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SECRETARIO
Abandonar la finca fue, para él, un acto necesario.
Tras la muerte de su antecesor en aquel barranco nevado, El Secretario comprendió que el aislamiento era un activo que se devaluaba.
La Institución no podía seguir gestionando el silencio y la información desde una reliquia de piedra mientras el mundo se digitalizaba en servidores de cristal y acero.
Su llegada a la capital fue tan discreta como debía ser.
Si algo había aprendido de quienes lo precedieron, era que la ostentación no era aconsejable.
Se instaló en la propiedad de la calle de El paso, la misma vivienda de techos altos y pasillos sombríos que su mentor utilizaba décadas atrás para sus reuniones más discretas.
El mobiliario conservaba el aroma a cera y a secreto guardado, un entorno perfecto para un hombre que ya no necesitaba espejos para reconocerse, pues hacía tiempo que su imagen y, por extensión, su identidad, se había desvanecido.
Para el mundo exterior, él era simplemente el asistente personal de Diong en Medusa Activos, la empresa que antes operaba como Edén.
Era un puesto de perfil bajo, casi invisible, pero estratégicamente situado.
Medusa era una maquinaria de gestión patrimonial con recursos casi ilimitados: registros de la propiedad, flujos de capitales y bases de datos notariales pasaban por su mesa antes de llegar a cualquier otro despacho.
Con tal de asegurar su entrada como asistente, él mismo redactó la carta de recomendación utilizando el sello de la Oficina de Administración de Bienes Temporales.
Para un hombre como Diong, cuya función consistía en gestionar una red de activos de origen difuso, la llegada de Azariel Perl formaba parte de esa inercia institucional que nunca se cuestionaba.
Aceptó al nuevo asistente como quien acata un trámite administrativo impuesto desde arriba.
Desde su escritorio en la planta 38, El Secretario alineaba los bolígrafos con precisión quirúrgica mientras utilizaba la infraestructura de la empresa para financiar su propia red de sombras.
Diong creía tener a un empleado eficiente y algo huraño; no sospechaba que, en la antesala de su despacho, se sentaba el hombre que realmente controlaba los destinos del mundo.
El Secretario, año tras año, seguía con su aparente vida anodina mientras gestionaba el poder propio y también el que otros creían poseer.
Organizaciones secretas como los Custodes, dependían de un hombre que se había terminado convirtiendo en leyenda, en un cuento de miedo para niños que en realidad asustaba a sus mayores.
Todo iba según lo previsto.
Hasta que se produjo aquel ligero temblor en la mano derecha, casi imperceptible para los demás.
Era el primer aviso que le daba el TRAMP, una patología neuromuscular que avanzaba de forma selectiva.
No sentía miedo, pero sí la urgencia de quien sabe que su propio cuerpo ha iniciado una cuenta atrás que no puede detener.
Y entonces el suelo tembló.
A través de las líneas intervenidas de los Custodes, supo que una novicia llamada Talía había recuperado el Códex Execratio de las catacumbas. Un pequeño contratiempo, eso sí, que no iba a impedir que la misión siguiera adelante.
Lo que realmente alteró su pulso fue el informe sobre la investigadora enviada a Santa Rosalía por las altas jerarquías eclesiásticas.
Al ver el rostro de Vega Baker a través de las cámaras internas del convento, al ser testigo de su naturaleza arrolladora, sintió un eco que creía haber silenciado hacía décadas.
Ella era su nuevo ojo de porcelana que transgredía el orden.
Recordó la voz del Padre Azariel en aquel ático helado, repitiéndole que la pereza era cerrarse ante lo inesperado.
«Tendrás que aprender a vivir con lo que no encaja», le había advertido entonces.
Si el mundo le devolvía la mirada con una forma distinta, su deber no era cerrar los ojos, sino adaptarse a las nuevas circunstancias.
Vega era esa anomalía, la pieza que rompía su clasificación perfecta y que ahora, tantos años después, lo obligaba a reordenar todo su universo.