30
PAOLO
El limpiaparabrisas del Mercedes negro luchaba contra una masa de copos espesos que se estrellaban contra el cristal con una violencia sorda. Fuera, el mundo se había reducido a un túnel de luz blanca proyectado por los faros sobre la carretera de montaña que conducía a la finca.
Paolo mantenía las manos sobre el volante con una rigidez que rozaba lo catatónico. Sus ojos, fijos en la negrura, no parpadeaban. Había aprendido a conducir como hacía todo lo demás: sin cuestionar la ruta, sin sentir la velocidad, convirtiéndose en una extensión mecánica de la máquina.
Por un instante, un pensamiento fugaz —el último residuo de su instinto de conservación— cruzó su mente: no había sido prudente ponerse en carretera en esas condiciones .
Pero la idea se evaporó antes de cobrar fuerza.
Hacía mucho que había dejado de cuestionarse cualquier cosa que ocurriera a su alrededor de la misma forma que había dejado de sentir nada que no fuera el peso de la misión que le había sido encomendada.
—Sé lo que estás pensando —dijo el Padre Azariel desde el asiento del copiloto. Su voz era un susurro seco que lograba imponerse al zumbido del motor—. Piensas que no ha sido prudente abandonar la ciudad con este temporal.
Paolo no respondió. No se le había formulado una pregunta y, por lo tanto, no cabía una respuesta.
—Pero tenía la sospecha de que alguien nos seguía en la ciudad y no podíamos arriesgarnos a que nos encontrara —continuó el sacerdote, entrelazando sus dedos largos y huesudos sobre el regazo—.
Puede que no fuera nada, pero nada, en nuestro mundo, ya es mucho.
Nuestra misión está por encima de todo lo demás.
En ese momento, una sombra irrumpió en el haz de luz de los faros.
Fue apenas un destello de pelaje oscuro y dos ojos dorados que brillaron un milisegundo antes de la colisión.
Era un animal, que Paolo no pudo determinar, cruzando la carretera en el instante justo en el que el vehículo pasaba.
El conductor dio un volantazo por puro instinto, con tal de evitar un impacto fatal.
Los neumáticos perdieron el agarre sobre la placa de hielo oculta bajo la nieve fresca.
El Mercedes perdió el control y se entregó a una deriva lateral que el peso del motor convirtió en un giro incontrolable.
Golpearon el guardarraíl con un estruendo metálico que pareció desgarrar la tarde.
Luego, la ingravidez. El coche voló sobre el terraplén, iniciando una serie de vueltas de campana por la ladera boscosa.
El mundo se convirtió de repente en un caos de metal retorciéndose, el crujido de los árboles tronchándose bajo el peso del metal y el estallido de los cristales transformados en metralla transparente.
Cuando el coche al fin se detuvo, atrapado entre un terraplén y el robusto tronco de un abeto, al estruendo se impuso un silencio más atronador todavía.
Cuando Paolo despertó, lo primero que percibió fue ese silencio. Un silencio vasto, pesado, solo interrumpido por el clac-clac-clac de una de las ruedas que se empeñaba en seguir girando a pesar de todo y el silbido del radiador roto.
Le llevó varios segundos comprender que el mundo estaba al revés.
A través de su visión borrosa, vio cómo los copos de nieve entraban con parsimonia por el hueco donde antes estaba el parabrisas.
Tenía el sabor amargo de la pólvora del airbag en la boca y el aroma dulzón del anticongelante mezclado con el olor penetrante de la gasolina.
Intentó moverse y un latigazo de dolor le recorrió el cuerpo entero, una explosión lacerante que le devolvió la lucidez de golpe.
Tanteó el cinturón de seguridad. Se sentía como si su cuerpo pesara una tonelada.
Con un esfuerzo que le hizo apretar los dientes hasta que las encías le sangraron, consiguió liberar el anclaje.
Cayó a plomo contra el techo abollado, sobre un lecho de cristales rotos que se clavaron en sus palmas sin que llegara a importarle.
Se arrastró fuera, pasando por el hueco de la ventanilla del conductor.
La nieve, gélida y pura, casi supuso un alivio para el dolor inconcreto que sentía, un calmante efímero que, por otra parte, le ayudó a mantenerse despierto.
Notaba que su pierna derecha no obedecía; era un peso muerto que entorpecía sus movimientos mientras se deslizaba sobre los codos hacia el otro lado del vehículo.
Oyó un quejido. Un sonido húmedo, roto, que solo podía pertenecer a una persona.
Paolo rodeó el Mercedes hasta llegar a la puerta contraria del habitáculo trasero.
El Padre Azariel estaba allí, atrapado entre el asiento y el metal retorcido que se había hundido sobre sus piernas.
Tenía el rostro cubierto de una máscara de sangre oscura que le bajaba por la frente, dándole la apariencia de un santo martirizado en una de las pinturas que decoraban la biblioteca de la finca.
El mentor abrió los ojos y miró a su discípulo con una lucidez desesperada.
Intentó articular una palabra, pero de su boca solo brotó una burbuja de sangre que se expandió por su barbilla.
Sus dedos, que tantas veces habían señalado sus fallos, ahora arañaban débilmente la tapicería en busca de un apoyo que no existía.
Paolo se quedó inmóvil, sentado en la nieve, a escasos centímetros de él.
Lo miró con la misma frialdad que el cura se había empeñado en inculcarle. No sintió el impulso de socorrerlo. No buscó una piedra para forzar la puerta ni intentó aplicar presión sobre la herida del cuello que manaba con ritmo arterial. Simplemente esperó.
Observó cómo la nieve se posaba sobre el traje gris del padre Azariel, derritiéndose al principio y permaneciendo blanca después, conforme el calor abandonaba su cuerpo.
No sabía si la mirada de su mentor era una súplica para que lo ayudara o la asunción de lo inevitable.
Fuera una cosa u otra, a Paolo le dio lo mismo.
«Ya no queda nada. Y ahora lo sé», había dicho el padre Azariel en 1995 tras romperle el espíritu. El cura certificaba en esos momentos finales, perdido en aquel bosque remoto, que el vaciado de su discípulo había sido un éxito absoluto.
También Paolo fue consciente de esa certeza. No sentía rencor por los años de encierro, ni lástima por el castigo recibido. No sentía triunfo por su libertad inminente. Solo sentía el vacío oscuro e insondable que su mentor le había enseñado a amar.
Cuando los ojos del cura se volvieron vidriosos y el último estertor escapó de su pecho, Paolo se reclinó contra la rueda del coche.
El frío empezó a adormecer sus extremidades, sustituyendo el dolor de la pierna rota por una somnolencia pesada.
Antes de cerrar los ojos, vio un pájaro oscuro posarse en una rama cercana.
Cerró los párpados y se dejó ir.
Cuando volvió a abrir los ojos, la claridad de la nieve había sido sustituida por el blanco aséptico de un techo de hospital.
Paolo habitaba un territorio intermedio.
A través de la bruma de los analgésicos, le llegaban fragmentos de una realidad que no le pertenecía: el tintineo de las bandejas metálicas, el murmullo en voz baja de las enfermeras y el pitido rítmico del monitor que vigilaba su pulso.
Pero, sobre todo, le llegaba el sueño. Un sueño que se repetía cada vez que la morfina lo arrastraba al fondo del estanque.
En su sueño, volvía a tener quince años.
Estaba en la biblioteca de Santa Rosalía, envuelto en la luz dorada de una tarde de verano que nunca existió realmente.
Nadia Minsk estaba sentada frente a él, con un libro abierto entre las manos.
Podía oler el aroma de la madera vieja y de los ejemplares que guardaban.
Ella levantaba la vista y le sonreía, pronunciando un nombre que Paolo ya no lograba reconocer como propio.
Entonces, la escena cambiaba.
La luz de la biblioteca se volvía gris y fría.
El Padre Azariel aparecía desde las sombras, sujetando la pesada barra de hierro del leñero.
En el sueño, el golpe no caía sobre su pierna, sino sobre la figura de Nadia.
Ella se deshacía en mil fragmentos de papel, como las páginas de un libro condenado al olvido.
—Un siervo no necesita nombres —le decía la voz del cura en el sueño, multiplicada por mil ecos—. Solo necesita conocer el camino para no desviarse de la misión.
Paolo sentía de nuevo el crujido del hueso astillándose en su pierna derecha. Pero esta vez, en el sueño, el dolor no era una agresión; era un alivio. Era el pegamento que unía sus pedazos rotos.
Despertó con el sudor frío empapándole la bata del hospital.
Un médico de mediana edad, con el rostro cansado de quien ha visto demasiados finales de trayecto en la carretera de montaña, entró en la habitación. Consultó la tablilla que colgaba a los pies de la cama antes de mirar al paciente.
—Has tenido mucha suerte —le dijo con una voz que intentaba ser reconfortante pero que sonaba administrativa—. La hipotermia ayudó a reducir la hemorragia, pero la fractura en la tibia y el peroné derechos es… complicada.
Paolo lo observó sin parpadear. El médico se aclaró la garganta, incómodo ante aquella mirada desprovista de cualquier emoción.
—Te has partido la pierna por varios sitios. Hemos tenido que ponerte clavos y placas. Necesitarás cirugía reconstructiva y meses, tal vez años, de rehabilitación. —Hizo una pausa —. Caminarás con dificultad, es probable que necesites apoyo permanente.
El paciente asintió con frialdad ante unas noticias que no eran precisamente halagüeñas.
—El dolor será persistente, aunque existen algunas terapias experimentales con bloqueadores químicos que están empezando a usarse para que el paciente deje de sentir la herida.
—El dolor forma parte de la vida —respondió Paolo con una voz desprovista de matices—. Renunciar a él es renunciar a un fragmento de quienes somos.
El médico se aclaró la garganta, inquieto ante aquella asunción casi mística del sufrimiento. Consultó de nuevo su tablilla antes de bajar el tono de voz.
—El hombre que viajaba contigo… el Padre Azariel. —El médico dudó al tiempo que bajaba el tono de voz—. Me temo que no ha tenido tanta suerte. Murió en el lugar del accidente. Los servicios de emergencia no pudieron hacer nada por él. Lo sentimos mucho.
Paolo siguió mirando impávido al facultativo, hasta el punto de llegar a incomodarlo.
—Era mi mentor —dijo. Aquellas tres palabras no suponían un lamento, sino una manera de categorizar al hombre que, pese a todo, había sido una figura paterna para él.
Cuando el doctor salió, Paolo cerró los ojos de nuevo. No pensó en el padre Azariel. No pensó en Nadia. Solo pensó en las responsabilidades que heredaba una vez que el sacerdote había muerto. En la tarea que tenía por delante.
En la misión.
Tres meses después, un coche negro regresaba a la finca. El aire de junio, denso y cálido, venía cargado del olor de la resina y de la tierra seca de la sierra. El vehículo se detuvo frente a la escalinata de la finca con parsimonia.
Un hombre delgado en extremo descendió con lentitud. Vestía un traje gris marengo de corte impecable y una corbata negra que parecía absorber la luz del sol. Apoyó con firmeza el bastón metálico de pomo redondeado en el suelo de piedra.
Tac .
Un dolor sordo le recorrió la pierna, pero lo acogió como a un viejo amigo. Era el ritmo que marcaría su nueva vida.
Tac. Tac.
Avanzó hacia la puerta principal. El personal de servicio de la finca lo esperaba en perfecta formación militar a ambos lados del pasillo.
Ninguno de ellos se atrevió a mirarlo directamente a los ojos, pero en cuanto aquel hombre llegó a su altura, todos, sin excepción, inclinaron la cabeza en una reverencia profunda, cargada de un respeto nacido del pavor.
No los miró. No necesitaba su reconocimiento, solo su obediencia.
Ascendió las escaleras con ayuda del bastón y entró en la casa.
Atravesó el vestíbulo ignorando los espejos que ya no necesitaban estar cubiertos por sábanas blancas.
Se dirigió al despacho del padre Azariel.
Al entrar, el olor a roble y a papel viejo lo recibió como una herencia largamente esperada.
Se acercó al escritorio y, por primera vez, no se sentó en la silla frente a él. Rodeó la mesa y se acomodó en la butaca de cuero. El mundo se veía diferente desde aquel ángulo. Más pequeño. Más manejable.
Dejó el bastón apoyado contra el escritorio. Abrió el cajón secreto donde el sacerdote guardaba el sello de la Institución y lo depositó sobre el tapete verde.
Tomó una pluma y escribió un nombre en el encabezado de un informe vacío: AZARIEL PERL. Era el último tributo a su creador, una máscara perfecta para un hombre que ya no tenía rostro.
Luego, con la eficiencia aprendida, Paolo se entregó a su misión.
Porque ahora, él ya no era el siervo. Ahora, era El Secretario.