Origen (La monja detective 3) 33
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VEGA

Se adentró en la penumbra del pasillo y avanzó despacio.

Al pie de una escalera que había más adelante, el hombre de uniforme la esperaba en un silencio absoluto.

No le dio instrucciones ni le explicó nada.

Se limitó a inclinar levemente la cabeza y, con un gesto pausado de la mano, la invitó a subir.

Aquella docilidad resultaba más inquietante que una emboscada; era la señal de que su llegada no era un imprevisto y, por lo tanto, quien estuviera allí estaba preparado para recibirla.

Para bien o para mal.

Subieron a la planta principal. El sirviente abrió las puertas dobles de un despacho que parecía un monumento a la burocracia.

Las paredes estaban forradas de estanterías que llegaban hasta los altos techos, atestadas de carpetas de piel y cajas de seguridad metálicas.

En el centro, frente a un ventanal, recortado al trasluz, un hombre de una delgadez extrema, casi cadavérica, descansaba en una butaca, tapado con una manta de lana gruesa.

Sus manos, pálidas y cruzadas sobre el regazo, temblaban de forma casi imperceptible mientras sujetaban un libro negro.

El Secretario hizo un gesto mínimo con los ojos y el sirviente salió, cerrando las puertas tras él con la misma discreción con la que había recibido a la detective. En un principio, Vega no supo qué hacer pero luego su anfitrión le ofreció una silla con la mano y esta aceptó la invitación.

—Veo que al fin me has encontrado —dijo él. Su voz era un susurro seco, rasposo, pero conservaba una autoridad que llenaba la habitación.

—Me da la impresión de que usted ha querido que fuera así —replicó ella manteniendo una expresión distante.

—O quizás, simplemente, he dejado de esconderme porque ya no me quedan fuerzas para seguir en las sombras.

El hombre dejó escapar una risa breve que se convirtió en una mueca de dolor.

—Dime, Vega —continuó hablando tras un leve ataque de tos—. ¿No has tenido desde siempre la sensación de que no encajabas en ningún lado? ¿De que lo único que hacías era perseguir sombras?

La detective no dijo nada, se limitó a observar en silencio, convencida de que el hombre que tenía enfrente no había hecho más que comenzar su monólogo.

—Los Custodes, por ejemplo. Creías que te enfrentabas a un enemigo formidable, y puede que lo fueran durante un tiempo, pero cuando acabaste con ellos, ya no eran más que eso, una sombra.

—El Secretario cerró los ojos un momento y una expresión de dolor se dibujó en su rostro.

Luego, continuó hablando—. No eran más que un pasivo liquidado, una excrecencia necesaria de algo mucho más antiguo.

E igual que ellos, todos aquellos que a lo largo de la historia han creído ostentar un poder que, en realidad, me pertenecía a mí, le pertenecía a la Institución.

Vega frunció el ceño al escuchar aquella palabra que sonaba tan pretenciosa.

—¿La institución? ¿De qué habla?

—Su origen se remonta a siglos atrás —explicó él con una calma pedagógica—.

El primero de nosotros fue un hombre corriente, alguien que solía moverse en las entrañas del Vaticano.

Era invisible para los demás, una sombra que recorría los pasillos cargando con el peso de la información ajena.

Empezó sustrayendo documentos de relevancia menor: cartas de cardenales, registros de tierras, secretos de alcoba.

Los intercambiaba por favores, por dinero, por la supervivencia del que no tiene nada.

El Secretario hizo una pausa para recuperar el aliento.

—Pero pronto, cuando ascendió en el escalafón de los archiveros pontificios, se dio cuenta de que la información no era solo moneda de cambio.

Era poder absoluto. El poder de decidir qué verdades morían y qué mentiras sobrevivían.

Cuando el círculo cercano al Santo Padre descubrió lo que hacía, fueron a por él.

Pero ya era tarde. Se había esfumado con información que podría hacer temblar el mundo entero.

También con la promesa de que nunca, nadie, lo encontraría.

»Cuando aquel primer hombre vio la muerte cerca —continuó—, decidió que su poder no podía morir con él.

Buscó un sucesor digno. Lo entrenó, lo vació de su propia identidad y le traspasó sus conocimientos, su filosofía y su legado.

Desde entonces, todos los Secretarios han actuado de igual forma.

Sus discípulos han heredado, no solo lo que el anterior poseía, sino también lo que era y lo que simbolizaba.

En ese punto, el hombre se inclinó hacia delante, y Vega vio el brillo febril en sus pupilas.

—La Institución es una cadena, Vega. Y esa cadena ahora llega hasta ti .

La detective parpadeó, sintiendo un frío súbito en el estómago.

—¿Cómo dice?

—Me ha costado mucho encontrar a quien debía sucederme —aseguró El Secretario, ignorando la estupefacción de la detective—.

He buscado durante años, he observado el mundo desde mi posición, he querido ver señales continuamente, pero al final, todos los que en algún momento parecieron ser los candidatos idóneos, terminaron fallando.

Eran esclavos de su ambición o de su miedo.

Pero en cuanto te conocí a ti, en cuanto te analicé detenidamente, supe que eras la elegida.

—Usted no me conoce de nada —le escupió Vega con desdén, completamente atónita.

—Te conozco mejor que tú misma. Las pruebas que te he hecho superar demuestran que no me equivocaba. Demuestran que eres digna para seguir con la misión.

—¿Pruebas? ¿Qué pruebas? —Vega se puso en pie, la indignación vibrando en cada fibra de su cuerpo.

—El caso Murdoch —dijo él con una sonrisa gélida—.

Contraté a Matías Lester para que escribiera tu destino.

Diseñé cada capítulo del hotel Semiramis, de tu huida, de la persecución y posterior muerte de tu amigo.

Necesitaba verte en el vacío absoluto. Necesitaba saber si eras capaz de luchar cuando todo el sistema, diseñado por mí, se volvía en tu contra.

Necesitaba auditar tu instinto de supervivencia. Y lo lograste.

Vega retrocedió un paso, descolocada.

—Siempre creí que actuaba por venganza —susurró—. Por lo que le hicimos a los Custodes…

—¿Venganza? —Paolo soltó una carcajada seca—. Ese es un sentimiento humano, Vega. No forma parte del ADN de El Secretario. Yo no siento rabia por nada ni por nadie; cuando alguien me falla, simplemente lo liquido. Eso fue lo que hice con los Custodes, los liquidé a través de ti.

—Ni venganza ni ningún otro sentimiento, por lo que puedo ver —le espetó ella con asco.

—Así es —le confirmó él—. Aunque no siempre fue así. En otros tiempos, yo no era muy diferente a ti. De hecho, estuve en Santa Rosalía, como tú. Y llegué a amar, como supongo que te habrá pasado a ti alguna vez.

Vega sintió que el aire se volvía denso. La mención del convento y el tono de indiferencia que empleaba el hombre que tenía delante la golpeó con la fuerza de una revelación.

—¿Santa Rosalía? —preguntó, y su voz apenas fue un hilo—. Yo no recuerdo…

—Porque eso fue antes de que tú nacieras —aclaró El Secretario permitiendo que una mueca, un amago de nostalgia, asomara a su cara—.

Hubo un chico que amó a una novicia de ojos claros, que mantuvo un romance prohibido entre los libros de la biblioteca y las ruinas de Valbruma.

Pero ese chico fue arrancado de su lado para que aprendiera que su misión estaba por encima de las necesidades humanas.

—Nadia Minsk. —Vega pronunció el nombre de su madre comprendiendo al fin que el hombre enfermo que tenía delante, el arquitecto del caos que había tratado de destruir su vida, era mucho más que eso.

—¿La conociste? —preguntó El Secretario alzando una ceja en señal de sorpresa.

—Sí, yo conocí a Nadia —dijo Vega, con una frialdad que la sorprendió a ella misma—. Y también conocí a su hija.

Por primera vez desde que había entrado en el despacho, la detective quiso ver un atisbo de humanidad, un brillo de vulnerabilidad genuina en el rostro demacrado de su anfitrión.

—¿Su hija? —preguntó con un tono de voz que había perdido fuerza—. Ella… ¿Ella fue madre?

—Sí —continuó Vega—. Y, al parecer, el padre fue un muchacho que estuvo un tiempo en el convento, según se decía entre las hermanas.

—¿Qué… qué fue de ella?

—¿De Nadia? — Vega hizo una pausa cruel—. Murió hace cinco años .

—¿Y su hija? —insistió el hombre, su voz quebrándose—. ¿Qué fue de la niña?

Vega le sostuvo la mirada, imperturbable.

—Se marchó de Santa Rosalía hace mucho tiempo. —En ese punto, la detective luchó contra la tentación de decirle la verdad, pero concluyó que aquel ser despiadado no la merecía—. Y murió también.

Los ojos de El Secretario se humedecieron ligeramente.

Durante un segundo, el Archivista Fantasma, el sucesor de siglos de poder, desapareció para dejar paso a un hombre roto que lloraba por una familia que nunca supo que tuvo y que ahora creía perdida para siempre.

Pero el «vaciado» era profundo. En un par de parpadeos, se recompuso.

Secó la humedad de sus ojos y volvió a su máscara de piedra.

—Bien —dijo, recuperando el tono administrativo—. ¿Qué me dices a mi propuesta?

—¿Su propuesta? —Vega sintió una náusea física.

—¿Te consideras digna para asumir la misión cuando yo ya no esté?

Vega soltó una carcajada amarga, una risa que resonó en el despacho como un insulto.

—¿Digna? ¿De heredar este cementerio de papeles y secretos? ¿De convertirme en un monstruo sin emociones como usted?

—Estoy enfermo, Vega —dijo él, y esta vez la urgencia era real—. El TRAMP me está consumiendo. Debo traspasar mi legado antes de que me sorprenda la muerte. La Institución no puede quedar sin cabeza.

—Pues morirá y, con usted, su legado —sentenció ella, dándole la espalda.

—¡Eso es imposible! —se alteró El Secretario intentando incorporarse. De inmediato, le sobrevino un ataque de tos violento que sacudió su frágil cuerpo—. ¡La Institución es inmortal! ¡No morirá nunca!

—La Institución no es nada de eso —le espetó Vega mientras se volvía lentamente para mirarlo con desprecio—.

La Institución es solo un pobre hombre ebrio de poder.

Y ese hombre está ahora ante mí, enfermo, solo y muerto de miedo porque sabe que su tiempo se termina. La Institución acaba aquí y ahora.

Vega se dio la vuelta y caminó hacia la salida. En el pasillo, el sonido de su zancada decidida se mezcló con el estruendo de la puerta principal al ser forzada. Un dispositivo de Operaciones Especiales irrumpió en la planta superior con las armas en alto.

Vega ni se inmutó. Mientras bajaba las escaleras, escuchó los gritos de los agentes y la última tos desesperada de su padre desde el fondo del despacho.

Salió en busca del aire fresco de la calle, sintiendo que, por primera vez en su vida, estaba en paz consigo misma.