Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Prólogo
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Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1)

Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1)

Por PJ Jeffcock

© inepub.com

Prólogo

Los dioses habían sonreído a Mike Morton, y no era la primera vez.

Exhaló un suspiro de alivio y contempló el mar por encima de la borda del yate.

Bancos de peces de vivos colores se deslizaban junto al casco por el agua translúcida, con las escamas centelleando bajo el sol.

La cena de la noche anterior con su patrocinador, Edward Beckett, había comenzado con acritud y podría haber sido la última que compartieran.

A pesar del intenso calor de aquella mañana mediterránea, el recuerdo del ataque verbal de Edward le hizo estremecerse.

—Todo el proyecto de Sierramar ha sido un desastre de principio a fin —había dicho Edward, con el rostro amoratado de furia—. Mi dinero se ha ido por el desagüe y no tenemos nada que mostrar a cambio. Te lo gastas más deprisa que mi mujer.

—Las cosas aún no han salido según lo previsto, pero nos estamos adentrando en terreno desconocido —había dicho Mike—. Tenemos que darle tiempo.

—Eso no es excusa. Esperaba más de ti. No sé por qué malgasto mi dinero financiando tus descabellados proyectos.

Mike siguió adelante.

—No te rindas ahora. Todavía hay muchas posibilidades de hacer un gran descubrimiento. Tenemos que aprender de este revés —dijo.

—¿Aprender, eh? En mi humilde opinión, eso es precisamente lo que nos falta: experiencia. Necesitamos un geólogo.

—Bueno, sí, en circunstancias ideales, pero tendremos que pagarle, y no salen de debajo de las piedras.

Edward lo había fulminado con la mirada por encima del borde de su vaso; sus ojos grises estaban vacíos, como los de un tiburón que ronda a su presa.

—Querrás decir que tendré que pagarle yo.

Mike necesitaba una distracción. Vio a una joven sentada sola en un rincón del restaurante, devorando la comida con la ferocidad de quien procede de una familia numerosa o ha pasado una temporada en un internado.

—¿Tienes hambre? —dijo, tratando de hacerse el gracioso.

El rostro de ella se puso rojo como un semáforo. Se comió el último bocado, masticándolo con saña.

—Te pido disculpas por mi amigo —dijo Edward, poniendo los ojos en blanco—. No tiene modales. ¿Cómo te llamas?

—Sam Harris.

La joven recogió sus cosas y se levantó para marcharse.

—No te vayas —dijo Mike—. No pretendía avergonzarte.

Ella vaciló. A pesar de tener el rostro escarlata, Sam era atractiva, de un modo un tanto andrógino; no era la clase de mujer que le interesaba, pero tenía algo: un espíritu independiente, un porte orgulloso.

Su evidente falta de interés por las atenciones de ambos no había hecho más que volverla más intrigante. Él insistió.

—¿Estás sola?

Mierda. No debería haber dicho eso. Sam frunció el ceño y cruzó los brazos sobre el libro que llevaba.

—No hagas caso a mi amigo. Es un despropósito con patas —dijo Edward—. ¿Estás disfrutando de las vacaciones?

—No estoy de vacaciones. Estoy escribiendo la tesis de mi máster —dijo ella.

Los dos hombres se miraron.

—¿Sobre qué tema? —preguntó Edward.

—Geología —respondió ella mientras se encaminaba hacia la salida. Mike la miró para comprobar si estaba bromeando, pero la rigidez de su espalda le indicó que no era así. Chocó de lleno contra el marco de la puerta y trastabilló como un ciervo asustado.

—¿Estás bien? —preguntó Edward.

Pero ella ya se había marchado, frotándose el hombro mientras subía las escaleras de dos en dos. ¿Una oportunidad perdida? Mike fingió tomárselo con calma. Enarcó una ceja hacia su acompañante, que, divertido, respondió enarcando las dos.

—Y bien, ¿qué decíamos de que necesitábamos un geólogo? —preguntó Edward.

Soltó una risita ahogada sobre su whisky. Mike resopló. No le gustaba que le robaran protagonismo, pero Sam le había salvado el pellejo. Sonrió a Edward; la tensión abandonó su ancha espalda al percibir el cambio de humor.

—¿La que se te escapó? —preguntó su amigo.

—Nunca se me ha escapado ninguna mujer. Cuando quiero un geólogo, no tengo más que chasquear los dedos —dijo Mike.

—Entonces, ¿contratarías a una geóloga? No sabía que fueras feminista.

—Edward, Edward, ¿dónde te has metido toda la vida?

Te garantizo que está desesperada por encontrar trabajo.

No tiene ninguna posibilidad de que le ofrezcan un puesto en el sector minero.

Está dominado casi al cien por cien por hombres.

Puede que estemos en mil novecientos ochenta y siete, pero no tiene la menor esperanza de que la contraten en el mundo real.

Edward se frotó la barbilla; sus cuidadas uñas captaron la luz.

—Puede que tengas razón —dijo—. Bueno, Lindos es una localidad pequeña. Seguro que vuelves a verla. Supongo que merece la pena intentarlo.

Mike suspiró aliviado.

—Nos saldrá barata y aceptará unas condiciones de mierda. Nosotros ganamos por partida doble.

—¡Ja! Eres aún más cabrón de lo que pensaba —dijo Edward—. No se lo digas a mi mujer. Se pondrá a soltar una diatriba sobre la liberación de la mujer. ¿Te apetece una última copa?

—Sí, me parece bien. ¿Camarero?