Capítulo 2
Cuando sonó el timbre de la casa de Eaton Square, Edward Beckett y su esposa, Ophelia, estaban enzarzados en una agria discusión.
—¿Por qué lo soportas? Es un charlatán —dijo Ophelia.
—Vamos, cariño, no seas pesada. Ya hemos hablado de esto. Es mi dinero y tengo derecho a disfrutarlo. Me lo he ganado.
—Pero ¿por qué malgastarlo en sus disparatados proyectos?
—No es malgastarlo. Me encanta la emoción de la búsqueda. Es muy improbable que alguna vez nos hagamos ricos, pero disfruto financiando alguna aventura descabellada de vez en cuando —dijo Edward.
—Descabellada. Sí, esa es la palabra. Me sacas de quicio.
—Mira, es el dinero que destino a divertirme. No juego ni ando con mujeres. Deberías alegrarte de que sea un capricho tan pequeño. Ahí está el timbre. Sé buena y ve a abrir.
Su esposa dio media vuelta, refunfuñando, y fue a abrir la puerta.
Mike Morton aguardaba fuera, tratando de serenarse.
Tenía las axilas perladas de sudor tras cruzar la ciudad en metro, rodeado de unas preciosas estudiantes francesas de intercambio con acentos adorables.
La tentación de aquellas jovencitas casi lo distrajo de su misión.
Tras concentrarse lo suficiente para apearse en la parada correcta, aspiró el aroma de la larga melena morena de la estudiante más cercana mientras bajaba. ¡Qué lástima!
Se armó de valor para afrontar los comentarios sarcásticos sobre su último «negocio seguro» y volvió a llamar a la puerta. Ophelia abrió y fulminó a Mike con la mirada como si fuera algo asqueroso que se hubiera encontrado pegado a la suela del zapato.
—Está ahí dentro —dijo, señalando el despacho con un movimiento de cabeza—. Te está esperando. Dio un paso atrás, como si quisiera evitar contaminarse al entrar en contacto con el visitante.
Mike era inmune a la desaprobación. Tenía la piel de un rinoceronte, algo esencial para cualquier empresario que dependiera del dinero ajeno.
—Qué alegría volver a verte tan pronto después de nuestro viaje —dijo, y se dirigió directamente al despacho, donde Edward Beckett estaba sentado en un sillón, fingiendo concentrarse en la lectura del periódico, con el cabello entrecano perfectamente peinado.
Sus manos manicuradas sostenían las páginas rosadas entre sus suaves dedos.
Rezumbaba riqueza y privilegios. A veces Mike odiaba a aquel cabronazo.
Edward Beckett había nacido con la proverbial cuchara de plata en la boca. Producto de Eton, Oxford y una cuantiosa fortuna familiar, trataba a Mike como a una mascota exótica del East End, una de la que podía deshacerse por el retrete si dejaba de resultarle atractiva.
—Edward, viejo amigo. ¿Cómo estás? ¿De vuelta al tajo?
Mike se obligó a parecer lo más animado posible.
Sin un céntimo después del encontronazo con su primer proyecto en Sierramar, necesitaba volver a tener a Edward de su parte.
Aún podía despertar su interés con la posibilidad de poseer una mina de oro en Sudamérica, aunque solo fuera por el prestigio que Edward adquiriría en el club.
Tenía intención de pedir más de lo que necesitaba, pues ya tenía experiencia en que le regatearan a la baja en circunstancias similares.
Edward Beckett podía permitirse ser generoso.
Le encantaba ganar dinero y comprendía la necesidad de Mike de hacerse rico deprisa.
Edward alzó la vista del periódico con una sonrisa afectuosa, señal de que aquel sería un buen día. Mike le devolvió la sonrisa.
—Venga, cuéntamelo —dijo Edward, sabiendo que su amigo no necesitaba más ánimos.
—Siento que nuestra primera aventura en Sierramar no saliera bien. Me desplumaron como a un pavo de Navidad. Pero me gustaría intentarlo de nuevo. ¿Recuerdas a Sam, la geóloga que conocimos en Lindos?
—Claro —dijo Edward—. Cenamos con ella. Parecía una joven interesante.
—La he convencido para que se traslade a Sierramar por un sueldo modesto y me ayude a seleccionar proyectos. Es más de lo que esperaba, pero tiene las cualidades necesarias. Creo que demostrará lo que vale —dijo Mike.
Se sentía mal por mentirle a Edward respecto al sueldo de Sam, pero quizá necesitara fondos adicionales si se veía en un apuro. Sam necesitaba más el trabajo que el dinero y, con el tiempo, obtendría beneficios de las acciones, así que todo saldría bien. Prosiguió.
—Armados con la experiencia de nuestro primer proyecto y con la ayuda de Sam, tenemos muchas más posibilidades de triunfar.
Contamos con la ventaja de ser los primeros en llegar.
Hay proyectos increíbles ocultos por todo el país, esperando a ser descubiertos.
Si quieres volver a participar, te garantizo que esta vez irá mejor.
El precio del oro está subiendo y hay muchísimo dinero que ganar.
Podríamos ganar millones con el negocio adecuado. Millones.
Edward miró a su amigo, que sudaba de expectación. No pudo evitar sentir ese cosquilleo de emoción que lo llevaba a invertir con Mike una y otra vez. No iba a dejar escapar una mina de oro. Eso estaba claro.
—¿Cuál es el trato? —preguntó.