Capítulo 1
Sam terminó su tesis una semana después de regresar a casa de su tía Lottie en Londres, a base de una provisión inagotable de café y pasteles.
Entregó el trabajo en el departamento de Geología, donde se encontró con otros compañeros de su promoción que iban a hacer lo mismo.
La convencieron para que se tomara algo con ellos en el bar de estudiantes.
Envalentonada por un par de pintas de Guinness y por las palabras combativas de sus compañeros recién graduados, que no le expresaron sus dudas sobre sus posibilidades de encontrar trabajo en un ámbito tan masculino, acudió eufórica a su cita con la orientadora laboral. La euforia no sobrevivió a la reunión.
—Te has adelantado a tu tiempo, Sam —dijo la orientadora—. No estoy segura de que el mundo de la exploración geológica esté preparado para las mujeres. Quizá te convendría más intentar hacer un doctorado.
—El mundo académico tampoco está preparado para mí —dijo Sam—. No estoy hecha para un mundo de pasillos silenciosos y trajes de tweed.
—Sé que no quieres oír esto, pero puede que lo más cerca que llegues a estar de un trabajo de exploración sea un puesto de secretaria en una de las grandes petroleras.
La sensación de desánimo la acompañó al salir del despacho y durante el trayecto de vuelta a casa en metro. ¿He cometido un error terrible? ¿Y qué pasa con mis préstamos estudiantiles?
Al llegar a casa, su tía Lottie corrió a su encuentro antes de que tuviera ocasión de encerrarse a dar vueltas a sus penas.
—Ha llamado un hombre preguntando por ti. Ha dicho que se apellidaba Morton. ¿Es un novio nuevo?
Sam suspiró. Su tía siempre pensaba que cualquier hombre que llamara era un posible marido.
Después del desastre con Simon, Sam no tenía ninguna intención de salir con nadie.
Por otra parte, parecía que Mike Morton podía hablar en serio cuando le hizo aquella oferta y, entre un trabajo en Sierramar y hacer sustituciones con medias, no había color.
—Espero que me ofrezca trabajo.
—¡Un trabajo! ¿Lo conozco?
—Lo conocí en Grecia, en un yate.
—Parece un novio maravilloso.
—Es demasiado mayor. Y está demasiado casado.
—Ah. Entonces habrá que conformarse con el trabajo. Quiere verte mañana a la una en ese bistrot de King’s Road, el que está enfrente de Boots.
—Fantástico. Gracias, Lottie.
Al día siguiente, Sam llegó diez minutos antes y se sentó a una mesa del rincón. Se entretuvo arrancando la cera de la botella de Mateus Rosé que había sobre la mesa bajo la mirada aburrida del camarero. Mike entró con paso tranquilo veinte minutos tarde, sin disculparse.
—Ah, Sam. Bien. ¿Has terminado el máster?
—Lo entregué ayer.
—Excelente. ¿Pedimos? Rechazó con un gesto el intento del camarero de recitar los platos del día. —Costillar de cordero, por favor.
—Para mí también —dijo Sam, encantada de pedir algo que normalmente quedaba fuera de su presupuesto.
Mike no perdió el tiempo con charla intrascendente.
—Quiero que vengas a trabajar conmigo a Sierramar —dijo en cuanto se marchó el camarero—. Serás la directora de proyectos. Examinarás las propuestas de exploración que me hagan y descartarás las estafas.
Sam tragó saliva. Intentó mantener la calma.
—Me encantaría. ¿Cuándo empiezo?
—De inmediato. De momento entrarás con un visado de turista. Nos ocuparemos del permiso de trabajo cuando te hayas instalado.
Esperó a que mencionara el único detalle que importaba, pero no lo hizo.
—Esto... ¿cuánto voy a ganar?
Mike jugueteó con la servilleta. —No puedo pagarte en efectivo. Pero te daré participaciones en la empresa. Valdrán una fortuna cuando salgamos a bolsa.
Su padre había perdido dinero en una operación exactamente igual. Una de Mike. Mantuvo el rostro inexpresivo.
—Entonces, ¿cómo pagaré mis gastos en Sierramar?
—El vuelo, el apartamento y la manutención corren por nuestra cuenta. Te daré algo de dinero para la discoteca y esas cosas. No necesitarás mucho, porque trabajarás en la selva casi todo el tiempo.
—¿Cuándo será la salida a bolsa?
—Dentro de un año, más o menos. Antes, si conseguimos formar pronto una buena cartera.
Evitaba mirarla a los ojos, pero ella no podía echarse atrás. Cuenta con que estoy desesperada, pensó. Necesita a alguien barato y cree que esa soy yo. Tengo que verle el farol.
—Es mucho tiempo trabajando sin cobrar un sueldo —dijo—. Pedí un préstamo para pagarme el máster. Tendré que seguir abonando las cuotas.
Mike parpadeó.
—¿Cuánto al mes?
—Cien libras.
Una ligera exageración. La cifra real era cincuenta, pero quería disponer de dinero de bolsillo sin tener que pedirlo. La expresión de Mike se relajó. Estaba claro que se había preparado para algo peor.
—Eso puedo asumirlo. Dame tus datos bancarios.
—En ese caso, estaré encantada de ir. Aprendo deprisa y me encanta el trabajo de campo —dijo.
No era del todo cierto. Todas sus salidas de campo universitarias habían sido suplicios húmedos y fríos, alojándose en albergues juveniles sin calefacción. Solo había una forma de averiguar si el trabajo de verdad era para ella.
—Prepáralo todo —dijo Mike—. Te llamaré cuando tenga tu billete.
Presa de una enorme excitación, Sam fue a casa de sus padres para sacar del desván su equipo de campo, que llevaba allí pudriéndose desde una salida a Escocia durante el último curso. Su madre, Matilda Harris, dio un salto hacia atrás cuando la mochila cayó con estrépito a sus pies desde el desván.
—¡Apártate! Apesta —dijo Sam.
—Ten mucho cuidado, cariño. Esos escalones son peligrosísimos —le gritó Matilda desde abajo—. Estamos muy emocionados porque te hayan ofrecido trabajo. ¿Qué empresa es?
—Ahora mismo ninguna está contratando. ¿Te acuerdas de Mike Morton?
Su madre puso cara de haberse tragado una avispa.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
—Me ha ofrecido un puesto en Sierramar.
—¿Mike Morton te ha ofrecido trabajo? —Matilda recogió la mochila y la olisqueó, arrugando la nariz. —Puaj. Te lavaré estas cosas. Quédate a dormir y estarán secas por la mañana. Tenemos chuletas de cordero.
—Mis favoritas.
Era un soborno, aunque no desagradable, pese a haber comido lo mismo con Mike el día anterior.
—Llamaré a tu hermana y la invitaré a cenar. Se alegrará muchísimo por tu trabajo.
Sam se mordió la lengua. Era poco probable que a Hannah le impresionara la elección profesional de Sam. Un año mayor que ella y mandona por añadidura, nunca había entendido la aversión de Sam a todo lo femenino. La reacción de Hannah estuvo a la altura de lo esperado.
—¿Mike Morton, el estafador? ¿Estás segura de esto?
Su padre, Bill, levantó la vista de las chuletas de cordero.
—Ah, el temible Mike Morton, azote del pequeño inversor —dijo—. Ese hombre cogió mi dinero y lo hizo desaparecer.
Sam se encogió de hombros.
—Puedo elegir entre hacer sustituciones con medias o explorar la selva. ¿Tú qué harías?
—A mí me gusta mi oficina. No me pillarías en la selva. ¿Estás segura de que es una buena idea?
—Simon estará a casi diez mil kilómetros —dijo Sam.
Hannah cedió.
—Vale, parece perfecto para ti. Arriésgate y luego vuelve a casa y sienta la cabeza como una persona normal.
—Tiene razón —dijo Bill—. Los trabajos no crecen en los árboles. Al menos podrás añadir algo de experiencia a tu currículum.
—¿Podrás llamarme? —preguntó Hannah.
—No lo sé.
—Mándame postales. Muchas. Y ten cuidado con esos hombres latinos.
—Yo diría que Mike Morton es mucho más peligroso —murmuró su madre.