Origen (La monja detective 3) 28
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EL SECRETARIO

Habían caído porque así debía ser. Los fundadores de la organización habían tenido la ambición de buscar las alianzas necesarias para adquirir poder y fortuna, y la habilidad para mantener dichas alianzas.

Sus sucesores, los que llegaron después, solo eran unos niños malcriados que querían disfrutar de ese poder y de esa fama sin complicaciones.

Habían creído que, dejando en manos de El Secretario todas sus finanzas, no habría de qué preocuparse.

Qué ilusos.

Por alguna extraña razón, habían llegado a creer que la Institución estaba a su servicio cuando eran ellos quienes estaban al servicio de la Institución.

Sí, los Custodes habían caído por sus propios pecados, pero también por la tenacidad de Vega Baker. Y eso era, precisamente, lo que él había diseñado.

Desde que vio a Vega por primera vez a través de las cámaras de Santa Rosalía, supo que no estaba ante una detective ordinaria. Ella era una anomalía en el sistema; el único cabo suelto en una historia que él llevaba siglos gestionando. Ahora necesitaba saber si su intuición no estaba equivocada.

Necesitaba saber si ella era verdaderamente digna.

Por eso urdió el plan que la prensa, tan dada al sensacionalismo siempre, llamaría el «caso Murdoch».

No fue un arrebato, sino una obra cuya planificación necesitó de mucho tiempo.

Durante doce meses, sus sombras vigilaron a Vega y a su inesperado aliado, Ferenc Sanedor, registrando cada hábito, cada tic y cada debilidad psicológica.

Él mismo se encargó de realizar la autopsia emocional de ambos antes de contratar a Matías Lester.

Tampoco la elección del escritor fue caprichosa.

Lester era un mercenario de la palabra, alguien que no hacía preguntas siempre que la cifra fuera lo suficientemente alta.

El Secretario le entregó perfiles que rozaban lo íntimo: la rectitud inflexible de Vega, su necesidad de control y la inestabilidad latente de Sanedor tras el incidente del instituto Saint Elms. Le ordenó escribir una realidad que todavía no existía, una ratonera literaria donde la culpa fuera el único motor de la trama.

El Secretario se guardó para sí la cláusula final: él decidiría el desenlace.

Como siempre había hecho.

Para la ejecución física del plan, seleccionó a dos especialistas en la sombra con una reputación impecable. Tampoco ellos querían saber más de lo necesario, sobre todo cuando recibieron en su cuenta pendiente una suma considerable.

Sofía Petrov fue su mejor adquisición. No era una sicaria al uso, sino una especialista en relaciones institucionales capaz de mimetizarse con el entorno.

Le ordenó aprender los gestos de Vega, su forma de caminar, su manera de apartarse el cabello.

Debía convertirse en su sombra, en una versión exacta de la detective para sembrar la duda y colocar a Vega en la habitación 313 del hotel Semiramis en el momento exacto de la muerte de Murdoch.

El Secretario también le ordenó reservar la 311, donde el otro sicario esperaría a Vega para reducirla y arrastrarla hasta el interior de la habitación contigua en la que Murdoch, de eso se habría encargado Petrov, ya estaría muerto.

¿Por qué Murdoch?

Porque tuvo la desgracia de dar el perfil que El Secretario necesitaba para ejecutar su plan.

Era preciso que fuera escritor, y Murdoch lo era.

Además, de vida licenciosa y varias relaciones extramatrimoniales conocidas, lo que haría creíble la investigación de Vega que la llevaría hasta la trampa.

Además, había sido profesor del instituto Saint Elms, donde Sanedor había estado a punto de cometer una masacre, y durante un tiempo habían sido amigos.

La intención del Secretario era clara: poner a prueba a Vega en el vacío absoluto.

Quería verla despojada de la protección de Argus Norman, de la legalidad de su licencia y de la seguridad de su hogar.

Quería saber si era capaz de luchar cuando el sistema entero, diseñado por él, se volvía en su contra.

El caso Murdoch se desarrolló con la precisión de un cronómetro.

Sanedor, con su pasado violento convenientemente desenterrado, fue el catalizador perfecto para la desestabilización mediática.

Pero, para su propia satisfacción, El Secretario comprobó que Vega se había adelantado demasiado pronto a su plan.

No importaba, solo había que hacer un par de correcciones y todo seguiría su curso.

Observó con complacencia cómo Ferenc buscaba su propia redención en el pasillo del Saint Elms, protegiendo a unos chicos de un final que solo existía en las páginas de Lester. La muerte de Sanedor no fue un error; fue el cierre de un capítulo que ya no aportaba valor al conjunto.

Cuando la policía detuvo a Petrov y al otro sicario —una posibilidad que él había valorado desde el principio—, simplemente los sacó del tablero. Luego, se retiró a las sombras en las que mejor se había movido siempre, en espera de una nueva oportunidad.

Y desde la penumbra se dedicó a observar a Vega Baker con el regocijo de no haber errado en su pronóstico. Ella había superado la prueba con nota. Había demostrado que podía escribir su propio final, incluso cuando el guion estaba en su contra.

Mientras pensaba en todo eso, El Secretario sintió una leve punzada en su pierna derecha y apoyó el peso en su bastón metálico.

Su tiempo se agotaba; el TRAMP parecía tener prisa en hacerse con su cuerpo.

Una mueca de dolor se dibujó en su rostro mientras se volvía hacia la oscuridad del despacho para susurrar una frase que quedó flotando en el aire frío:

—Has demostrado que sabes leer entre líneas, Vega Baker. Ahora veamos si eres capaz de sobrevivir al último capítulo.