Origen (La monja detective 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

SAbrINA

Cruzó el umbral de la División Criminal mientras se soltaba el botón de arriba de la camisa.

Aquel era su lugar, estaba convencida, pero en ese momento, cuando al fin estaba de vuelta, sentía que le faltaba el aire.

Ramírez la había llamado a su despacho para devolverle la pistola y la placa tras cumplir su sanción y, necesitaba sentir de nuevo su peso.

Mientras avanzaba hacia el despacho, una voz cínica y profunda la detuvo en mitad del pasillo.

—Ya me he enterado de que al fin te dejan jugar en la liga de los es, Metz —dijo el inspector Santos , saliendo de una de las salas con una media sonrisa burlona.

Sabrina se detuvo y lo miró de arriba abajo, sin amedrentarse por la presencia del veterano policía.

—Alguien tenía que hacerlo, ya que las superestrellas de la División estaban por ahí, haciendo turismo —espetó ella con una ironía que sorprendió al propio Santos.

—¡Joder, Márquez! —gritó el policía abriendo la puerta de la sala para que su compañera lo oyera—. Parece que a alguien le acaban de practicar una extracción de palo en el culo. ¿Te acuerdas cuando te lo quitaron a ti?

—¿Siempre tienes que ser tan capullo, Santos? —replicó Márquez desde el interior, sin levantar la vista de sus informes. —¡Déjala en paz!

Santos cerró la puerta con una sonrisa lobuna y se acercó un paso a Sabrina.

—Nos vimos metidos hasta las rodillas en un asesinato en un camping, una auténtica locura —explicó, refiriéndose a su reciente caso.

—Pues podéis volver a montar la tienda de campaña —respondió Sabrina antes de retomar la marcha—. Mientras ande yo por aquí, la División puede estar tranquila.

Sabrina siguió su camino hacia el fondo del pasillo mientras Santos se alejaba en dirección contraria, riendo para sus adentros.

—Los tiene bien puestos, la jodida —murmuró el inspector, reconociendo en la joven subinspectora la misma determinación que una vez vio en su propia compañera.

VEGA

A varios kilómetros de allí, en la zona administrativa de la ciudad, Vega Baker observaba el atardecer desde el ventanal del despacho de Argus Norman.

El ambiente era distinto al de sus encuentros anteriores; la urgencia de la persecución había dado paso a una calma que ninguno de los dos sabía muy bien cómo gestionar.

—Lo cierto es que ese puñetero CD fue la clave de todo —dijo Argus, señalando el disco—. Mis analistas tardaron en limpiar las imágenes, pero el resultado fue impecable.

Vega se giró lentamente, manteniendo las manos en los bolsillos.

—Aquella frase que me lanzaste al entregármelo... eso de que me serviría para «recordar viejos tiempos» —continuó con una media sonrisa—. Me tuvo el runrún en la cabeza durante el tiempo justo. Hasta que vi la ampliación de la foto del garaje.

—¿Y qué viste? —preguntó ella, aunque ya conocía la respuesta.

—El círculo azul con la taza blanca —recordó el policía, relajando finalmente los hombros—. El logo del Café del Paso. Me costó unos segundos, pero al final la memoria hizo clic. Estaba apenas a un par de manzanas de aquel piso de estudiantes donde yo vivía.

—Me diste la dirección sin saberlo, Argus —explicó Vega acercándose al escritorio—. Gracias a tu reproche sobre los tiempos de la universidad encontré la pieza que me faltaba para identificar el borrón azul y blanco de la foto.

Argus suspiró y se reclinó en su silla, con el gesto endurecido por el recuerdo del hombre que ahora custodiaban sus hombres.

—Ese tío, El Secretario, es un perturbado —sentenció el policía—. La verdad es que los interrogatorios están siendo muy divertidos.

Vega negó con la cabeza despacio, con una fijeza en los ojos que el policía no supo interpretar de inmediato.

—Es más que eso, Argus. No es solo un perturbado. Es un hombre asustado y desesperado.

—¿Asustado? —preguntó él, sin comprender.

—Está asustado porque ve la muerte cerca sin haber completado su misión —explicó ella con voz queda—.

Debía encontrar a su sucesor y fracasó. Estaba tan desesperado por no desaparecer del todo que llegó a creer que yo podría ser su sucesora, que aceptaría heredar su vacío para que la Institución no muriera con él

Se hizo un silencio largo mientras el sol terminaba de ocultarse tras los edificios de la capital. Argus la observó con una intensidad que ya no tenía nada que ver con los expedientes, con los Custodes, ni con El Secretario.

Ni siquiera con Ferenc Sanedor.

—¿Todo va bien entre nosotros? —preguntó, rompiendo el silencio desde su escritorio.

Vega se giró lentamente y lo miró a los ojos.

—No —respondió ella, provocando que Argus se tensara de inmediato—. Y por eso creo que ha llegado el momento de un cambio.

Él hizo amago de decir algo, pero Vega lo detuvo con un gesto suave.

—Sé que no he sido justa contigo todo este tiempo. Me he aprovechado de lo nuestro, de tu posición y de tu paciencia, pero necesitaba cerrar ciertos asuntos —confesó ella.

—¿Y los has cerrado? —quiso saber Argus.

—Sí. Ahora sé quién soy realmente y también tengo claro lo que quiero. —Vega caminó hacia él y le puso una mano en el hombro—. Y lo que quiero es a ti, sin medias tintas.

Se besaron con una naturalidad que no necesitó más explicaciones, sellando un pacto que nada tenía que ver con expedientes o investigaciones oficiales.

Poco después, Vega entró en la librería de la calle Baker.

El ambiente estaba enrarecido y el círculo de sillas del club de lectura que Conrad organizaba todos los jueves, se veía inusualmente pequeño.

En ese momento, el librero terminaba de recoger los restos de una merienda.

La detective aprovechó para consultar un par de manuales de Criminología mientras la gente se marchaba.

—Tu grupo ha menguado —le dijo a Conrad cuando el local se quedó vacío.

—¿Te has fijado?

—Era bastante evidente. El círculo de sillas se veía más pequeño, casi ridículo.

—Ya. —Nego asintió y se sirvió un café—.

Es por el escándalo Mankievich . ¿Recuerdas a Nora, una de las más activas del club?

—La chica negó con la cabeza—. Pues hace unos días asesinaron a su marido y ella ha desaparecido.

La policía cree que se trata de un crimen pasional.

Que ella tenía un amante. Es todo muy raro. Me recuerda a alguno de tus casos.

—Pero no lo es, ¿verdad?

—Pues debería serlo, porque me parece que la policía no tiene ni idea.

—De eso nada —dijo Vega tomando el camino de las escaleras de caracol—. Al menos mientras no me paguen.

Vega subió y entró en su despacho. Se sentó frente al escritorio y dedicó unos minutos a cerrar los ojos y disfrutar de la serenidad del único lugar en el que se había sentido realmente segura desde que abandonara el convento.

Luego, sacó una carpeta donde guardaba toda la documentación que había reunido sobre Nadia Minsk y Paolo.

Observó los nombres, las fotos borrosas y los registros de Santa Rosalía por última vez.

Con un movimiento decidido, cerró la carpeta y la guardó en el fondo del archivador.

Ya no necesitaba que esas sombras definieran su futuro.

Desde abajo, le llegaron las voces de Conrad y Talía, que discutían por la colocación de un nuevo pedido de libros. Vega sonrió, agradeciendo en silencio que ellos fueran su verdadera familia.

Bajó de nuevo a la librería y dejó que el aroma de los libros la invadiera, sintiendo que, por fin, el pasado había dejado de ser una carga para convertirse simplemente en una parte de su memoria.