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VEGA&SAbrINA
La mañana había amanecido envuelta en una atmósfera gris que, pese a todo, no parecía dispuesta a descargar lluvia sobre la ciudad.
En cuanto miró a través de la ventana que daba a la calle Baker, Vega sintió que la imagen que le ofrecía el cielo era una premonición de lo que les esperaba en las instalaciones de Medusa.
—¿Has dormido bien? —le preguntó a Sabrina cuando las dos subieron al coche.
—Todo lo bien que se puede dormir en un sofá prestado.
—Ya.
Por alguna razón que a ambas se les escapaba, o puede que debido al ambiente gris que ocupaba la capital por completo, ninguna de las dos dijo nada más durante la mayor parte del trayecto.
Vega perdió la mirada en el paso de avenidas y calles a través de la ventanilla.
Sabrina, por su parte, repasaba mentalmente cada uno de los datos y acontecimientos que se habían producido desde que decidieron unirse para encontrar a El Secretario.
Desmond, Ferrocarril 14, Andreas Morte, la llave oculta, la caja de seguridad, el CD del sicario… No parecían demasiados avances y, sin embargo, la suma de todos ellos las conducía, quizás, hasta el hombre de confianza de El Secretario. Al menos, en 2005, según las fotos de Desmond.
—¿Cuál es el plan exacto, Metz? —preguntó Vega cuando el grupo de edificios que hasta no hacía mucho había sido el emporio Salvatore apareció en el horizonte, rompiendo el silencio dentro del vehículo—.
Anoche decías que te dejara llevar la iniciativa, y lo respeto, pero no me gusta meterme en la boca del lobo a pecho descubierto.
Si vamos a entrar ahí de nuevo, necesitamos algo más que preguntas de cortesía.
Sabrina no apartó la vista del tráfico denso de la avenida.
—En serio, Baker. Las metáforas no son lo tuyo.
—Y la elocuencia tampoco es tu mejor virtud, pero aquí estamos.
—Ya te lo dije anoche. —La subinspectora dejó escapar un suspiro—.
Nada de placas al aire ni interrogatorios de «poli buena, poli mala».
Vamos a entrar en Medusa y vamos a hablar con ese asistente.
Si de alguna forma conseguimos saber, sin ningún género de duda, que es el tío esquelético de las fotos, quiero que me explique por qué un administrativo de Diong acompañaba a un siniestro criminal hace veinte años.
—¿Y crees que el asistente te va a reconocer sin más que el chófer y él son la misma persona?
—Está claro que no, pero puede que cambie de idea cuando le digamos que tenemos pruebas documentales que demuestran su identidad —replicó Sabrina mostrándole a Vega el CD de Desmond.
—Pero el cacharro ese no contiene más pruebas que las fotos.
—Sí, pero el asistente no lo sabe.
Vega contuvo las ganas de sonreír. También de soltarle un cumplido a su eventual aliada, la mujer que la había perseguido sin descanso apenas unas semanas antes. Sin embargo, no pensaba darle ese gusto.
—Diong no nos lo va a poner fácil.
—No vamos a pedirle permiso —sentenció Sabrina—. Vamos a entrar ahí, presionaremos al asistente y, si nos da el más mínimo indicio de que Diong o Medusa están implicados de alguna manera, pienso entrar en su despacho para borrarle definitivamente esa sonrisa de hiena de la cara.
Llegaron al distrito financiero, donde los rascacielos se alzaban como obeliscos de cristal y acero.
Aparcaron al otro lado del Parque Central y entraron en el enorme hall del edificio principal.
El recepcionista no parecía muy dispuesto a colaborar sin que hubiera una cita previa de por medio, pero la placa de Sabrina obró milagros y, dos minutos después, subían en el ascensor camino de la planta 38.
Cuando las puertas del aparato se abrieron, la primera sorpresa las dejó clavadas en el mármol del vestíbulo.
La mesa del asistente estaba ocupada por una chica joven.
Tenía el pelo corto, rubio ceniza, y una mirada asustadiza que no paraba de saltar de la pantalla a la puerta doble del despacho principal.
—¿Y el asistente del señor Diong? —preguntó Sabrina, plantándose frente al mostrador sin detenerse a pedir permiso.
La chica parpadeó, nerviosa, ajustándose unas gafas que le bailaban sobre la nariz.
—No… no lo sé —dijo con mirada dubitativa—. Soy administrativa del departamento de Recursos Humanos. Esta mañana me han dicho que debía subir a la 38 para cubrir un hueco.
Vega y Sabrina se miraron. La ausencia del asistente no podía ser una casualidad.
—Queremos ver al señor Diong.
—¿Tenían cita? —preguntó la chica mientras hojeaba la agenda.
—Lo que tenemos es un humor de perros y una placa de policía —respondió Vega mientras animaba a Sabrina para que sacara una vez más su credencial.
No hizo falta. Al momento, la chica activó el interfono y habló, entre susurros, aunque las dos mujeres podían escucharla perfectamente ya que estaban a apenas un metro de distancia.
—El señor Diong las espera —balbuceó, evitando la mirada inquisitiva de la subinspectora—. Pasen, por favor.
Entraron en el despacho. El lujo de la estancia, con sus muebles de madera noble y sus vistas panorámicas al Parque Central, contrastaba con la atmósfera gélida que Diong irradiaba ese día.
El gerente de Medusa no se levantó para recibirlas.
No hubo sonrisas, ni tampoco el fingido encanto de su visita anterior.
Estaba sentado tras su escritorio de cristal, con expresión severa y una carpeta de piel frente a él.
—Por si no se han dado cuenta, mi tiempo vale mucho —dijo Diong. Su voz ya no buscaba la cordialidad, era un ladrido contenido—. ¿A qué se debe su insistencia? Espero que esta vez traigan algo más que amenazas sin fundamento.
Sabrina apoyó las manos sobre la mesa de cristal, invadiendo el espacio personal de Diong con una agresividad que hizo que el hombre se reclinara instintivamente en su silla.
—Su asistente —fue directa la policía—. ¿Dónde está?
Diong arqueó una ceja, dibujando un gesto de extrañeza que parecía sincero.
—¿Mi secretario? Está enfermo. Pero… ¿Qué tiene él que ver con…?
—Qué casualidad —intervino Vega, ignorando el pacto de silencio con Sabrina.
—No entiendo que… —Diong parecía realmente desconcertado.
—Pues no es complicado. Ayer estaba y hoy, que veníamos a buscarlo, se ha puesto malito. No sé a usted, pero a mí me parece muy conveniente.
—¿Qué le pasa exactamente? —terció Sabrina haciéndole un gesto con el brazo a la detective para que contuviera sus ánimos.
—¿A mi asistente? Ha sido siempre un hombre con una salud de hierro a pesar de su apariencia frágil, pero desde hace unas semanas, lo veo mal. Él dice que es un resfriado que no se ha terminado de curar, pero yo creo que hay algo más.
—¿Algo más? ¿A qué se refiere?
—No lo sé, yo no soy médico. —Diong se encogió de hombros.
—Déjese de tonterías. —Vega volvió a la carga—. Justo el día en que la investigación empieza a apuntar hacia esta oficina, su hombre de confianza desaparece.
—Señorita Baker, veo que su imaginación es desbordante —dijo el ejecutivo soltando una risotada seca.
—Está bien. —Sabrina cerró los ojos un momento tratando de mantener una calma que a Vega le faltaba por todos lados—. ¿Qué nos puede decir de su asistente? ¿Cómo se llama? ¿Quién es?
—Su nombre es Azariel Perl, pero no les puedo decir mucho más. Lo cierto es que Perl es una persona muy celosa de su vida privada. Apenas habla lo justo para coordinar mi agenda y no suele relacionarse con el resto del personal, a pesar de que pasa más horas que nadie en el edificio.
—Díganos al menos dónde vive.
—No tengo la menor idea. Ya les he dicho que Perl es un hombre extremadamente reservado. Solo sé, por lo que he oído comentar a otros empleados, que vive en una casa antigua que ha pertenecido siempre a su familia
—¿No puede darnos algún dato más? Imagino que no lo contrataría sin saber lo mínimo de él.
—Venía recomendado por alguien importante que no llegó a trascender.
—¿Y no sintió curiosidad por saber quién era esa persona importante?
—Lo cierto es que no. Miren, Perl era un tío raro, pero un trabajador excelente, con eso me basta.
Pero bueno, ya que insisten… —Diong fue hasta un grupo de archivadores que había junto a una pared y estuvo buscando durante un buen rato.
Cuando regresó a su asiento, deslizó una carpeta hacia ellas con un movimiento pausado—.
Aquí tienen su currículum. Verán que es impecable.
—Un currículum brillante, sí —comentó Sabrina, dejando el papel sobre la mesa—. Diría que demasiado perfecto. Pero no explica por qué su asistente coincide con la descripción de un hombre que pudo trabajar para una organización criminal hace veinte años.
—¿Una organización criminal? ¿De qué está hablando? ¿He tenido todos estos años a un criminal a mi lado?
Vega ya no pudo contenerse. La rabia, alimentada por las noches sin dormir y por la muerte de Ferenc, estalló en un paso hacia adelante.
—Basta de teatro, Diong. Sabemos quién es ese hombre y, si como sospechamos, usted o su empresa tienen algo que ver, está bien jodido. Háblenos de El Secretario. Háblenos de los Custodes.
El silencio que siguió fue absoluto. Diong no se inmutó ante el ataque de Vega. Lentamente, volvió a dibujar esa sonrisa de hiena que Sabrina tanto odiaba. Una sonrisa que no era de nerviosismo, sino de un triunfo anticipado.
—Señorita Baker… —dijo, con frialdad—. Realmente cree que tiene algún motivo para hablarme en ese tono.
—Tengo todos los motivos del mundo —le espetó Vega, mostrando su indignación—. Tenemos pruebas, tenemos un CD bastante comprometedor y pronto tendremos a su asistente. Detrás irá usted si no nos dice la verdad. Está acabado.
Diong ensanchó su sonrisa, mostrando unos dientes que parecían brillar bajo las luces halógenas.
—Me temo que su capacidad deductiva la ha traicionado esta vez, detective. —Diong se inclinó hacia delante, clavando sus ojos en los de Vega. —Yo creo que las que están acabadas son ustedes.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe y entraron tres agentes de paisano, con el gesto serio y el porte administrativo de quienes cumplen una orden superior. Al frente iba un hombre de unos cincuenta años que Sabrina reconoció al instante: un inspector de Asuntos Internos.
—Señorita Baker —dijo el hombre, mostrando una orden sellada—. Subinspectora Metz. Deben acompañarnos.
—¿De qué está hablando? —les espetó Sabrina con el rostro desencajado por la indignación—. ¡Soy oficial de la División Criminal!
—Órdenes directas del Subdirector Norman —anunció el que estaba al mando, ignorando la protesta de Sabrina—. Han sido denunciadas por uso indebido de material reservado, obstrucción a la justicia y coacciones a un ciudadano privado en el ejercicio de sus funciones.
Vega sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No podía ser que Argus hubiera firmado aquello. Recordó su advertencia sobre las «líneas que se cruzan».
—Norman no haría esto —susurró Vega, aunque una parte de ella debía admitir que todos aquellos cargos eran ciertos.
—Por favor, entreguen sus placas y sus armas —ordenó el agente con tono monótono.
Mientras las conducían hacia la salida, Vega volvió la cabeza solo un instante. Diong seguía sentado, impasible, observando cómo se las llevaban con un gesto de indiferencia.
La detective le dedicó una última mirada que era más una promesa.
La de que aquel asunto no había terminado todavía.