bajos y ruinosos, construidos con bloques de hormigón y tejados de zinc.

Aquí y allá, cada vez con más frecuencia, un edificio nuevo y alto rompía las hileras de casas.

Avanzaron por el centro del valle mientras la ciudad de Calderon trepaba por empinadas colinas a ambos lados.

Al oeste, una montaña cónica con una falda de coníferas se alzaba sobre la ciudad.

Por encima de los árboles, un cono negro cubierto de nieve ascendía hasta formar un pico afilado.

—Vaya. Un volcán en las afueras —dijo Sam.

—Sí. Y sigue activo, por si te lo estabas preguntando.

—Qué sitio tan raro para construir la capital.

—Gente rara. Aquí viven al día. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que pueda hacerlos volar en pedazos en cualquier momento.

—¿Como el Etna?

—Sí.

A Sam se le ocurrió que Mike también vivía allí, pero no le pareció el momento adecuado para señalarlo.

Subieron por la ladera oriental de la ciudad y entraron en una larga avenida flanqueada por modernos bloques de pisos, cada cual más nuevo y alto que el anterior.

Mike se detuvo ante uno de cristal y cromo y pulsó un botón para abrir la puerta de seguridad del aparcamiento subterráneo.

Bajó por la rampa y aparcó en una plaza numerada cerca de los ascensores.

Entraron en uno y ascendieron por diez plantas de apartamentos de lujo hasta detenerse en la undécima.

Las puertas cromadas se abrieron para revelar un vestíbulo con una gran puerta de madera.

—Te gustará el apartamento, Sam. Como ibas mirando por la ventanilla al aterrizar, quizá hayas visto que el avión descendía sobre una avenida de edificios altos de camino al aeropuerto. Era Avenida Miranda, donde estamos ahora.

—Tiene una pinta fantástica.

Mike abrió la puerta y Sam entró en lo que parecía un gran piso piloto, luminoso y espacioso, con relucientes suelos de madera y pocos muebles. Intentó ocultar su desánimo al ver las habitaciones vacías, pero Mike captó su expresión.

—Andamos escasos de muebles —dijo—, pero hemos encargado más. Tu dormitorio es el de la izquierda, al fondo. Te lo enseño.

Recorrieron el apartamento, asomándose a las habitaciones.

Había tres dormitorios grandes, todos con cuarto de baño propio y armarios empotrados.

El comedor ocupaba la parte central del apartamento diáfano y daba paso a un salón enorme y vacío, con un equipo de música en el suelo, contra la pared del fondo.

Una zona contigua al salón hacía las veces de despacho. Contenía dos escritorios y un archivador. No había moqueta, alfombras ni cortinas, y las paredes estaban desnudas, salvo por un mapa de Sierramar cubierto de garabatos ilegibles.

—Ese es el plan maestro —dijo Mike—. De momento solo es un boceto.

Señaló las ventanas que recorrían ambos lados del piso.

—El mobiliario es escaso, pero de las vistas no puedes quejarte.

Sam, que ya lamentaba la ausencia de un sofá o un sillón cómodo donde leer, contempló el exterior del apartamento, primero por delante y luego por detrás.

Las ventanas del salón dominaban gran parte del Calderon moderno y enmarcaban el enorme volcán del otro lado del valle.

Las vistas desde la parte trasera del apartamento eran aún mejores: abarcaban el valle de Bella Vista y varios volcanes nevados más, entre ellos El Grande, que parecía un cucurucho de helado.

Mike le había asignado el dormitorio trasero, sin vistas, y a ella le gustaba más el otro, que daba al valle.

Lo mejor sería esperar a que estuviera de buen humor para pedirle entonces el cambio.

Rechazó sus ofertas de comida y regresó a su habitación para deshacer el equipaje.

Al abrir la maleta, descubrió que su madre había escondido entre la ropa provisiones adicionales de bolsitas de té.

Aquello la hizo sonreír. Vivir en casa a menudo limitaba su libertad, pero aquella era la forma que tenía su madre de decirle «te quiero».

También había unas tabletas de chocolate Cadbury y unas galletas digestive de chocolate McVitie’s.

Supongo que ya estoy preparada para cualquier cosa.

***

Más arriba, en Avenida Miranda, aún quedaban en pie algunas casas antiguas de estilo colonial, encajonadas entre las nuevas torres de hormigón.

En la más bonita y decrépita de ellas, Alfredo Vargas, el joven historiador más destacado de Sierramar, recorría la habitación de un lado a otro, procurando no mirar la botella de whisky que había sobre la mesa del centro.

El líquido dorado cambiaba de color cuando la tenue luz que entraba por una abertura entre las pesadas cortinas de terciopelo incidía sobre la botella.

Unos vándalos habían roto hacía meses la farola de la calle, así que debía de ser la luz del día la que se colaba dentro.

Alfredo solía perder la noción del tiempo mientras trabajaba durante toda la noche sin obtener resultados.

Cogió un cuaderno y se sentó en un sillón raído; el olor de su cuerpo sin lavar se elevó con la bocanada de aire que expulsaron los cojines.

Ducharse se había convertido en una necesidad.

Se pasó los dedos por el cabello gris, entrecano, e hizo que unas escamas de caspa cayeran sobre su maltrecha chaqueta de tweed.

¿Cómo es posible que, después de veinte años, todavía no haya averiguado dónde escondió un tesoro una tribu de gente primitiva en un país tan pequeño como Sierramar?

Tenía que haber algo que se le hubiera escapado.

Algo oculto entre aquellas pilas de papeles y libros que se desparramaban por todo el suelo como si hubiera estallado una bomba en una biblioteca.

¿Podría haberlo encontrado ya alguien y haberlo sacado del país poco a poco, sin que nadie se diera cuenta?

¿Y si lo hubieran fundido para ocultar su origen? Había fracasado.

Para empeorar las cosas, su querido amigo y financiador de sus aventuras, Jorge Vasquez, había muerto, dejándolo solo y sin dinero y llevándose su única esperanza de encontrar el tesoro.

Nunca volverían a hablar durante toda la noche junto a una hoguera ni a gastarse los fondos de la expedición en una cantina mugrienta al pie de alguna montaña remota.

Sus caóticas aventuras habían terminado.

Desolado y vacío, Alfredo sentía como si hubiera perdido un órgano.

Metió la mano en el bolsillo y sacó la brújula que Jorge le había dado en su lecho de muerte, y la lustró con el faldón de la camisa.

Aquel instrumento maltrecho podía ser una herramienta útil, pero su valor sentimental era incalculable.

Cuando Jorge murió, la primera reacción de Alfredo había sido beber hasta dejar secos todos los bares, pero aquello no le proporcionó el alivio que ansiaba.

Lo único que daba sentido a su vida era la búsqueda del esquivo tesoro.

En un último intento por despejar la mente, había dejado la bebida.

Cinco meses enteros sin probar una gota.

Pero no había conseguido resolver el misterio de su escondite, y la botella descansaba sobre la mesa como testimonio de su debilidad.

Se había engañado diciéndose que compraba la botella para las «visitas», aunque nunca recibía ninguna.

No había tardado ni un minuto en comprarla, apenas tiempo para cambiar de opinión, y ahora flaqueaba, esclavizado de nuevo por sus cantos de sirena.

Imaginó el whisky abriéndose un camino ardiente por su garganta y la brusca inspiración cuando le llegara al estómago.

Una copa debería bastar para calmar los demonios que lo atormentaban. Pero no sería una sola. Nunca lo era.

¿Por qué compré el maldito whisky? ¿Por qué soy un fracasado? Agarró la botella de la mesa y un vaso del armario, y fue a la cocina a buscar hielo.

***

Mike echó un Alka-Seltzer en un vaso de agua y lo removió con el dedo.

Qué alivio que Sam hubiera llegado a Calderon.

Los términos de su acuerdo eran extremadamente vagos, pero ambos estaban desesperados.

No habían empezado con buen pie, aunque él culpaba de aquello a Edward.

Edward lo había sometido a mucha presión en Lindos y lo había tratado como si fuera prescindible.

Mike había permitido que aquello le afectara.

Era su última oportunidad. Si las cosas no salían según lo previsto en Sierramar, sus días como empresario habrían terminado.